Últimos avances para salir de la depresión

Es la principal causa de discapacidad laboral en el mundo. Un trastorno mental insidioso, porque muchos pacientes abandonan pronto el tratamiento farmacológico debido a sus efectos secundarios. Para solucionarlo, la ciencia no se cansa de buscar nuevos enfoques y terapias contra la tristeza patológica.

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Clotilde tiene que hacer un gran esfuerzo para levantarse de la cama. Las últimas pastillas que le recetaron le han dejado un agujero en el estómago. Las ha probado de todos los colores, desde la primera vez que el médico de cabecera le diagnosticó depresión. Pero no consigue ver un resquicio de luz en su apagada mente. Los largos ratos de soledad se le pueblan de recuerdos que la entristecen cada vez un poco más. Pasa su día como una autómata, solo baja a la calle cuando no tiene más remedio y lo hace en bata y zapatillas, sin molestarse en arreglarse. ¿Para qué? Ha perdido la ilusión de vivir.

 

Tentar a la muerte

Como le pasará en algún momento de su vida a una de cada cinco personas en el planeta, Clotilde padece una de las enfermedades más insidiosas y extendidas. No consiste solo en estar triste, algo que nos pasa a todos de vez en cuando; lo malo es cuando se prolonga en el tiempo y comienza a interferir en nuestra vida, en las relaciones personales o en el trabajo. Quien la sufre pierde interés en las actividades diarias y experimenta infinidad de síntomas asociados, como ansiedad, dolor de cabeza, fibromialgia o trastornos del sueño o de la alimentación. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), la padecen más de 300 millones de personas y es la principal causa de discapacidad en el mundo.

A simple vista, puede parecer menos grave que otras dolencias, caso de las cardiopatías y el cáncer, pero no solo no lo es, sino que la bajada del sistema inmunológico es una de las consecuencias directas de la depresión, lo que la convierte en una peligrosa forma de allanarles el camino a esas enfermedades. También es la antesala de la más dramática forma de muerte: la autoinfligida.

En España, el suicidio es una opción que en 2017 consumaron 3.679 personas al año, es decir, un 0,87 % del total de las defunciones (424.523), según el Instituto Nacional de Estadística (INE). En el mundo, la cifra que da la OMS es de 800.000 muertes anuales. Se trata de un problema con dudosa solución si tennemos en cuenta que solo el 40 % de los deprimidos en nuestro país están bajo supervisión profesional y que el 75 % de los que han acudido al médico no reciben un tratamiento adecuado o efectivo, tal y como denuncia Antonio Cano, presidente de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés. resistencia a las pastillas. ¿Pero tiene cura? En los años 70, los descubrimientos de la química cerebral derivaban en lo que se suponía que iba a ser la panacea. Se descubrió que los cerebros deprimidos tenían baja producción de dos neurotransmisores –serotonina y noradrenalina– y se crearon medicamentos dirigidos a regular esos niveles.

Sin embargo, solo un 50 % de los pacientes responde a la medicación. La otra mitad padece lo que se conoce como depresión resistente al tratamiento. Por ahora, las soluciones más comunes pasan por “cambiar de fármaco, dar más tiempo a los medicamentos que tomas, o acudir al psiquiatra para que analice si tienes alguna otra alteración mental que requiera tratamiento diferente, como los trastornos bipolar o borderline”, aconseja la Clínica Mayo de Estados Unidos, especializada en salud mental.

Algunos informes, como el llevado a cabo por Irving Kirsch, director del programa de Estudios del Placebo de la Universidad de Harvard, señalan que los antidepresivos surten efecto, aunque de forma modesta. La escala de Hamilton sirve para medir la gravedad de una depresión: cero quiere decir que la persona es la alegría de la huerta y 59 significa que solo piensa en quitarse la vida. Pues bien, según la investigación de Kirsch, la medicación antidepresiva solo implica una mejora en la escala de 1,8 puntos de media. Aun así, los médicos advierten de que, más que prescindir de ella, lo interesante sería afinar en las recetas.

Los fármacos deben complementarse con psicoterapia de apoyo. No es como cuando tienes una infección, que tomas antibiótico y desaparece —explica a MUY el psiquiatra Luis de Rivera—. Sin embargo, es algo que muchas veces no se hace”, añade. Prueba de ello es que el 44 % de los pacientes abandonan las pastillas en los tres primeros meses –el 28 %, el primer mes–, según una investigación llevada a cabo en el Centro de Estudios de Salud de Seattle. “Los antidepresivos son una herramienta eficaz para la depresión. Es una enfermedad grave que, si no se trata, puede provocar mucho sufrimiento al paciente, a su familia y a amigos. Nunca debe ser ignorada ni pasada por alto”, recalca Andrea Cipriani, del Oxford Health Biomedical Research Centre, líder de un estudio publicado en 2018 en The Lancet.

Durante seis años, su equipo revisó los artículos científicos que comparaban el efecto de estos fármacos con placebos. Además, se tomaron la molestia de clasificarlos por su efectividad. “La fluoxetina –principio activo del famoso Prozac– es uno de los menos eficaces, pero el más tolerado. El más eficaz –y en el sexto lugar de los que provocan menos efectos secundarios– aparece la amitriptilina.

Enigma con muchos frentes

Aún no se sabe con exactitud cuáles son sus causas y su funcionamiento. Por eso, los científicos siguen investigando con la esperanza de encontrar el tratamiento definitivo. “Hasta ahora, casi todas las teorías sobre las raíces biológicas de la depresión se centraban en el desequilibrio de neurotransmisores como la serotonina”, señala Lisa Kalynchuk, investigadora de la Universidad de Victoria (Canadá). “Pero para desarrollar fármacos eficaces, primero tenemos que comprender mejor las causas celulares de la enfermedad”, añade. Es la línea en la que trabaja Kalynchuk, en un equipo liderado por Josh Allen, profesor de Neurofarmacología de la misma universidad.

En un artículo publicado en 2018 en Frontiers in Neuroscience, apuntan a una disfunción en la mitocondria –orgánulo encargado de producir energía para la célula– de las neuronas del hipocampo. “Modelos animales han demostrado que la depresión está asociada a un descenso en la regeneración celular en el hipocampo, región cerebral implicada en regular las emociones, el estado de ánimo y el estrés”, afirma Kalynchuk.

Su hipótesis es que, en estos pacientes, las células del hipocampo no nacen en la cantidad que deberían, porque algo falla en la producción de energía, necesaria en grandes dosis para este proceso de neurogénesis. “Esperamos que este enfoque abra la puerta a nuevas áreas de investigación dentro de la farmacología antidepresiva y a la creación de nuevos fármacos que normalicen la función de la mitocondria”, señala la especialista.

Por otra parte, desde el lado de la neuroimagen, estudios como el dado a conocer el pasado mes de noviembre por investigadores del Instituto Weill de Neurociencia, de la Universidad de California en San Diego, han detectado unos patrones comunes de actividad neuronal ligados a sentimientos de tristeza patológica. Durante una semana, un equipo encabezado por el neurocirujano Edward Chang y el psiquiatra Vikaas Sohal midieron de forma continuada la actividad cerebral de veintiún pacientes, que tenían que escribir en un diario los cambios de humor que experimentaban a lo largo del día. En concreto, las zonas que más activas se mostraban en los momentos de bajón eran el hipocampo y la amígdala, vinculadas a la memoria y a las emociones.

“Esto sugiere que es el recuerdo de vivencias emocionales tristes lo que nos hace sentir con bajo estado de ánimo. Tenemos que explorar esta hipótesis en más profundidad, pero, como psiquiatra, es muy gratificante poder ofrecer a los pacientes una explicación para que entiendan mejor por lo que están pasando cuando se sienten deprimidos”, afirmaba Sohal. “Estos hallazgos ayudarán a nuestra comprensión de cómo regiones cerebrales específicas contribuyen a los trastornos del estado de ánimo, pero también tienen implicaciones prácticas para identificar biomarcadores que podrían usarse por las nuevas tecnologías diseñadas para tratar estas enfermedades”, escribían los autores en la revista Cell para referirse a métodos como la estimulación magnética transcraneal.

 


Cerebros hinchados

En la misma línea, tampoco hay duda de que la depresión persistente deja huella en nuestra cabeza. Un estudio coordinado por Jeff Meyer, director del programa canadiense de Investigación en Neuroquímica de la Depresión Mayor, ha concluido que las personas que sufren el trastorno durante más de una década sin recibir atención tienen mayor inflamación encefálica. “Se trata de una característica típica de alteraciones neurodegenerativas como el alzhéimer y el párkinson”, explica Meyer. Como consecuencia, este experto propone emplear medicación diseñada para paliar la inflamación, que se produce por una sobreexcitación de las microglías, células con un importante papel en el sistema inmune del encéfalo. Según mostraban los escáneres PET, los niveles de microglías eran un 30 % mayores en los voluntarios con depresión persistente que en los que acababan de empezar a padecerla, tal y como explicaba el investigador en The Lancet Psychiatry en 2018.

También en busca de nuevas pistas, la psiquiatra Marisa Toups, de la Dell Medical School (EE. UU.), se ha centrado en analizar la típica bajada de defensas que experimentan las personas deprimidas. La clave está en el aumento de citoquinas y proteínas C-reactivas. Por lo general, estas provocan inflamación en el organismo como estrategia del sistema inmune para defenderse de las agresiones. Lo deseable y sano es que esta respuesta sea breve, lo que se conoce como inflamación aguda. “Si, por el contrario, es crónica, demuestra que el cuerpo se ha encontrado con un problema que no puede resolver”, explica. Y eso es lo que pasa en las personas sometidas a estrés continuado. Por ello, en sus experimentos actuales, Toups prevé demostrar que los niveles de citoquinas y proteínas Creactivas en sangre podrían usarse como marcadores predictivos de la depresión.

Por su parte, en la Universidad de Hiroshima han estudiado cómo funciona una proteína –la RGS8– que inhibe el funcionamiento de un receptor hormonal –llamado MCHR1– encargado de regular el sueño, la alimentación y el estado de ánimo. Como publicaban en la revista Neuroscience en 2018, sus experimentos comprobaron que los roedores con más RGS8 en su sistema nervioso mostraban fuerte desgana y apatía. Este hallazgo podría servir, como apuntan sus autores, para desarrollar fármacos con dicha proteína o con el receptor hormonal en su diana.

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Experiencias de diván

Mientras que las raíces neurobiológicas de la depresión parecen obvias, los expertos nos recuerdan que las causas profundas hay que buscarlas también en las circunstancias personales. Vincent Felitti, de la Universidad de California en San Diego, ha sido uno de los pioneros en estudiar cómo los traumas infantiles disparan el riesgo de deprimirse en adultos. En un estudio realizado con su colega Robert Anda en 1995, con una muestra de 17.000 sujetos, demostró que quienes de niños habían pasado por cuatro o más experiencias causantes de estrés crónico –como tener un padre alcohólico o deprimido y sufrir maltrato o humillaciones continuadas– tenían un 460 % más de probabilidades de padecer depresión de adultos.

Más curioso, quizá, fue que dos tercios de los encuestados habían sufrido esa clase de experiencias en su infancia. En un experimento posterior, Felitti quiso comprobar qué sucedía si el médico de cabecera invitaba a esos pacientes a comentar sus malas experiencias de la niñez. Y comprobó que, solo con poder hablar de ello, reducían en un 35 % la necesidad de ayuda médica durante el siguiente año.

Y aquí entra la otra forma de tratamiento habitual: la psicoterapia. “Hay que entender que es uno mismo quien se autodeprime, no es que seas víctima de un virus que pasaba por ahí. La terapia consiste en descubrir que hay una parte de uno mismo que se está autoenvenenando, autodespreciando. La labor del terapeuta es estimular al paciente para que vaya metiéndose en el acto creativo de sanarse”, explica a MUY el psiquiatra Claudio Naranjo, adalid de la terapia gestáltica.


Por su parte, un informe que apareció en 2018 en la revista Annals of Internal Medicine hacía una revisión de los estudios publicados sobre los distintos abordajes terapéuticos de la depresión, para concluir que “la terapia cognitivo-conductual es una aproximación razonable para el inicio del tratamiento y debería considerarse encarecidamente como alternativa a los fármacos”. En España, sin embargo, la herramienta más prodigada desde los servicios de atención primaria es la medicación. Jerónimo Sáiz, jefe del Servicio de Psiquiatría del Hospital Universitario Ramón y Cajal de Madrid, nos comenta que “la depresión leve y moderada se trata bien solo con psicoterapia, mientras que la grave únicamente responde con fármacos”. Además, en su opinión, es fundamental recetarlos para “atajar los trastornos, antes de que se hagan crónicos o más graves”.

A golpe de descarga eléctrica


Eso sí, cuando la situación es muy grave y el enfermo no responde ni a las pastillas ni a las charlas con el psicólogo, desde hace décadas se han venido empleando terapias de choque un tanto agresivas, como la electroconvulsiva. Son los famosos electroshocks de las películas, aunque modernizados. Cuando el paciente está dormido, se le aplica una corriente eléctrica en el cerebro para influir en la secreción de neurotransmisores implicados en la enfermedad. Al parecer, alivia los síntomas de la depresión mayor, aunque con efectos secundarios, como la sensación de confusión y la pérdida temporal de memoria. Basada en el mismo principio, la estimulación del nervio vago usa un dispositivo implantado en el pecho para enviar impulsos eléctricos de forma regular al cuello, a través de un cable que va por debajo de la piel. La idea es que esas señales eléctricas viajan desde el nervio vago a los circuitos cerebrales relacionados con el estado de ánimo, dándoles un empujoncito para regular su actividad.

 


Alternativa más inocua

Otra opción es la estimulación cerebral profunda, aunque es todavía más invasiva: implica crear pequeños orificios en el cráneo para implantar unos electrodos, más una batería transcutánea cerca del pecho que manda los impulsos eléctricos al cerebro. Varios experimentos han comprobado que, si se aplica de forma continua durante seis meses, esta terapia disminuye la actividad del área 25 del cerebro –zona que se dispara cuando nos sentimos hundidos– y excita, al mismo tiempo, los lóbulos frontales, relacionados con la motivación y la toma de decisiones. Bastante menos invasiva, y cada vez más utilizada, es la estimulación magnética transcraneal repetitiva (EMTr), aprobada por la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) en 2008 para adultos con depresión resistente a los fármacos.


En la clínica López Ibor de Madrid llevan diez años trabajando con esta técnica, que “también es efectiva en trastornos del sueño, que pueden estar relacionados con la ansiedad y la depresión”, nos cuenta la doctora López Ibor. En el ámbito de la sanidad pública, otro de los pioneros en nuestro país es el hospital madrileño Gregorio Marañón, donde los pacientes reciben este tratamiento a diario durante un mes, en sesiones de cuarenta minutos. “El candidato ideal para la EMT es una persona con depresión crónica resistente que haya probado al menos dos o tres fármacos y no haya respondido, y que lleve padeciendo el trastorno, como mucho, cinco o seis años. Además, funciona mejor en la gente joven”, señala Julio Prieto, jefe de Servicio de Neurofisiología en este hospital.

Por ejemplo, los casos de depresión posparto se tratan muy bien con este método. “En el 90 % de las madres que la padecen, los síntomas mejoran o desaparecen con la EMT”, añade. Entre sus beneficios, además, este médico apunta que evita los efectos secundarios de las pastillas, como sequedad de boca, molestias gastrointestinales, disfunción sexual o somnolencia.

 


Aprende a controlar el estrés

Asimismo, la meditación es una vía que cada vez cuenta con más solidez científica para afrontar la depresión y problemas relacionados, como la ansiedad. Benjamin Shapero, profesor de Psiquiatría en la Universidad de Harvard, y Gaëlle Desbordes, radiólogo del Hospital General de Massachusetts, se han dedicado a retratar con resonancia magnética funcional lo que pasa en el cerebro de una persona deprimida antes y después de haber aprendido a meditar con técnicas de mindfulness.


Su trabajo demuestra que, tras ocho semanas de práctica, la amígdala, relacionada con emociones primitivas como el miedo o el estrés –desencadenantes de depresión cuando se mantienen en el tiempo–, se activa menos ante los mismos estímulos. Al parecer, al enfocarnos en el aquí y el ahora, nos cuesta menos romper con el círculo vicioso de los pensamientos negativos. Puede ser una buena forma de empezar a plantarle cara a un pesado lastre que, en gran medida, está en nuestras manos dejar atrás.