Diferencias entre bio, eco, orgánico: qué se piensa y qué dice la ley

Simplificando mucho, los productos ecológicos son aquellos en los que no se han empleado pesticidas de origen químico ni organismos modificados genéticamente.


Una historia de Archiletras

Muchas personas creen, erróneamente y quizá influidas por otras normativas, que existen diferencias entre estos tres términos: ‘bio’, ‘eco’ y ‘orgánico’. Quizá la principal diferencia que el consumidor asume es que los productos bio no pueden incluir transgénicos ni pesticidas de origen sintético, mientras los productos orgánicos sí pueden incluir transgénicos.

Sin embargo, el anexo IV del Reglamento (UE) 2018/848 es claro: para el idioma español, los términos que recoge la ley y que pueden emplearse de manera indistinta en el etiquetado de productos que cumplan la normativa son ecológico, biológico, orgánico y sus abreviaturas. Por tanto, cuando leamos en un envase ‘eco’, ‘bio’ u ‘orgánico’, se trata de productos que cumplen exactamente los mismos requisitos para poder llamarse así.

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El prefijo bio y su periplo por la legislación

En 1991 la Unión Europea reguló el uso del término ‘eco’ o ‘ecológico’. Solo podrían utilizarlo aquellos productos que cumplieran la normativa de la agricultura ecológica. Sin embargo, los términos ‘bio’, ‘biológico’ y ‘orgánico’ quedaron en el limbo. Tras idas y venidas con un reglamento europeo en 1999 y un Real Decreto en España en el año 2001, la cuestión acabó hecha un patatal. Los términos bio y biológico quedaron a merced de la industria, ya que podían incluirse en el etiquetado sin que los productos cumplieran ningún requisito legal concreto. Fue la gloriosa época en la que florecieron los productos ‘bio’. Por fin, en 2004, Europa decidió poner orden y publicar un nuevo reglamento comunitario por el que los términos ecológico, biológico, orgánico y sus abreviaturas solo se podrían utilizar para los productos procedentes de la agricultura ecológica. En España se recogieron estas nuevas directrices y el 1 de julio de 2006, es decir, desde hace ya 12 años, está prohibido utilizar el término ‘bio’ y ‘eco’ para productos que no cumplen los requisitos para productos ecológicos especificados en la ley.

La picaresca española: del «bio-» al «bi-»

Esta nueva normativa cayó como un jarro de agua fría sobre los departamentos de marketing de la industria alimentaria. Era evidente que el prefijo bio funcionaba. De hecho, funcionaba tan bien como para que una señora de Cuenca decidiera empapuzar a su bebé de 3 meses con zumo de naranja y zanahoria.

Siguiendo aquello de «hecha la ley, hecha la trampa», la gente que entiende de marketing se puso a trabajar. Y algunos no tuvieron que esforzarse demasiado: tan solo quitando la letra ‘o’ y dejando el prefijo ‘bi’ las etiquetas volverían a ser legales. Así, el citado Biosolán pasó a llamarse Bisolán; y el Biofrutas, Bifrutas. En la evolución de Biofrutas a Bifrutas hubo una transición con la marca ‘Funciona’, que irónicamente no funcionó. En 2010 retomaron el posicionamiento original rebautizando el batido como Bifrutas, nombre que permanece actualmente. Es evidente que la similitud gráfica y sonora entre ‘bio’ y ‘bi’ permitía de forma sencilla que el recuerdo del ‘bio’ retumbara en la cabeza del consumidor. ¿Para qué buscar nuevos nombres? De hecho, muchos consumidores no percibieron la diferencia y hoy en día siguen refiriéndose a estos productos con su nombre inicial.

Otras marcas exprimieron un poco más las meninges de sus creativos jugando a sustituir el concepto de ‘bio’ por otro adjetivo sugerente y no regulado en la legislación: ‘vital’. Biovit Don Simón pasó a llamarse Frutavit Don Simón, Bio Trina se convirtió en Vital Trina y Bio Liviana, en Vit Liviana. Uno de los casos más sonados fue el de los yogures bio rebautizados como Activia. La palabra ‘Activia’ comienza evocando la palabra ‘actividad’ y termina con una conveniente similitud de ‘vía’ con ‘bio’ y ‘vida’.

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Ecológico no es sinónimo de ser más seguro ni más saludable

Diga lo que diga la ley, el consumidor lo tiene claro: para el común de los mortales bio equivale a más saludable. Los productos etiquetados como ecológicos, biológicos y orgánicos tienen connotaciones positivas. La pregunta es: ¿realmente son más saludables?

Mientras en otros países la gran motivación del consumidor para elegir productos ecológicos es su compromiso por la sostenibilidad del planeta, cuando se pregunta a los españoles la cosa cambia. Una vez más, Spain is different y aquí una de las principales razones para ‘comprar ecológico’ es la percepción de que los productos ecológicos son más seguros y saludables. Pero la evidencia científica nos dice que no tiene por qué ser así.

Como comentábamos, los productos ecológicos son aquellos en los que no se han empleado pesticidas de origen químico ni organismos modificados genéticamente (es decir, transgénicos, otra palabra maldita). Pero esto no garantiza que los productos sean más saludables porque, a día de hoy, no han demostrado ser más ricos en nutrientes. Tampoco han demostrado ser más seguros porque los pesticidas de origen químico también son seguros en las dosis que marca la ley. Y no olvidemos, por cierto, que una magdalena ecológica, por muy ecológica que sea, sigue siendo una magdalena. Con su harina refinada, su grasa refinada y su azúcar. Mientras la palabra ‘ecológico’ aparece a todo color, los ingredientes solo se leen en la letra pequeña, claro.

Del sulfato de cobre tribásico a las feromonas: pesticidas en el armario

Nombrar a los ‘pesticidas’ es algo así como nombrar a Belcebú. La palabra ‘pesticida’ se asocia a químico, tóxico o dañino. Gracias al marketing, el consumidor tiene la percepción de que todos los productos ecológicos se han producido ‘sin pesticidas’. Sin embargo, los productos ecológicos sí pueden utilizar pesticidas de origen natural con nombres que quizá también asustarían al consumidor, como los piretroides o el azufre. ¿Quién podría pensar que un aceite de oliva ecológico llega al supermercado gracias a que en los cultivos se ha utilizado permanganato potásico? ¿O que en el cultivo de unas manzanas ecológicas se utiliza sulfato de cobre tribásico? Voy un paso más allá: ¿alguien se atrevería a incluir la fórmula química del sulfato de cobre tribásico, 3Cu(OH)2 CuSO4, en la descripción de las manzanas ecológicas? Sería un suicidio.

Tampoco creo que a nadie le parezca muy ‘saludable’ o ‘seguro’ comer algo en cuya producción se hayan empleado feromonas. ¿Qué nos sugiere la palabra ‘feromona’? La legislación dice, literalmente, que es un perturbador de la conducta sexual que puede utilizarse en trampas y dispersores. Y sí, al igual que el permanganato potásico o el sulfato de cobre tribásico, la feromona está perfectamente aceptada dentro de los pesticidas de la agricultura ecológica. Se trata de pesticidas seguros de origen natural. Al igual que disponemos de pesticidas seguros de origen químico.

Natural, como la cicuta

Esta asimilación mental ‘ecológico-saludable’ se debe, en gran parte, a los mensajes que llevamos recibiendo desde hace años por parte de ciertos sectores, no exentos de sus propios intereses comerciales, que nos inducen a pensar que lo ‘natural’ es saludable y lo ‘químico’ es directamente el demonio. Como si la cicuta no fuera tóxica siendo de origen natural o, por el contrario, el ácido ascórbico algo saludable, ya que tras este nombre químico está la conocida vitamina C.

Quien busque alimentos saludables, no debería centrarse en comer alimentos que presuman de ‘natural’ o ‘ecológico’ en su etiqueta, sino en alimentos frescos que, precisamente, no lleven etiqueta. Y para quien esté comprometido con el medio ambiente, la opción más sostenible es consumir alimentos de proximidad y de temporada.

Independientemente de que lleven el sello eco, bio u orgánico. ¡Sorpresa! Consumir los productos de nuestra tierra, en el tiempo que toca, siempre será la opción más sostenible. Es, en definitiva, lo que se ha hecho toda la vida… aunque suene menos molón.

Tan natural… como dice en el bote

Hace casi 20 años yo era una estudiante de Farmacia que durante el verano echaba una mano en la botica familiar en Belmonte (Cuenca). Una mañana entró una madre primeriza empujando un carrito.

—Mire usted —dijo con cara de preocupación— el niño se me ha puesto naranja, ¿no le habrá subido la bilirrubina?

Mi madre echó un vistazo rápido al carrito del bebé y abajo, en la cesta, identificó un tetrabrik sospechoso. Después de tranquilizar a la señora y asegurarle que con tres meses cumplidos la ictericia del recién nacido le quedaba un poco lejos, le animó a bajar al ambulatorio.

Horas después, la señora volvió con el diagnóstico. Como intuía mi madre, el problema no era un exceso de bilirrubina, sino del tetrabrik sospechoso que en aquel momento se hacía llamar Biosolán, una bebida rica en betacarotenos. Los betacarotenos son unos pigmentos antioxidantes saludables, pero también capaces de dar cierto color anaranjado a la piel si se consumen en exceso. No es algo peligroso y el tratamiento de la criatura fue sencillo: dejar de beber Biosolán.
Lo gordo del asunto es por qué una madre decide saltarse todas las recomendaciones del pediatra y de la OMS, que hasta los seis meses recomienda la lactancia materna exclusiva, para darle Biosolán al niño: «Porque en el envase pone que es BIO, y pensé que si era BIO, sería bueno para mi bebé».

¿Hasta dónde el prefijo BIO puede influir en el consumidor? A esta señora jamás se le hubiera ocurrido licuar en su casa un zumo de naranja y zanahoria para su hijo. Pero el prefijo BIO ejerció un efecto poderoso sobre ella en el supermercado haciéndole creer que sería bueno para su bebé.

La subjetividad y la semántica al interpretar la ley

El reglamento (UE) 2018/848 indica: «Debe evitarse, en toda la Unión e independientemente de la lengua utilizada, que los términos usados para referirse a los productos ecológicos se empleen en el etiquetado de productos no ecológicos. Esta protección debe incluir también los términos derivados o abreviaturas habituales de estos términos, tanto si se utilizan aisladamente como combinados. Tampoco se utilizarán en el etiquetado o la publicidad términos, incluidos los términos utilizados en marcas registradas o en nombres de empresa, ni prácticas que puedan inducir a error al consumidor o al usuario sugiriendo que un producto o sus ingredientes cumplen lo dispuesto en el presente Reglamento».
A pesar que de que la legislación es muy clara, resulta curioso que el prefijo ‘bi’ no se considere ni un derivado de ‘bio’ ni un término que pueda inducir al error al consumidor.

Este reportaje es uno de los contenidos del número 4 de Archiletras, una revista de lengua y letras disponible en quioscos, librerías y en formato digital. Si desea suscribirse o adquirir un número suelto, puede hacerlo aquí.