La pereza es vital para tu bienestar

A pesar de su mala fama, la holgazanería tiene efectos positivos en nuestra salud física y mental. Eso sí, llevada al extremo puede hacernos caer en la desidia y conducirnos a un insano sedentarismo.

En marzo de 1969, John Lennon y Yoko Ono protagonizaron uno de los actos de holgazanería más sonados de la historia. Recién casados, alquilaron la suite presidencial del Hotel Hilton de Ámsterdam y convocaron a los medios de comunicación con el reclamo: “Ven a la luna de miel de John y Yoko: En la cama”. Y para allá que fue la prensa, pensando que la pareja se desnudaría o tendría sexo delante de las cámaras. Pero nada de eso. El plan, en verdad, consistía en estar tumbados en pijama, sin hacer absolutamente nada, a favor de la paz en el mundo. La encamada antibélica duró una semana, tiempo más que suficiente para que el mensaje llegara a todos los rincones del planeta. ¿Quién dijo que la  pereza no era productiva?

 

La ley del mínimo esfuerzo

Sin embargo, ya desde la infancia nos meten en la cabeza que tenemos que saltar de la cama en cuanto suene el despertador. “Fulanito es una persona muy trabajadora”, nos dicen, como si el esfuerzo fuera la máxima virtud y nos tuviéramos que sentir culpables por no estar haciendo algo productivo cada minuto del día. El cristianismo, de hecho, considera la pereza, directamente, un pecado capital.

Pero tenemos buenas noticias, porque la ciencia demuestra que este estado, no solo viene impreso en nuestros genes, sino que puede tener beneficios para nuestra salud. Seamos sinceros: la mayoría de nosotros preferimos hacer las cosas de manera que nos cueste un menor esfuerzo. Nos sentamos antes que estar de pie. Vamos en ascensor en lugar de subir por las escaleras. Y somos capaces de dar mil vueltas con el coche para buscar el aparcamiento más cercano en vez de ubicarnos en el primer sitio que encontramos y caminar un poco.

El motivo es que la flojera es una especie de jugada inteligente del cuerpo para guardar  energía para cuando sea realmente necesaria. Nuestros antepasados acumulaban alimentos para compensar las calorías que gastaban cuando salían de caza o a recolectar. Ahora, en cambio, podemos hacer la compra o encargar la comida sin movernos del sofá de casa, y el resultado de eso es la inactividad.

Así lo postula Daniel Lieberman, profesor de Harvard y experto en biología humana evolutiva, en el informe ¿Es realmente el ejercicio una medicina? Una perspectiva evolutiva, de 2015. A propósito de la actividad física, otro estudio del mismo año, esta vez de Jessica Selinger y Max Donelan, de la Universidad Simon Fraser de Canadá, concluyó que los humanos somos capaces de adaptar nuestra forma de andar para minimizar el coste energético. Para ello, pidieron a un grupo de personas que caminaran mientras llevaban puesto un exoesqueleto robótico, lo que hacía más difícil el movimiento. En cuestión de minutos, ya habían adaptado la frecuencia de paso, aunque el ahorro no representaba ni un 5%. Es el sistema nervioso el que, de forma inconsciente, está buscando siempre la manera más barata posible de moverse.

 

Un círculo vicioso

A pesar de nuestra tendencia a buscar siempre el camino más fácil, todos conocemos a alguien a quien no le cuesta nada hacer las cosas. ¿Qué es lo que hace que algunas personas sean más vagas que otras? A veces, no se trata de fuerza de voluntad. Hay individuos genéticamente predispuestos a estar desmotivados para hacer ejercicio, por ejemplo. Así lo han demostrado diversos experimentos con ratones: al suprimirles determinados genes, son incapaces de correr largas distancias. Esto ocurre porque se reduce el número de mitocondrias, que son las encargadas de suministrar la mayor parte de la energía necesaria para la actividad celular. Y es extrapolable al ser humano: cuando hacemos deporte de manera regular, aumenta el número de mitocondrias en los músculos; de lo contrario, se reduce.

Por otra parte, el origen de las diferencias en el cerebro entre una persona a la que no le cuesta cumplir con las obligaciones y otra más indulgente podría también residir en la dopamina. Este neurotransmisor se encarga tanto de empujarnos a movernos físicamente como de potenciar nuestra fuerza de voluntad. Como en esos días que pensamos: “¡Hoy me voy a comer el mundo!”. El hecho de que tengamos más o menos dopamina en el encéfalo es lo que podría marcar esas diferencias, si atendemos a los estudios liderados por Mercè Correa, del Laboratorio de Neurobiología de la Motivación de la Universidad Jaume I (UJI), en Castellón.

La investigadora lleva años observando este fenómeno en modelos animales –ratas y ratones–, que podrían agruparse, según su comportamiento, en tres categorías: los que son más trabajadores, los que lo son menos y un tercer grupo cuya actividad varía en función del día.

Una de las pruebas a los que son sometidos consiste, por ejemplo, en tener que alcanzar la comida en un laberinto en forma de T. En una de las rutas, el animal accede a la pitanza con facilidad, pero hay poca cantidad; y en la otra, debe saltar una barrera para acceder al alimento, que es más abundante. “Lo que encontramos, básicamente, es que aquellos animales que de forma espontánea liberan más dopamina, no solo inician la actividad de este circuito cerebral antes, sino que lo mantienen conectado durante más tiempo”, explica Correa por teléfono desde el laboratorio de John D. Salamone, psicólogo de la Universidad de Connecticut con el que colabora desde 2001.

Para hacer una analogía, es como cuando nos da mucha  pereza una cosa, como pintar una habitación, pero una vez que arrancamos ya no hay quien nos pare y seguimos con más tareas. Los animales con menos receptores de dopamina, en cambio, prefieren ir por el camino más fácil, aunque acaben comiendo la mitad.

 

¿Liebre o tortuga?

En otra de las pruebas, los roedores pueden escoger entre correr en una rueda de actividad, degustar bolitas de comida dulce u olfatear a través de un agujero. Según la directora del Laboratorio de Neurobiología de la Motivación de la UJI, “la mayoría de animales prefieren la rueda, pero hay algunos que, aparte de correr, también van a comer y otros no”. Si se les reduce el sistema dopaminérgico, entonces corren menos y escogen opciones más pasivas. “Reorganizan las preferencias en función de cómo de motivados y de activos se vean”, señala Correa.

Otra de las preguntas que se han formulado los científicos es qué pasaría si, desde pequeños, los animales entrenaran para estar activos. ¿Les haría eso menos vulnerables a las reducciones de dopamina? “Tomamos ejemplares jóvenes y los sometemos a un régimen de entrenamiento que consistía en correr una hora al día. Lo que vimos es que, cuando llegan a adultos, tardan menos en estar motivados. Es decir, el ejercicio los hace más resistentes a condiciones que reducen la dopamina de forma patológica”, asegura la experta.

Los resultados de estos experimentos podrían abrir una importante vía para el tratamiento de las personas que tienen verdaderas dificultades para sentirse motivadas, como ocurre en los casos de depresión. “No se trata de inventar una pastilla para hacer que la gente sea más trabajadora —advierte Correa—, sino de ayudar a los que tienen alguna dolencia para llevarlos a niveles normales”. Para Montse Bordas, psicóloga experta en desarrollo organizativo, “es importante conocer el motivo por el cual una persona siente desgana”. Primero, descartar que no haya síntomas de tristeza extrema, depresión u otro trastorno, o un mal funcionamiento fisiológico, como podría ser el hipotiroidismo. Pero, “desde una perspectiva saludable, la pereza es un estado que lleva a las personas a la quietud, a la inacción, al silencio. Pararse y contemplar son actividades necesarias para dar sentido a las cosas que se hacen en el día a día”.

Los filósofos griegos ya recomendaban volvernos improductivos, aunque fuera por un momento. Y es que bajar el ritmo puede reportarnos múltiples beneficios, ya sean físicos o para nuestra salud mental. Para empezar, nos ayuda a recargar las baterías internas y a conectar con nosotros mismos. En palabras de Bordas, “se trata de un aspecto básico para el trabajo espiritual y todo aquello relativo al sentido de la vida y el propósito superior”.

Existen numerosas investigaciones que apuntan que aquellos que divagan mentalmente, ya sean niños o adultos, muestran una mayor flexibilidad cognitiva y una mejor respuesta cuando se les pide que desempeñen tareas relacionadas con la función ejecutiva, como podría ser la resolución de un problema. También se habla de que la vagancia potencia la creatividad, porque “para tener buenas ideas y planear cómo llevarlas a la práctica, la gente creativa necesita tiempo para pensar, lejos del despacho, del teléfono y de las mil y una distracciones de la vida doméstica cotidiana”, escribe el británico Tom Hodgkinson en su libro Elogio de la pereza.

Asimismo, un estudio de psicólogos estadounidenses sugiere que las personas con un alto cociente intelectual se aburren menos, ya que tienen más en lo que pensar y, por tanto, gozan más de su vida interior. Eso sí, son más proclives a los problemas de salud relacionados con el sedentarismo. No todo iba a ser un festival de purpurina en el mundo de la holgazanería.

 

Pistas para combatir la pereza

Tanto en la vida personal como en la profesional, si no hacemos las cosas que nos proponemos y las vamos postergando por holgazanería, al final podemos acabar sumidos en un estado de impotencia y frustración. Tal y como explica Bordas, esto puede desembocar en “falta de resultados personales y profesionales, dificultades en el liderazgo de la propia vida, falta de compromiso con las responsabilidades y con las personas del entorno, fragmentación personal y, en definitiva, baja confianza en uno mismo”.

Para solucionarlo, nos recomienda emprender un plan de pequeñas acciones orientadas a revertir la situación. Podemos asignar un tiempo a realizar tareas, primero un minuto, por ejemplo, y durante este momento no hay excusas que valgan. Es una forma de imponer disciplina a nuestra mente para ayudarnos a conseguir objetivos cada vez mayores.

De la misma manera, “el hecho de vaciar el  cerebro del caos en una lista de tareas pendientes libera energía para dedicarla a la creatividad y a la toma de decisiones”. Otra forma de superar la molicie es reducir las distracciones y eliminar lo que los expertos en time management llaman ladrones del tiempo, es decir, las redes sociales, las reuniones eternas, las interrupciones, la falta de organización, los desplazamientos… Y, por último, igual de importante sería mantener hábitos de vida saludables y disponer de pequeñas ayudas, “como una música que inspire a la acción”, concluye Bordas.

Por tanto, no es solo que nuestros genes determinen el nivel de actividad. Es que, a veces, nos podemos permitir holgazanear y, otras, debemos actuar. En cualquier caso, como dice Hodgkinson, “¿no es insólito que una actividad que llena tanto tiempo de nuestras vidas se suela relegar a menudo a los reinos de lo que no es importante?”. Despojémosla, entonces, de su mala fama.