Recetas para vivir más y mejor

Mujer mayor fuerte
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Un grupo de científicos dirigidos por el español Juan Carlos Izpisúa, experto en biología del desarrollo, dio en abril un paso trascendental hacia la medicina del futuro. El equipo de Izpisúa, del Instituto Salk de La Jolla (EE. UU.), logró crear embriones con células de macaco y humano, algunos de las cuales sobrevivieron veinte días. La noticia podía, a bote pronto, resultar inquietante y dar rienda suelta a la imaginación del nacimiento de una especie híbrida entre personas y monos. Nada más lejos de la realidad. El objetivo de la investigación no es implantar y desarrollar esas quimeras –su nombre científico– en un cuerpo, sino avanzar en un objetivo que la medicina persigue desde hace tiempo: fabricar órganos humanos en animales. El ensayo se realizó en China en un laboratorio experimentado en el desarrollo de embriones de primate fuera del cuerpo, y pretende subsanar el déficit de órganos para trasplantes y evitar el riesgo de rechazo inmunológico.

Cómo será nuestra salud en 2061 es algo sobre lo que en gran medida ahora solo podemos especular, porque hasta ese año irrumpirán hallazgos insospechados. También aparecerán nuevas enfermedades para las que quizá no sirvan las herramientas terapéuticas disponibles entonces y haya que desarrollar otras nuevas, como en su día hubo que hacer para enfrentarse al VIH. Situándonos a cuatro décadas vista, las preguntas se acumulan: ¿lograremos doblegar al cáncer?, ¿qué papel jugará en la prevención y el tratamiento de las enfermedades la edición genética o la nanotecnología?, ¿cuántos años viviremos y con qué calidad de vida?, ¿sustituirá la inteligencia artificial a los médicos en el diagnóstico de muchas dolencias?

El experimento del equipo de Izpisúa es solo un ejemplo del cambio radical que se avecina. Rafael Matesanz, fundador y director durante décadas de la Organización Nacional de Trasplantes (ONT), explica que “la tecnología se dirige a fabricar un órgano a la carta para cada enfermo”.

Una persona que necesite una víscera de repuesto en España tiene muchas más probabilidades de conseguirla que en cualquier otro lugar del mundo. Nuestro país ocupa el liderazgo mundial en donación y trasplante de órganos, pero aún así hay personas que no llegan a ser intervenidas porque la demanda de corazones, riñones o hígados supera la disponibilidad. En 2061, según las previsiones, este problema estará en gran parte resuelto.

Sin embargo, la nueva fuente de órganos no sustituirá por completo al sistema de donación actual, porque “en las urgencias cardiacas o hepáticas, que representan la mitad de los trasplantes en estos órganos, no se podrá esperar a fabricar un corazón o un hígado, sino que seguirá siendo necesario disponer de un donante de inmediato”.

La medicina ya ha conseguido fabricar piel, y se prevé que el trasplante de cartílago sintético sea realidad dentro de muy poco tiempo. El desarrollo de tejidos supone el primer paso para disponer en el futuro de tejidos y vísceras más complejos. Los biomateriales han entrado en escena para conseguirlo. El objetivo de fabricar un hueso, una tráquea o un fragmento intestinal será posible en un plazo cercano gracias “al uso de matrices recubiertas por células desarrolladas por la medicina generativa que den lugar al endotelio [capa que reviste el interior de algunos órganos]”, explica el fundador de la ONT. Mayor dificultad entraña la fabricación de órganos más complejos. El problema, señala Matesanz, “es que un riñón puede tener veintitantos tipos de células distintas, y en estos momentos no sabemos cómo decir que se organicen para formarlo”.

Un paciente con un trasplante de riñón puede vivir más de cuarenta años tras la intervención; uno de hígado o de médula, más de treinta; y uno de corazón, alrededor de veinticinco. Hay trasplantados que han llegado a ser centenarios. Aubrey de Grey, un gerontólogo de la Universidad de Cambridge (Reino Unido), sostiene que llegaremos a vivir mil años, pero los especialistas en antienvejecimiento y longevidad se plantean por el momento un objetivo más modesto: 120. El límite lo determina el número de células que tenemos, las unidades funcionales, como explica Manuel Castillo, catedrático de Fisiología de la Universidad de Granada y presidente del comité científico de la Sociedad Española de Medicina Antienvejecimiento y Longevidad (Semal): “El 100 % de capacidad para cada órgano y función se alcanza en torno a los veinte años, y las manifestaciones clínicas de enfermedad aparecen cuando se agota el 80 % de esa capacidad. Dado que perdemos un 10 % de celularidad por década, podríamos llegar en condiciones óptimas a los cien años”. Estas cuentas cuadran siempre que no haya enfermedades previas que aceleren ese desgaste. Si la medicina consiguiera retrasar la aparición de dolencias de cualquier tipo hasta que sopláramos el centenar de velas, alcanzar los 120 sería posible, porque la muerte se produce cuando “para una función vital –respiración, contractilidad cardiaca, etc.– no queda ni un 1 % de capacidad funcional”, explica Castillo.

El envejecimiento es, de momento, irreversible, pero ya cabe intervenir para ralentizarlo. Y podremos hacerlo aún más en el futuro. “La mayor revolución que viene es la posibilidad de descubrir enfermedades a través de la genética, lo que nos va a dar la posibilidad en etapas tempranas –y no tan tempranas– de predecir qué tipo de dolencias va a tener una persona”, pronostica Matesanz. Analizando una muestra de saliva, una mujer ya puede saber, por ejemplo, si tiene mas o menos probabilidades de desarrollar un cáncer de mama por presentar mutaciones de los genes BRCA 1 y BRCA 2. Un conocimiento preciso del mapa genético de los humanos multiplicará en unas décadas la información que pueda proporcionar sobre su salud con detalles ahora insospechados.

Los especialistas no se atreven a aventurar qué enfermedades tendrán solución recurriendo a la terapia génica, pero coinciden en que la tecnología CRISPR ayudará a resolver muchas dolencias raras e incluso permitirá intervenir sobre el sistema inmunológico para que pueda combatir males como el cáncer. Dicha especie de tijeras moleculares permite corregir el genoma de cualquier célula forma precisa y eliminar mutaciones e insertar nuevo ADN que supla al dañado. En el futuro será una herramienta clínica rutinaria al alcance de los especialistas.

Es previsible que las implicaciones económicas vinculadas a la edición genética aceleren el uso de la CRISPR. La detección precoz de enfermedades permitirá en muchos casos aplicar terapias en fases iniciales que mejoren su pronóstico, “lo que cambiará las posibilidades de supervivencia de estos pacientes”, explica el fundador de la ONT. El problema ético puede surgir cuando el análisis del genoma de una persona identifique con seguridad que va a sufrir una dolencia grave, pero la terapia génica no esté en condiciones de ofrecer una curación o un tratamiento para hacerle frente. Por las repercusiones laborales y en otros ámbitos que pueda acarrear esa información, garantizar su confidencialidad será mucho más importante que ahora. De hecho es uno de los puntos calientes de la moderna bioética.

La medicina del futuro, además de disponer de nuevas terapias y de ser preventiva y predictiva, también vendrá marcada por innovadoras formas de administrar los tratamientos y de hacerlos más efectivos y con menos efectos secundarios. Según los expertos, el uso de nanorrobots insertados en el organismo y controlados de forma remota se generalizará. Sus posibilidades terapéuticas son muy amplias; permitirán, por ejemplo, administrar fármacos contra el cáncer y hacerlos llegar directamente al tumor sin que afecten a los tejidos circundantes sanos. Incluso tendrán aplicaciones en microcirugía y sustituirán a algunas técnicas más invasivas que se aplican hoy: en cardiología podrán utilizarse para desbloquear arterias obstruidas.

La tecnología ya es clave para alcanzar el objetivo de vivir más y con mejor salud. En el caso de sufrir alguna enfermedad, permite disponer de mayor calidad de vida. La ciencia no tiene aún una cura que proporcionarle a los enfermos de párkinson, pero sí ha desarrollado una cuchara que elimina un 70 % las vibraciones que presentan los pacientes, lo que les permite comer solos. Distintos dispositivos se han convertido para muchos enfermos en una extensión de su cuerpo, y esa tendencia se multiplicará en las próximas décadas. De hecho, Castillo apunta que el teléfono móvil es cada vez más “un metaórgano capaz de registrar parámetros de salud de manera continua y reaccionar cuando hay alguna anomalía presente en el organismo”.

Pero el cambio de fondo todavía está por concretarse. Castillo lo resume en el siguiente concepto: “La medicina del futuro no estará basada en la enfermedad, sino en la salud”. Ahora, la actividad básica de los profesionales sanitarios, la organización de los centros de salud y hospitales y la orientación de las especialidades médicas –oncología, nefrología, cardiología, neurología…– se centran en tratar las enfermedades, curarlas –si se puede– o revertirlas en algunos casos. Sin embargo, va a producirse un cambio de paradigma. “El negocio actual, el de la enfermedad, tiene un objetivo: evitar estar mal. El objetivo en el futuro será mantener la salud y mejorar la capacidad funcional. Estar todavía mejor y disfrutar más”, apunta Castillo. La alimentación cumple una función nutritiva, pero también tiene otra hedónica: de mero disfrute; la que representan, por ejemplo, Ferran Adriá, Pedro Subijana, David Muñoz y otros chefs. Ambas funciones resultan importantes, pero la primera es meramente funcional, mientras que la segunda es más vitalista. De la misma manera ocurre en el  deporte. No es lo mismo que una persona haga ejercicio, porque mantiene una batalla continua con la báscula, a que encuentre en él una actividad en la que pierda la noción del tiempo al practicarla por la satisfacción que le reporta.

En la Sociedad Europea de Medicina Preventiva, Regenerativa y Antienvejecimeinto, de la que Castillo es asesor, los especialistas estudian las repercusiones que esta visión hedónica tiene en la salud. “No hay nada que nos haga estar mejor que pasarlo bien, y al contrario. Recomiendo el disfrute como uno de los elementos para rejuvenecer y envejecer menos”, puntualiza el profesor. Recomienda la fórmula independientemente de las circunstancias por las que se atraviese, que no podemos elegir. El cambio de visión consiste en darse el permiso para tener placer, entre otras cosas, porque depara un efecto beneficioso en la salud.

La satisfacción activa vías neuroendocrinas y factores de crecimiento que contrarrestan las consecuencias negativas del estrés. Y si el disfrute es compartido, mucho mejor, apunta Castillo: “Se ha comprobado que la tensión arterial sube menos si se tiene sexo con otra persona que si te masturbas o no tienes ningún tipo de relación”. Este especialista en antienvejecimiento recomienda practicarlo como desestresante la víspera de una reunión que se prevé difícil o, por ejemplo, antes de enfrentarte a un tribunal de oposición.

Evitar estar mal, mantener la salud y mejorar la capacidad funcional determinarán también en el futuro qué uso se da a la tecnología médica, el papel de los profesionales sanitarios en el cuidado de la salud y la organización sanitaria misma. Ángel Alberich, director general de Quibim, una empresa valenciana que desarrolla proyectos de inteligencia artificial (IA) en el ámbito médico, pronostica un cambio radical en la gestión de los datos clínicos. En el futuro no será el hospital el que los maneje, sino cada persona, que dispondrá de su historia clínica en la nube y a la que ella o cualquier profesional al que autorice podrán acceder de inmediato desde cualquier lugar del mundo.

“La gestión de sus datos empoderará al paciente, lo colocará en el centro”, explica Alberich. Esa conciencia tendrá, además, otro efecto: “Puede hacer que la persona perciba la importancia de compartir esa información”. Analizar la información clínica de los pacientes, garantizando su confidencialidad, es imprescindible para el avance de la medicina. El médico norteamericano David B. Agus recomienda en su libro El fin de la enfermedad compartir esos datos siempre que sea posible para prolongar la vida, aumentar las probabilidades de vivir mejor y más tiempo.

Que la información fluya es el ingrediente básico de la IA, cuya potencialidad empieza a vislumbrarse. A partir de millones de imágenes médicas, ya detecta patrones que le permiten diagnosticar con más precisión que el mejor de los especialistas. Su ámbito de aplicación, limitado ahora a especialidades como radiología o dermatología, se generalizará a toda la medicina a mediados de siglo. ¿En qué lugar dejará este y otros avances tecnológicos a los médicos?

En opinión de Matesanz, la organización sanitaria y el papel de los profesionales dará un vuelco: “La atención estará centrada en el paciente. No puede ser que una persona con cuatro o cinco procesos crónicos sea vista por cinco o seis especialistas distintos”. La colaboración se impondrá con los años y la telemedicina se generalizará. Profesionales y pacientes estarán más conectados, pero se corre el riesgo de que también se distancien más que nunca. Por eso, Matesanz aboga por preservar esa proximidad: “Hablar, mirar, tocar al paciente es fundamental a la hora de obtener un buen resultado clínico”.