La revolución de los géneros

La dualidad hombre/mujer se ha perpetuado en todas las civilizaciones a lo largo de milenios, pero la evolución biotecnológica y los cambios sociales de los últimos años han abierto la puerta a otras realidades identitarias que reclaman su espacio y sus derechos para romper el mito de que únicamente existen dos géneros y debemos escoger entre ellos.

Por más que intento recordar y repaso la mitología sobre el tema, no soy capaz de encontrar ningún mito fundacional de ninguna cultura en la que existiera, en algún momento, un colectivo humano sin la división entre lo masculino y lo femenino. Lo cual es muy significativo. No lo encuentro, al menos, en un plano que podríamos llamar terrenal. En el ámbito de lo celestial, sí podríamos hallar –en creencias como el cristianismo– unas figuras que han generado discusiones bizantinas sobre la posibilidad de que no estuvieran sexuadas y, por tanto, no presentaran la ambivalencia hombre/mujer: los ángeles, los mensajeros de Dios.

Pero, aun así, siempre nos hemos referido a serafines, querubines, virtudes, potestades, arcángeles y ángeles con género –masculino en su totalidad–. Gabriel, Miguel, Rafael… Son nombres que dejan pocas dudas acerca de su género. Hasta al mismísimo Dios, que no debería en principio estar sujeto a condición sexuada alguna, se le representa, especialmente en la cristiandad, como un señor barbudo y metido en edad que todo lo puede. Pero si bien la ausencia de sexo y de género y la disolución del binarismo hombre/mujer no parecen haber sido ni contempladas, sí existe, por supuesto, abundante noticia sobre la androginia y sobre el sujeto, normalmente dotado de la excelencia, que contiene en sí los dos sexos, bien de manera diferenciada, bien difusa.

Desde la raza de andróginos esféricos que relatara Platón en boca del cachondo de Aristófanes como origen de nuestra especie sexuada hasta el griego mito de Tiresias –que fue un tiempo de su existencia hombre y luego mujer y luego otra vez hombre… Algo así como el santo patrón del hoy llamado gender fluid o género fluido–, siempre ha habido en nuestra propia condición mitológica lo hombre y su caracterización masculina, enfrentado y opuesto a lo mujer y su caracterización femenina. Hasta los seres más extraños que poblaron nuestros mitos, como los centauros, los titanes y los gigantes, tuvieron su correspondiente femenino: las centáurides, las titánides o las gigantas.

La aparente imposibilidad de pensar –ni en las más imaginativas alegorías, mitos o leyendas– que exista algo vivo en cuya especie no se conforme el dualismo macho/hembra es enormemente significativo. Casi tanto como que hoy en día se pueda plantear un artículo acerca de si las categorías de masculino y femenino están llamadas a desaparecer. Pero en esa voluntad de preguntarnos sobre esto no es conveniente seguir avanzando sin aclarar algunas cuestiones de partida: cuando hablamos de lo masculino y lo femenino, ¿a qué nos referimos? ¿Al género, al sexo o a los dos? ¿Qué es lo que diferencia el género del sexo?

Si tomamos las definiciones canónicas, sobre las que hay toda una disciplina académica –los llamados estudios de género–, por sexo entenderíamos lo dado biológicamente –en un ámbito cromosómico que se concretiza después gonadalmente– a un cuerpo, de manera que este se concrete en hombre o en mujer, mientras que por género entendemos la construcción social y cultural de lo masculino y lo femenino a partir de la aplicación en los sexos biológicos de determinadas normas, comportamientos morales y relaciones –lo de vestir a la niña de rosa y al niño de azul, por ejemplo–.

Sexo sería lo que la naturaleza hace de nosotros en cuanto individuos sometidos a la condición sexuada y género lo que la cultura hace de nosotros a partir de lo que la biología hizo –y continúa haciendo– de nosotros. Sobre lo primero, sobre lo que biológicamente nos determina y provoca que, por ejemplo, vengamos diseñados y condicionados como un humano –que será hombre o mujer– y no un ornitorrinco, no parecería que pudiésemos hacer gran cosa, pero sobre lo segundo, la cultura que nos empuja a actuar de determinada manera –siguiendo premisas morales marcadas por nuestra relación con otros humanos–, sí podríamos intervenir poniendo en cuestión sus premisas y reformulándolas en otras. Dicho así, la cosa resulta sencilla… Excesivamente sencilla, ya que significa hacer frente al inamovible paradigma sobre el que nos hemos manejado durante milenios.

El inicio del cuestionamiento sobre los mecanismos de control culturales que hacen que se determinen, consoliden y propaguen los dos géneros pudo tener muchos principios, pero a mí me gusta señalar particularmente uno: la publicación del libro El segundo sexo, de Simone de Beauvoir, en 1949. En él, con la afirmación de que la mujer no nace, sino que se hace, se abrió la caja de los truenos sobre las polémicas en torno a los géneros. Y me gusta señalar a Beauvoir no solo por esa certera y originalísima apreciación, que hoy a alguien le podría hasta resultar un tanto ingenua, sino porque cuestionar lo inevitable de los géneros y señalar que estos son meros constructos culturales con los que nos dotamos corre de la mano con otra gran reivindicación social: el feminismo. Se comprenderá que poner en cuestión los géneros sea feminista por el simple hecho de que las categorizaciones específicas que se establecieron bajo esos géneros sirvieron, entre otras cosas, para que uno de ellos –el masculino– dominara, oprimiera y estableciera una desigualdad de derechos sobre el otro. Fue a partir de los años sesenta del siglo pasado y en las universidades –especialmente las norteamericanas– donde los estudios de género, apoyados en las teorías que podríamos considerar posmodernas de la filosofía francesa, que el cuestionamiento de género empezó su imparable ascensión. Actualmente, la filósofa estadounidense Judith Butler quizá sea el ejemplo más reseñable de esa línea de pensamiento.

Los movimientos políticos, sociales y hasta lingüísticos afines, que consolidan una visión alternativa del mundo, siempre tienen como tronco común sostener algo que, hoy, no por muy repetido deja de ser consecuente: los géneros no existen, son construcciones sociales más o menos arbitrarias que aplicamos a los sexos a fin de sostener una estructura social sobre la que hemos levantado nuestro edificio. Y como producto cultural, el género es manipulable por los mismos que crean la cultura: nosotros.

De forma que podríamos disolver los géneros, recrearlos o reinventarnos otros. Lo masculino y lo femenino son categorías con atribuciones específicas –la virilidad o la femineidad– que no es que estén llamadas a desaparecer, pero que podrían, desde aquí y por estar en cuestión, hacerlo. Las categorizaciones que hoy en día se caracterizan y nominan como transgénero, bigénero, trigénero o pangénero, así como las identidades no binarias, las agénero o las de género fluido –e incluso el hecho de que se catalogue a los que sienten una perfecta concordancia entre su género y su sexo de cisgéneros– son un ejemplo, además de un léxico, para estar al día de esta realidad.

El género es, por lo dicho, susceptible de ponerse en cuestión, pero ¿también lo es el sexo biológico? La creencia general es que este siempre nos determina indefectiblemente como hombres o mujeres. Sin embargo, sabemos que dos de cada cien criaturas que nacen –para algunos estudios serían dos de cada mil– no tienen una categorización cromosómica ni por lo tanto gonadal, hormonal ni morfológica estrictamente de hombre o mujer. Estos bebés, que ni son enfermos ni padecen ningún trastorno, se configuran en todo un espectro de situaciones intersexuales que los sitúan en lo limítrofe, en una ambigüedad que por sí misma ya pone en cuestión la infalibilidad de la madre naturaleza en eso de hacernos, de partida, hombres o mujeres.

Esta constatación de que no solo hay binarismo en el sexo biológico es la que ha permitido introducir recientemente en diversas legislaciones nacionales la figura del tercer género. Los primeros países en asumir y dar estatuto legal a esa situación biológica no fueron las de mocracias occidentales, sino Nepal –que introdujo en 2007 un tercer género y donde, desde 2015, las personas pueden inscribirse como pertenecientes a él–, Pakistán, Bangladés y la India –concretamente el estado de Tamil Nadu, al aceptar en 2008 el registro de una persona que no se consideraba ni macho ni hembra–. En el mundo occidental, Australia y Nueva Zelanda fueron los pioneros. Nueva Zelanda permitió en 2012 reconocerse legalmente como "indeterminado/intersexual/no específico” y en Australia, desde 2014, te puedes registrar indicando “sexo no específico”. Europa tiene como pionera a Alemania, que desde 2013 autoriza a los padres a inscribir a sus descendientes como de sexo indeterminado. Malta, desde 2015, permite retrasar la asignación de sexo hasta que el propio sujeto lo decida y considera un delito la asignación forzosa a un recién nacido o un adolescente, mientras que en Francia siguen con el debate. En España, si bien hay una particular sensibilidad hacia estos temas, como el cambio de género en la transexualidad, no existe una legislación sobre el asunto.

No todo el mundo está de acuerdo, independientemente de sus creencias, en que agrupar en una misma categoría sexual como el tercer sexo –una especie de cajón de sastre– a las personas que no pertenecen a –ni se sienten parte de– una de las dos categorías sexuales tradicionales sea lo más conveniente. Uno de los argumentos en contra es que, mientras no haya una mayor comprensión social y cultural de la situación, catalogar a alguien oficialmente y de por vida como intersexuado o neutro es condenarlo a la discriminación de ser asumido como alguien que no acaba de ser ni un verdadero hombre ni una verdadera mujer, con lo que ya son frecuentes las voces que optan por dejar de categorizar binariamente el sexo de las personas y eliminar cualquier necesidad de identificación administrativa y pública en la materia.

Si volvemos a fijarnos en Malta, por ejemplo, nos daremos cuenta de cómo se solucionaba hasta ahora –y se sigue haciendo en más de medio mundo– la situación biológica de la intersexualidad: se cortaba por lo sano. Es decir, se asignaba quirúrgicamente u hormonalmente, cuanto más temprano mejor, un sexo al recién llegado en función de la apreciación que el cirujano o el equipo de especialistas correspondientes creyera que era lo más conveniente. El que alguien no fuera definitivamente ni hombre ni mujer resultaba simplemente inconcebible, por más que se diera. Y no se hacía por una especie de maldad clínica, sino porque se suponía que el sujeto humano nacido de manera poco definida no iba a poder soportar la enorme presión cultural que implica la dualidad de tener que construirse en ese unívoco espectro binario de lo masculino o lo femenino. Esta asignación forzosa en alguien incapaz de haber desarrollado su proceso de sexuación y su sexualidad –incapaz, por tanto, de decidir por él mismo– es algo hoy en día considerado inaceptable tanto por la Organización de las Naciones Unidas (ONU ) como por el Consejo de Europa. Por si lo de la posible ambigüedad biológica fuera poco para cuestionar el modelo hombre/mujer, resulta que hoy en día algunos aspectos biotecnológicos nos permiten intervenir en ella y modificar sus hasta ahora incuestionables elecciones. Dichos avances hacen que, en cierto modo, la naturaleza haya dejado de ser la que dicta indiscutiblemente las condiciones de partida que hay que asumir. Por tanto, no es solo que podamos plantearnos cosas como si lo masculino y lo femenino están destinados a desaparecer como categorías, sino que ahora tenemos al alcance de la mano, en estos terrenos, el contradecir a la madre naturaleza o a la mismísima providencia de Dios. Técnicas como la bioingeniería genética permitirían no solo determinar el sexo cromosómico de nuestros vástagos, sino intervenir, si hubiera algún motivo para hacerlo, en la mezcla o incluso llegar a la creación de sexos a la carta.

De hecho, sin entrar en planteamientos de ciencia ficción propios de las posibilidades de las tecnologías convergentes –inteligencia artificial, robótica, ingeniería genética y gestión de datos– que nos apuntan a un futuro poshumanista y transhumanista, hoy en día es posible elegir no ya el género al que uno se considera más adscrito –incluido el no binario–, sino su propio sexo en base a las citadas intervenciones quirúrgicas o de reasignación de sexo y tratamientos hormonales, tal y como se realizan en los siempre complejos casos de transexualidad. Actualmente, un hombre, bajo su criterio y su responsabilidad, puede convertirse a todos los efectos –culturales y biológicos– en una mujer; y viceversa. Y si bien la capacidad reproductiva todavía queda lejos de nuestra elección –los gametos sintéticos que permitirían reproducirnos sin tener en cuenta el sexo son poco más que una hipótesis–, ya hemos conocido a más de un hombre embarazado –un transexual que no se reasigne los genitales–. Y es que en la sociedad en la que vivimos hoy en día, bajo el amparo ideológico que nos individualiza y nos exige el gozo hasta la extenuación, la responsabilidad del “ser lo que tú quieras” no solo pasa por los aspectos relativos a las aspiraciones profesionales, el tipo de alimentación o el color de tu pelo, sino que implica hasta la responsabilidad –y el riesgo– de elegir tu propia identidad y conformación sexual.

Como vimos al principio, nunca hemos vivido en un colectivo no organizado dualmente entre hombres y mujeres, y ni tan siquiera hemos sido capaces de imaginarlo, por lo que la respuesta a la pregunta de si es posible que dejemos de ser hombres o mujeres tiene que ceñirse al terreno de la especulación teórica. Ya hemos visto una posición –cuando hablábamos de los estudios de género– que sostiene que sí, que al menos en cuanto a lo que el género se refiere podríamos perfectamente ordenar una sociedad sin esas categorizaciones. Enfrente, otros posicionamientos no siempre tradicionalistas –cuestionar el género es cuestionar una institución como la familia, y eso le escuece y aterra a más de uno– que sostienen lo contrario. Por ejemplo, el psicoanálisis, para el que las posiciones hombre/mujer son significantes universales para sujetar a los individuos y para permitir una relación ilusoria –la única posible– entre ellos. Estos universales –hombre/mujer– serían por tanto trascendentes e, independientemente de las eróticas y orientaciones sexuales de cada uno, siempre se transmitirían de un modo u otro: una relación amorosa mujer-mujer los reproduce del mismo modo que una hombrehombre u otra heterosexual en la que la posición hombre, por ejemplo, no tiene por qué ser ocupada siempre por el varón.

El filósofo francés Alain Badiou o el esloveno Slavoj Žižek comparten esa idea de que, por mucho que agitemos el saco, nunca se romperá la dualidad hombre-mujer. Sea como fuese, no es difícil imaginar las infinitas repercusiones que tendría en los fundamentos de nuestras civilizaciones una sociedad en la que desaparecieran la complementariedad y la dualidad competencial entre hombres y mujeres. No solo en el tradicional o renovado reparto de roles –por ejemplo, en una hipotética sociedad homomatriarcal–, sino en el ya mencionado concepto de la familia como estructuración matriz o en los fundamentos eróticos de las relaciones entre los sexos. Cuesta concebir una sociedad humana así, aunque lo que ahora ya sabemos, por lo que hemos desarrollado en este artículo, es que el género y sus caracterizaciones son más que cuestionables y que los sexos se pueden transformar. ¿Qué haremos a partir de eso? El tiempo, sabio donde los haya, acabará dándonos la respuesta.

 

El legendario espía hermafrodita

 Charles de Beaumont (1728-1810), más conocido como Chevalier d’Éon o Mademoiselle Beaumont, vivió los 49 primeros años de su vida como varón y los 33 últimos como mujer. Hijo de un jurista galo, fue bautizado como Carlos Genoveva Luis Augusta Andrés Timotea –tres nombres masculinos y tres femeninos– lo que ha dado pie a la teoría de que tal vez fuera biológicamente hermafrodita. Barbilampiño y de rasgos suaves, se formó como abogado y trabajó para el rey Luis XV como diplomático y espía. En 1755, el monarca lo envió a Rusia disfrazado de mujer para que contactara con la zarina, Isabel Petrovna, haciéndose pasar por una cortesana.

Tuvo éxito y se ganó la confianza de la emperatriz. A partir de entonces realizó otras muchas misiones, unas veces vestido de hombre y otras de mujer. En 1762 fue destinado a la embajada en Londres, ciudad en la que ganó rápida popularidad al alternar, sin motivo aparente, sus apariciones con aspecto masculino y femenino. Los rumores acerca de cuál sería su sexo biológico generaron apuestas que alcanzaron las 300.000 libras. El famoso Casanova, tras visitarlo en una ocasión, afirmó que era una mujer, y él mismo lo confesó por escrito en 1774. Sin embargo, al fallecer, los médicos que certificaron su muerte y varios testigos declararon que en realidad se trataba de un varón.