Víctimas de la ecoansiedad

La ecoansiedad es la ansiedad fruto de los problemas medioambientales, de pensar que no tienen solución ni se hace nada por arreglarlos.

Mujer triste en el parque
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"No puedo dormir bien. Tengo frecuentes pesadillas relacionadas con el medioambiente. En su día, ello me llegó a provocar un trastorno alimentario y tuve que acudir a psicólogos y psiquiatras". Son pocas las personas que se atreven a contar en público cómo se sienten ante los problemas ecológicos a los que nos enfrentamos en la actualidad. Puede que ello se deba al temor a no sentirse comprendidas o a que las tomen por unas exageradas. Pero la joven Paula Mancebo ha saltado esa barrera y ha decidido explicarnos su caso, cuyos síntomas se corresponden con un fenómeno que ya se conoce como ecoansiedad o ecoangustia.

Paula estudia Lenguas Modernas, Cultura y Comunicación en la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), aunque confiesa que le hubiera gustado dedicarse a las ciencias ambientales. “Pero las ciencias no se me dan bien”, se lamenta. Además, participa en Juventud por el Clima, la rama española de Fridays For Future (Viernes por el Futuro), un movimiento juvenil internacional que lleva a cabo distintas acciones para reclamar que se tomen medidas reales frente al cambio climático. Su principal impulsora es la sueca Greta Thunberg, posiblemente quien mejor simboliza esa ecoansiedad.

Tras conocer las consecuencias del mencionado cambio climático, Greta cayó en una depresión, y, en agosto de 2018, cuando tenía quince años, comenzó a manifestarse sola delante del Parlamento de su país. Poco a poco, otros estudiantes se le fueron sumando. Hoy, son cientos de miles los que siguen sus pasos en todo el planeta. En realidad, no es de extrañar. Los problemas medioambientales se cuentan entre los que más preocupan a la gente. De hecho, una encuesta reciente impulsada por el Real Instituto Elcano destaca que la mayoría de los españoles piensa que el cambio climático es la principal amenaza que nos acecha.

Thunberg ha sido una de las protagonistas de las últimas reuniones internacionales de alto nivel relacionadas con este asunto. En sus apasionados discursos se aprecia una mezcla de sentimientos de desilusión, tristeza e indignación. “Me han robado mis sueños, mi infancia, con sus palabras vacías”, llegó a espetarles en 2019 a los líderes mundiales de la ONU en la Cumbre de Acción Climática, celebrada en la sede de este organismo en Nueva York.

Mancebo se identifica plenamente con ella. “Cualquier día sale la noticia de una catástrofe ambiental, y pienso que no estoy haciendo lo suficiente. Entonces me invade una sensación de culpa, me acabo frustrando y ello me lleva a la ira, porque veo que la gente no se preocupa. Por un lado me siento sola; por otro, enfadada”.

¿Pero existe en realidad esa ecoansiedad desde un punto de vista clínico? La referencia mundial en la materia, el Manual Estadístico de Diagnóstico de Trastornos Mentales de la Sociedad Estadounidense de Psiquiatría, no recoge un diagnóstico para ella. No obstante, sí cita un informe de 2017 de la Asociación Psicológica de Estados Unidos, en donde se define como “un miedo crónico a la destrucción medioambiental”.

Oskar Pineño, doctor en Psicología de la Universidad Hofstra de Nueva York, señala que aunque las referencias a ese término han aumentado en los últimos tiempos, “desafortunadamente sigue siendo un fenómeno marginal, asociado con la nueva generación. Las anteriores aparentemente solo sufren, por así decirlo, una ecoapatía, y así nos va. Sin embargo, la ansiedad es ansiedad, independientemente de aquello que la causa. Una vez que se evoca una respuesta de este tipo, se siente igual”.

Para arrojar algo de luz sobre este asunto es necesario saber qué es la ansiedad. Según la Sociedad Española de Medicina Interna (SEMI), se trata de “un mecanismo adaptativo natural que nos permite ponernos alerta ante sucesos comprometidos. En realidad, un cierto grado de ansiedad puede ayudarnos a mantenernos concentrados y afrontar los retos que tenemos por delante”. Sin embargo, cuando nos sentimos desbordados, este mecanismo no tiene lugar. Como se explica desde la SEMI, en estos casos, “el sujeto se siente paralizado con un sentimiento de indefensión y, en general, se produce un deterioro del funcionamiento psicosocial y fisiológico. Cuando la ansiedad se presenta en momentos inadecuados o es tan intensa y duradera que interfiere con las actividades normales de la persona, entonces se la considera un trastorno. Los trastornos por ansiedad son, en conjunto, la enfermedad psiquiátrica más frecuente”.

En este sentido, los medios de comunicación y las plataformas digitales podrían estar contribuyendo a diseminar una cierta visión catastrofista de la realidad y a acentuar la ecoansiedad entre la población. Marta Peirano, periodista experta en ciberseguridad y redes sociales, cuya columna Sala Bit puede leerse todos los meses en MUY, explica que “los algoritmos de esas plataformas digitales han identificado que las noticias indignantes y aterradoras generan más atención, enlaces compartidos, retuits o comentarios que las informaciones equilibradas; viene a ser lo que antes llamábamos amarillismo. Por otra parte, los comunicadores nos hemos esforzado tanto en transmitir la urgencia y la inminencia de la crisis climática, que hemos alimentado una especie de mitología del armagedón. Esta caracterización genera rechazo y negación, porque presenta un problema inabordable para los individuos”.

Uno de los colectivos que parece sufrir más esta ecoansiedad es el de los científicos y otros profesionales que trabajan en cuestiones relacionadas con el entorno y la ecología, tal como recuerda José Antonio Corraliza, catedrático de la UAM y experto en psicología social ambiental. “Es algo que está bien documentado —indica—. Estas personas cuentan con datos muy precisos sobre esas cuestiones y ven que, en general, no se hace gran cosa. Pueden sufrir diversos problemas psicopatológicos y algunos viven experiencias de riesgo que ponen en peligro su salud mental”.

Fernando Valladares, investigador del Departamento de Biogeografía y Cambio Global del Museo Nacional de Ciencias Naturales, asegura que en este sentido se siente un poco bipolar. “Hay días que te vienes arriba y crees que puedes hacer muchas cosas. Además, no es posible cargar solo con las emociones negativas. Pero hay veces que te llevas muchas preocupaciones a casa, sobre todo cuando ves ciertas informaciones y te das cuenta de la complejidad política. También, cuando compruebas el alcance del negacionismo que se cierne sobre los problemas medioambientales. No solo se trata de individuos del estilo de Donald Trump; en realidad, estos son muy pocos. Hay otros camuflados, por así decirlo, que quieren creer que existe otra realidad; y de estos hay muchos”.

Roberto Ruiz Robles, que preside la Asociación de Ciencias Ambientales, rememora su experiencia en 2002, cuando tuvo lugar la limpieza de la marea negra que suscitó el desastre del petrolero Prestige, en Galicia: “Lo recuerdo como algo fatal. Por entonces, me encontraba en mi segundo año de carrera, y acudí con otros compañeros a la zona. Nos contábamos entre los primeros voluntarios. Se me quedó una imagen grabada: un militar de alto grado, llorando, dándonos las gracias. Fue muy impactante”.

Corraliza explica que este episodio se corresponde con un caso de solastalgia: “Es un término más asentado que el de ecoansiedad. Forma parte de un conjunto de patologías psicoterráticas, relacionadas con la Tierra y el impacto emocional ante la degradación del medioambiente. Es habitual en los incendios forestales o las sequías que alteran el entorno y se asocia con la gestión del duelo ante una pérdida. Nuestra identidad está unida a los lugares, así que si estos se corrompen también perdemos parte de ella”.

En cuanto al “fenómeno Greta”, el catedrático de la UAM lo considera positivo, porque “ha creado un clima emocional de preocupación por el tema, se ha convertido en un referente para mucha gente y ha movilizado a los jóvenes, cuando se pensaba que estos habían perdido la capacidad de concienciarse”. Ahora bien, Corraliza teme que no se aproveche para conseguir un mayor consenso social que logre poner en marcha acciones concretas. “Espero que todo esto no se quede en un simple conflicto intergeneracional, porque no lo es, sino en una fuente de cambio en la que participe toda la sociedad”, señala. Pineño, por su parte, cree que la respuesta de Thunberg es perfecta. “Ansiedad y enfado ante los responsables, pero con la energía depositada en la búsqueda de soluciones radicales”, recalca.

Para afrontar los desafíos medioambientales, los expertos coinciden en la importancia de alimentar la esperanza. Ruiz Robles destaca que hay que ser claros y positivos con los mensajes y reclama más educación ambiental. En opinión de Peirano, “es el momento de abandonar las soluciones heroicas e investigar y proponer otras reales, locales y comunitarias. Hay que transmitir un mensaje de ilusión. No se trata de creer que todo va a salir bien, sino hacer lo que esté en nuestra mano para que sea así”.

Valladares subraya que hay que trabajar en la motivación. “Es como el ejercicio físico; todos sabemos que es saludable, pero luego no lo hacemos. No tenemos que esperar que otros lo hagan, sino que hemos de actuar nosotros, especialmente en nuestro entorno más cercano, para que nos retroalimentemos y las actuaciones aumenten mucho más”.

Paula, nuestra protagonista más joven, nos cuenta lo que hace ahora para sentirse mejor. “Sobre todo, me centro en lo que me pone contenta y en mi trabajo en el colectivo de Juventud por el Clima. Somos como una familia; hablamos de lo que nos preocupa y nos comprendemos. Todos nos esforzamos y vemos que está sirviendo de algo. Lo que nos va a salvar es que la sociedad se una, reclame y se lleven a cabo acciones”.