La web 3.0, el Internet de mañana

Cuando todavía tratamos de entender cómo se aplica la inteligencia artificial y qué son las criptomonedas, una nueva propuesta ha venido a aglutinar estas dos: la llamada web 3.0, cuya idea central sería aplicar a la world wide web actual la tecnología que subyace al blockchain y al big data.

Para entender la revolución que pretende orquestar la web3 o web 3.0 es necesario hacer un rápido repaso por lo que ha sido la evolución de Internet desde sus orígenes. La primera web, la web 1.0, fue lanzada por Tim Berners-Lee en 1989 y giraba en torno a los hiperenlaces. Era únicamente de lectura y sus usuarios, exclusivamente consumidores de contenidos. Los protocolos eran abiertos, descentralizados y bajo la gobernanza de la comunidad. Aquellas páginas web históricas eran estáticas, con diseños rudimentarios para lo que son los estándares actuales y brindaban mucha información pero poca interactividad.

Hacia 2004 se inició un segundo paso con la web 2.0. Esta ya se parecía más a la Internet que conocemos actualmente, permitiendo una cierta interacción entre las personas usuarias y las plataformas. Empezó también el desarrollo de redes sociales como Facebook y Twitter, así como el de Google, macroempresas que comenzaron a organizar la información y a centralizarla bajo su control.

Web 3.0
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La web 2.0 permitió desarrollar herramientas fáciles de usar para que cualquier ciudadano pudiera crear contenidos en línea, bajo el dominio de los citados gigantes tecnológicos. La explosión de la web 2.0, en definitiva, provocó el paroxismo de las redes sociales y de la interactividad con el usuario, que pasó a ser el creador de buena parte de su contenido… pero sin recibir remuneración por ello y sin poseer el control de la información.

En ese momento surge la paradoja: las personas generan los contenidos pero son las compañías tecnológicas las que los dominan y se ingresan los beneficios a su costa. Circunstancias que, al menos en su filosofía, quiere venir a cambiar el siguiente paso en la evolución: la web 3.0.

Pero, ¿cómo superar ese modelo de dominio, centralización y apropiación del contenido de la web 2.0? Pues a partir de la confluencia de varias tecnologías. En primer lugar, el de la tecnología blockchain. Su definición más exacta es la de Don & Alex Tapscott en su libro Blockchain Revolution: «Blockchain es un libro de contabilidad digital incorruptible de transacciones económicas que puede programar para registrar no solo transacciones financieras, sino prácticamente todo lo que tiene valor».

Cada uno de los bloques de datos que intervienen en una transacción se encuentra protegido y vinculado entre sí, permitiendo la participación de determinados usuarios (cada uno, asociado a un bloque). Así, la transacción no la verifica un tercero, sino la red de nodos (computadores conectados a la red), que también es la que autoriza en consenso cualquier actualización en la blockchain.

Y, dentro del entorno blockchain, existen los tokens. William Mougayar, autor del libro The business blockchain, los describe como «unidades de valor que una organización crea para gobernar su modelo de negocio y dar más poder a sus usuarios para interactuar con sus productos, al tiempo que facilita la distribución y reparto de beneficios entre todos sus accionistas».

En otras palabras, los tokens son una suerte de nuevas «monedas», apalancadas en la criptografía, con un valor meramente de intercambio, que deben ser emitidas por una entidad de blockchain, como Bitcoin o Ethereum.

En la web 3.0, la propiedad y el control de la información y los servicios estarán repartidos entre los dueños de los tokens, que al mismo tiempo podrán ser usuarios y creadores de contenidos, quienes pongan el valor que quieran a la información en estas unidades de medida y quienes intercambien contenidos y criptomonedas.

«Los usuarios defienden que la web 3.0 es un lugar en el que ellos son propietarios de todos sus datos y que tienen un alter ego con el que se relacionan con el mundo. También es entendido en la comunidad como una manera de tener finanzas descentralizadas (criptomonedas) y que permite a los usuarios ganar dinero con su gestión de datos o colaborando en la red», explica Juan Ignacio Navas, socio letrado director del bufete Navas & Cusí, especializado en la parte legal de estas tecnologías emergentes.

Por otra parte, la web 3.0 busca transformarse en una macrobase de datos en la que cada usuario tenga un perfil único en la red, basado en el historial de sus búsquedas. Ese perfil sería el que se usaría para personalizar la experiencia de navegación de cada individuo. Es decir: si dos personas diferentes han hecho una búsqueda por Internet con las mismas palabras y con el mismo servicio, recibirán distintos resultados, determinados por sus diferentes perfiles personales. Esto se debe a que la web 3.0 y sus servicios se fundamentan, en gran parte, en la llamada web semántica. En este modelo, los motores de búsqueda comprenden, mediante la inteligencia artificial, el significado de la información que contiene la web, y esto permite un procesamiento de los datos más eficaz y un filtrado automático y preciso de la información. Es más: los programas de esta nueva web pueden razonar, basados en descripciones lógicas y agentes inteligentes, y utilizar reglas que expresen relaciones racionales entre conceptos y datos en la red.

La inteligencia artificial consigue crear el llamado mapa semántico que enseña a las computadoras el significado «real» de las palabras. Por ello, esta evolución está asociada al concepto de personalización y ofrece un flujo de contenidos adaptados a nuestros gustos, basándose en nuestros perfiles en la red, búsquedas, opiniones y actividad.

Por otra parte, este tipo de evolución se apoya también en la data web que hace que los datos sean accesibles y enlazables como las páginas web y permitiría un lenguaje estandarizado y un nuevo nivel de integración de datos.

Como estos datos personales son almacenados y trazados en la nube, nuestras búsquedas tendrán unas respuestas más personalizadas y cercanas, además de permitirnos conectarnos desde más dispositivos como por ejemplo relojes, tablets o asistentes de voz.

El blockchain podría facilitar una propiedad más equitativa de la red, con millones de dueños de contenido, y con un contenido seguro, menos expuesto a deformaciones. El usuario, en definitiva, volvería a estar en el centro, como creador, pero sobre todo como poseedor de la información al ser propietario de esos tokens.

Evidentemente, la identidad y la privacidad en esta web serán diferentes también. ¿Por qué? Porque ambas estarán ligadas a la cartera digital del usuario que participe en ella. Mientras en la web 2.0 los métodos de autenticación casi siempre requieren que el usuario entregue datos privados y personales, en la web3 las carteras digitales son completamente anónimas a menos que su propietario decida vincularlas públicamente a su identidad.

«Para el usuario, es un entorno completamente seguro, ya que comunica los datos que le interesan. Por ejemplo, si yo hago una transacción con mi wallet (cuenta con dinero) nadie de la cadena podrá saber quién soy yo ni dónde vivo. Con una cuenta bancaria se ve la entidad, oficina y quién soy. Pero los escáneres de la red sí permiten que cualquier visitante pueda conocer qué transacciones se han hecho con una wallet , lo que que permite establecer la trazabilidad», explica Juan Ignacio Navas.

En relación con la seguridad de la información, «la tecnología blockchain es segura para almacenar información y asegurarse de que lo que leemos estaba ahí antes y que ha seguido un flujo, que por tanto no se ha corrompido. El riesgo se encuentra en el usuario y en el uso que le dé. Igualmente, ningún sistema será tan poco seguro como el actual de Internet, en el que cualquier persona con conocimientos suficientes puede llegar a desinformar a una gran parte de la población», detalla el letrado.

Pese a todas las ventajas que esta propuesta presenta, la web 3.0 no es ajena a las críticas. Empezando por la descentralización: algunos teóricos de la materia son escépticos sobre su potencialidad en este ámbito al considerar que descentralizar la arquitectura web no hace que ocurra lo propio con la infraestructura digital que subyace.

El abogado Juan Ignacio Navas lo explica: «La tecnología está diseñada para que diversos usuarios puedan ser propietarios de la cadena, pero, para ello, hay que poner equipos a disposición de la cadena y que la mantengan, algo que no está dispuesto a hacer la mayoría. Existe la posibilidad de que, con recursos suficientes, un usuario o gran corporación pueda adueñarse del 51 % de la cadena y, por tanto, hacer lo que quiera con ella».

Por lo que se refiere a la calidad de la información, tampoco faltan voces que no creen que esté relacionada con la descentralización de la propiedad: «No creo que la calidad dependa de si está descentralizada la propiedad o no. El hecho de que se dejase de depender de una línea editorial no significa que el escritor freelance no tenga sus inclinaciones y enfoque cada tema desde un prisma u otro. Lo que sí que es cierto es que la economía de creación de contenidos está permitiendo que haya información libre y de alta calidad de personas que actúan por libre y cobran de las redes sociales, pero también hay individuos que se dedican a desinformar», concluye Juan Ignacio Navas.

Quedan, por tanto, todavía algunos ángulos que perfilar de esta nueva tecnológica que, sin duda, en un lapso más breve que largo veremos instalada entre nosotros.

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