Enredos sexuales

Al teclear la palabra sexo en el buscador, los resultados inmediatos son explícitos y pornográficos. Y accesibles a cualquiera, menores incluidos. Aunque el cibersexo también puede ser algo sano, el peligro para los más jóvenes es que interpreten estos materiales como modelo en su comportamiento sexual.

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En 2016, hubo 433 menores detenidos e investigados por delitos relacionados contra la libertad sexual, lo que supone un aumento del 42 % respecto a las cifras de 2010, según datos del Ministerio del Interior de España. Este tipo penal incluye agresión sexual, corrupción y pornografía de menores, entre otros.


En los medios de comunicación, es frecuente leer casos como violaciones entre compañeros de clase y sexo no consentido en grupo, con la consecuente preocupación y alarma social que generan. ¿Qué papel tiene la tecnología en este tipo de actos? “Antes, el acceso a contenidos sexuales tenía tres frenos: el pudor o las apariencias, el carácter audiovisual y los aspectos legales. Eso se derrumba con internet”, resume Jorge Flores, fundador y director de Pantallas Amigas.

Una encuesta dirigida por la Universidad de Gotemburgo (Suecia) a más de 1.600 personas que usaban la Red para fines sexuales reveló que, en el 80 % de los casos, servía para cumplir sus deseos. Bajo este paraguas, se incluye una amplia variedad de comportamientos que tienen en común utilizar la Web en busca de gratificación sexual. Lo malo es que, según María Dolores Gil Llario, profesora del Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad de Valencia, “el cibersexo puede producir un efecto de modelado: las personas pueden intentar reproducir en su vida real las actividades que observan a través de la pantalla del ordenador”. Nada que ver con la vida real.


La docente, que lleva años investigando el fenómeno, ha llevado a cabo un estudio junto con investigadores de la Universidad Jaime I, en Castellón, para averiguar cómo era la actividad sexual online de un grupo de 322 adolescentes españoles. Los resultados del trabajo, publicado en la revista Computers in Human Behavior, revelaron que ellos practicaban más cibersexo que ellas: entre el 3,1 % y el 60,60 % de los varones, frente al 0 % y el 11,5 % de las mujeres, según la actividad. En el caso de la masturbación, la llevaban a cabo un 60,6 % de los chicos, frente al 7,3 % de las chicas.

 

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Según estos datos, el sexo online interfería en los estilos de vida de los chavales con más frecuencia que en los de ellas. Además, los autores hallaron que el 8,6 % de los varones presentaban un perfil de riesgo, con conductas problemáticas. Por otra parte, para la investigadora, la relación entre cibersexo y consumo de pornografía es bastante lógica. “No es más que la misma práctica que se ha venido realizando desde hace siglos, pero con la facilidad y accesibilidad que permite la nueva era digital”, alega Gil.

Sin embargo, no siempre tiene que haber una connotación negativa. Una investigación canadiense publicada en The Journal of Sexual Medicine repasaba cómo eran los rasgos de 830 adultos que consumían pornografía en la Red. El 75,5 % mostró un perfil recreativo, que implica puntuaciones bajas en compulsividad, esfuerzos para acceder a estos contenidos y angustia emocional. “Las personas con este perfil no usan la pornografía de forma obsesiva, no pasan mucho tiempo buscándola ni cancelando actividades, porque prefieren consumirla y no manifiestan emociones negativas después de usarla”, concreta Marie-Pier Vaillancourt- Morel, investigadora del Departamento de Psicología de la Universidad de Montreal (Canadá) y autora principal de este estudio.

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Porno sano pero adulto

Según Vaillancourt-Morel, este grupo de personas veía pornografía unos veinticuatro minutos a la semana, normalmente solos, aunque un tercio lo hacía con su pareja. Ninguno informó de efectos negativos sobre su bienestar sexual. El segundo perfil más común, pero a mucha distancia, fue el altamente angustiado no compulsivo, presente en el 12,7 % de los casos, seguido del compulsivo, con un 11,8 %. El primero se caracteriza por estar menos satisfecho sexualmente y presentar más disfunción y evitación sexual de la pareja, mientras que el segundo presenta estos mismos rasgos junto a impulsos sexuales irresistibles. Las mujeres tenían más probabilidades de presentar un perfil recreativo o altamente angustiado, mientras que los hombres registraban más posibilidades de tener uno compulsivo.


“De acuerdo con este estudio, la pornografía se convierte en un problema cuando se transforma en una necesidad o cuando el consumo está asociado con emociones negativas, como vergüenza, asco y un ánimo depresivo”, detalla Vaillancourt-Morel.


Si a alguien le resulta difícil controlar su uso, prefiere ver contenidos sexuales en lugar de relacionarse con otra persona o la utiliza para no satisfacer sus necesidades sexuales, estará ante un problema, según la psicóloga. También si la emplea para no sentirse solo o como vía de escape ante situaciones dolorosas. Pero el cibersexo abarca mucho más que porno. También incluye chats, el uso de webcams o el intercambio de fotos y vídeos con fines sexuales, práctica que se conoce como sexting o sexteo.

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¿Cuándo estas prácticas pueden llegar a convertirse en un peligro?


“Con adicción a las actividades sexuales online, nos referimos al uso excesivo, incontrolado y asociado a una gran variedad de consecuencias negativas a nivel personal, académico, laboral o de pareja”, define Jesús Castro Calvo, investigador en la Universidad Jaime I y en la Universidad de Luxemburgo. El psicólogo explica que las personas con este trastorno se muestran incapaces de controlar el inicio o el fin de sus hábitos sexuales en la Red, priorizan la satisfacción de su deseo erótico sobre cualquier otra cosa y no pueden detener ese comportamiento, a pesar de los perjuicios que les puede originar.


En un estudio publicado en el Journal of Sex and Marital Therapy, Castro Calvo y sus colegas analizaron las prácticas sexuales online de 1.557 jóvenes de entre dieciocho y veinticinco años. De media, las chicas usaron internet con fines sexuales once minutos a la semana, frente a los 86 minutos de los hombres. cuestión de tiempo. El perfil de riesgo oscilaría entre un consumo de una hora y once horas a la semana. Por encima de esa cifra estaríamos ante algo patológico. De los jóvenes españoles encuestados, el 1,9 % de los varones superaba las once horas semanales.

En cuanto a la frecuencia, el 90,5 % de las mujeres afirmaron no practicar cibersexo regularmente, frente al 55 % de los hombres. Los cuestionarios también revelaron que el 35,5 % lo usaba para buscar material sexual y el 30 %, para masturbarse. Los contactos eróticos que implicaban comunicación con otros usuarios eran menos frecuentes.

Como ocurre con la pornografía, Calvo explica que el sexo virtual no tiene por qué ser negativo en sí mismo. “Su uso responsable se asocia a una mayor satisfacción en adultos y a una vivencia más plena y sin tabúes de la sexualidad”, afirma. También implica ser consciente de que una película pornográfica es ficción y de que los comportamientos que se proyectan en ella no son habituales entre la población.

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El papel de los padres


Cuando se hace un uso irresponsable de estas actividades o cuando afectan a jóvenes y menores, sin una base sólida de conocimientos sobre sexualidad, la cosa cambia. “El joven de uno u otro sexo que consume pornografía y no recibe una adecuada educación sexual podría pensar que las prácticas que observan en los vídeos porno son mayoritarias, cuando no es así”, recalca este investigador.


Para evitar que los menores vean contenidos no aptos para su edad, la tecnología puede ser un buen aliado. Esa es la finalidad de las herramientas de control parental: algunas no permiten que estos servicios se instalen sin la aprobación paterna, otras pueden impedir el uso de la cámara de fotos, limitar el tiempo de uso o informar de la ubicación del menor.

Las más sofisticadas incluyen monitorización del contenido de los mensajes que recibe el adolescente, para detectar palabras clave intimidatorias y alertar de casos de posible ciberacoso. Lo que resulta más difícil de controlar es el contenido de las redes sociales. “Debemos ser conscientes de que determinadas prácticas sexuales, como el sexting, se realizan desde cualquier tipo de aplicación que sirva para la sociabilización, es decir, desde redes sociales generalistas a través de mensajes privados en Facebook, Instagram o Snapchat, o aplicaciones de mensajería de uso mayoritario, caso de WhatsApp”, aduce Manuel Ransán, coordinador de Internet Segura for Kids (IS4K), una iniciativa del Instituto Nacional de Ciberseguridad (INCIBE), en León.


Acceso demasiado fácil


La realidad es que no siempre se puede controlar lo que ven los menores de edad. Si un amigo no tiene instalados estos dispositivos de control parental o el adolescente utiliza un ordenador sin sistemas de vigilancia, hay páginas con contenido sexual que solo preguntan al usuario si es mayor de edad para acceder.

En la Fundación de Ayuda a Niños y Adolescentes en Riesgo (ANAR), en Madrid, hicieron la prueba. Benjamín Ballesteros, psicólogo y director de programas de esta institución, se quedó sorprendido con la facilidad de acceso. “Los menores ahora mismo se meten en YouTube, dicen que son mayores de edad y ahí tienen a su merced cualquier tipo de actividad sexual”, denuncia. Para colmo, en muchos de esos vídeos porno, los comportamientos son de degradación hacia la mujer y de dominio del hombre.

Poner puertas al campo


Para que el acceso a ese tipo de contenidos implique un mayor control, desde la fundación ANAR piden una reforma legal y que las páginas soliciten al usuario el DNI y que garanticen que después esa identificación se va a borrar en cumplimiento con la ley de protección de datos. Ballesteros lo compara con la venta de alcohol y tabaco, que está prohibida a menores. Sin embargo, entre todas las medidas de protección, la principal es apostar por la educación. “El reto real y urgente está en abordar la necesidad que tienen las familias de enseñar a sus hijos a interpretar esos contenidos de forma crítica”, indica el director de Pantallas Amigas.


Las herramientas de control parental son un apoyo útil, especialmente para los más pequeños, “pero siempre se deben acompañar de una labor educativa continua de seguimiento y diálogo sobre la sexualidad, para trasladarles los valores que padres y educadores quieren que desarrollen”, declara el experto de INCIBE.

Javier Urra, que fue el primer Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid, ha trabajado durante más de treinta años como psicólogo forense en la Fiscalía del Tribunal Superior de Justicia y Juzgados de Menores de Madrid. Desde su experiencia, ve una relación directa entre los sucesos de adolescentes acusados de violaciones y otros delitos sexuales con un acceso más fácil a la pornografía digital. “Se está erotizando la infancia, con muchos varones que se posicionan como clientes. Se está confundiendo el amor con el querer, y el ligue con la relación sexual”, alerta el psicólogo.

Aunque considera que estos sucesos son casos aislados, a su juicio constituyen un síntoma de una patología social que afecta a un importante número de ciudadanos. “Nos está fallando la educación en el respeto, la aceptación del no. Tenemos niños que exigen y que lo siguen haciendo de adultos”, advierte.

Según la Encuesta sobre hábitos de uso y seguridad de internet de menores y jóvenes en España, publicada por el Ministerio del Interior en 2014, los padres y madres confían en el uso que sus hijos hacen de la tecnología. La mayoría desconoce qué perfiles tienen y qué páginas visitan, y no suele utilizar mecanismos de control parental. un reto que merece la pena. Sin embargo, sí les explican por qué unas páginas web son buenas o malas para ellos y les indican formas más seguras de navegar. En cuanto a imágenes con contenido sexual explícito, un tercio cree que esos vídeos pueden haber molestado o preocupado a sus hijos. Para evitar conductas denigrantes copiadas de lo que ven desde sus pantallas, los expertos piden a los progenitores que dejen de considerar el sexo como un tabú dentro del hogar. De ellos dependerá, en gran medida, que las nuevas generaciones tengan una educación sexual igualitaria basada en el respeto y en el afecto.