La segunda adolescencia llega en la vejez

Tal vez sea porque estamos hartos de tanto estrés y preocupaciones y, por fin, aprendemos a relativizar. Según varios estudios, si la vejez no da la felicidad, se acerca bastante. A partir de los sesenta años se experimenta un resurgir del buen talante ante la vida. Llevar una vida social e intelectual activa es la clave para conseguirlo.

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Los adelantos médicos y el incremento del bienestar social han propiciado que los ancianos actuales vivan cada día mejor. La senectud no deja de conquistar áreas, y podría y debería volver a ser la edad dorada que un día fue y aún sigue siendo en algunas partes del mundo. Añadidas las nuevas comodidades al valor de la experiencia acumulada, la vejez está en condiciones de salir de la reclusión a la que se ha visto relegada por la sociedad industrial. Y, ciertamente, parece tener mayor cabida en el cada vez más accesible mundo tecnológico.

De hecho, la reivindicación de la edad dorada está ya presente en Estados Unidos y en otros países desde hace algunos años. Filósofos, sociólogos, psicólogos y, también, numerosas instituciones llevan tiempo buscando soluciones a una evidente contradicción: la más triste consideración de la vejez en el mundo desarrollado tiene lugar precisamente cuando el estatus económico y la salud de los ancianos son los mejores de la historia. Salvando las evidentes diferencias e injusticias, nunca antes los jubilados contaron con el apoyo y atención de una infraestructura de servicios como la que hoy poseen, aun a pesar de crisis económicas y recortes sociales.

Y, sin embargo, ahí están el tabú y el desánimo a la hora de considerar esta edad tras más de dos siglos de sociedad industrial, en la que hay que ser productivo sí o sí. Y no solo eso: llegados a la era del consumismo que se inició allá por la década de los 50, además hay que ser joven y bello para estar en la onda exclusivista que dictan las modas. La revolución juvenil propició en su día grandes avances, pero también relegó lo viejo al estatus de inútil, feo, incapaz.

Esta cuestión a enmendar es, sin duda, relevante en las sociedades adelantadas, donde el número de jubilados no deja de aumentar. Actualmente, la esperanza de vida media para las mujeres se sitúa en ochenta y cuatro años y la de los hombres en ochenta.


En todo el planeta, se calcula que hay unos ochocientos millones de personas mayores de sesenta años, y el número de quienes sobrepasan el siglo de vida ronda los 330.000. En España –hoy por hoy el país con mayor expectativa de vida del mundo– se calcula que, en 2050, los mayores de sesenta y cinco años representarán el 30 % de la población. Y el número de octogenarios sobrepasará los cuatro millones.


Tal como explica Belén Bueno, directora del Máster en Psicogerontología de la Facultad de Psicología de la Universidad de Salamanca, “la vejez constituye una etapa vital muy amplia. Entre los sesenta y setenta años, se puede hablar ya de prevejez, aunque hombres y mujeres no se perciben a sí mismos como personas mayores hasta más allá de los setenta años de edad. Entre estos y los ochenta, suelen aparecer los primeros achaques o problemas de salud, que se convierten en condicionantes de la vida en un grado elevado a partir de esa franja. De todos modos, tendemos a pensar en los mayores de sesenta años como si fuesen un grupo homogéneo, pero no lo son”.

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Nada como un mus con amigos

¿Y cómo se siente en verdad toda esta población? ¿Está realmente tan abrumada por el lugar al que la relega la sociedad? Tomando en consideración a quienes envejecen con los achaques más o menos normales, parece ser que su ánimo es mucho mejor del esperado. Hasta el punto de que varias encuestas demuestran que el nivel medio de bienestar anímico es superior al de las personas que se encuentran en la mitad de la vida –entre treinta y cincuenta años–. En España, esta perspectiva se ve favorecida por la sociabilidad y una mayor vida callejera: ¿hay algún lugar en el que se vea a tantos jubilados en bares y terrazas? Definitivamente no.

En la Fundación General CSIC (FGCSIC) han abordado el tema a través del portal Envejecimientoenred.es, en el que, a partir de microdatos extraídos de la Encuesta Nacional de Salud 2017 del INE, se ha llegado a la conclusión de que el 87,2 % de los españoles mayores de sesenta y cinco años manifiestan un buen ánimo. Por otra parte, está en marcha el proyecto ELES (Estudio Longitudinal Envejecer en España), un trabajo interdisciplinar basado en un seguimiento de veinte años de los españoles nacidos antes de 1960, compartiendo datos con SHARE, portal central europeo sobre los jubilados.


Menos berrinches

Aparte de una mayor vida de calle, parece que las condiciones de nuestros ancianos son similares a las de otros países desarrollados. Así, ese sorprendente buen ánimo también se apreciaba en un estudio de población norteamericana de la Universidad de Chicago (EE. UU.), liderado por la socióloga Yang Claire Yang. Una de sus conclusiones señalaba que “las personas mayores han aprendido a estar satisfechas con lo que tienen”. La encuesta se basó en entrevistas presenciales a 28.000 personas de entre 18 y 88 años y, a tenor de los resultados, todo apunta a que, con la edad, aumenta la capacidad de satisfacción/felicidad a un ritmo del 5 % cada diez años.


El trabajo de Yang apareció en American Sociological Review, publicación en la que también se incluía otro estudio realizado por la Universidad de Chicago, donde se recogía que el 75 % de los norteamericanos de entre 57 y 85 años estaban apuntados, al menos, a una actividad externa a la semana. Por otra parte, en 2010, una encuesta telefónica realizada por la Universidad de Stony Brook (EE. UU.) a cientos de miles de personas dedujo que “el enfado y el estrés alcanzan su cénit a los cincuenta años y que, hacia los setenta, desaparecen o se reducen sustancialmente”.

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Por su parte, Laura Carstensen, psicóloga de la Universidad de Stanford (EE. UU.), hizo durante una década el seguimiento de la vida de individuos de entre 19 y 94 años y confirmó dicha línea ascendente de la serenidad/felicidad. En este caso, la investigadora destaca una creciente capacidad de mitigar emociones negativas como la tristeza, el enfado o el miedo.


¿Y cómo se explica este ascenso final del bienestar anímico? Ante todo, están las ventajas de la experiencia acumulada y sus positivas aplicaciones. Peter Ubel, profesor de Salud Conductual y Médica en la Universidad Drake (EE. UU.), lo explica así: “La gente suele creer que la felicidad depende de nuestras circunstancias y que, si algo bueno ocurre, esto la garantizará a largo plazo, mientras que, si sucede algo malo, la felicidad terminará. Sin embargo, es algo que sucede gracias a nuestros recursos emocionales subyacentes, que suelen aumentar según vamos cumpliendo años. Con la edad, aprendemos a manejarnos mejor con las idas y venidas de la vida, por lo que somos capaces de sentirnos más felices a pesar de que, objetivamente, hayamos entrado ya en la decadencia física”.


Un artículo en el Smithsonian Magazine referente al tema incide en que “los individuos de más de sesenta años son mejores que los más jóvenes a la hora de imaginar diferentes puntos de vista, pensar en múltiples resoluciones y sugerir vínculos”. Por su parte, Saverio Stranges, especialista en salud pública del Instituto de Salud de Luxemburgo, opina que “podría deberse a mejores habilidades de afrontamiento.

Las personas mayores tienden a tener mecanismos internos para lidiar mejor con las dificultades o las circunstancias negativas que los más jóvenes. Y es que, en general, están más cómodos siendo ellos mismos”. Bueno apunta, asimismo, a sus capacidades adaptativas: “Los mayores cambian o reajustan sus metas, sus aspiraciones, sus objetivos vitales. También modifican los criterios con los que se comparan. Y regulan mejor sus emociones, realizan selecciones socioemocionales priorizando las metas emocionales de estar y sentirse bien”.

Echar un cable a los jóvenes

Se trata de todo un acervo que, como en otros tiempos y en otras culturas, podría ser de gran provecho para la sociedad. Según Andrés Vázquez, presidente de la Sociedad Gallega de Gerontología y Geriatría, “las personas mayores tienen un bagaje impresionante de experiencia y resulta muy interesante si pueden transmitirlo y ayudar a gente de otras edades, especialmente aquellas más conflictivas.


Por ejemplo, a los adolescentes, en cuya problemática búsqueda de identidad les pueden trasmitir la tranquilidad para poder encontrarla, porque la suya está ya bien hallada y proyectada hacia la concordia consigo mismos”.


De nuevo, y ante esta positividad confirmada, se impone otra mención de quienes, por enfermedad grave u otras circunstancias personales, lo tienen más difícil. A este respecto, la psicogerontóloga y neuropsicóloga Ana María González Jiménez, presidenta de la Asociación Española de Psicogerontología, señala que “la forma de afrontar las dificultades de la vida depende de cada persona. Cuando se hace de forma favorable, se manifiesta una capacidad que denominamos resiliencia, que permite adaptarse a las exigencias de las situaciones y experimentar bienestar biopsicosocial, a pesar de las adversidades”.

 


Resiliente y sereno

La opinión de María Dolores Puga González, coordinadora del Comité de Expertos en Envejecimiento de la Fundación General CSIC, coincide en resaltar esa capacidad de adaptación: “Las personas muy longevas y los centenarios suelen presentar un perfil psicológico muy resiliente, flexible y adaptativo, sereno. Creo que una vida tan larga te hace así”. Todas estas capacidades cerebrales se ven favorecidas por los avances de la medicina y la nutrición. Y no se trata solo de la sabiduría filosófica, sino también de una mayor fortaleza en ciertos aspectos físicos gracias a lo que el cuerpo ha aprendido en la lucha contra virus o bacterias. De hecho, los ancianos son menos proclives a gripes y alergias. John Upham, científico clínico de la Universidad de Queensland (Australia), afirma que “el sistema inmune de quienes han sobrevivido a diferentes epidemias conserva el recuerdo durante unos cincuenta años”.


En cuanto a las alergias, según la doctora Mitchell Grayson, especialista en alergología e inmunología de la Universidad Estatal de Ohio (EE. UU.), “alcanzan el punto máximo en la infancia y, luego, parecen disminuir a lo largo de la adolescencia tardía y hasta los veinte años. A los treinta, hay otro resurgimiento que dura hasta los cincuenta y sesenta, que es cuando los síntomas tienden a ser menos comunes”.

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Otro tema más dispar es el sexo. Para algunos ancianos, la ausencia de apetito carnal supone todo un alivio, ya sea porque en su juventud lo vivieron con la tensión emanada de represiones religiosas y otros condicionantes o porque su ausencia contribuye a ese merecido descanso físico y emocional. En cambio, para otros, el verdadero disfrute erótico comienza precisamente a partir de los 60 o 65 años, en aras de esa calma por fin alcanzada. Es algo que les ocurre, sobre todo, a las mujeres y que Tara Saglio, una terapeuta relacional afincada en Londres, explica así: “Las mujeres tienen más confianza en expresar su propia sexualidad; por eso la viven y disfrutan como de jóvenes no se atrevieron a hacer”.

 


Aprovechar el tiempo


En lo físico, se dan otras ventajas, como la disminución de las migrañas –a causa de un riego sanguíneo más lento– y del sudor –debido a que la glándulas sudoríparas se van encogiendo–. Y en lo emocional, una senectud bien interpretada y gestionada permite estirar y aprovechar el tiempo mucho más que en etapas más jóvenes.


Así las cosas, no debería ser tan oneroso el horror vacui que muchos sienten en el momento de la jubilación. Días y días para dedicarlos a las actividades más deseadas, al descanso contemplativo y al “porque me lo merezco”, a tantas posibilidades como ofrecen la informática y la tecnología, a aportar ayuda presencial y filosófica a familiares y amigos. Según Bueno, “mantener los niveles previos de actividad es una posibilidad. Desvincularse, también. Pero lo importante es percibir continuidad y consistencia con el estilo de vida previo”.


Una mente y un ambiente activos aseguran dicha percepción. Puga insiste en que “la actividad intelectual es muy importante a todas las edades; nuestro cerebro no envejece si lo seguimos usando”. Por otra parte, reiterado énfasis merece el papel que los mayores hacen como abuelos, no solo por la ayuda práctica que supone, sino también por la importancia de su rol en el desarrollo educacional de los nietos. Según Karl Pillemer, sociólogo y gerontólogo de la Universidad Cornell (EE. UU.), diversos estudios demuestran que “las relaciones entre abuelos y nietos ocupan el segundo lugar en importancia emocional; solo precedidas, naturalmente, por las de padres e hijos”.

Aprendizaje de todos


El horizonte de la vida se expande y se flexibiliza y la población de jubilados cada vez cuenta con más servicios. Pero aún hay mucho por hacer. Bueno recuerda que “habría que trabajar mucho más sobre la percepción que las generaciones de jóvenes y adultos tienen de los mayores, y recibir formación transversal en relación a lo que conlleva envejecer”. Es algo que, según sostiene Puga, “requiere fomentar la colaboración efectiva entre generaciones, así como estructuras que valoren la productividad a todas las edades de la vida, mediante cambios en la forma en la que se conciben el trabajo, la salud y la jubilación”.

Lo que está claro es que todo depende de uno mismo. Por eso, tal como señala Belén Bueno, “también habría que enseñar a las propias personas mayores para que entiendan la responsabilidad que tienen en su propio autocuidado, entendido en el sentido más amplio: cada uno es agente activo en construir su propia vida”.