La trampa de las fábricas sin trabajadores

Según un informe del FMI, la robotización de las fábricas aumenta después de cada pandemia. ¿Esto genera desempleo o todo lo contrario?

Almacén con robots
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La robotización de las fábricas aumenta después de cada pandemia, dice un informe reciente del Fondo Monetario Internacional. Sus autores, Tahsin Saadi Sedik y Jiae Yoo, han detectado una correlación entre la automatización en las plantas industriales y las crisis sanitarias, donde pueden incluirse sin miedo a equívocos la del síndrome respiratorio agudo grave (SARS), en 2003; la de la gripe A, en 2009,; la del síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS), en 2012; y la del ébola, en 2014. Advierten que ese proceso provocará mayor desigualdad entre los trabajadores no cualificados que habitan ahora esos espacios. Consideran que la desigualdad de la que son víctimas está en su futuro desempleo y no en su trabajo actual.

Durante la crisis del Covid-19 hemos visto la emergencia de dos clases sociales claramente diferenciadas: los que se han podido quedar en casa y los que no. Millones de personas en todo el mundo a los que nadie ha canonizado como trabajadores esenciales han arriesgado su vida empaquetando salchichas, llenando cajas, limpiando casas y almacenes, conduciendo camiones, cosiendo juguetes o repartiendo paquetes de Amazon y comida a domicilio por menos de diez euros la hora.

Algunos historiadores han comparado esta división social con periodos de guerra, donde unos ciudadanos van al frente y otros, no. Obviamente, las guerras también generan nuevos procesos de automatización. En los últimos años, se han desarrollado un gran número de robots para desactivar explosivos, explorar espacios peligrosos o vigilar zonas de tensión. El FMI no lo considera una amenaza para la estabilidad laboral de los soldados, sino un desarrollo positivo capaz de salvar vidas. ¿No podemos hacer lo mismo con los trabajos más miserables y establecer el marco que permita mejorar la vida del trabajador?

La fábrica sin empleados parece una promesa, pero es una advertencia que cumple dos objetivos muy concretos. El primero es activar el síndrome FOMO –temor a perderse algo– de los empresarios para que se suban al carro de la Industria 4.0, generalmente a costa de entregar sus procesos y datos del negocio a los seis gigantes de la automatización. El patrón es conocido y ya ha sido tipificado como capitalismo de plataformas. El segundo es garantizar la docilidad de los trabajadores bajo la amenaza del desempleo eterno. ¿Quién piensa en sus derechos laborales cuando se imagina compitiendo con Terminator o mendigando empleo a través de una plataforma optimizada para esquivar un pasado sindical?

En su interesante ensayo sobre la automatización y el futuro del trabajo, Aaron Benanav argumenta que los números no salen. Que los países con mayor índice de robotización por trabajador –Alemania, Japón y Corea del Sur– muestran de hecho mayor índice de empleo. Explica que, si avanzamos hacia un paro catastrófico, no es por culpa de la automatización de las fábricas, sino por un estancamiento global de la economía propiciado por la escasa inversión y la baja tasa de crecimiento económico.

Pero hay otra cosa. La clase de empresa que más ha crecido en los últimos años es famosa por contratar a pocos trabajadores muy bien pagados y explotar a miles de millones de todo el mundo, a través de herramientas diseñadas para burocratizar tareas informales, generando algo parecido al empleo pero sin asumir las responsabilidades que derivan de él. También es famosa por consumir dinero público sin pagar impuestos. Es la misma industria que vende inteligencia artificial a terceros bajo el flamante eslogan de la Industria 4.0. El problema no es la inexorable marcha del progreso hacia un mundo que no necesita la fuerza obrera, sino el abandono de responsabilidades por parte de todas las instituciones diseñadas para garantizar los derechos del trabajador

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