La piel: cómo funciona el órgano más grande del cuerpo

Mantener la temperatura corporal, protegernos del sol, entrenar las defensas e incluso detectar el oxígeno del aire. Estas son algunas de las capacidades de la piel, una polifacética envoltura que renovamos a diario y cuyo olor esconde muchos secretos.

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Imagina que participas en un concurso de televisión y, en el momento álgido, te juegas una suma de dinero importante a una sola pregunta: ¿cuál es el órgano más grande de tu cuerpo? Al principio, titubeas un poco, barajando la posibilidad de que sea el hígado. Pero, luego, se te enciende la bombilla y.... ¡eureka! Ya lo tienes. No cabe duda de que se refieren al intestino. Porque, aunque está replegado sobre sí mismo, arrugado y encogido, si lo estirásemos a todo lo largo, ocuparía más de 7 metros. Así que carraspeas un poco, le regalas a la cámara tu mejor sonrisa y sueltas tu respuesta confiado en que el premio ya es tuyo. “¡Oh, lástima! ¡Respuesta incorrecta! ¡Es la piel!”, te dice el presentador.

Y lo peor es que sabes que tiene razón. El intestino ostenta el récord de longitud, pero si hablamos de tamaño la que se lleva la palma es esa fina pero sofisticada capa que recubre todo tu cuerpo. Aunque hay que admitir que no solemos pensar en la piel como órgano, lo es con todas las de la ley. Un descomunal órgano de dos metros cuadrados que alberga la friolera de 300 millones de células. Responsable de hasta el 15 % de los kilos que marca la báscula cada vez que te pesas. Pero dejemos los datos a un lado y volvamos a nuestro concurso. Ahora te toca enumerar todas las funciones de la piel que se te vengan a la mente. Seguramente, caerás pronto en la cuenta de que, en ella, reside el sentido del tacto. También, de que este envoltorio corporal proporciona una barrera hermética, impermeable y flexible entre el caótico mundo exterior y todos los sistemas corporales internos. Recordarás que contiene los receptores del dolor que hacen que, al poner la mano sobre una plancha ardiendo, la retires antes de que cause una lesión irreparable. Y ummm, a ver, a ver qué más, déjame pensar... ¡Ya lo tengo! Sirve de escudo protector frente a las radiaciones ultravioleta, porque secreta melanina en la epidermis que los filtra y evita que dañen el ADN de tus células.

 


Aislante amortiguador

Y eso es solo el principio. En tu envoltorio cutáneo se produce el 90 % de la vitamina D que necesitas, una molécula esencial para el crecimiento de los huesos. Asimismo, se encarga de regular la temperatura corporal. Unas veces, lo hace cambiando el fl ujo superficial de sangre, como cuando palideces de frío en pleno invierno. Si el calor aprieta, recurre al plan B y produce sudor a espuertas, que al evaporarse nos ayuda a enfriarnos. Además, en la capa más profunda, también llamada hipodermis, se almacena grasa que sirve de aislante, de reserva energética e, incluso, amortigua los golpes para que cualquier impacto no dañe los músculos, ni los huesos, ni otras estructuras vitales. Sin olvidar que en la yema de los dedos tenemos las huellas dactilares, esas rugosidades personales e intransferibles, tan útiles para identificarnos y, también, para agarrar los objetos.

 

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Por si fuera poco, un par de años atrás, un equipo de científicos de la Universidad de Cambridge descubrió que este órgano juega un papel sorprendentemente importante a la hora de regular la presión arterial y el latido cardiaco. Según daba a conocer la revista eLife, la piel detecta cuánto oxígeno hay disponible en el aire que nos envuelve. Y, en caso de que el volumen de este gas vital sea escaso, manda señales al cuerpo para que el corazón lata más rápido y la presión arterial suba. Eso podría explicar por qué se dispara la hipertensión en respuesta a la polución atmosférica o a la exposición constante al humo de los cigarrillos. “Nueve de cada diez casos de hipertensión ocurren espontáneamente, sin causa aparente, y aquí podríamos tener una explicación sólida”, concluía Randall Johnson, fisiólogo y coautor del estudio.

Como colofón, resulta que es una pieza clave en el sistema de defensa, una especie de portero inmunológico con un ejército de queratinocitos, linfocitos y células de Langerhans que ayudan a identificar a los extraños –antígenos– y regulan el sistema inmune. Hablando con precisión, se estima que hay 20.000 millones de linfocitos T en la piel, mucho más que en la sangre. Lo que da pie a pensar que la defensa inmunitaria es una prioridad para este órgano.

 


Diagnóstico por la nariz

Por otro lado, por cierto, convive cordialmente con una población fija de billones de bacterias y hongos. Estos microscópicos residentes –de centenares de especies distintas– no solo no nos hacen ningún daño, sino que en gran medida educan y entrenan a nuestro sistema inmune. En proporciones equilibradas, reducen los problemas de dermatitis atópica, alergias o enfermedades autoinmunes. Además de que aceleran la respuesta de las defensas ante una herida y favorecen su curación.

Independientemente de los geles, desodorantes y perfumes que utilices para acicalarte y mantener tu higiene personal, tu piel emite su propio olor. Una fragancia natural que a los científicos les sirve, en ocasiones, para detectar enfermedades. Las personas con fiebre tifoidea desprenden un aroma a pan recién horneado, mientras que los afectados por fiebre amarilla huelen como a carnicería. El sudor de los esquizofrénicos está cargado de TMHA, una molécula que huele a cabra y que permite diagnosticar la enfermedad con una precisión asombrosa. Y, hace poco, una mujer escocesa llamada Joy Milne saltó a la fama por su habilidad para detectar si alguien padece o no párkinson oliendo su camiseta.

 

 

Esnifando a conciencia el aroma que nos recubre, también se pueden calcular los años de una persona. Según se podía leer no hace mucho en la revista PLOS ONE, podemos clasificar a los individuos según su olor, al menos, en tres rangos de edad sin miedo a equivocarnos: joven (20-30), edad media (45-55) y edad avanzada (75-95). El menos intenso es el de los ancianos, el kareishū, como lo llaman los japoneses.

 


Lienzo de melanina


Está claro que la piel no es inodora, ni mucho menos incolora. Los humanos somos los únicos primates que la tenemos desnuda y de diferentes colores. Los encargados de tintarla son los melanocitos de la epidermis –la capa más superficial–, que producen un pigmento protector oscuro –llamado melanina– cuando nos exponemos a las radiaciones de nuestra estrella. Además, la distribución del tono de la epidermis a lo largo y ancho del planeta no es fruto del azar. Las poblaciones más próximas al ecuador la tienen más oscura, y cerca de los polos se aclara. Los datos epidemiológicos y fisiológicos apuntan a que la selección natural lo ha distribuido así para regular los efectos de la radiación ultravioleta sobre el ácido fólico –que se destruye con la luz solar– y la vitamina D –que se produce bajo el sol–, dos moléculas fundamentales para el éxito reproductor, para el desarrollo del sistema nervioso y del esqueleto y para mantener el sistema inmune en buen estado. Eso sí, que nuestros colores sean variopintos tiene poco o nada que ver con el concepto de raza. De hecho, hace poco, un equipo de genetistas llegó a la conclusión de que, a nivel genético, las razas no existen y que, en realidad, somos una única especie interconectada, con un origen común africano.


Y con diferencias nimias y exclusivamente superficiales entre poblaciones. Un hachazo definitivo a los prejuicios basados en el color de la tez.

 

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De estreno cada luna llena


A diferencia de lo que dicen de los diamantes, la piel no es para siempre. Los humanos la renovamos continuamente, aunque no de golpe y porrazo, como hacen las serpientes. Nuestra muda es bastante más sutil. A diario, mueren unas 30.000 células del pellejo de una persona, que son rápidamente sustituidas por células nuevas. A ese ritmo, cada veintiocho días, toda tu cobertura está totalmente renovada. La pérdida de células es tal que, en el momento en que soples setenta velas de cumpleaños, podrás presumir de haber dejado más de 47 kilos de piel muerta desperdigados a tu paso. Ahí es nada. Según demostraron hace poco Phil Jones y sus colegas de la Universidad de Cambridge, las células cutáneas tienen dos posibles estados. Uno de mantenimiento, cuando todo está en orden y la piel tiene las capas que necesita. Y otro de reparación, que se activa en cuanto se detecta un arañazo o una herida. Al parecer, el cambio se produce cuando las células se dan cuenta de que una vecina ha desaparecido, y mandan señales a las demás para avisar de que es momento de reconstruir.

Claro que esa capacidad de renovación se pierde cuando se sufre un daño masivo. En ese caso, la mejor solución es un trasplante de piel humana autóloga, como el que recibió por primera vez en 2016 una joven de veintinueve años que, tras un accidente doméstico, llegó al Hospital Virgen del Rocío de Sevilla con quemaduras en el 70 % de su cuerpo. Los cirujanos que la asistieron utilizaron dos láminas de su propia piel, de cuatro centímetros cuadrados cada una, para fabricar los 5.900 centímetros que necesitaba. Y las combinaron con una sustancia química llamada agarosa, procedente de un alga marina, que mejora su elasticidad y aumenta su grosor para poder manipularla con total comodidad.

 


Cuando empieza a fallar

Como demostró el año pasado un estudio del Instituto de Investigación Biomédica, a medida que pasan los años, los fibroblastos de la dermis pierden su identidad celular, como si olvidaran lo que son. Y eso altera la función de estas células, que no es otra que producir los colágenos y demás proteínas que forman la piel. También se ocupan de permitir que esta mantenga su función de barrera de forma adecuada y re- Cuidado con los baños de sol. En determinadas circunstancias, este hábito puede favorecer la aparición de tumores.

Además, según un estudio de la Universidad de California, comer más allá de medianoche altera la producción de las enzimas que nos protegen de los rayos UVA. Por eso, los ancianos no solo tienen la piel flácida, sino que además sus heridas no cicatrizan bien.


Y es más fácil que sufran infecciones cutáneas, porque los fibroblastos –que producen catelicidina, un bactericida que mantiene los microbios a raya– no cumplen su labor con diligencia. En la misma línea, si la piel de los más jovencitos luce tersa, brillante y tan suave como el culito de un bebé, es gracias a que, en los años mozos, esos mismos fibroblastos son capaces de transformarse en células grasas. Cuando no lo hacen, la piel se arruga y adquiere un aspecto caduco. Si se encuentra el modo de impedir la pérdida de identidad de los fibroblastos al envejecer, quizá llegar a septuagenarios con cara de niños será pan comido.

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