FOPO: El miedo creciente a la opinión ajena

La vida en las redes sociales puede ser agotadora. Exige una constante labor de marketing personal a la vez que se lucha por escapar del influjo del escrutinio ajeno. Es lo que se ha dado en llamar síndrome FOPO o miedo a la opinión de los demás. Aquí te damos cinco claves para aprender a controlarlo.

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Hace poco fui con mis hijas de ocho y cuatro años a la Green Expo de Manhattan —una feria de comercio justo y vida sostenible—, en Nueva York. Nos paramos en muchos puestos, aprendimos trucos sobre abonos para las plantas y técnicas para tunear ropa usada y nos concienciamos para darle la comida que sobra a personas sin hogar en vez de tirarla. Las niñas pasaron un rato en un espacio de juegos con recortables y telas recicladas que llevaba una comunidad de artistas sin ánimo de lucro. Te asaltaba una sensación positiva de estar en un evento donde predominaban las ideas más avanzadas y una ética que hace sentirse bien a todo el mundo. El sitio perfecto para quedar bien, donde a cualquiera le gusta que le vean. De hecho no fui la única que lo sintió. Una veinteañera me pidió que le hiciera una foto en uno de los puestos —“Para mi Instagram”, explicó—, mientras donaba dos grandes maletas llenas de ropa. A cambio le pedí que me sacara otra a mí —“Para mi Facebook”, aclaré— con los collages que habían hecho mis hijas con retazos de telas. El postureo eco mola.

Si eres de los que pasan tiempo en las redes sociales, como casi cualquiera que tenga más de doce años, ya conoces la propensión a difundir cosas favorables sobre uno mismo en Facebook, Twitter, LinkedIn, Instagram, Snapchat y otras plataformas. Forma parte del autobombo, como explicó hace más de dos décadas el gurú del neuromarketing Tom Peter en su ensayo The Brand Called You(La marca eres tú), en el que animaba a los lectores a convertirse en agentes de sí mismos en un mundo laboral inestable y competitivo donde la reputación lo es todo: “Cada uno es el CEO de su propia empresa ,YO S.A. La clave para estar en el mercado es dirigir la publicidad de esa marca que eres tú mismo”. Cualquiera que sea el contenido de tu actividad —escribir, dar consejos, cuidar niños, construir casas o vender cefalópodos de macramé—, dedicarás parte de tu tiempo, con más o menos descaro, a autopromocionarte. Como mínimo, tendrás una cuenta en LinkedIn. Las redes sociales no solo hacen más fácil la mercadotecnia personal, lo han vuelto obligatorio para encontrar empleo, montar un negocio, conseguir un bolo si eres músico o hasta tener una cita. Actualmente, el 70 % de los empleadores y casi el 80 % de las personas que buscan citas online recurren a las redes para valorar las propuestas. Yo misma he tenido que construirme un personaje virtual acorde con el perfil con el que me gusta que me vean, como escritora y periodista interesada por la cultura y preocupada por el medioambiente.

Pero todos pagamos un peaje, un coste emocional y parte de nuestro tiempo por mantener una identidad online, incluso los que no pretendemos convertirnos e ninfluencers .Según la consultora eMarketer, el promedio individual de presencia en las redes es de una hora y cuarto al día. Muchos usuarios mantienen una constante lucha interna a la hora de subir comentarios o fotos: “¿Me expongo demasiado o me quedo corto?”. La mayoría asocia la autoestima al tráfico social, al número de seguidores, de fans, de amigos. Les preocupa saber quiénes son y qué pensarán de ellos, y así ceden buena parte de su identidad en el proceso de autopromoción. Craso error.

Pero ni las redes sociales ni la necesidad de promocionarnos van a desaparecer. ¿Es posible hacer marketing personal sin vender el alma? ¿Se puede mantener una sana distancia psicológica? ¿Cuál es la postura correcta? Proponemos cinco consejos para lidiar mejor con estas incertidumbres en la era digital.

 

1. Tú no eres tu yo virtual.

“Mi vida es pura performance”, dice Andi, una coach treintañera con miles de seguidores en Instagram y Facebook. Lo dice con la intención de ser irónica, pero en realidad siente que su verdadera identidad como persona inclinada hacia el arte y la política, ha sido asumida por otra persona, por una actriz profesional que interpreta un papel. “Todo lo que se publica en las redes tiene que ver con la reputación”, admite. Las fotos de sus niños impecablemente vestidos, sonrientes con sus correctores dentales, sugieren que es una madre responsable; los tuits sobre la necesidad de implantar una dieta sana en los comedores escolares hablan de que es una persona con conciencia social; el vídeo en una conferencia sobre educación y la posterior entrega de premios demuestra que se preocupa por lo importante. En el cibermundo, donde pasa dos o más horas al día, jamás menciona su bisexualidad, sus ideas de izquierdas ni nada que pueda estar en conflicto con su identidad virtual o ahuyentar a posibles clientes, pero algo se está dejando por el camino: “Pedí una beca para actividades artísticas y me rechazaron. Debieron de ver mi perfil de persona exitosa pero convencional y aburrida, y probablemente pensaron que no encajaba”, reflexiona. Para Andi, parecía cumplirse la famosa profecía de Mark Zuckerberg, quien en el libro del periodista tecnológico David KirkpatrickEl efecto Facebook, explicaba lo siguiente: “Solo tenemos una identidad. Aquellos tiempos en que dábamos una imagen ante los compañeros de trabajo y otra diferente en la vida personal ya no existen”. El uso de las redes sociales y la tarea de autopromoción que conllevan están encasillando nuestras vidas en una narrativa única e idealizada. Cada post, cada tuit, cada comentario que publicamos tiene que ver con esa proyección del yo. “Mantener dos identidades es una señal de falta de integridad y de coherencia”, remataba Zuckerberg, fundador y CEO de Facebook. Pero no es así como funcionamos los humanos, argumenta Brooke Erin Duffy, profesora de Comunicación en la Universidad Cornell (Nueva York). Duffy es autora de(Not) Getting Paid to Do What You Love: Gender, Social Media, and Aspirational Work, un libro crítico con las redes sobre el trabajo no remunerado que hacen las creadoras de contenido en las plataformas digitales.

En su opinión, Zuckerberg “presupone que cada persona tiene una identidad única e inamovible. Pero también es cierto lo contrario, que la identidad es fluida y cambiante, según el contexto”. Si los amigos, los compañeros de trabajo, los familiares, los ligues, las parejas, todos ven la misma proyección del yo, lo que hay es “una pérdida de contexto, no integridad ni coherencia”, advierte Duffy. Parece irónico que hacer marca de uno mismo se asocie con la autenticidad cuando en realidad para ser auténticos debemos ser lo suficientemente libres como para dejar salir los diversos yoes que todos llevamos dentro. Es decir, hay que salirse de la marca. A Sherry Turkle, profesora de Psicología en el MIT y autora de Reclaiming Conversation(Reivindiquemos la conversación), le preocupa que las redes, en vez de fomentar la libertad de expresión, la acaben limitando. Dada la cantidad de tiempo que pasamos en las plataformas digitales, diseñadas deliberadamente para enganchar a los usuarios, hay quien termina por desarrollar un yo más complaciente para la vida online a costa de los rasgos más expresivos —creativos, irreverentes, empáticos, reflexivos— de su personalidad. La distorsión entre esa imagen cuidadosamente elaborada para gustar y la realidad puede hacer que nos sintamos deprimidos, falsos o confusos.

“En teoría tú sabes que tú no eres tu perfil de Facebook, pero es como si estuvieras todo el tiempo contando pequeñas mentiras. Te olvidas de la verdad porque se parece demasiado a la mentira”, escribe Turkle. ¿Por qué no podemos mostrar nuestro lado más imperfecto, politizado, inconsistente, travieso, incluso tonto o poco brillante solo porque daña nuestra imagen pública? “Tiene que haber espacios para expresarnos que no estén permanentemente vigilados, controlados y juzgados”, dice Duffy. Y apunta que una posible solución es repartirse discretamente entre varias plataformas y publicar en cada una aspectos diferentes de uno mismo. Por ejemplo, Andi podría dedicar sus cuentas de Facebook e Instagram a su empresa de coaching y canalizar su vena más artística, indignada, comprometida y aventurera en redes más alternativas como Deviant Art o Behance. También se puede dar salida al lado más canalla de uno mismo en una cuenta anónima en Snapchat o en Finsta

Así se llama al Fake Instagram o falso Instagram. Es un fenómeno cada vez más en boga entre los adolescentes, que crean dos cuentas en esta red social: una con su nombre real, donde suben las fotos aspiracionales de felicidad y buen rollo; y otra, su Finsta, con seudónimo, accesible solo a unos pocos amigos, en la que cuelgan su lado más sonrojante y secreto, con fotos de fiestas y borracheras. También se pueden configurar las cuentas con filtros de contenido, o para diferentes niveles de acceso y privacidad. En todo caso, ninguna plataforma es cien por cien segura. “El empleador que mira tu perfil de LinkedIn, donde te muestras aséptico, profesional y discreto, te puede seguir en Twitter, donde das rienda suelta a opiniones controvertidas”, dice Turkle. Usar cuentas anónimas o secretas (burner accounts, en inglés) es más seguro, pero incluso ahí puedes revelar datos sobre ti mismo de forma inconsciente o en los metadatos de las fotos. Para Andi y para cualquiera, solo hay una forma de disfrutar de una vida más libre y menos controlada: vivir más en el mundo real y menos en el cibermundo.

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2. Mantén el FOPO a raya.

Hace muchos años, cuando empezaba a forjar mi carrera como periodista y escritora, fui objeto de una campaña de hostilidad online. Un malentendido en el titular de la reseña de un libro daba a entender que yo estaba a favor de que una mujer embarazada pudiera beber ocasionalmente una copa de vino. En la ciencia siempre hay matices, pero en la reacción de la gente no los hubo: personas que no me conocían de nada ni conocían mi trabajo inundaron mi blog y mis cuentas de Twitter y Facebook de insultos y amenazas personales. Yo había escrito que la única dosis de alcohol garantizada como saludable es cero, pero me acusaron de otra cosa. Fue mi primera experiencia de pérdida de contexto. Las fronteras entre mi vida privada y la profesional se disolvieron. Fue un horror. El linchamiento destruyó mi reputación, mi marca, mi identidad. El miedo a la opinión ajena o FOPO (Fear of Other People's Opinion), término acuñado por el psicólogo estadounidense Michael Gervais, aumentó después de este episodio. Me preocupaba tanto ofender a los demás sin pretenderlo y volver a agitar el avispero, que editaba y corregía una y otra vez los comentarios antes de subirlos para no molestar. Y es que, según un estudio del Centro de Investigación Pew, en Washington D. C., y la Universidad Rutgers de Nueva Jersey, la mayoría de los usuarios nos convertimos en censores de nosotros mismos. En efecto, nos preocupa que un paso en falso en las redes sociales ensucie nuestra reputación, se convierta en una pesadilla y llegue a amenazar nuestro medio de sustento. 

Los autores de la investigación constataron que los usuarios habituales de Facebook y Twitter eran reacios a expresar sus opiniones sobre temas polémicos de la actualidad política, a menos que estuvieran seguros de que iban a contar con la aprobación y el acuerdo de sus amigos y seguidores online. Esta autocensura se extendía también a la esfera de la vida real para tuiteros y habitantes de Facebook, que tendían a compartir sus pensamientos mucho menos que quienes no frecuentaban las plataformas digitales. Para complicar las cosas, la empresa de crearse un personaje lleva a incurrir en extrañas contradicciones. Por un lado, reprimimos las opiniones sobre temas controvertidos, como la política, pero por otro revelamos contenidos personales para parecer más interesantes. Según Duffy, esto es más notorio entre las mujeres, debido a las “prescripciones de género sobre la forma que se considera apropiada para autopromocionarse”.

En el mundo femenino, hablar de intimidad y ser abierta es un comportamiento más apropiado que ser asertiva y el foco de opiniones, así que se tiende a crear una imagen cercana y agradable para venderse. Como Andi, muchas de nosotras nos guardamos información que pensamos que podría enojar a nuestros seguidores, pero compartimos sin pensarlo contenido en apariencia inocuo sobre nuestra salud, los hijos y las relaciones, o incluso subimos selfis de la playa en pose más o menos sexi. Mientras promocionaba mi último libro,Wits Guts Grit: All-Natural Biohacks for Raising Smart, Resilient Kids(Ingenio, agallas, coraje. Las herramientas naturales para educar a niños inteligentes y resilientes), expuse mis luchas con los efectos del llamado cerebro maternal(olvidos frecuentes, mente abstraída, emotividad exagerada). A pesar de que aporté citas de estudios científicos e incluso recibí apoyo de otras madres primerizas, hubo muchos comentarios donde se me pedía que lo superara de una vez y que dejara de presentar a las mujeres con niños como menos aptas para el mercado laboral. Según Duffy, la tendencia femenina a exponernos nos hace más vulnerables a las críticas, al troleo, a avergonzarnos, al ciberacoso. Como regla general, nadie debería compartir contenidos sensibleros ni subidos de tono en las redes sociales, pero tampoco convertirse en furibundo censor de sí mismo.

La clave es ser más eficiente a la hora de marcar límites, según Pamela Rutledge, directora del Media Psychology Research Center (California): “En la vida real, evitamos a las personas de­sagradables o les ponemos los puntos sobre las íes cuando hace falta, pero en las relaciones online todo es más confuso”. Rutledge recomienda mirar bien las instrucciones sobre privacidad y seguridad delas plataformas para “bloquear a los usuarios groseros y maleducados,revisar los comentarios antes de subirlos, borrar lo que haga falta y no enzarzarse con los bordes y los pesados”. Las técnicas de terapia cognitivo-conductual ofrecen herramientas más avanzadas para protegerse emocionalmente de encuentros hostiles.

 

Según un estudio dirigido por Ethan Kross, psicólogo de la Universidad de Míchigan (EE. UU.), el autodistanciamiento —pensar y hablar de uno en segunda o tercera persona en lugar de en la primera— rebaja la ansiedad, ya que ayuda a trascender el ego y a mirar las críticas y conflictos con más objetividad. Kross recomienda visualizar una experiencia negativa como si le hubiera pasado a tu yo online y no a ti. Se trata de contarse a uno mismo (en silencio, en voz alta o por escrito) lo que sucedió desde la perspectiva de un observador imparcial y plantearse posibles reacciones de forma razonada: “Tu yo virtual recibió un varapalo cuando publicaste la entrada sobre el cerebro maternal, pero lograste concienciar a algunas mujeres, y eso es un paso para reducir el estigma de lo que supone ser madre”. Podría haber usado el autodistanciamiento cuando sufrí el linchamiento en las redes para evitar los aspectos del marketing personal que tienen que ver con alimentar el ego y adoptar una visión más panorámica sobre mis objetivos reales. ¿Por qué estoy en Facebook? ¿Qué es lo que realmente importa, más allá de construirse una reputación?: “Eres una transmisora de contenidos científicos y una madre que se lo está currando”. Al final te das cuenta de que si te concentras en lograr metas más altas —contar una historia de la que otros puedan aprender, crear concienciación sobre una causa— aporta una satisfacción mayor y más valiosa que la que se obtiene del reconocimiento público o la adulación ajena. 

El ego se disuelve y la zona de confort se amplía. Aunque sigo siendo precavida, ya no estoy tan enjaulada a la hora de expresar mi punto de vista sobre temas controvertidos. He puesto filtros a los troleos y a los comentarios desagradables. Animo a los críticos a que expresen sus opiniones y se unan al diálogo. Subir el listón de las expectativas y fomentar el intercambio de información te permite dar un salto mental y pasar de la autodefensa al empoderamiento. Dejas a un lado el miedo a lo que piensen los demás para aprender de sus ideas y opiniones.

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3. Aplaca la necesidad de compararte.

En la vida real no siempre somos conscientes de nuestro valor respecto al de los demás. En las redes sociales, la comparación es constante, porque abruman a los usuarios con continuas mediciones: número deme gusta, de seguidores, de tuits, de visionados o de compartidos en tiempo real y con precisión implacable. Las estadísticas crean ansiedad y hasta los CEO de Instagram y Twitter han reconocido que sus plataformas serían más saludables sin ellas. Si no existieran, podríamos dejar de vernos como productos cuyo valor depende de la popularidad. Podríamos publicar lo que realmente nos interesa y no lo que complace a los demás o llama su atención. Quizá la autoestima ya no dependería de la comparación con los otros. Para Mai-Ly Steers, psicóloga social en la Universidad de Houston e investigadora del impacto de las redes sociales en el bienestar, “esta es una de las trampas del marketing personal. Si tu autoestima depende de la validación externa, aquella estará sometida a los caprichos ajenos. No tendrá en cuenta lo que tú sabes que vales”. Steers comprobó en un estudio con usuarios de Facebook que entrar en la cuenta de alguien que parece mejor que nosotros produce depresión y sentimientos destructivos.

Compararse con los ricos y famosos ya duele, pero ¿cómo te quedas al ver que tu vecino tiene más seguidores que tú en Instagram? Y saberte envidioso te hará aún más daño si lo interpretas como un signo de que tu yo profundo es inseguro y cínico, lo que te hará sentir aún peor. Lo malo es que compararse con gente que está peor y ver que estás en una posición favorable también acaba siendo destructivo, según Steers, porque ¿qué se puede decir de alguien que se complace en el infortunio ajeno? Para aliviar el tormento de conocer al dedillo la posición en la tabla clasificatoria de cada hijo de vecino, el profesor de la Universidad de Illinois Benjamin Grosser ha creado en una web de acceso libre una herramienta llamada descontador que oculta todos los marcadores visibles —número de amigos, seguidores, retuits…— de Facebook, Instagram y Twitter. Si un post tuyo ha recibido ocho me gusta y el de un competidor 8000, el descontador hace aparecer en ambos el comentario aséptico “esto gusta a la gente”.

Tal vez las redes serían más positivas para la salud mental sin contabilidad, pero Rutledge cree que las estadísticas son parte inseparable de nuestros deseos de validación social y que no hay que suprimirlas, sino canalizarlas correctamente: “El feedback es importante. Esperamos y necesitamos la reacción de los demás. Sin esa motivación no tendría mucho sentido publicar nada en las redes”. Tal vez sea más fácil dejar de acomplejarse ante las comparaciones cambiando el enfoque. En lugar de pensar “me siento inferior a los demás”, decirse “los otros no se muestran en las redes como realmente son, dan una visión idealizada de sí mismos”. En vez de castigarte por no alcanzar cifras de seguimiento del nivel de un influencer, Duffy recuerda que “las estadísticas parten de la idea de que la influencia puede traducirse a datos numéricos”. Y sí, es cierto que se puede cuantificar la presencia en las plataformas, pero la influencia, el efecto que cada uno tiene sobre los demás, es algo mucho más complejo. Como apunta Steers, las redes sociales no son canchas niveladas. Los algoritmos determinan la frecuencia de visitas a las cuentas, pero por varias razones que escapan a nuestro control, algunas de ellas siempre reciben mucha más atención que otras. No hay que dejar que la autoestima dependa de un algoritmo.

4. Cambia de estrategia de promoción.

Es complicado ser un personaje virtual que navega por las redes sociales. Por un lado, tienes que expresarte, afirmar tu valía y proclamar tus triunfos. Por otro, quieres protegerte y mantener tu reputación, duramente ganada, a salvo de una mala gestión y un exhibicionismo exagerado. Y además tienes que tener en cuenta a tu audiencia y obtener su atención. Pongamos el caso de Suzanne, una mujer que vende online productos de belleza y bienestar. No para de publicar comentarios y fotos de sus hijos tocando el piano, de comidas apetitosas, de bonitos paisajes, de cosas que le permiten hablar de sus productos y dar pistas en letras bien grandes sobre su maravillosa vida. Además sube toneladas de selfis. Por ejemplo, aquel en el que aparece haciendo yoga acompañado del siguiente comentario: “Me torcí el tobillo. Iba corriendo a un estreno con mis Louboutins —unos zapatos de tacón muy caros y glamurosos— y vi las estrellas.

Pero estoy mejor gracias a mi mejor pomada antiinflamatoria”. Todo así. Vale, tiene gracia, pero es excesivo. En la vida real, la gente habla de sí misma, de sus ideas y de sus experiencias y logros entre el 30 % y el 40 % del tiempo, según un estudio de los psicólogos de Harvard Diana Tamir y Jason Mitchell. En las redes, con la presión por explotar a fondo el marketing personal, ese índice supera el 80 %. La autorrevelación es una forma de publicidad subliminal que acerca a la autenticidad. Te hace sentir bien. Tamir y Mitchell averiguaron que podían activar áreas cerebrales relacionadas con el circuito de recompensa —las que se asocian a la comida, el sexo y el dinero— solo con pedir a los participantes que hablaran de sí mismos, de sus experiencias y opiniones. Expresarse aporta sólidas ventajas: aumenta la autoestima, mejora el conocimiento de uno mismo, nos hace sentirnos dueños de nuestras vivencias y ayuda a manejar mejor las emociones. Los que participaron en la investigación estaban dispuestos a renunciar a dinero con tal de poder hablar de sí mismos.

Pero por muy bien que nos haga sentir el poder expresarnos, los números están sobreva­lorados. No a todos los que han dado unme gustales gusta realmente lo que publicamos. Según un estudio de Psychological Science, el 66 % de los usuarios que se valen de las redes para la autopromoción experimentan sentimientos positivos cuando comparten sus logros, pero solo el 14 % de los receptores de esas publicaciones sienten esa gratificación (es más, el 77 % experimenta emociones negativas). Igual que Suzanne, mucha gente valora de forma exagerada el interés de los demás y cree que les gusta mucho lo que publicamos, pero no se dan cuenta de que realmente a muchos les aburre o les saca de quicio el narcisismo ajeno. Por suerte, la psicología social ha descubierto una interesante alternativa: la llamada estrategia de atenuación o, lo que es lo mismo, echarse flores pero sin hacer ruido. Según un estudio sobre Twitter publicado en el Journal of Pragmatics, la autopromoción se recibe mejor cuando viene envuelta en un lenguaje poco pretencioso, que sabe destilar cierta ironía hacia quien escribe, que valora el trabajo duro y no solo ensalza el talento, que agradece la contribución de los otros. Cuando se hace bien, sin autobombo ni narcisismo, el marketing personal tiene que ver más con compartir contenidos y consejos variados que son útiles para los demás. Y si necesitas dorarte la píldora, es mejor que incluyas un hashtag que denote que eres consciente de que te estás dando coba.

Pero estas estrategias requieren la capacidad de saber entender el punto de vista ajeno, de ponerse en la piel de los otros, de preguntarse “¿cómo les va a sentar a mis seguidores este post?”; “¿cómo me van a percibir?”; “¿qué pensaría yo de este comentario si viniera de otro?”. No es fácil saber cuándo cruzamos la línea y entramos en una onda narcisista o defensiva. La autorrepresentación exige autocontrol, y es muy probable que la gestionemos mal si estamos estresados o preocupados. Pero hay una forma de sortear este dilema, según un estudio dirigido por Jeffrey Pfeffer, de la Escuela de Negocios de Stanford: pide a un tercero, un amigo o un colega de LinkedIn, que hable bien de ti. Es más fácil gustar y parecer competente cuando es otra persona quien canta tus alabanzas, y sorprendentemente la impresión favorable persiste incluso aunque se sepa que tu promotor y tú estáis relacionados. 

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5. Da más y recibirás más.

Al final, la mejor forma de promocionarse es promocionar y apoyar a otros. “Admiro a un montón de artistas fantásticos. No solo les sigo, sino que les publicito sin que me lo pidan”, dice Mahwish Syed. Esta diseñadora de interiores de Manhattan cuelga en Instagram collages con obras de sus ciberamigos, a veces comparándolas con cuadros históricos, para que su trabajo sea apreciado en otro contexto. “Luego los etiqueto y espero las reacciones. Es como plantar semillas”, confiesa Syed. Muchas de ellas acaban germinando. La mayoría de los creadores a los que menciona están encantados y les han surgido oportunidades gracias a su esfuerzo. Se hacen followers de Mahwish y a su vez los followers de esos artistas la siguen a ella. Se promocionan unos a otros. Al fin y al cabo, las redes sociales se basan en uno de los instintos humanos más poderosos: la reciprocidad. Syed no conoce personalmente a todos a los que apadrina. Constituyen la periferia de su red social. Pero aunque no formen parte de su círculo más íntimo, le ponen en contacto con nueva información que de otra manera sería difícilmente accesible y ayudan a que su mensaje llegue a grupos lejanos.

Obviamente, crear más lazos en la red social propia supone un esfuerzo, exige buscar contenidos, links y hashtags relevantes para la identidad online, hay que averiguar por dónde se mueve tu audiencia, unir grupos, compartir información, en suma, ser un dador. Pero ser un dador de atención digital no es la prioridad de la mayoría. Es más fácil ser un tomador o un observador que se limita a promover su contenido y a recopilarme gusta y comentarios. Muchos pasan casi todo el tiempo al acecho, cotilleando, merodeando pasivamente en las cuentas ajenas —conducta que a veces se asocia a la depresión y la soledad– y clicando de vez en cuando unlikeen los contactos cercanos. Dar implica cultivar conexiones de mayor alcance, promover debates, reconocer el trabajo y el talento de los otros. Cada tag o cada hashtag es una nueva semilla. Crear conexiones extendidas puede aportar una sorprendente gratificación psicológica, según una serie de estudios dirigidos por Gillian Sandstrom, de la Universidad de Essex. En sus investigaciones, Sandstrom vio que cuantas más interacciones diarias se hagan en la periferia de la red social, equivalentes a las charlas con otros aficionados en un concierto o con los colegas de la oficina en el ascensor, mayor es la sensación de bienestar y de pertenencia.

Wim Meeus, de la Universidad de Utrecht, también constató en un estudio que las relaciones extendidas son una forma de compensación social, que cuantas más interacciones tienen las personas introvertidas con amigos online, más crece su autoestima y se reduce la depresión. “Igual que tener una cartera de negocios e inversiones variada te hace menos vulnerable a las fluctuaciones del mercado, una cartera bien diversificada de ciberrelaciones hará que tu red de conexiones sea más estable”, afirma Sandstrom. Los contactos remotos aportan frescura y variedad, una intensidad emocional más moderada y la ocasión de salirse de lo rutinario para interactuar. Ofrecen un sentido de apoyo social. Pero todo tiene un límite. De cara al bienestar emocional, el trato con los conocidos online no puede reemplazar la intimidad con amigos cercanos y familiares. La falta de contexto es un problema.

A veces es mejor invertir en una fiesta en el bar de la esquina que en la promoción digital. No se debe dedicar más de media hora al día a las redes sociales. Ese es el límite a partir del cual puede suponer un problema para la salud mental, según un estudio publicado en el Journal of Social and Clinical Psychology. Pero la mentalidad del dador inspira una nueva contabilidad centrada en la profundidad y el compromiso. No importa cuántos amigos o seguidores tienes sino con cuántos interactúas realmente a diario. No importa a cuánta gente le ha gustado tu contenido, sino el esfuerzo que tú has hecho para poner likes a lo que hacen los demás. No importa tanto el alcance de la información que despliegas sino el sentirte libre para expresarte de verdad. No cuenta lo que tus redes sociales hacen por tu marca sino lo que hacen por tu entera personalidad.