Los prometedores beneficios de la estimulación del nervio vago

Dolencias tan dispares como la depresión, la artritis y la obesidad están en la diana de esta terapia que no usa fármacos, sino impulsos eléctricos a través de la mayor carretera nerviosa de nuestro cuerpo.

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Que nuestro corazón sea capaz de relajarse o que podamos llevar a cabo la digestión de los alimentos depende, en buena parte, de un solo nervio: el vago. Su nombre puede no inspirar mucha confianza, pero se trata de uno de los más largos e importantes del cuerpo. Inerva órganos tan dispares como el corazón, los pulmones y los intestinos, y constituye la única unión que hay entre ellos y el cerebro. Gracias a este nervio, también llamado neumogástrico, los sesos conocen el estado en el que se encuentra el cuerpo. Además, puede influir en su funcionamiento, en caso de que algo no vaya bien.


Hasta hace bien poco, los científicos solo se habían dedicado a observarlo como un nervio más. Ahora, una nueva corriente explora las formas de utilizarlo para tratar enfermedades tan dispares como el párkinson, la depresión, las migrañas y la epilepsia. ¿Cómo? Añadiéndole a esa autopista de la información nuevos impulsos eléctricos a través de un ingenio externo con aspecto de marcapasos.

Uno de los últimos hitos en esta área, y quizá también de los más sorprendentes, se produjo hace bien poco, a finales de 2017. La historia está publicada en la revista Current Biology y cuenta que un paciente francés, tras estar más de quince años en estado vegetativo por un accidente de coche, mostró por primera vez signos de consciencia, algo que se creía hasta entonces imposible.

 


Activación sorprendente

Fue justo después de que fuera sometido a un tratamiento de electroestimulación del nervio vago. Durante un breve periodo de tiempo, este hombre pudo seguir objetos con la mirada, incluso mover la cabeza a petición verbal. A día de hoy, los médicos galos no se explican muy bien qué pasó en su cerebro para que, de repente, abriera los ojos, pero están convencidos de que la administración de impulsos eléctricos tuvo mucho que ver.


La idea de actuar artificialmente sobre el décimo nervio cerebral no es nueva. Ya en el año 46, Escribonio Largo, médico que sirvió en la corte del emperador romano Claudio, recogió el primer caso que se conoce de electroestimulación, aunque ocurrió de manera fortuita. Al parecer, un hombre que sufría gota, un trastorno del metabolismo que causa dolor y rigidez en las articulaciones, pisó accidentalmente un torpedo del Atlántico (Torpedo nobiliana), raya eléctrica que cuando es joven vive en hábitats arenosos poco profundos y que puede emitir descargas eléctricas de 220 voltios. El paciente afirmó a Largo que los dolores de la gota disminuyeron tras pisar el pez.

 

Por otra parte, ha sido muy común hasta los setenta tratar las úlceras seccionando el nervio vago a la altura del tórax, con el fin de aislar los nervios del estómago para evitar el regreso de información errónea al cerebro. A día de hoy, ya no se practica demasiado, dado que esta dolencia es de origen bacteriano y se trata con antibióticos. Pero fue un paso. El momento clave en el que la electroestimulación vagal tomó fuerza como alternativa a las terapias convencionales con fármacos fue en los noventa, cuando la Administración de Alimentos y Medicamentos estadounidense, la FDA, aprobó su uso para el tratamiento de la epilepsia. “Desde 1994, se emplea en pacientes con los que no funciona el tratamiento farmacológico o en los que no puede realizarse una cirugía, porque la zona que genera las crisis no se puede resecar, porque hay más de un foco epiléptico o porque no se sabe dónde está”, dice Elena Urrestarazu, neuróloga y especialistaen neurofisiología clínica de la Clínica Universidad de Navarra.

A lo largo de su vida, la doctora Urrestarazu ha atendido a decenas de personas que, por estas circunstancias, no pueden medicarse de forma tradicional y utilizan la electroestimulación vagal como alternativa. En cuanto a cómo funciona, la especialista cuenta que lo que se pretende es alterar la dirección de la información que recorre el nervio. Así, de forma normal, el impulso parte desde el cerebro hacia los distintos órganos. Pero al activar el nervio en la mitad de su recorrido, la información se dirige hacia los dos sentidos, órganos y encéfalo simultáneamente.


La electroestimulación vagal se realiza a través de la implantación quirúrgica de un dispositivo del tamaño de una pila. El sistema genera una corriente variable en la frecuencia y también en el tiempo. Después de meses de tratamiento, el éxito es claro. Según la doctora, los pacientes consiguen reducir sus crisis a la mitad. Pero lo más interesante y desconcertante del asunto es que, tal y como explica la doctora Urrestarazu, aún hoy, tras más de veinte años de aplicación, no se sabe cómo funciona la estimulación en sí. “Observamos cambios en los distintos neurotransmisores que se activan en el cerebro. En este caso, la serotonina y la noradrenalina. Si uno aplica la lógica, se puede preguntar qué tiene que ver eso con la epilepsia. Pues que, con la electroestimulación, no solo se producen cambios en unos neurotransmisores concretos, sino que también afectan a los vecinos, al ser redes que conectan unas tomas del cerebro con otras”, explica. Y, de hecho, aunque no son importantes para tratar la epilepsia, los citados neurotransmisores sí están directamente implicados en la depresión.

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Así que fue cuestión de tiempo que la técnica llegara también a este campo, con resultados muy prometedores. Además de las ya citadas, hay otras dolencias alrededor de nuestra cabeza a las que este procedimiento tiene mucho que ofrecer. En concreto, hablamos de las cefaleas en racimos, conocidas también como cefaleas del suicidio. Son de las más desagradables que hay: no solo producen un dolor extremo alrededor del ojo, sino que vienen acompañadas de la caída del párpado y enrojecimiento ocular, así como de la secreción de líquido por la nariz. Esta afección, igual que las migrañas, no tiene cura, y aunque lo habitual es que se trate con fármacos, en numerosas ocasiones el paciente no responde a ellos. Sin embargo, gracias al desarrollo de la electroestimulación vagal, los afectados por este problema pueden vivir su dolencia con normalidad.

Puede sorprender que sea una intervención que no lleva haciéndose en España más de tres años. Así lo reconoce Pablo Irimia, especialista en neurología y experto en el tratamiento de dolores de cabeza. Su centro, la Clínica Universidad Navarra, ha sido uno de los primeros en España en aplicarla, desde que se aprobara el procedimiento en las cefaleas en racimos y quedara demostrada su eficacia al cien por cien en numerosos ensayos clínicos. “Se sabe que el nervio vago tiene conexiones con unas estructuras que están en el tronco cerebral y que se encargan de controlar el dolor a nivel facial. Parece que, al actuar sobre él, uno puede modular de algún modo esa estructura. En resumen, lo que hacemos es regular la actividad de esa región y que no descargue con tanta fuerza, y así evitar las crisis de dolor”, señala el especialista.


Este abordaje de las cefaleas en racimos está dirigido, sobre todo, a pacientes para los que ha fallado la terapia farmacológica convencional, ya sea porque no responden a los medicamentos o debido a sus indeseables efectos secundarios. “Los electroestimuladores empleados en este caso son dispositivos electrónicos portátiles no invasivos, parecidos a un teléfono móvil, que el propio paciente se aplica sobre la piel —explica el doctor Irimia. Y añade—: El paciente solo nota una pequeña descarga eléctrica en un lado del cuello”. De hecho, asegura que sus efectos secundarios son nulos. “En efecto, no se realiza ninguna intervención quirúrgica y la electroestimulación no es constante, como sí ocurre, por ejemplo, en el caso de la epilepsia”.

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A por los dolores de cabeza

El próximo paso en la investigación es comprobar si, además de funcionar en este tipo de cefalea, sirve para las famosas migrañas, que afectan a entre el 10 % y el 15 % de la población mundial. Se sabe que la electroestimulación vagalpodría ser útil, porque, de hecho, en casos en los que los pacientes con epilepsia presentaban también jaquecas, las crisis se han visto reducidas. “Pero faltan más estudios que avalen al completo su eficacia”, reconoce el doctor Irimia.

Mientras tanto, a partir de la epilepsia, se ha investigado la posibilidad de tratar otras enfermedades, caso del alzhéimer y la depresión. La FDA ya aprobó su aplicación hace unos años para esta última. Pero no solo se trata de buscar soluciones a problemas del encéfalo. Al llegar a tantos órganos a través de las fibras del sistema nervioso, como el corazón y los intestinos, los científicos ahondan también en dolencias inflamatorias, tales como el mal de Crohn, que afecta el intestino, y la artritis reumatoide.


En el primer caso, un estudio publicado en el Journal of Internal Medicine ya habla de una más que posible eficacia en pacientes que abandonan el tratamiento antes de tiempo por los efectos secundarios. Respecto a la artritis, el primer estudio realizado hasta la fecha fue publicado hace tres años en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS). Este destaca la ventaja del coste del electroestimulador frente a los medicamentos, que influiría de forma positiva en los costes de los sistemas sanitarios, según detallaban los investigadores en un comunicado.

 


Un mazazo al lupus

En el caso del corazón, hace apenas cinco años se realizó un ensayo clínico a la vez en muchos centros europeos, denominado NECTAR. El objetivo era probar la seguridad y la eficacia de la estimulación vagal para la insuficiencia cardiaca, que afecta a más de catorcemillones de europeos. Esta ocurre cuando el corazón no bombea suficiente sangre y es incapaz de atender las necesidades del organismo. La prueba consistió en implantar quirúrgicamente un dispositivo a un paciente que no respondía a la medicación convencional ni a otro tipo de terapias adecuadas, como la implantación de un dispositivo de resincronización cardiaca –marcapasos–. Así lo explicaron los médicos españoles responsables de la intervención en nuestro país. De este modo, se consiguió llevar a cabo la cuarta operación en el mundo de este tipo, un paso más en la investigación sobre cómo el nervio vago puede servir de alternativa en problemas cardiacos.

En la misma línea, en el Feinstein Institute for Medical Research (EE. UU.), se han llevado a cabo los primeros experimentos con enfermos de lupus, una dolencia autoinmune que provoca intensa fatiga, dolor e inflamación en articulaciones, piel y órganos internos. Sus prometedores resultados fueron presentados por la profesora Cynthia Aranow el pasado mes de octubre en el Colegio Estadounidense de Reumatología y podrían aliviar el sufrimiento de cinco millones de personas que padecen esta enfermedad en el mundo. Finalmente, las últimas aplicaciones que se han encontrado han sido para tratar la obesidad. Parece que no tiene nada que ver, pero lo cierto es que sí. El nervio vago también se dedica a mandar las señales de hambre entre el estómago y el cerebro, por lo que se está buscando la manera de modificar estos impulsos. Sin embargo, aquí no se pretende usar un artefacto convencional al estilo marcapasos, sino una especie de dispositivo del tamaño de un grano de arroz, para implantarlo directamente sobre las fibras nerviosas. Parece de ciencia ficción, pero los primeros prototipos ya se han probado en ratones. Y esto irá a más. La empresa que está detrás, la farmacéutica GlaxoSmithKline, junto con una división de Google que financia la investigación.

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Una de las grandes obsesiones de la medicina es poder controlar el sistema nervioso, algo que ahora se hace parcialmente y que implica multitud de efectos secundarios. Sin embargo, es preciso antes conocer el funcionamiento de algo para poder manipularlo. Precisamente por eso, los científicos aún no han conseguido alterar o actuar de manera precisa sobre el sistema nervioso. La razón de que no se conozca del todo es su complejidad. Es como si quisiéramos lanzar una botella desde Huelva a Argentina por el mar, donde la botella sería el impulso eléctrico, y el agua que separa los dos puntos sería la red neuronal. Podemos conocer cuáles son las mejores corrientes oceánicas –los nervios– para hacer llegar la botella a nuestro destino, pero influyen tantos elementos en su camino –barcos, peces, meteorología–, que es imposible predecir si, finalmente, llegará nuestra botella al puerto gaucho. Algo parecido ocurre con el sistema nervioso. De conseguir desentrañar este misterio algún día, las ventajas no tendrían límites: se podría curar desde el insomnio hasta el alzhéimer, pasando por las adicciones, las fobias, los déficits de atención o la disfunción eréctil.

Así las cosas, a pesar de que se están dedicando multitud de esfuerzos a tratar de utilizar la electroestimulación vagal en el mayor número posible de situaciones clínicas, lo cierto es que, excepto en casos muy concretos, como la epilepsia, la depresión y la cefalea en racimos, queda mucho camino por delante. La razón es que, como insistían los especialistas con los que ha podido contactar MUY, aún no se sabe muy bien cómo funciona esta técnica ni, en general, las conexiones neuronales en el sistema nervioso. sacudida al televisor.


Los expertos suelen comparar esta circunstancia con el famoso gesto de asestar un golpe al televisor cuando dejaba de emitir correctamente. No se sabe qué, pero podíamos intuir que algo ocurría en su interior para que, de repente, recuperáramos la señal. Y es en ese mismo punto donde, a pesar de los prometedores resultados que se pueden ir obteniendo en las investigaciones, se encuentra la comunidad científica ahora mismo.

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