Los satélites más pequeños de la historia, en órbita

Se espera que estos nanosatélites llamados Sprites se conviertan en la piedra angular de futuras misiones de exploración interestelar.

En abril del año pasado, el astrofísico Stephen Hawking explicó, en el marco de la iniciativa internacional Breakthrough Starshot, que, trabajando en colaboración con la NASA, tienen la pretensión de construir nanonaves del tamaño de una mariposa –llamadas StarChips– y dotadas de velas solares, que podrían realizar el viaje desde la Tierra hasta Alfa Centauri en solo veinte años (en comparación con los miles de años que le llevaría semejante periplo a una nave estándar de las actuales).

En este proyecto, Hawking cuenta con el apoyo del fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, y del magnate ruso Yuri Milner, y, en uno de sus primeros pasos, acaba de lanzar al espacio los satélites más pequeños de la historia, que vendrían a sentar las bases para ese futuro viaje interestelar rumbo a Alfa Centauri, aunque no son escasos los retos tecnológicos a los que se enfrentan los responsables de esta iniciativa para que llegue ese ambicioso momento.

 

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Pese a este último contratiempo, Zac Manchester, director del proyecto e investigador e ingeniero aeroespacial, se mostraba optimista sobre la misión: “Nuestro principal objetivo era demostrar que los sistemas de comunicaciones y energía de un Sprite podían funcionar en el espacio; esos son los datos básicos que necesitamos para seguir adelante. Desde nuestra perspectiva, este experimento ha sido cien por cien un éxito”, comentaba a la revista Scientific American.

Si se llegan a fabricar en masa, estos nanosatélites de coste muy bajo podrían ser desplegados y conectados en red para crear un sistema de sensores sin precedentes en la exploración del espacio, sin necesidad de exponer naves mayores y mucho más caras en ese empeño del hombre de llegar a enviar naves, algún día, a distancias interestelares.

Imagen del minisatélite Sprite: Zac Manchester

Imagen de la superficie de Proxima b: ESO M. Kornmesser

Etiquetas: astronomíaexoplanetastecnología

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