Internet no viajará en globo, pero sí caerá del cielo

Ideas como el internet vía satélite o los globos aeroestáticos prometen cerrar la brecha digital entre el campo y la ciudad. ¿Cuáles de ellas son viables?

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En el año 2008, Google empezó a trabajar en una de esas ocurrencias que pueden parecer locas, pero que esconden un gran potencial: ofrecer acceso a internet mediante globos aerostáticos. Hoy en día es fácil cubrir zonas densamente pobladas con una conexión inalámbrica de buena velocidad: con 5G, su rapidez puede rivalizar con la de la fibra óptica. Pero en las áreas rurales y las más remotas, hasta ofrecer cobertura 3G o 4G puede resultar complicado. Las antenas no tienen el alcance suficiente y los pocos clientes potenciales que dispondrían del servicio no justificarían la inversión. Casi la mitad de la superficie de la Tierra, por lo tanto, carece de conexión a la Red.

La esperanza de Google era solucionar este problema con una flota de globos aerostáticos similares a los que se utilizan en ciertas investigaciones científicas. Estos aparatos pueden permanecer en el aire durante meses, flotando entre las diferentes corrientes de la estratosfera. No son fáciles de controlar, sobre todo si se quiere que mantengan una posición más o menos fija, pero con varios de ellos moviéndose entre las diferentes corrientes de aire e intercambiando información entre sí, sería en teoría posible cubrir grandes áreas con conexiones de velocidad similar a las que se disfrutan en las grandes ciudades.

Google, que bautizó esta iniciativa con el nombre de Loon (en español significa ‘alocado’ o ‘excéntrico’ ), hizo el cálculo. Con trescientos globos flotando a la altura del paralelo 40 sur, por ejemplo, podría darse acceso continuo a internet a algunas de las regiones más remotas de Nueva Zelanda, Australia, Chile o Argentina, y con velocidades cercanas a los 155 Mbps. África, las islas del Pacífico o incluso los propios mares –donde los barcos mercantes y los cruceros se beneficiarían de una mejor conexión– eran otros de los mercados potenciales para la empresa. Durante los últimos diez años, la división de investigación y desarrollo de Google, Google X, hizo volar decenas de estos globos en varios territorios a modo de experiencia piloto, por lo general con bastante éxito. Solo se han producido dieciocho accidentes en toda la historia del proyecto, y ninguno con víctimas. Los aparatos tendían a desviarse más de lo esperado del rumbo deseado, pero aterrizaron sin daños en casi todos los viajes y tras permanecer varias semanas en vuelo autónomo.

Sin embargo, a principios de este año, Alastair Westgarth, consejero delegado de Loon, anunció con estas palabras que hasta ahí había llegado la cosa: “Hemos encontrado varios socios dispuestos a ayudarnos a lo largo del camino, pero no hemos sido capaces de dar con la forma de reducir los costes lo suficiente como para construir un negocio sostenible a largo plazo”.

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Otras ideas similares que prometían cerrar la brecha digital entre el campo y la ciudad también han acabado en nada. En 2018, por ejemplo, Facebook aparcó un proyecto del estilo del de Google. Se llamaba Aquila y se basaba en drones autónomos alimentados por energía solar para proporcionar acceso a internet desde el aire. Estas aeronaves, de gran envergadura, iban a ser capaces de volar durante noventa días ininterrumpidos. La empresa de Mark Zuckerberg solo hizo dos vuelos de prueba, ambos con una duración inferior a dos horas, pero consideraba factible la idea, y llegó a acuerdos con varias compañías para impulsarla. Las dudas sobre su rentabilidad y las dificultades tecnológicas dieron al traste con el asunto.

Las ventajas de estos proyectos, conocidos en conjunto como HAPS (siglas en inglés de estaciones en plataformas a gran altitud), eran claras. Volando a unos 20 o 30 kilómetros de altura no hace falta ningún equipamiento especial para captar la señal desde tierra. A todos los efectos son antenas flotantes de telefonía móvil. Pero la complejidad que aún entraña gestionar vehículos volantes autónomos ha lastrado las operaciones. Tanto si hablamos de drones como de globos, mantenerlos dentro del área requerida durante largos periodos de tiempo ha sido más complicado de lo que se creía. Y se ha comprobado que se necesitarían más aparatos de los previstos, con el consiguiente aumento de los costes y de la dificultad del manejo.

Internet vía satélite

Irónicamente, la sustituta de estas iniciativas podría ser una tecnología descartada hasta hace poco precisamente por cara: el acceso a internet través de satélites. El boom de las empresas aeroespaciales de capital privado, como Space X y Blue Origin, ha reducido drásticamente el coste de poner un satélite en órbita. Varias compañías planean lanzar constelaciones de estos aparatos en órbita baja (a unos 500 kilómetros de altura), compuestas por cientos o miles de unidades que podrán ofrecer cobertura hasta en las áreas más remotas del planeta. Para conectarse con ellas se necesitan antenas especiales, y la latencia de las conexiones (el tiempo que tardan los datos en hacer un viaje de ida y vuelta a un servidor) es por supuesto mayor, aunque entra dentro de lo razonable.

En algunas regiones de Estado Unidos, SpaceX ya ofrece acceso a la Red gracias a sus flotillas de satélites (lanza decenas al mes), que operan bajo la marca comercial Starlink. Por 99 dólares mensuales (unos 80 euros), más un pago inicial de 500 dólares por la antena (del tamaño de una caja de pizza) y el rúter , da una velocidad de entre 50 y 150 Mbps: menos que una conexión de fibra tradicional, pero más que aceptable para las conexiones rurales habituales en el país, que con frecuencia no superan los 25 Mbps de descarga.

Conforme crezca su constelación, Starlink no solo brindará mayor velocidad de conexión; también dará acceso a internet a las regiones remotas y, lo que tal vez sea más importante, lo hará a un precio lo suficientemente bajo como para ser una alternativa real para los miles de millones de personas que se encuentran en el lado menos apetecible de la brecha digital.

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