Mundo onírico: entre sueños y pesadillas

Las películas que nos muestra el cerebro mientras dormimos pueden ser divertidas, terroríficas, carecer de sentido... No obstante, son muy útiles. Para algunos científicos, funcionan como un escenario virtual donde nos preparamos para afrontar futuros desafíos.

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Vas caminando por la calle cuando, de repente, notas un ligero hormigueo en los pies. Ha llegado el momento. Coges carrerilla, das un saltito, levantas el pie derecho del suelo, luego, el izquierdo y ¡ya está! Flotas en el aire. Estás volando. Extiendes los brazos y sonríes de oreja a oreja, mientras el resto de transeúntes te contemplan atónitos. ¿Te suena está placentera sensación? Probablemente, la has experimentado... en sueños. No en vano, se trata de una de las vivencias oníricas más recurrentes en todo el planeta, desde España hasta Nueva Zelanda. Aquí va otro. Aunque sobrepasas hace ya algún tiempo los treinta tacos, estás otra vez en el cole. Son las 9:12 horas. Y tú corres por el pasillo con una pesada mochila colgada de la espalda. Te detienes frente a la clase de 5.º B, abres la puerta, aún jadeando, y todos se vuelven a mirarte. Silencio sepulcral en el aula. Hasta que la estridente voz de tu profesora, doña Manuela, te grita: “¡Otra vez tarde, García! ¡El día del examen! ¡Y encima en gayumbos!”. Miras para abajo y lo ves con tus propios ojos: con las prisas te has olvidado de ponerte los pantalones.

Esta pesadilla es una mezcla de tres de los temas oníricos más universales: los relacionados con el colegio y los estudios –a la cabeza de la lista–, estar medio desnudo en público y llegar tarde. Es tan recurrente como soñar que te caes al vacío, que alguien te persigue con malas intenciones, que suspendes un examen decisivo para tu futuro, que te agreden, que una persona a la que quieres fallece o que pierdes un tren.

 


Con el corazón a mil por hora

Lo de volar es sumamente agradable, pero el resto de las ensoñaciones hacen que te despiertes bañado en sudor y con el pulso acelerado. Un sufrimiento innecesario, pensarás. O, tal vez, no. Porque según la teoría de la simulación de amenazas (TST, por sus siglas en inglés), formulada por el neurocientífico cognitivo finlandés Antti Revonsuo, las pesadillas son más útiles de lo que imaginamos. Dice Revonsuo que soñar equivale a entrar en un simulador de realidad virtual. Y que, del mismo modo que los pilotos de avión aprenden a no perder la calma si se les rompe un motor en pleno vuelo con los simuladores, nosotros nos entrenamos en sueños para afrontar posibles amenazas dentro de otro entorno seguro: la cama. Planchando la oreja, recreamos una y otra vez las mismas amenazas, a veces, incluso inflándolas un poco. “Exagerar y repetir va bien para los ensayos”, apunta el neurocientífico. De este modo, si el peligro termina haciéndose real, no nos pillará por sorpresa. Estaremos preparados para responder. Las cifras parecen darle la razón. Los experimentos realizados para testar su propuesta revelan que la interacción social más frecuente en sueños es la agresión. Confirman, asimismo, que las emociones negativas de los sueños superan con creces a las positivas. Y estiman que, al menos en un 70 % de los escenarios, nos acecha algún peligro.

 

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Fantasías paleolíticas

Es muy posible que nuestros antepasados soñaran con bestias que los intimidaban, avalanchas de nieve que los dejaban incomunicados o tribus invasoras que los acorralaban en mitad de la noche. “Desazones nocturnas que los ayudaron a sobrevivir”, concluye Revonsuo, que está convencido de que su teoría les da un sentido evolutivo a las pesadillas. A los humanos modernos, por el contrario, nos van más las catástrofes académicas, esas en la que no está en riesgo nuestra integridad física, sino ver cumplidos nuestros objetivos. Aunque la finalidad es la misma: estar preparados para lo peor. ¿Pero acaso lo peor que nos puede pasar es llegar tarde a un examen de quinto de EGB sin pantalones? Vale, admitámoslo: no estamos hilando fino si, a la vez que se nos tiñe el pelo de canas, pasamos las noches teniendo pesadillas con el colegio. Pero tiene una explicación. “Cualquier acontecimiento emocionalmente estresante se queda archivado en la memoria emocional durante el resto de la vida”, aclara Revonsuo.

Seguimos soñando con momentos traumáticos incluso cincuenta años después. Eso incluye guerras y accidentes, pero también otras situaciones estresantes o intensas más pueriles. Como los controles escolares. “El simulador de amenazas lo que hace es volver a enfrentarnos, mientras dormimos, a esas situaciones difíciles que nos marcaron, por si acaso alguna vez vuelven a suceder”, aclara el investigador finlandés. Por otro lado, admite que resulta “un poco estúpido”, porque es imposible que ese pasado para el que nos entrenamos se repita.

 


Monstruos demasiado reales


Lo que parece indiscutible es que, en cuestión de verosimilitud, el simulador onírico humano les da cien vueltas a los de vuelo. Por muy conseguida que esté la cabina, sentado al mando de la falsa aeronave, el piloto es consciente en todo momento de que se trata de un simulacro. Y cuando escucha “¡atención, fuego en el motor derecho!” o “¡no funciona el tren de aterrizaje!”, reacciona siendo consciente de que no le puede pasar nada malo. Por los sueños, sin embargo, deambulamos convencidos de que son reales. Ni siquiera cuando el contenido es fragmentario, absurdo o contradictorio nos saltan las alarmas. “El cerebro nos engaña para que nos tomemos muy en serio lo que ocurre y desarrollemos estrategias de supervivencia, como si nuestra vida realmente corriera peligro”, dice Revonsuo. Él hace hincapié en esto porque, si la lucidez –soñar sabiendo que es un sueño– no fuera una excepción, las pesadillas perderían su función.

En las contadas ocasiones en que sabemos que una pesadilla no es más que eso, podemos ignorar a los monstruos y reírnos de las calamidades que nos ocurren. Y eso resulta contraproducente, ya que lo que necesitamos es que esas pruebas de supervivencia sean desagradables, incluso aterradoras. “El entrenamiento solo es útil si ignoramos que nuestra realidad es otra: tenemos que creernos los sueños a pies juntillas”, recalca Revonsuo. Aunque luego resoplemos con alivio cuando despertamos súbitamente, recobramos la conciencia y nos damos cuenta de que estábamos soñando. Una sensación universal que para los indonesios tiene tanta importancia que le han dedicado una palabra específica: kekau.


Parte de la credibilidad de las historias que recreamos sobre la almohada se la debemos a la intensa activación de la corteza visual. A pesar de tener los ojos cerrados, mientras dormimos, la sesera proyecta imágenes vívidas indistinguibles de las que capta la retina en la vigilia. “Ver es creer”, declara a MUY Robert Stickgold, profesor de Psiquiatría de la Escuela de Medicina de Harvard (EE. UU). Simultáneamente, aunque con menos fuerza, también se activan las neuronas de la corteza auditiva, y las que se encargan de reconocer rostros cuando estamos despiertos, las que gestionan las emociones y, por supuesto, las que dirigen los movimientos de los músculos cuando andamos o desarrollamos una compleja coreografía de baile.

 


La mente no se entera

El resultado es que la actividad neuronal que registra un encefalograma de un cerebro mientras sueña es casi idéntica a la de un cerebro despierto. “A efectos prácticos, la sesera no discierne si lo que ve procede de estímulos sensoriales externos o de estímulos que él mismo crea mientras dormimos”, nos aclara Stickgold. Tanto es así que un estudio científico probó que si una noche te vas a la cama con sed pero sueñas que bebes, cuando te despiertas tu sed se ha apaciguado bastante. Esto no quiere decir que recurriendo a técnicas de imagen cerebral no haya modo de saber si alguien está soñando o no. Da el cante que, mientras soñamos, la corteza prefrontal, núcleo de la sensatez y el raciocinio durante la vigilia, se mantiene adormecida. Es normal, porque, si no estuviera sedada, detectaríamos rápidamente las incongruencias y descubriríamos que el sueño no es real. A esto se le suma que, según descubrieron hace poco investigadores de la Universidad de Wisconsin- Madison (EE. UU.), existe una región en la parte trasera del encéfalo, a la altura de la nuca, que podría considerarse la factoría de los sueños. La llaman zona caliente cortical posterior, y, mediante el registro de sus ondas cerebrales, es posible averiguar con cerca de un 90 % de acierto en qué momento soñamos.

 

Por otra parte, que aprovechemos el mundo onírico para enfrentarnos virtualmente a situaciones peligrosas no deja de ser paradójico, pues, siendo honestos, dormir entraña de por sí cierto peligro. “Mientras yacemos inconscientes sobre nuestras espaldas somos más vulnerables que en ningún otro momento del día”, explica Stickgold. Por lo tanto, debe haber razones muy poderosas para que pasemos nada menos que un tercio de la vida en brazos de Morfeo. El propio Stickgold ha dedicado parte de su carrera investigadora a buscar esas razones. Y ha llegado la conclusión de que soñar es crítico para dos cosas: para aprender y para darle sentido a la vida. En un reciente experimento, entrenó a 99 sujetos para que aprendieran a navegar a través de un laberinto virtual en tres dimensiones y encontraran lo antes posible la salida. Luego, dejó que la mitad de ellos se echaran una siesta de noventa minutos, mientras el resto de los voluntarios continuaron despiertos.

Al día siguiente, volvió a convocarlos a todos para comprobar qué habían aprendido. Los resultados no dejaron lugar a dudas: los que habían dormido y soñado con el laberinto durante la siesta habían mejorado hasta diez veces más su destreza y salían mucho antes del embrollo que el resto. Para entenderlo, lo primero que hay que tener claro es que, a lo largo del día, toda la información que recopilamos se acumula en el hipocampo, que es rápido reteniendo datos. Y es a la hora de dormir cuando empieza el trajín para recolocarlo todo. Toca desocupar el hipocampo y trasladar esos archivos temporales a la corteza cerebral, encargada de almacenar la información de por vida. La memoria y los conocimientos adquiridos se reestructuran. Algunos se quedan por el camino, porque el cerebro selecciona solo lo más significativo de lo acontecido, la esencia de nuestras vivencias, como lo llama Stickgold.


“Lo que hacen nuestros sueños es formular una pregunta: ¿cómo puedo aplicar toda esta información en mi día a día?”, aclara el experto. Soñar nos permite deducir las reglas del mundo en que vivimos, y darle sentido a lo que nos ha sucedido unas horas o días antes. Este crucial proceso requiere su tiempo. Stickgold calcula que necesitamos, aproximadamente, una hora de sueño para procesar la información acumulada durante dos horas de vigilia. Salen las cuentas: ocho horas de modorra para dieciséis horas de vigilia. Veinticuatro horas en total. También se sabe que su principal fuente de inspiración es el mundo real. Un estudio publicado hace poco en PLOS ONE sacó a relucir que la mayor parte de los sueños –el 85 %– están relacionados con cosas que nos han sucedido.

 

 

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Hasta un 70 % de esos hechos reales pertenecen al día previo, un 50 % al último mes y hasta un 36 % al último año. Con una diferencia clave: la versión soñada tiene un tono sentimental más bajo, menos intenso, que la original. Dicen los entendidos que esto sirve para amortiguar el volumen emocional de los recuerdos de la vigilia, los vuelve un poco más neutrales. Y nos lleva a entender su tercera función: regular las emociones y templar los ánimos. aquí no ha pasado nada. Todo esto sucede en tu mollera tanto si sueñas como si crees que no. Porque en realidad todos soñamos. Lo que pasa es que no siempre lo recordamos al abrir los ojos. Hasta hace poco se pensaba que la media era de cuatro o cinco ensoñaciones cada noche, coincidiendo con la fase REM (siglas inglesas de rapid eye movements). Pero nos estábamos quedando cortos, tal y como nos explica el neurocientífico holandés Martin Dresler, porque en las fases no-REM también ocurren procesos oníricos.


Sabiendo eso, el siguiente reto, dice Dresler, es esclarecer por qué olvidamos la mayoría de nuestros sueños. “Si estando despiertos nos pasaran cosas tan raras como las que experimentamos durmiendo, nunca las olvidaríamos”, reflexiona. Su hipótesis es que es el modo que tiene el cerebro de evitar embrollos. Si no, aumentaría el riesgo de confundirlos con las experiencias reales. Y no sabríamos si la vida es sueño, como decía Calderón de la Barca, o viceversa.

 

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