Las clases de educación tecnológica también deberían hablar de sus efectos adversos

A menudo, la formación en tecnología se basa solo en la explicación técnica de su funcionamiento, pero no tanto de sus efectos sociológicos, sobre todo si son adversos.

Educación tecnología
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Es probable que los niños ya estén interactuando más con la tecnología que con cualquier otra cosa del mundo. Dado que existen clases de educación sexual y otras, deberían existir también clases de educación tecnológica, mucho más extensas y profundas, que sobre todo atiendan a los riesgos asociados a ellas.

De hecho, según diversas encuestas, todos nosotros somos generalmente ignorantes acerca de las consecuencias negativas de muchas tecnologías que empleamos a diario.

Tecnoneutrales y tecnoestructuralistas

Según el experto en comunicación Majid Tehranian, la forma en la que abordamos la tecnología divide a las personas en tecnoneutrales y tecnoestructuralistas.

Los primeros suelen tener pocas pretensiones teóricas o sociológicas y sostienen que las tecnologías no son buenas o malas per se, sino que dependen del uso que les demos. Lo mismo que sucede con un cuchillo: puede usarse para dañar a alguien o para cortar el pan.

Es decir, que consideran que las tecnologías son, todas ellas y sin distinción, neutrales en sí mismas, y por tanto se tiende a prestar poca atención a las intenciones ocultas de sus creadores o cómo su uso condiciona la vida de sus usuarios.

Por su parte, los tecnoestructuralistas considerarían que el impacto de las tecnologías está condicionado por las fuerzas sociales, las instituciones y las empresas. Es decir, que una tecnología dada no tiene cualidades inherentes o naturales, sino que sus rasgos se definen por cómo se relacionan con la sociedad a la vez que influyen en ella.

Por ejemplo, un tecnoneutral sostendría que un vehículo autónomo, por sí mismo, reduciría las muertes por accidentes de tráfico y por tanto es deseable. Un tencoestructuralista, sin embargo, sostendría que un medio de transporte razonable debería perseguir muchos otros fines: tal vez, su mera existencia aumentaría el número de conductores, lo que reduciría el número de usuarios de transporte público, lo que finalmente contribuiría a un aumento de la polución en el aire y, también, a mayor número de víctimas por esta razón. También podría tener lugar una mayor dispersión urbana: al poder trabajar o entregarse al ocio mientras el vehículo autónomo lo conduce de casa al trabajo y del trabajo a casa, la gente viviría cada vez más lejos, lo que también ocasionaría un tipo de vida menos sostenible.

Internet es el ejemplo paradigmático de cómo la misma herramienta tiene uno u otro aspecto en función de cómo sea juzgada. Por un lado, nos comunica a todos con todos, sin fronteras, lo que necesariamente nos hace más abiertos y nos permite abandonar prejuicios provincianos, porque es un medio de comunicación ideal para ello. Por el otro lado, sin embargo, las religiones más reaccionarias están tomando posiciones y fortaleciéndose gracias a la red, al igual que los dictadores y los blogueros que simpatizan con sus ideas, y los algoritmos propician que a través de las redes sociales tendamos a leer ideas que concuerdan con nuestros prejuicios, reforzándolos.

Esto sucede porque las redes sociales, por ejemplo, no están concebidas para que nos comuniquemos con todo el mundo con facilidad (aunque eso sea lo que se puede hacer con ellas), sino que sus desarrolladores quieren que pasemos el mayor tiempo posible conectados a ellas para rentabilizarlas mediante la inclusión de publicidad. Y una forma sencilla de que pasemos más tiempo en una red social consiste en que las ideas que leemos nos resulten agradables y familiares.

Tal y como explica el experto Evgeny Morozov en su libro La locura del solucionismo tecnológico, la tecnología es importante, pero no todo puede solucionarse con la tecnología, y considerar que ésta es buena solo por sus cualidades inherentes, en términos generales nos concude a realizar análisis demasiado simples.

En su libro pone como ejemplo los algoritmos que se usan en blogs, redes sociales o vídeos de YouTube para determinar si un contenido es spam o incita al odio: "En lo que a intermediarios respecta, se trata de algo impactante: una sola compañía californiana decide qué se considera incitación al odio o irreverencia en muchos de los sitios más populares del mundo sin que nadie examine si sus propios algoritmos son sesgados o demasiado conservadores."

Para Morozov, este análisis crítico acerca de cualquier tecnología, atendiendo a todas sus facetas y aristas y como estas se imbrican con la sociedad, sin olvidar tampoco que detrás de las compañías desarrolladoras solo prevalece el ánimo de lucro, es algo que debería formar parte del currículo académico de cualquier alumno. Porque todos ellos van a empezar a relacionarse con nuevas tecnologías desde muy jóvenes, y estas van a influir en cómo actúan, cómo piensan, e incluso cuán críticos son con esas mismas tecnologías.

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