Biohackers: más que humanos

Los biohackers creen que es legítimo usar técnicas de edición genética para dotar de nuevas funciones a los seres vivos y mejorar sus capacidades. Otros colectivos optan por insertarse implantes para corregir defectos físicos o conseguir que sus cuerpos hagan cosas que solo pueden lograr las máquinas. Cada vez es más fácil automejorarse, pero ¿dónde está el límite?

iStock

Es posible que hayas usado alguna vez un Thermomix. Según los alimentos que introduzcas en este robot de cocina y cómo los mezcles, saldrá un plato u otro. Algo parecido podría decirse del ADN. Dependiendo de cómo estén conformados sus elementos, se puede obtener un ser humano, un dinosaurio, un cerdo… Ahora, imagina que en plena ejecución de una receta decidieras quitar uno de los ingredientes porque no te gusta su sabor y lo quisieras cambiar por otro. Pensemos en un hipotético robot que incluso pudiera ser programado para que cada vez que un plato en fase de preparación llevara cebolla, la detectara y eliminara. Es más, ¿y si una especie de superthermomix consiguiera suprimirla de uno que te acabaran de servir y la sustituyera, por ejemplo, por calabacín?


Con esta metáfora podemos hacernos una idea –un tanto rudimentaria, eso sí– del funcionamiento de la técnica CRISPR/Cas9, una herramienta de edición genética que, en esencia, funciona como unas tijeras moleculares. Con ella, es posible extirpar cualquier secuencia de ADN y cambiarla por otra, como si se tratara de un corta-pega con el que se pudieran combinar diferentes fragmentos de información albergada en el genoma de cualquier especie. Este proceso, bastante sencillo y económico, ha revolucionado el mundo de la ciencia en los últimos años; la tecnología CRISPR/Cas9 podría usarse para infinidad de cosas, como eliminar virus, acabar con dolencias hereditarias, conseguir que no nazcan personas con determinados problemas de visión, etc. En última instancia, y si prescindiéramos de cualquier límite ético, nos daría la posibilidad de crear superhumanos, diseñados genéticamente a nuestro antojo, con nuevas habilidades y capacidades aumentadas.


Hoy en día, cualquiera puede jugar a ser dios en casa. En distintas tiendas online, es posible adquirir un kit de CRISPR con todos los compuestos necesarios para modificar el ADN de una bacteria por unos 150 euros; o convertir a otra en un organismo bioluminiscente por unos 200. De hecho, existen comunidades que defienden la democratización de estas herramientas y abogan por que la biotecnología esté al alcance de todos y no solo en manos de grandes entidades. Tal movimiento, conocido como biohacking, se basa en la filosofía DIY (siglas inglesas de Do It Yourself, esto es, ‘háztelo tú mismo’), aplicada a la experimentación.


El biólogo vasco Ricardo Mutuberria es el fundador de BIOOK, una asociación que pretende que la ciudadanía disfrute de ese modo de la producción científica-cultural. “En realidad, el objetivo del biohacking es sacar la ciencia del ámbito institucional; esta se ha profesionalizado hasta tal punto que se ha alejado de la sociedad –indica–. Tus hijos pueden hacer ballet o tocar el violín como actividades extraescolares, pero no investigar, como cultivar bacterias o levaduras, por ejemplo. Eso es lo que queremos popularizar”. Mutuberria opina que “conocer cosas sobre tu cuerpo o tu entorno a través de la exploración y la investigación debería ser un derecho”.

También te puede interesar:

Pero ¿hasta qué punto puede ser peligroso?


El director de BIOOK sostiene que hay unos parámetros de bioseguridad y códigos éticos característicos del mundo hacker que están relacionados con la colaboración para la mejora social e individual, especialmente mediante el uso de lo que se conoce como código abierto. Mutuberria asegura que, por lo general, el comportamiento de la comunidad es bastante bueno y que apenas se dan casos de personas que experimentan consigo mismas sobrepasando los límites de la ética.


Una de las figuras más conocidas en este sentido es Aaron Traywick. Este biohacker estadounidense dirigía la compañía Ascendance Biomedical y, hasta su muerte, en 2018 –fue hallado muerto en un tanque de aislamiento sensorial–, defendió a ultranza que cualquiera debería poder acceder a tratamientos genéticos y usarse la técnica CRISPR en humanos para combatir determinadas dolencias, como el cáncer de pulmón. Traywick, que no tenía formación médica, llegó a inyectarse durante una convención de biohackers celebrada en Austin (Texas) una sustancia experimental contra el virus del herpes desarrollado por su empresa.

Mutuberria entiende que la posibilidad de que cualquier individuo llegue a hacer ingeniería genética en su casa pueda generar mucha inquietud. No obstante, opina que es una realidad que ya está ahí y que habría que abordar este asunto sin demora. “Creo que estos experimentos ya se están haciendo y no se pueden evitar. Por eso, es mejor crear espacios comunitarios donde sea posible practicar de manera colaborativa y hacer énfasis en los códigos éticos”.


Además de los biohackers, existen otros grupos que buscan transformar sus cuerpos de forma artificial. Entre los más llamativos y controvertidos se encuentran los denominados grinders. Estos aplican los principios del hacking ético para perfeccionar su anatomía y dotarse de nuevas capacidades. Para ello, llegan a implantarse dispositivos electrónicos, lo que, en esencia, los convierte en organismos cibernéticos. No se trata de un concepto nuevo. Los cíborgs han estado presentes en nuestra cultura desde que Manfred E. Clynes y Nathan S. Kline acuñaran el término en 1960 para referirse a un ser humano mejorado para sobrevivir en el espacio. En 1985, la filósofa y zoóloga Donna Haraway escribió A Cyborg Manifesto, un ensayo en el que plantea la existencia de unos seres fusionados con las máquinas y no atados a los convencionalismos sociales. Aunque la obra fue concebida como una crítica al concepto de género, ha supuesto una base teórica para quienes se sienten algo más que seres humanos.

iStock

El caso es que, hoy, transformarse en un cíborg es bastante sencillo. Hay empresas que comercializan chips con conexiones inalámbricas NFC –estas utilizan campos electromagnéticos para intercambiar información–, ideados para ser colocados bajo la piel. Rondan los 50 euros y se pueden usar para almacenar datos personales, como historiales clínicos, interactuar con dispositivos móviles, vehículos o cerraduras que hagan uso de esta tecnología o realizar pagos.


Uno de los activistas cíborgs más activos es Neil Harbisson. Este artista británico fue la primera persona que se implantó una antena en la cabeza. Harbisson nació con acromatopsia, una enfermedad que impide percibir los colores; quienes la padecen lo ven todo en una escala de grises. No obstante, para él todo cambió en 2003, cuando desarrolló junto con el inventor Adam Montandon el eyeborg, un sensor especial que transforma las diferentes tonalidades en ondas sonoras. Gracias a este apéndice, Harbisson posee, además, ciertas capacidades extra: puede captar radiaciones invisibles al ojo humano, como la infrarroja y la ultravioleta, y recibir llamadas, imágenes o vídeos directamente en su cabeza, incluso desde satélites. Asegura que ya no es capaz de diferenciar su actividad cerebral de la del software.

Hace algo más de una década, emprendió una batalla contra las autoridades británicas cuando intentó renovar su pasaporte. Aquellas le impedían que apareciera en la foto del documento con un aparato electrónico en su testa. Sin embargo, el cíborg defendió que, en realidad, no llevaba puesta la antena, sino que esta ya formaba parte de su cuerpo y de su identidad. Finalmente, y tras semanas de discusiones, el Reino Unido aceptó que posara con ella. Este hecho acabó convirtiéndolo en el primer cíborg reconocido oficialmente por un Gobierno.

Una de sus amigas, la artista vanguardista catalana Moon Ribas, con la que comparte inquietudes, se implantó un sensor sísmico con el que es posible detectar si se está produciendo un terremoto en algún punto del planeta en tiempo real. Moon transmutaba las señales en sonidos o coreografías. Ribas y Harbisson fundaron en 2010 la Cyborg Foundation, una organización internacional cuyo objetivo es ayudar a la gente que desee convertirse en seres cibernéticos, promover su arte y defender sus derechos.

También te puede interesar:

Pero ¿cuáles son estos realmente?

En la conferencia SXSW de 2016, que tuvo lugar en Austin, el investigador y activista en libertades y derechos civiles electrónicos Rich MacKinnon, propuso cinco fundamentales, basados en una nueva concepción de lo que significa ser humano: la libertad de morfología, el derecho a la soberanía corporal, la libertad de desmontaje, la igualdad para los mutantes y el derecho a la naturalización orgánica.


En 2017, la Cyborg Foundation creó la asociación Transpecies Society, en colaboración con el también artista cíborg catalán Manel Miles de personas llevan implantados chips bajo la piel con los que pueden interactuar a distancia con distintos aparatos electrónicos Muñoz. El superpoder de este último consiste en la predicción del tiempo. Muñoz percibe la llegada de borrascas y anticiclones antes de que ocurran e incluso sabe a qué altitud se encuentra. Todo ello gracias a un órgano sensorial cibernético que transmite a su cráneo los cambios en la presión atmosférica.


La meta de la Transpecies Society es dar voz a aquellas personas que tengan identidades no humanas, para lo cual defiende el derecho al autodiseño y organiza talleres centrados en el desarrollo de nuevos sentidos. Grindhouse Wetware es una compañía estadounidense que comparte estos objetivos. Sus responsables sostienen que trabajan por una humanidad aumentada, utilizando tecnología segura y apropiada. En los ocho años que lleva en marcha han presentado varias iniciativas, como Circadia, un implante que envía diferentes datos biométricos a dispositivos móviles y se puede recargar mediante inducción. Sin embargo, probablemente su aparato más exitoso es el Northstar, un ingenio salpicado de luces led que se sitúa en la mano, bajo la piel. Este ayuda a su portador a hacer distintas cosas, como controlar otros objetos compatibles mediante reconocimiento gestual, identificar el norte magnético o imitar la bioluminiscencia que producen de forma natural algunos animales, como las luciérnagas.


La firma sueca DSruptive, por su parte, fundada por el ingeniero informático almeriense Juanjo Tara, ayuda a otras empresas a diseñar el hardware que se utiliza para aumentar las habilidades humanas. Su plataforma modular SIID permite alojar distintos implantes e introducirlos fácilmente en el organismo. En su portal en la Red, se explica que “el cuerpo humano es una creación maravillosa, pero profundamente defectuosa.


Hay mucho espacio para mejorar el modo en que está configurado. Creemos que es fundamentalmente correcto y deseable acrecentar nuestra salud, cognición, aptitudes y capacidad de experimentar con la ayuda de la tecnología”. Además, en DSruptive también defienden la libertad morfológica y sostienen que “depende de cualquier individuo rechazar o aplicar cualquier tecnología de aumento sobre sí mismo, según lo crea conveniente, siempre que esto no perjudique a nadie”.

iStock

En el último aspecto no les falta razón. Los expertos en este asunto sostienen que en la creciente tendencia a la automodificación han surgido corrientes de todo tipo, y algunas llevan esos planteamientos al límite. El colectivo gynepunks, por ejemplo, defiende que las mujeres deberían hacerse sus propias pruebas ginecológicas y diagnósticos, como una forma de avanzar hacia el conocimiento compartido y el empoderamiento radical de sus cuerpos. Su idea es disponer de sus propios laboratorios DIY, en los que poder realizar cultivos, análisis de fluidos, biopsias, sintetizar hormonas y llevar a cabo todo tipo de pruebas, desde citologías vaginales hasta test del VIH. Sus miembros aseguran que se basan en la ciencia y el conocimiento que proviene de la experiencia de cada cuerpo –una sabiduría ancestral–, que combinarían con el uso de técnicas naturales. En esencia, su objetivo es eludir a las instituciones médicas y las multinacionales farmacéuticas que, en su opinión, ostentan “tecnologías prohibitivas de diagnóstico y metodologías patriarcales y conservadoras”.

Esta pasión por mejorarse a uno mismo y disponer de las herramientas necesarias para ello pone a los profesionales de la salud en una posición complicada. Durante la VI Jornada Formativa en Bioética que se desarrolló en Madrid el pasado abril, Elena Postigo, profesora adjunta de Antropología y Bioética en la Universidad Francisco de Vitoria y en la Universidad CEU San Pablo, señalaba que “el número de los biohackers va en aumento y eso va a ser un problema, porque quienes van a tener que introducir esos implantes van a ser los médicos; y ellos deberán decidir si se ha de hacer o no como una manera de mejora para el ser humano”.

Por ahora, muchos de los que aceptan realizar este tipo de intervenciones lo hacen en privado, para evitar posibles consecuencias. Nadie sabe, por ejemplo, quién operó a Neil Harbisson para colocarle su eyeborg. “Un cirujano le puso el implante saltándose todos los controles; tampoco nos hemos enterado de si ha tenido alguna complicación, porque de esto no se dice nada”, comenta Postigo.


Esta experta insiste en que no es posible hablar de una ética única y generalizada sobre este fenómeno, ya que para cada situación o intervención concreta se deberían analizar todos los datos, como sus efectos e implicaciones, y deliberar antes de tomar una decisión. Sin embargo, sí que existen algunos principios básicos que los médicos deberían tener en cuenta. Uno de ellos es el de beneficencia y no maleficencia. Hasta ahora, este se basaba en curar y cuidar a la persona. “En el ámbito del transhumanismo –el movimiento que persigue esa transformación de la condición humana–, este paradigma va a cambiar. Con el tiempo, a los profesionales se les pedirán más intervenciones de mejora y menos curativas. Tenemos que contemplar los límites o espacios que damos a la autonomía del individuo respecto a la decisión que han de tomar los médicos”, matiza.

También te puede interesar:

Otro de los preceptos fundamentales que estos deben tener en cuenta es no dañar la integridad física o psíquica de las personas. Postigo cita, además, velar por la dignidad, obrar con justicia, atender a los más vulnerables, mantener el principio de prudencia o precaución y respetar el medioambiente. Este último aspecto es especialmente importante, ya que si, por ejemplo, alguien emplea la técnica CRISPR en plantas o animales en un entorno no controlado podría ocasionar un gran daño a los ecosistemas, lo que acabaría repercutiendo en nosotros.


Otro problema añadido es que, en muchos casos, los citados grinders ni siquiera recurren a doctores para hacerse sus mejoras o modificaciones. Prefieren realizar ellos mismos las operaciones, cuando a menudo carecen de los conocimientos necesarios para hacerlo. Para justificarlo, argumentan que están ejerciendo su derecho a actuar sobre su propio cuerpo, pero, según los expertos, acaban corriendo más riesgos de lo que creen.


Lepht Anonym es una biohacker que defiende lo que llama transhumanismo práctico. En su blog Sapiens Anonym, cuenta qué materiales emplea para hacerse los implantes –ha practicado en sí misma más de medio centenar de veces–, cómo son los procesos y qué resultados obtiene. Entre otras cosas, Lepht se ha introducido imanes bajo la piel de sus dedos y chips para realizar pagos. Algunas de las operaciones que se practica son para hacerse actualizaciones, es decir, sustituir esos dispositivos por otros más modernos o con más prestaciones. Para esta biohacker, el dolor que todas esas intervenciones le provocan –a menudo, los analgésicos necesarios para lidiar con ellas no son fáciles de conseguir– es mejor que esperar sentada a que alguien se las haga en una consulta o en un laboratorio convencional. La primera operación por la que pasó fue en 2007; contó con la ayuda de una amiga que estaba estudiando Medicina para introducirse un chip que había adquirido en la Red.

¿Hay alguna ley que prohíba la automodificación?

Desde Lex Abogacía, un despacho de abogados especializado en derecho sanitario, nos explican que en el caso de España no hay una normativa ni previsiones concretas sobre la regulación de las autooperaciones. “Si alguien quiere lesionarse así es muy libre de hacerlo, pero la cosa cambia si en ello participa un tercero. Este sí puede meterse en problemas, sobre todo si es un profesional de la medicina”, indican. Además, desde el despacho se subraya que el Código Penal contempla como un delito de intrusismo aquellas actuaciones en las que una persona actúa como médico sin serlo realmente. “La razón es el peligro potencial que supone ejercer una actividad como esa, que requiere una formación y una experiencia muy concretas, pues se puede llegar a atentar contra un derecho fundamental –el derecho a la salud–”.

También está por legislar todo lo referente a los cíborgs, aunque el año pasado se dio un curioso precedente en este sentido. El australiano Meow-Ludo Disco Gamma Meow-Meow fue multado por utilizar el transporte público sin llevar una tarjeta de usuario válida. No obstante, este señaló que sí la portaba, pues se había implantado el chip de la misma en la mano, de modo que con un gesto podía validar el acceso. En un primer momento, se rechazaron sus argumentos, pero, finalmente, un juez anuló la sanción que se le había impuesto por lo inusual del caso. En el futuro quizá sustituyamos ciertas partes de nuestro organismo por ciberprótesis. Eso sí, algunos expertos ya advierten de que tales dispositivos podrían ser pirateados.


Moisés Barrio Andrés, autor de Derecho de los drones y Derecho de los robots, señala que el advenimiento de esta fusión de lo humano y lo tecnológico “incide sobre los derechos constitucionales, pone en tela de juicio la dignidad de la persona y la autodeterminación individual y hace que nos preguntemos si la sociedad poshumana puede ser democrática”. Barrio considera que este fenómeno tendrá que ser objeto de regulación. De hecho, a medida que aumente el número de personas que se inserten dispositivos que mejoren sus capacidades, también crecerá la necesidad de establecer una normativa al respecto. Entre otras muchas cosas, ello servirá para definir un asunto bastante espinoso: qué parte de sí mismo le pertenece al individuo mejorado y qué les pertenece a las empresas que hayan fabricado sus implantes.