Resurrección: el desafío de revertir la muerte cerebral

¿Puede volver a la vida una persona con encefalograma plano? Gracias a los avances en regeneración neuronal, la empresa Bioquark cree que sí, aunque muchos científicos consideran tan ambicioso objetivo un imposible.


La muerte encefálica es la muerte. La ausencia de funciones neurológicas y flujo sanguíneo en el cerebro equivale al fin de la vida. Cuando el centro de operaciones del cuerpo deja de funcionar, el resto de los órganos se apaga. Si una persona está conectada a un respirador, el oxígeno y una medicación específica logran que el corazón lata durante días, pero el paciente ya no volverá. Técnicamente es un cadáver.

Aunque en Medicina hay pocas verdades absolutas, desde que en 1968 un informe de la Escuela Médica Harvard (EE. UU.) definió la muerte encefálica como el final de la vida, pocos han discutido ese extremo. Fueron las tecnologías asistenciales e intensivas –impulsadas en parte por los progresos en los trasplantes– las que llevaron a plantearse una nueva definición del óbito, pues antes de que existieran ningún corazón podía seguir latiendo si su cerebro no se lo ordenaba. Pero la irrupción de máquinas que mantienen la respiración de forma autónoma implantó un nuevo criterio: la ausencia de actividad encefálica era equivalente a la muerte. Además, se estableció un protocolo para la certificación del deceso, consistente en una serie de pruebas a realizar sobre el cadáver aún conectado. El pasado mes de mayo se conoció que la empresa estadounidense Bioquark había recibido permiso de las autoridades para realizar ensayos clínicos en su proyecto ReAnima.

El objetivo de este programa no pasó inadvertido: reactivar cerebros humanos sin actividad. Dicho de otra forma, sin apartarnos del rigor científico, revivir muertos. El anuncio suscitó infinidad de reacciones, desde la de aquellos que no daban credibilidad alguna a las tesis de la compañía biotecnológica hasta la de los que se mostraron cautos a la espera de ver si los pronósticos se concretaban en algún avance.

Pero ¿puede volver a funcionar un cerebro que ha dejado de tener actividad neuronal? En contra de lo que casi toda la comunidad científica piensa, en Bioquark sostienen que sí. Sus científicos afirman que podría lograrse con la acción conjunta y simultánea de técnicas de medicina regenerativa –especialmente la que utiliza células madre–, la farmacología de última generación –inyección de péptidos que favorecen la renovación celular– y la estimulación encefálica con láser transcraneal.

 

Como rabos de lagartija

ReAnima se inspira en procesos que suceden de forma natural en los seres humanos, como la neurogénesis –formación de  neuronas nuevas en el cerebro a partir de células madre y progenitoras–, y en otros que se dan en ciertos animales, en particular la regeneración epimórfica, por la cual algunos peces y reptiles crean tejidos y hasta extremidades enteras tras sufrir un daño o una amputación –el caso más conocido es el de las colas de las lagartijas–.

Un encéfalo muerto, por definición, no tiene actividad eléctrica detectable. Aunque quedasen operativas unas pocas neuronas, si la mayoría ha muerto, serían insuficientes para regenerar todas las estructuras subcerebrales –corteza, ganglios basales, tálamo, cerebelo–, cada una con sus propios tipos de neuronas. Nosotros conseguimos recuperar un 2 % del córtex visual de un ratón, pero no he leído ningún estudio que consiga rehabilitar otras zonas o áreas más grandes”, aclara Sandra Acosta, investigadora de la Northwestern University de Chicago, en EE. UU.

La científica española se refiere a un estudio publicado por la revista Neuron en 2015, del que fue una de las responsables. Su equipo de la Universidad Libre de Bruselas –entonces investigaba allí– logró reparar lesiones en la corteza cerebral de  ratones mediante el implante de neuronas generadas a partir de células madre. Este éxito supuso una nueva esperanza para la implementación de futuras terapias que podrían tratar daños provocados por ictus, traumatismos, epilepsia o ciertos procesos neurodegenerativos. Un gran paso que, sin embargo, parece un juego de niños frente a la reactivación integral que ahora se pretende. “La muerte cerebral, incluidas las situaciones de inconsciencia –coma, estado vegetativo–, representan un área de investigación muy importante y poco tratada, si se compara con lo que se estudian los trastornos como el alzhéimer o el párkinson”, explica a MUY SALUDABLE Ira Pastor, director general de Bioquark y responsable de ReAnima.

Dudar por principio

El primer punto del equipo de científicos encabezado por Pastor se basa en cuestionar la defi nición de muerte cerebral, ese axioma científico que descarta cualquier vuelta atrás. “Pese a la etiqueta de irreversibilidad del informe de Harvard de 1968, en las últimas décadas se han reportado decenas de casos que la contradicen, sobre todo en jóvenes cuyo sistema nervioso central mantuvo actividad después de que fueran declarados cerebralmente muertos. Son ejemplos controvertidos, pero esos casos naturales, sin intervención biomédica alguna, ponen de manifiesto que en el terreno de los trastornos graves de la conciencia no es todo siempre blanco o negro, y que hay muchas posibilidades de seguir aprendiendo y explorando límites”, explica Pastor.

El responsable de ReAnima expone una serie de ejemplos –todos de niños–, recogidos por organismos y centros oficiales de su país, en los que la declaración de muerte cerebral, después de seguir los protocolos establecidos, resultó ser errónea. Uno de ellos es el de un bebé de diez meses que en 2009 fue encontrado sumergido en una bañera. Transcurridas 42 horas del ahogamiento, los exámenes determinaron su muerte. Sin embargo, pasadas otras quince horas, comenzó a respirar. El propio informe advierte de que la administración de dos sedantes cinco horas antes de la exploración que certificó su fallecimiento pudo causar el error, pero también señala posibles lagunas en el protocolo científico en ciertos casos.

Cerebros que no se apagan

Aunque hay cierto debate sobre la aplicación de los criterios oficiales de muerte encefálica a menores de cinco años, la mayoría de las personas que han resucitado fueron simples víctimas de fallos médicos individuales o en cadena, según aclararon las investigaciones posteriores.

ReAnima, en todo caso, se agarra a la posibilidad de que quede en el cerebro un flujo residual de sangre o mínimos impulsos eléctricos para sembrar una duda que ellos consideran lo bastante razonable como para iniciar la investigación con seres humanos.

Más allá de que exista o no esa posibilidad, merece la pena detenerse en las soluciones que manejan para lograr su objetivo, empezando por la regeneración endógena, cuyo potencial parece extraordinario a tenor de los resultados conseguidos en estudios recientes. Uno de ellos, liderado por el bioquímico español Juan Carlos Izpisúa, al frente del Instituto Salk de California (EE. UU.), logró reproducir en un ratón con el corazón dañado por un infarto el mecanismo por el cual ciertos animales, como el pez cebra, recuperan de forma íntegra el tejido de algunos de sus miembros. La clave era modificar la genética del roedor para que mantuviera durante su edad adulta una cualidad regenerativa que, descubrieron, está presente en su genoma, aunque solo durante sus primeros días de vida.

El Instituto Salk y otros centros avanzan también en otra de las vías que estudia Bioquark: la implantación de células madre embrionarias y otras adultas reprogramadas –reconvertidas en células madre– para rehabilitar áreas dañadas. Según Acosta, “estas técnicas se encuentran en fase experimental, pero en algunos tejidos, como el ocular, ya se aplican, y pronto se expandirán a los del corazón y otros órganos. Sin embargo, el cerebro es muy especial, porque nos identifica. No seríamos individuos si no lo tuviéramos; nos proporciona una personalidad, recuerdos y conocimientos. Todas esas características se empiezan a adquirir en etapas fetales. Por tanto, si a un individuo se le instaura un nuevo cerebro, dejaría de ser esa persona”.

El traumatismo sufrido por Phineas Gage en 1848 al clavársele una barra de hierro en la cabeza cambió su forma de ser. Los neurólogos se preguntan si con un cerebro resucitado ocurrirá algo parecido: ¿se conserva la identidad o nace una nueva persona?

La identidad del resucitado

Desde que Bioquark anunció su intención de experimentar con muertos encefálicos, una de las cuestiones que sobrevuelan esta causa es conocer si, en el caso de que se lograra reiniciar un cerebro, la nueva actividad sería una continuación de la que registraba antes de apagarse. Desde el punto de vista científico, no hay razón para pensar que el individuo que despertase tras la desconexión fuese el mismo que había perdido la vida, con las consideraciones éticas que eso conlleva. En Bioquark piensan que podría darse, al menos parcialmente, esa continuidad. “La neurociencia está dividida entre los que apuestan por un modelo que considera el conectoma –el mapa de conexiones del cerebro– el centro de la mente y defienden que somos 100.000 millones de neuronas y sus trillones de conexiones dentro de un cráneo, y los que pensamos que hay algo más. Creemos que el cerebro es una parte de un proceso mental más amplio que implica el resto de la complejidad electroquímica del cuerpo, el ambiente en el que se desarrolla o sus conexiones sociales”, explica Pastor. Según esta teoría, si como hipótesis el cerebro de alguien se conservara milagrosamente vivo en un laboratorio, no sería nunca más la persona de antes por una razón: se le había aislado de su entorno.

En cambio, en un enfermo mantenido con respiración artificial en un hospital no se da esa circunstancia y su identidad se preservaría. “Apostamos por que la memoria es una mercancía recuperable en el tiempo”, apunta Pastor.

La muerte no es el final. Más allá de posiciones personales o empresariales frente a algo tan complejo como la naturaleza de la mente, el responsable del proyecto ReAnima basa sus esperanzas de que haya continuidad en el ciclo vida-muerte- vida en hechos como “la capacidad intrínseca de muchas especies animales para regenerar total o parcialmente el cerebro después de una lesión grave o incluso para recordar cosas previamente aprendidas tras una destrucción casi completa de su sistema nervioso central”, la “regeneración neuronal que se produce en los seres humanos de forma natural a lo largo de su vida” o incluso fenómenos que “no contemplaría el modelo conectoma-céntrico, caso de la lucidez terminal de algunos pacientes con alzhéimer”.

 

 

Pero ¿qué pasaría si Bioquark lograra reactivar un cerebro después de su muerte encefálica y el ser humano que despertase no tuviera ninguna conexión mental con su vida previa? La respuesta de Pastor, esta vez, es escueta: “Si llegamos a esa conclusión, necesitaríamos reevaluar nuestro modelo”. ¿Merecería la pena crear nuevas mentes en cuerpos y cerebros que han alojado previamente otras vidas? En opinión de Acosta, “se trata de una cuestión de calado que nuestra sociedad debe abordar, así como la dificultad para aceptar la muerte de un ser querido. Lo que nos hace personas son nuestras experiencias, no el cerebro en sí. Esas vivencias nos dirigen a tomar decisiones de una manera u otra. Es como un coche, no funciona si no hay alguien que lo conduzca”. ante un dilema ético. La cuestión de fondo, en todo caso, trasciende lo científico.

¿Qué pasaría si los padres de un niño al que se le ha declarado la muerte cerebral tuviesen en su mano la posibilidad de que este volviese a vivir, incluso aunque supieran que probablemente ya no iba a ser la misma persona que concibieron y criaron? De momento, nadie tendrá que tomar semejante decisión, pero a medio plazo es muy probable que sí. Bioquark ya dispone del permiso de la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA, por sus siglas en inglés) que da el visto bueno a investigaciones biomédicas que impliquen la experimentación con seres humanos. Para reducir los costes de los ensayos, la compañía pensaba iniciarlos en la India. Comenzó los trámites en ese país e incluso disponía de un colaborador tecnológico, la empresa Revita Life Sciences, pero en noviembre el Consejo Indio de Investigación Médica (ICMR) frenó la iniciativa. La institución argumentó que se debía a errores en la solicitud de los permisos.

Algunos científicos han criticado que las pruebas no se realicen antes en cobayas, como en otros estudios, pero los responsables del proyecto apuntan que no existen modelos animales idóneos para experimentar la muerte cerebral humana. En tanto se resuelven las trabas administrativas, el equipo de Bioquark trabaja en el Hospital Anupam de Rudrapur, en el norte de la India, para concretar el proceso de selección de los veinte pacientes que, previo permiso familiar, podrían ser sometidos a una terapia de choque contra la muerte encefálica. “Se trata de un procedimiento más lento que un ensayo normal, debido al trabajo que conlleva exponer las ideas, discutir la historia de estos casos con los especialistas, así como los aspectos legales y técnicos”, apunta Pastor. Aún no pueden avanzarse fechas, pero todo indica que no habrá que esperar mucho para saber si la vida y la muerte adquieren una nueva dimensión o sigue separándolas una frontera infranqueable.

El increíble pez cebra marca el camino

Un pez cebra que quede paralítico recupera la movilidad en ocho semanas gracias a las proteínas CTGF , que regeneran la médula tendiendo puentes entre los extremos seccionados.

No miden más de seis centímetros, y se venden para acuarios a unos dos euros la unidad, pero los secretos que esconden en su interior los peces cebra tienen un valor incalculable. A principios del pasado noviembre la revista Science publicó los resultados de una investigación en la que un grupo de científicos de la Universidad Duke, en Carolina del Norte (EE. UU.), fue capaz de identificar la proteína que permite a esta especie reparar su médula espinal después de que sufra un daño tan grave que, trasladado a un ser humano, provocaría la paralización total o la muerte.

En el interior del pez cebra, ante una médula casi seccionada, las diferentes células tienden puentes y conexiones entre los tejidos dañados hasta que se vuelve a restaurar el flujo neuronal. La dificultad de la investigación radicaba en identificar los genes responsables de esa portentosa cualidad. Los científicos aislaron aquellos cuya actividad cambiaba abruptamente tras la lesión medular hasta que dieron con la tecla en unas proteínas: el factor de crecimiento del tejido conjuntivo (CTGF, por sus siglas en inglés). El estudio subraya que los humanos también disponemos de proteínas tan similares a las de los peces cebra que pueden incluso reparar la médula de estos animales. Sin embargo, no son capaces de lograr ese objetivo por sí solas en una persona, ya que el funcionamiento en los  mamíferos resulta más complejo. Pero los investigadores confían en que el próximo paso, el de la experimentación con CTGF en ratones, podría dar respuestas relevantes en el terreno de la regeneración neuronal.