Fantasías sexuales, deseos y fantasmas

La sexualidad también se expresa a través de la imaginación, que puede manifestarse de muy variadas maneras y basarse o no en experiencias reales.

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Es sabido que en los encuentros eróticos se entremezclan piel, bocas, manos, sensaciones, vulvas, penes, fluidos, texturas, olores, sentimientos, emociones… Sin embargo, se olvida que, en ese mismo encuentro, quizá también estén presentes las fantasías, aunque no sean compartidas. Estas forman parte de la erótica individual y personal, y solo en ocasiones se comparten con la pareja.

La fantasía suele ser algo voluntario y placentero. Una historia inventada o real. Puede ser el recuerdo de una experiencia excitante. Una mezcla de imágenes de modo ordenado o caótico. Pensamientos que surgen repentinamente, escenas con interacciones con otras personas o representaciones de objetos o fetiches. Sus contenidos pueden ser más o menos realistas o inventados. Y pueden surgir de manera espontánea o provocarse. O bien, desencadenarse ante la presencia de informaciones que entran por los sentidos: imágenes, olores, texturas, sabores, palabras o sonidos o, incluso, por sentimientos.

 


Cada cual se monta su película

En cualquier caso, se trata de pensamientos que poseen algún significado erótico o sexual para la persona. Algo que le resulta excitante. Y aquí está la primera clave: las fantasías no son iguales para todas las personas. Lo que para alguien puede ser fantasía, para otra persona puede ser algo irrelevante y en absoluto erótico.

Lo que sí parece claro es que suelen partir de los propios deseos eróticos. Es decir, casi todos ellos pueden convertirse en fantasías. Combinando el qué, el quién y el cómo, según los gustos de cada uno. De ahí que, con frecuencia, tanto hombres como mujeres, utilicen sus propias ensoñaciones para excitarse durante la masturbación. Y es que los deseos se llevan muy bien con las fantasías.

 


Solo es un juego

Sin embargo, también hay fantasías que no son deseos, y aquí está la segunda clave del tema. Es posible fantasear con algo que uno o una no quiere para sí. Con algo que, de hecho, no despierta ninguna voluntad de llevarlo a la práctica o de hacerlo realidad. Pueden ser fantasías muy transgresoras y poco convencionales u otras que encajen poco con los valores o creencias de la persona.

 

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Ahora bien, en ese mundo onírico y controlado, la persona disfruta sin interferencias con sus propios valores y sin generar ningún tipo de malestar a uno mismo ni a los demás. No hace daño a nadie y tampoco se perjudica. Para ello, es imprescindible no confundirse y distinguir entre fantasías que solo quieren ser fantasías, y deseos que sí aspiran a convertirse en realidad. En definitiva, el terreno de la imaginación es un jardín íntimo y privado y, como todos los jardines, hay que cuidarlo. Lo que significa dedicarle algo de tiempo, sembrando aquello que cada cual considere y que le haga sentir bien.

 


Piensa mal y sufrirás

Los pensamientos sexuales también pueden tener su cara negativa. A veces, se convierten en fantasmas y, lejos de generar placer, provocan malestar. Comparten con las fantasías que tienen contenidos sexuales y que se pueden desencadenar, tanto durante una relación erótica como en cualquier otro momento, por múltiples y variadas razones. Sin embargo, se diferencian en que los fantasmas casi nunca surgen de manera voluntaria y en que no nos ayudan a sentir placer ni satisfacción, sino todo lo contrario.


Estos pensamientos suelen asociarse a toda clase de miedos y temores: al embarazo, a no ser buen amante, a no cumplir las expectativas de la pareja, a que tu erección o lubricación no resulten suficientes, a proponer prácticas eróticas y ser juzgado por ellas, a no ser como los demás, a que tu cuerpo desnudo no resulte atractivo


Para que desaparezcan, la única solución posible es afrontarlos. Solo nos queda reconocerlos, tal vez, hablarlo con la pareja o recurrir a otro tipo de ayuda. El error más frecuente es disimularlos o fingir. En estos casos, el fantasma se alimenta y suele hacerse más grande.

 

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Fetichismos y otras filias


(Por Arola Poch, psicóloga y sexóloga)

En 1966, se publicaba el libro Las minorías eróticas, del doctor sueco Lars Ullerstam. Contaba con una nota editorial previa donde justificaba su publicación por ser un escrito científico, aunque pudiera parecer “extraño y disparatado a los hombres normales de nuestra civilización”. La tesis que defendía era que los gustos eróticos peculiares, hasta entonces considerados pecado o patología, eran muestras normales de la diversidad sexual.


Hoy, la sexología sigue esta tesis y sostiene que la erótica es mucho más que el coito y la reproducción. Excitarse con los pies, el cabello, unos zapatos de tacón o la lencería, disfrutar con unos azotes o exhibiéndose... son formas sanas de expresar la sexualidad. A pesar de los prejuicios que aún existen, no hay nada malo en ellas, siempre que no causen ningún problema ni a otros ni a uno mismo. Así, fetichismos y otras filias son juegos que se suman a las prácticas habituales, para aportar riqueza y diversidad a la vida sexual. Si existe un menú de degustación tan amplio y rico, ¿por qué quedarnos siempre con el mismo plato?