Los secretos del fetichismo

Cabello, cuerdas, tacones... Sentir atracción erótica por algo que no motiva a la mayoría es una forma más de gozar del sexo. El respeto es la clave para vivirlo de forma sana.

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Hablamos de fetichismo cuando la atracción erótica se dirige hacia objetos o partes del cuerpo que la mayoría de personas no considera especialmente excitantes. Se trata de una alternativa minoritaria y no necesariamente algo extraño o desviado.

 


Excitando, que es gerundio

La estimulación sexual casi nunca se desencadena de manera automática. Lo habitual es que, además de voluntad, estén presentes unos requisitos previos, como son el deseo –del qué, el quién y el cómo– y un contexto que lo facilite. Evidentemente, según cada persona, estos mismos requisitos tendrán sus peculiares matices y significados. A partir de ahí, empiezan a funcionar los estímulos eróticos. Lógicamente, con el mismo patrón de diversidad. Estímulos que pueden percibirse por los cinco sentidos: partes del cuerpo desnudas o que se insinúan, gestos, poses, miradas, palabras románticas o explícitas, roces, besos, caricias, piel con piel, feromonas, perfumes…

Ahora bien, estos desencadenantes no siempre excitan en el mismo orden ni con la misma intensidad. Pero todos ellos pueden funcionar antes, durante y hasta después del encuentro y el orgasmo. Es decir, pueden contribuir a mantener e incrementar la excitación, o a aumentar la percepción de satisfacción. Cuando son apreciados, todo lo que se genera alrededor de ellos se vivirá de manera positiva. Este tipo de acicates, con todas sus variantes, son muy frecuentes para mucha gente y eso no se discute. Sin embargo, hay personas que prefieren estímulos menos predecibles, algo que también es legítimo. Por ejemplo, habrá quien se sienta más atraído por los pies o el cabello humano que por la visión de vulvas, penes o pechos desnudos; quien disfrute más con la lencería que con lo que oculta; quien se excite con zapatos, los tatuajes, las cuerdas, el látex, algunos muñecos u objetos concretos, texturas, olores o sabores. Todos ellos, en apariencia, lejos de los intereses sexuales habituales. ¿Es esto fetichismo? Probablemente.

 

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No es una enfermedad

Una conducta poco frecuente también puede ser satisfactoria. Baste recordar que si lo normal es aquello que practica la mayoría de la población, esa mayoría cambia según lugares, épocas, culturas y colectivos. Hubo un momento en que todos los comportamientos sexuales sin fines reproductivos se consideraron indeseables. No se deberían repetir esos errores y calificar de trastorno o patologizar todo lo que resulte minoritario.

En 2007, la OMS definió la salud mental como “un estado de bienestar en el cual el individuo es consciente de sus propias capacidades, puede afrontar las tensiones normales de la vida, puede trabajar de forma productiva y fructífera y es capaz de contribuir a su comunidad”. ¿Es compatible esto con el fetichismo? ¿Con sentir atracción por la ropa interior, los pies o las cuerdas? Tiene toda la pinta de que sí.

 

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A quién le importa lo que yo haga


Solo es un problema si se vive como tal. Cuando genera malestar psicológico, suele proceder del repudio y la desaprobación social que reciben estás prácticas, o de los estereotipos y el estigma que las rodea. Todo sería distinto si se percibieran de otra manera. Además, la mayoría de fetichistas lo experimentan como una opción compatible con otras prácticas eróticas, algunas de ellas absolutamente convencionales. Toca, por tanto, aprender a no juzgar. Educar para aceptar y respetar la diversidad. Por supuesto, en el fetichismo también debe haber lugar para el consentimiento de los participantes y para no lesionar ni inmiscuirse en los derechos de los demás. En todos los casos, el protagonismo recae en la persona que realiza la conducta, que debe evitar caer en la trampa de la obsesión.

 


Un catálogo casi infinito

Cualquier atracción erótica, por extraña y minoritaria que resulte, tiene su denominación; sin duda, es un modo de ganar legitimidad, porque lo que no se nombra no existe. Pero también es una manera de marcar las líneas rojas. Quizá, con las etiquetas suceda lo mismo que con todas las prácticas sexuales: serán buenas o malas en función de cómo se vivan. Así, tenemos acomoclitismo –excitación por genitales depilados–, acrotomofilia –por las personas con miembros amputados–, agalmatofilia –por maniquíes desnudos–, altocalcifilia –por los tacones altos– o autonepiofilia –por usar pañales–.

También hay urofilia –por la orina–, xenofilia –atracción hacia los extranjeros– y, claro, zoofilia –animales–. De camino, encontramos la brontofilia –por las tormentas–, clismafilia –por introducir líquidos por el ano–, misofilia –ropa sucia–, pigmalionismo –las estatuas–, tricofilia –el cabello– y tantas otras. Es importante no olvidar que todas estas prácticas, y las muchas que no se nombran, son compatibles con los besos y caricias, con penetraciones y con palabras. Pero, sobre todo, con deseos compartidos y con relacionarse sin tener que estar pendiente de las etiquetas.

 

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