Inmortalidad digital: así está cambiando la tecnología el concepto de la muerte

¿Y si tu mente siguiera viva dentro de un robot? ¿Se podría programar un avatar que, tras tu muerte, emulara la forma en que te relacionas con tus seres queridos? Darle esquinazo a la parca es el objetivo.

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Alcanzar la inmortalidad, real o simbólica, siempre ha sido un problema que ha preocupado a las grandes civilizaciones y religiones desde los orígenes de la humanidad. También supone uno de los mayores desafíos para la ciencia. ¿Pero es esto posible? ¿Puede serlo en el futuro? La tecnología está ayudando a ello, aunque no de la manera en la que se hubieran imaginado nuestros ancestros. La eternidad que se vislumbra plantea la posibilidad de que nuestro cerebro o conciencia vivan de otras maneras, más allá de nuestros cuerpos. El neurocientífico Nenad Sestan ha capitaneado un equipo que ha hecho experimentos con entre 100 y 200 cerebros de cerdos obtenidos de un matadero. Una vez separados del cuerpo de los animales, consiguieron restaurar su circulación y mantener los órganos vivos durante 36 horas gracias a un sistema de bombas, calentadores y bolsas de sangre artificial calentadas a temperatura corporal. Descubrieron que miles de millones de células individuales en el cerebro de los porcinos se mantenían saludables y capaces de desarrollar su actividad con normalidad. Sestan asegura que la técnica podría funcionar en otras especies como los primates.


Si esto se probara en humanos, eso sí, plantearía numerosas cuestiones éticas y legales, como si la persona tendría conciencia de alguna manera al despertarse su mente. Quizá Bioquark puede aportar algunas respuestas. Se trata de una empresa biotecnológica que está estudiando cómo recuperar encéfalos de personas que han sufrido muerte cerebral. Están probando a inyectar células madre y aminoácidos en la médula espinal y los tallos del cerebro de los pacientes –junto con otras terapias– para hacer crecer neuronas que se conectarían entre sí y regenerarían el órgano pensante. Ira Pastor, CEO de la compañía, defiende que las células madre del cerebro pueden borrar su historia y comenzar a vivir de nuevo, en función de su tejido circundante.


Este proceso es parecido a lo que ocurre en animales como las salamandras, capaces de hacer crecer nuevamente extremidades al completo. Otra empresa emergente norteamericana, Nectome, aboga por preservar cerebros en detalles microscópicos mediante un proceso de embalsamamiento de alta tecnología. Aseguran que su solución química puede conservarlos intactos durante cientos de años, con la idea de que, en el futuro, los científicos puedan escanearlos y convertirlos en unas simulaciones por ordenador. El único problema es que, para que el procedimiento de Nectome sea efectivo, el cerebro debe estar fresco, es decir, que la persona aún tiene que estar viva. Eso supondría realizar una intervención para inyectar los químicos en la cabeza.

 

 

Trasvasar la mente a una máquina

Por su parte, el director de Ingeniería de Google, Ray Kurzweil, ha llegado a predecir que, en 2030, seremos capaces de conectar nuestro cerebro a la nube. La misma creencia la comparte otro gurú de Silicon Valley, Sam Altman, cofundador de la incubadora Y Combinator, inversor de compañías tecnológicas como Airbnb, Pinterest o Change.org y cocreador junto con Elon Musk de OpenAI, una organización sin ánimo de lucro que vela por un uso correcto de la inteligencia artificial en pro de la humanidad. El propio Musk también está trabajando en cómo trasvasar la mente humana a un ordenador. La última aventura del creador de Tesla y Space X, Neuralink, propone unir inteligencia natural y artificial y abre una puerta a que los datos que tenemos en nuestra cabeza puedan llegar a replicarse en una máquina. Es lo que algunos han denominado inmortalidad cibernética.


Con esta posibilidad, el futurólogo Ian Pearson ha elaborado una teoría que defiende que, alrededor de 2050, todos los humanos nacidos después de 1970 podrán superar las constricciones de sus cuerpos físicos y recrear sus mentes en el mundo digital. Estas serán almacenadas en servido res online y se insertarán en robots una vez que sus cuerpos hayan fallecido.


Así pues, podremos ser inmortales dentro de androides. La serie de Netflix Altered Carbon habla de algo parecido y vislumbra un futuro en el que podremos escapar de la parca almacenando nuestra mente, consciencia y recuerdos en un chip o pila que transferiremos de un cuerpo a otro. Sin embargo, a Pearson lo que más le inquieta es que gigantes tecnológicos como Google, Facebook o Apple serán, con mucha probabilidad, los dueños de los servidores y los robots y, por tanto, en parte, serán también dueños de nuestros cerebros.

 

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Grandes interrogantes éticos

¿Nos llevará la tecnología a otra vida más allá de la vida? ¿El concepto de muerte que hemos tenido hasta ahora quedará obsoleto y perderá su sentido? En la actualidad, existe un gran debate filosófico, científico y bioético al respecto, pero los límites se definen de manera diferente en cada país, según las legislaciones locales y ciertos criterios biológicos. En Estados Unidos, por ejemplo, existe la Uniform Determination of Death Act, que establece varios supuestos para definir lo que es morir: el cese irreversible de las funciones circulatoria y respiratoria, así como de todas las funciones del cerebro al completo, incluido el tronco encefálico –la llamada muerte cerebral–. Sin embargo, hay algunos casos que se quedarían fuera de estas condiciones, como cuando algunas personas entran en ciertos estados vegetativos.

Mientras tanto, la manera en la que recordamos a nuestros seres queridos cuando se han ido también está evolucionando. Para empezar, las visitas a los cementerios se están reemplazando por visitas a espacios de internet en los que estas personas han interactuado, compartido y mostrado su intimidad. Nosotros morimos, pero nuestra huella electrónica permanece ahí. Nuestros perfiles en redes sociales nos hacen parecer todavía vivos en cierta manera. Y aquí es donde se produce el gran debate. ¿Qué nos gustaría que hicieran con esos activos digitales tras nuestra muerte? ¿Qué destino queremos para todos esos recuerdos, música, fotos y mensajes? ¿Preferimos que los borren? ¿Simplemente nos gustaría que los dejaran ahí como una especie de homenaje o memorial 2.0? ¿O queremos que algún ser querido o persona de confianza siga actualizándolos y, así, continuar nuestro legado?


En el Reino Unido, The Digital Legacy Association trata de asesorar sobre el tema y concienciar a quienes están en sus últimos momentos sobre la relevancia de estos contenidos. Su misión es ayudar a garantizar que las voluntades de los pacientes paliativos se cumplan tanto en el mundo real como en el digital. La institución trabaja con hospitales, hospicios, organizaciones benéficas, profesionales de la sanidad y funerarias para formarlos en este ámbito. Las redes sociales tienen un lugar clave y, asimismo, son cruciales para toda esa gente que se enfrenta al final de sus días, pues ayudan a los pacientes a mantenerse conectados y a dar un impulso a su autoestima. Como parte importante de sus vidas y una posesión valiosa, esta asociación defiende que también deben ser incluidas en sus testamentos.


En la misma línea, DeadSocial es una empresa emergente que ha sido incubada por Google y que pretende cambiar la manera en la que la sociedad afronta la muerte. A grandes rasgos, proporcionan una serie de recursos y herramientas para aquellos que quieran gestionar sus últimos días en las plataformas de internet. Cuentan, incluso, con una aplicación para publicar una despedida póstuma que se sube a todos los perfiles sociales personales.

 

Además, ofrecen tutoriales para prepararse de cara al deceso en las principales redes sociales, como Facebook, Twitter, Instagram o LinkedIn... Hasta proporcionan guías para que cualquier persona prepare un funeral a su gusto –envío de correos electrónicos, listas de iTunes con las canciones que quieren que suenen, fotos y vídeos que les gustaría que se mostraran en la ceremonia, etc.–. Dejar fuera de un testamento estas plataformas o no indicar qué se quiere hacer con ellas una vez se haya fallecido puede conllevar problemas para los familiares que quieran acceder a ellas, ya que por el momento existen bastantes vacíos legales al respecto. Este es el caso de dos padres alemanes que perdieron a su hija de quince años en 2012, tras ser atropellada por un tren, y llevan desde entonces queriendo poder disponer de su cuenta de Facebook. En los últimos años, se han visto las caras en los tribunales con la compañía de Mark Zuckerberg para acceder al perfil. Pedían entrar en él para buscar información o mensajes que les permitieran dilucidar las circunstancias de su muerte y saber si fue un suicidio o si debían pedir responsabilidades al conductor, pero Facebook se negaba a darles acceso.

 


Heredar una red social

El problema venía debido a que, hasta ahora, la plataforma solo proporcionaba dos opciones a los familiares cuando una persona perdía la vida: convertir su perfil en un memorial en línea que da la posibilidad de publicar condolencias, pero sin acceder a los mensajes privados, o rellenar un formulario para pedir a la red social que elimine la cuenta de la persona fallecida. Unas alternativas algo vagas, teniendo en cuenta que en, 2012, ocho años después del nacimiento del servicio, había ya 30 millones de usuarios de Facebook fallecidos.


En 2017, el tribunal de apelaciones de Berlín dio la razón a la compañía tecnológica y su punto de vista, al considerar que la Constitución alemana salvaguarda la privacidad de las telecomunicaciones. Esto también se aplicaría de cara a aquellos que intercambiaron mensajes privados con su hija. Sin embargo, los padres argumentan que el contenido de la cuenta de Facebook sería similar legalmente a un diario privado o unas cartas, que se podría devolver a los seres queridos tras una muerte, como una herencia. En este sentido, el tribunal de primera instancia de Berlín les ha dado la razón y entiende que el contrato firmado por la usuaria y Facebook y todo el contenido está cubierto por la ley de herencia. Aunque esta sentencia habría sentado un importante precedente legal, conflictos de este tipo podrían producirse en todo el mundo fácilmente, si no se deja por escrito a quién se cede un legado digital y qué se quiere hacer con él. Y, por supuesto, si no se lega también la contraseña de acceso.

 


Tuits de ultratumba


Pero la tecnología ofrece muchas opciones más. Nos da la posibilidad de que perpetuemos nuestra identidad digital sin ninguna intervención humana y alcancemos la eternidad aunque hayamos pasado a mejor vida. Suena a un episodio de la serie Black Mirror, pero ya existen proyectos que han avanzado en esta línea. Hace unos años, la agencia digital Lean Mean Fighting Machine, junto con investigadores de la Universidad Queen Mary (Reino Unido) comenzaron a trabajar en LivesOn, una herramienta que daría la posibilidad de continuar tuiteando después de haber estirado la pata.

 

Gracias a un algoritmo de inteligencia artificial, LivesOn analizaba los contenidos de un perfil de Twitter e identificaba los gustos de su propietario, el lenguaje, la manera de escribir o el sentido del humor, para replicarlos a posteriori y publicar tuits en consonancia. “Dios no existe, los usuarios sí. Únete a la vida después de la muerte”, proclamaban los creadores del proyecto que, finalmente, se quedó en punto muerto.


Hoy en día, subimos tanta información a la nube y usamos la mensajería instantánea con tanta asiduidad para comunicarnos que la creación de una réplica digital que se comportara de la misma manera podría ser una realidad. Y es que, con el desarrollo de la inteligencia artificial, empieza a ser difícil saber cuándo hablamos con una máquina y cuándo con alguien de carne y hueso. Eugenia Kuyda, CEO y cofundadora de una compañía incipiente de IA llamada Luka, especializada en desarrollar bots memoriales, creó el año pasado un chatbot inspirado en su mejor amigo, Roman Mazurenko, que había fallecido. Kuyda lo echaba mucho de menos y quería continuar hablando con él. Para su desarrollo, recuperó sus viejos mensajes de texto intercambiados a través de Telegram y pidió la colaboración de sus conocidos y familiares para tener más conversaciones a su disposición.

En total, consiguió 8.000 líneas de texto sobre una amplia variedad de temas, que incluyó en una red neuronal artificial. El resultado fue un bot que usaba las palabras de su amigo e, incluso, a veces publicaba expresiones en ruso. Algunos seres queridos de Mazurenko consideraban que interactuar con la IA les resultaba terapéutico y, en cierta manera, los ayudaba a superar su pérdida. Finalmente, el propósito del chatbot de Mazurenko no acabó siendo hablar o escribir, sino escuchar. “La mayoría de los mensajes tenían que ver con el amor o servían para decirle algo que no habían tenido tiempo de contarle. Aunque no fuera una persona real, había un lugar donde podían expresarlo. Pueden hablarle cuando se sienten solos”, explicaba la creadora de esta inteligencia artificial The Verge.

 


Recuerdos siempre vivos

El desarrollo de chatbots memoriales también puede llevarse a cabo cuando alguien aún no se ha ido. Cuando su padre fue diagnosticado con un cáncer terminal y se enteró de que solo le quedaban unos meses de vida, el periodista James Vlahos se propuso crear Dadbot, un avatar que usara las frases de su progenitor. Tomó una grabadora y comenzó a registrar horas y horas de conversaciones en las que su padre le contaba todo sobre su vida. Historias relatadas mil veces, bromas recurrentes, recuerdos de su infancia o cómo conoció a su mujer, todo. Después de tres meses de trabajo, consiguió grabar unas 92.000 palabras que ha convertido a texto para crear su chatbot, con la personalidad y manera de hablar de quien le dio la vida. “Si existe algún indicio de una vida futura digital, entonces, por supuesto, la persona a la que quiero hacer inmortal es mi padre”, explicaba en la revista Wired.

 

Eternime es otro proyecto en desarrollo que toma los pensamientos, historias y recuerdos de cualquier persona y los transforma en un avatar inteligente para que seas “virtualmente inmortal” y la gente del futuro pueda interactuar contigo como si realmente siguieras vivo. Tu familia y amigos podrán mensajearse con esa réplica 2.0 y también esos nietos, bisnietos y tataranietos que nunca te llegaron a conocer. “Queremos preservar para la eternidad los recuerdos, ideas, creaciones e historias de miles de millones de personas. Piensa en una biblioteca que tenga gente en lugar de libros, con historias interactivas de las generaciones presentes y futuras. Un tesoro de valor incalculable para la humanidad”, explican en su página web.


De la misma manera, el científico de datos e investigador en ciencias computacionales Muhammad Aurangzeb Ahmad está trabajando en otra iniciativa para emular la personalidad de individuos difuntos mediante presencias virtuales que se puedan mover por nuestra casa gracias a cientos de cámaras. A través de su inteligencia artificial, aprenderían solas y se adaptarían a nuestros hábitos. “La muerte de mi padre tuvo un profundo efecto en mí. Me hizo darme cuenta de que mis hijos nunca tendrán la oportunidad de interactuar con él –explica el experto tecnológico en su página personal–. Esto me ha impulsado a comenzar a trabajar en este proyecto, donde el objetivo es crear simulaciones de personas fallecidas para que los vivos puedan interactuar con ellas. Este proyecto se encuentra en la intersección de la inteligencia artificial, el aprendizaje automático, el procesamiento del lenguaje natural, la psicología y la sociología”.


En este caso, los avatares hablarían; y es precisamente eso, la voz, lo que resulta más complicado de recrear si no hay registros de audio. Su idea va un paso más allá de las anteriores y requeriría de algunos años más para perfeccionarse.


A todo esto, una cuestión candente queda todavía en el aire: ¿ayudan estos chatbots o avatares digitales a aliviar el dolor por la muerte de un ser querido? ¿O alargan el proceso de duelo y nos evitan enfrentarnos a una pérdida? La existencia de estas herramientas también plantea algunas dudas éticas en cuanto al uso póstumo de nuestros legados digitales. Cuando estamos vivos, compartimos algunos aspectos solo con ciertas personas y mostramos determinadas caras que no enseñamos a otras. No somos iguales o tenemos las mismas confidencias con nuestra pareja que con nuestros amigos, padres o compañeros de trabajo. ¿Cómo podría un avatar discriminar esto? ¿Qué ocurre si salen a la luz ciertos secretos o aspectos que nunca quisimos revelar? Mientras el debate sigue a la orden del día, eso sí, cualquier persona puede preparar con mimo cómo quiere que sea su funeral. En la red hay servicios que dan la posibilidad de escoger todo tipo de detalles con antelación, como si se tratara de una boda. Son los denominados funeral planners, plataformas online que dan todo tipo de opciones a medida para asegurar que se cumplen las últimas voluntades, y ofrecen planes de prepago o suscripciones mensuales para financiar los sepelios.

 

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En el Reino Unido, los comparadores también han irrumpido con fuerza en este negocio. Existen diferentes páginas web, como Beyond.life, que permiten hacer comparativas de precios de distintos tipos de ceremonias –así como entierros y cremaciones– y cuentan con buscadores para hallar servicios de este tipo por toda la geografía británica. FuneralZone es una especie de TripAdvisor en el que se pueden encontrar detalladas reseñas de funerarias publicadas por quienes contrataron sus servicios. Ya hay más de diez mil reseñas subidas a la página. En España están surgiendo tímidas tentativas en este campo, y ya existe un comparador de servicios funerarios llamado Cofune.

 


A dos metros sobre tierra

En cuestión de cementerios tecnológicos, Japón parece llevar la delantera. El actual estilo de vida en el país del Sol Naciente y los altos precios de los panteones y parcelas han llevado a los nipones a buscar opciones más económicas y prácticas para almacenar los restos de sus seres queridos. Una de ellas es la de los cementerios automatizados en vertical, como es el caso del Tokyo Gobyo. Este original templo budista situado al norte de la capital es un edificio de cinco plantas que alberga los restos de siete mil personas y podría asemejarse al almacén de una empresa logística. Sus conocidos pueden ir a visitarlos cuando lo deseen gracias a unas tarjetas de identificación que tienen que pasar por unos paneles táctiles.

Al hacerlo, un sistema recupera la urna concreta de su familiar y, en poco tiempo, monta un pequeño altar con flores mientras una tableta muestra imágenes de su vida. El éxito de este recinto, construido en 2009, ha hecho que se creen otros similares en Tokio. Asimismo, los códigos QR suponen una de las herramientas que se están expandiendo en los cementerios como una manera de aportar a los difuntos algo más que un lugar donde ser enterrados. Se colocan en las tumbas o en los nichos para que, cuando los visitantes los escaneen con sus móviles, puedan obtener información de las personas allí enterradas, conocer detalles de sus biografías, ver fotos o vídeos, etc. En nuestro país, algunas funerarias ya los ofrecen como un servicio adicional que los familiares pueden contratar con un coste que ronda entre los 150 y los 350 euros, en función de los contenidos multimedia a los que se asocie el código.

Por supuesto, elegir el lugar exacto donde se quiere descansar eternamente pronto se podrá hacer también desde la palma de la mano. La empresa mexicana de servicios funerarios Grupo Gayosso, con cementerios en todo el país, está desarrollando una aplicación móvil con la que se podrá reservar un nicho para uso propio o el de algún familiar. La herramienta tendrá un funcionamiento similar al de una página de reserva de billetes de avión o de entradas de cine. La idea es que los interesados puedan buscar los nichos que más se aproximen a sus gustos en cuanto a emplazamiento o características físicas.

 

Cenizas en el cosmos

Sin embargo, si uno no quiere que su cuerpo o sus cenizas sean almacenados en un cementerio y prefiere que sean esparcidos o ubicados en algún lugar, existen alternativas bastante originales. La empresa estadounidense Celestis ofrece varios servicios, como lanzar las cenizas al espacio para que orbiten alrededor de la Tierra, ponerlas en la superficie de la Luna o enviarlas a un “viaje celestial permanente” más allá del satélite. La primera de estas opciones no sale tan cara como pudiera pensarse: está disponible por unos 2.500 dólares.


Por otro lado, la gestión de los camposantos se está beneficiando igualmente del uso de las innovaciones tecnológicas. Varios fabricantes de software han desarrollado programas específicos de gestión (ERP) para estos recintos. Funcionan como los de cualquier negocio: permiten un seguimiento de los empleados, la contabilidad, los clientes... y facilitan el registro de documentos y contratos. Pero, a veces, vienen con curiosos extras. Plotbox es un completo software que incluye herramientas adicionales como la posibilidad de hacer árboles genealógicos y mapear los cementerios para saber los restos de qué persona ocupan cada espacio, conociendo rápidamente el estado, disponibilidad y capacidad de cada parcela de forma actualizada. Para hacer el mapeo se sirven de drones, capaces de sobrevolar y escanear veinte hectáreas de superficie en solo media hora. Así, ofrecen a los administradores de los camposantos información detallada a través de fotos aéreas. Estas imágenes también se pueden poner a disposición de los visitantes a modo de mapa para que no se pierdan buscando el lugar de descanso de sus seres queridos. Además, estos vehículos aéreos no tripulados sirven para todo tipo de tareas de mantenimiento y control. Se encargan desde las alturas de que tanto los habitantes de estos recintos como sus gestores descansen en paz.