¿Más sexo natural?

Parece que los humanos nos alejamos de la naturaleza a marchas forzadas. Y nuevas corrientes de pensamiento promulgan el retorno a nuestros orígenes animales, en nuestra vida cotidiana y sexual, pero ¿lo natural es siempre mejor?

Adán y Eva
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Nuestra supervivencia se ha basado siempre en la manipulación de la naturaleza y en guarecernos de lo que nos depara. Esta necesidad –no es, de partida, un capricho o una frivolidad– tecnológica constituye un elemento tan determinante en nosotros como lo es el hecho de ser animales emanados de la naturaleza, y nos confiere una particularísima visión del mundo: entenderlo como una herramienta puesta a nuestro uso. Vemos la naturaleza como un simple recurso que hay que manipular, transformar, parasitar y, en el caso de que nos convenga, destruir. Todo ello se debe a que somos animales, sí, pero animales desterrados, animales expulsados de ella.

Hay un pasaje en el Génesis que lo simboliza bien. Adán y Eva acaban de comer del árbol del conocimiento y Dios reclama la presencia de Adán para que comparezca frente a Él. Su voz truena en el firmamento repitiendo su nombre: “¡Adán…, Adán…!”. Pero este no acaba de aparecer. Cuando finalmente lo hace, intimidado, con la cabeza gacha y sus manos tapando torpemente sus genitales, Dios le pregunta por el motivo de su tardanza. A lo que Adán responde que no acudía porque se encontraba desnudo. Es entonces cuando Dios demuestra que es Dios preguntándole: “¿Y quién te ha dicho a ti que estabas desnudo?”.

Hasta entonces, Adán y Eva triscaban desnudos por el paraíso como cabras por el monte, sin vergüenza alguna ni temor ni pudor. La conciencia súbita de la propia desnudez es la prueba irrefutable de que han mordido la manzana. La consecuencia de ello es la expulsión del paraíso, el destierro de la naturaleza, un castigo insoportable –lo de “parirás con dolor” y “ganarás el pan con el sudor de tu frente”–, una condena inaudita que no es dictada por Dios, sino por la propia condición humana. Así retrata Masaccio a Adán y Eva en la capilla Brancacci tras recibir la condena. Él, tapándose la cara con las dos manos y dejando su pene a la vista, es la culpa; ella, con el rostro visible y desencajado y cubriéndose con su brazo derecho los senos y con la mano izquierda el pubis, es la vergüenza. Encima de ellos, el ángel custodio, espada en mano, impedirá cualquier intento de regresar: no hay marcha atrás.

Animales desterrados

Desde la primera vez que existió algo parecido a un animal humano, dejamos de habitar en la inmediatez de la naturaleza como el resto de animales. Somos unos animales desterrados. O como lo expresara el filósofo Peter Sloterdijk: “Si somos humanos, es porque hemos fracasado como animales”. Y es ahí, en nuestro fracaso, donde reside la necesidad de conformar toda nuestra existencia como especie en una lucha contra la naturaleza, en una resistencia a la ley de vida, a lo que Dios manda, a lo dado. Plantar trigo, construir una choza, elaborar un antibiótico, instaurar la democracia o componer las seis suites para violonchelo de Bach son una resistencia contra los designios de la naturaleza, contra sus imposiciones aleatorias y desiguales.

Y es que lo natural, pese a lo que la cultura de lo bío quiere hacernos creer, no siempre es lo mejor. Victor Hugo resume bien ese orden natural contra el que nos resistimos: “Il faut que l’herbe pousse et les enfant meurent” (‘La hierba tiene que crecer y los niños, morir’). Ante eso estamos indefensos, sin posibilidad de supervivencia alguna, pero la cultura es en gran medida un peculiar mecanismo de defensa que nos permite impedir que la hierba crezca –exterminando los pastos que nos alimentan– y también, en gran medida, que nuestros niños mueran nada más nacer… Y la emoción estética que nos produce el verso de Hugo es otra forma de resistirse a lo inexorable e inmanejable de los designios de la naturaleza.

La debilidad emanada de nuestro destierro hizo de nosotros criaturas tecnológicas que siempre ansían volver a La naturaleza. Ambas cuestiones, ser naturaleza y entenderla como algo colocada para su manipulación, son requerimientos que casan muy mal entre sí y que, si no tenemos la suficiente habilidad para equilibrarlos y hacerlos mínimamente compatibles, nos abocarán a dos posiciones tan radicales como estúpidas de las que hoy en día vemos sus manifestaciones: o acabar pulverizando y agostando todo –hasta a nosotros mismos– en nombre de eso que llaman el crecimiento y el desarrollo, o adoptar actitudes regresivas hacia lo natural sin sentido alguno y basadas en planteamientos más ideológicos, religiosos o mágicos que racionales.

incendio forestal
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No existe la menor duda de que el ensimismamiento y el narcisismo –no solo individual, sino colectivo–, acompañados de una ideología puramente mercantil que nos hace ver el mundo como un simple supermercado en el que abastecernos a discreción, nos señalan a nosotros mismos como la mayor amenaza: catástrofes ecológicas, cambio climático, cosificación de los animales –la vaca no da leche, se la ordeña tras preñarla y retirarle el ternero; no da piel, se la despelleja; y no da carne, se la descuartiza–... Nuestra condición sexuada, extraña síntesis de esos dos flujos informativos que son la naturaleza y la cultura, no queda al margen de esta polaridad: seguir avanzando hacia el desfiladero de la hipertecnificación del mundo o regresar sin mucho criterio y, en ocasiones, con mucho riesgo –baste ver la campaña de los antivacunas– hacia un supuesto paraíso natural que, en realidad, nunca nos acogió.

A continuación, analizaremos brevemente algunas posturas, en general más pintorescas que inquietantes, sobre algunas opciones concernientes al hecho sexual humano y que apuestan por un regreso a lo natural como garantía de legitimidad. No por casualidad estas alternativas afectan mucho más al cuerpo femenino que al masculino y, curiosamente, no dudan en considerarse a sí mismas como progresistas y asociadas a movimientos de liberación de la mujer, cuando no a un ecologismo radical.

 

El sangrado libre

Empecemos, por ejemplo, por el llamado free bleeding. La traducción literal de esta propuesta sería ‘sangrado libre’ y, como podrá deducirse, hace referencia a dejar de utilizar productos para contener la emisión de sangre menstrual durante la regla. El propósito fundamental de esta iniciativa sería normalizar y desestigmatizar el sangrado menstrual, defendiendo, ya de paso, los llamados intereses del planeta.

Es sabido que, desde antiguo, el hecho de que las mujeres sangremos una vez al mes por los genitales –durante el menstruum, que decían los latinos; lo que se produce en el mensis, es decir en el mes lunar, de ahí lo de menstruación– se ha prestado a las más variadas y estúpidamente simbólicas interpretaciones que se han relacionado torticeramente con la manera en que a las mujeres se las quería categorizar. La impureza, la suciedad o la contaminación de la menstruación –a la que se achacan efectos tan absurdos como cortar la mayonesa– caracterizan al agente patógeno, es decir, a la mujer; si esta no cumple los requisitos morales de inmaculada, limpia y pura es porque el mal ya está dentro de ella, porque tiene esa mancha, ese estigma.

La solución para acabar con esa obligación de ‘ocultar el secreto’ de tener la regla pasa, según el naturalista propósito, por mostrarlo abiertamente y dejar que la sangre fluya sin temor a ser vista o a dejar un inconveniente rastro por algún butacón. Con ese gesto, continúa la proclama, se evitaría además el ingente consumo de elementos externos de contención del sangrado – tampones y compresas– que acaban, como todo lo que se tira, contaminando nuestros mares, además de evitar –siempre detrás de una propuesta naturalista de este tipo, se introduce una explicación científico/ racional– el temido TSS, el síndrome del choque tóxico, una infección bacteriana muy grave provocada usualmente por el Staphylococcus aureus y que, aunque puede afectar a cualquier persona, se ha asociado también al uso de algunos tampones –con una incidencia aproximada de 1 por cada 100.000 mujeres–.

La propuesta del free bleeding no es nueva: ya fue una propuesta de carácter feminista allá por los años 70 del siglo pasado y también fue, en la insalubre Europa del XVII y el XVIII, bajo las desmesuradamente anchas faldas de las mujeres de buena posición, la manera más frecuente de abordar el sangrante asunto. El sangrado libre se enmarcaría en esa actitud reivindicativa general de mostrar a la mujer en cuanto a lo que naturalmente es, despojada de los condicionantes culturales y morales de lo que debe ser –según los prototipos elaborados por los hombres–, y se podría aplicar también a otros gestos como dejar de depilarse axilas y piernas o abandonar el perfume y el maquillaje y su contaminante industria.

Hoy, principalmente en Francia y de la mano de reputadas estudiosas feministas de la sexualidad como Élisabeth Badinter, ha surgido una corriente muy crítica en relación a toda una nueva serie de reivindicaciones naturales que afectan directamente a la mujer y a la función de su sexualidad –y, ¿cómo no?, a su capacidad de gestación y su maternidad–. La lactancia materna sostenida, los pañales lavables y reciclables, el parto natural y con dolor –evitando la programación de este e incluso la anestesia epidural–, dar a luz en el hogar familiar y no en un frío y deshumanizado hospital o la renuncia a la actividad profesional por volcarse en una sostenida y prolongada atención al recién nacido, son medidas que pretenden recuperar una supuesta humanidad perdida en la relación materno/filial mediante el retorno a lo natural de la maternidad y a vivir la experiencia con la intensidad con la que lo hacían nuestras abuelas.

No hay que ser especialmente astuto para detectar que todas esas medidas regresivas de carácter ecológico radical desprenden un cierto tufo a restablecer los valores contra los que tanto se ha luchado desde el feminismo y que, básicamente, se sintetizan en tres: la mujer como elemento dedicado fundamentalmente a la atención de los demás, la maternidad como sinónimo de feminidad y la reintroducción de que el lugar de una mujer es estar en casa cuidando de la prole. El paradigma de la madre perfecta se muestra, según algunas autoras, como un cortocircuito ideológico en el amplio y diverso espectro de los deseos de una mujer. Lo curioso es que se presente como un progreso. Quizá comprendamos algún día que las medidas reaccionarias, sean de carácter político, ideológico o incluso ético, son como un escudo de mimbre frente a un avión de caza F-35 y que nuestra resistencia a la deshumanización de la actual ideología hegemónica no pasa por volver atrás, sino por descubrir nuevas herramientas y útiles, también en nuestro ser sexuado, para contrarrestarla. Por lo demás, estas opciones naturalistas son tan respetables dentro de la libertad individual de una mujer como muchas otras.

 

Pareja: ¿el origen de todos los males?

Podríamos mencionar también, dentro de la voluntad de regresar a lo natural, las distintas fórmulas que se proponen para establecer vínculos sentimentales fuera de los asumidos culturalmente como legítimos o, en cualquier caso, funcionales. Casi todas esas fórmulas, en su diversidad de planteamientos, no son tan novedosas como se pretende y tienen algo en común: asumen que la asociación en pareja es el origen de todos los males que en la erótica nos acechan, pues establece dentro de ella perniciosas relaciones de privatización y exclusividad que en absoluto son naturales. En estos planteamientos, la alternativa a emparejarse –algo que es visto como un modelo patrilineal que solo busca garantizar el origen masculino de la descendencia y que establece una marcada diferencia de distribución de trabajo y roles– pasaría por volver a la manada grupal, donde, presuntamente, los amores no establecen jerarquías –ni compromisos–, son simétricos –como si el amor se sometiera a los dictados de la igualdad– y no conforman categorías de propiedad –en una manada de babuinos o de leones, el macho dominante no se compromete con una sola hembra... porque todas le pertenecen–.

Todos esos planteamientos tienen un impecable ideario teórico, lleno de bondades y justicia, pero que, a poco que se pretenda materializar, tropieza con duros adversarios, como son la condición humana y la testarudez de la realidad… No habrá ninguna revolución en materia erótica que, en lugar de entender y darles la vuelta a dichos adversarios, pretenda simplemente negarlos.

La ecosexualidad

Por último, me gustaría mencionar un movimiento reciente que tiene un punto cachondo y otro artístico, y que propone directamente interactuar sexualmente con la naturaleza –no echar un polvo con la parienta en un prado, sino hacerlo con el propio prado, sin parienta–. La iniciativa proviene de los Estados Unidos, se llama ecosexualidad y tiene a dos promotoras muy respetables: Elisabeth Stephens y Annie Sprinkle. A la señora Stephens no he tenido el placer de conocerla, pero con Annie Sprinkle sí he tenido el gusto de tratar –y hasta el honor de ser condecorada por ella– y debo decir que es una mujer que ha llevado la subversión de las convenciones en materia sexual hasta extremos inauditos. Sexóloga, ex trabajadora sexual, artista, estríper, actriz porno y otras mil facetas más, cualquier cosa que proceda de Sprinkle va contra las ortodoxias –del campo que sean, incluido el feminismo–, por lo que su propuesta de abrazar una chumbera, masturbarse frotándose contra un tocón o dejarse acariciar por las hierbecillas del monte no puede más que despertarme una sonrisa.