Enfermedad de Lyme: la maldición de las garrapatas

Conocida como la gran imitadora, porque copia síntomas de otras dolencias, la enfermedad de Lyme se transmite por la mordedura de estos ácaros. Y aunque no es mortal, puede convertirse en una pesadilla sin fin.

Con la primavera despiertan en los bosques unos pequeños pero vigorosos bichitos: las garrapatas, cuya mordedura, indolora, contagia un sinfín de dolencias, como la fiebre hemorrágica de Crimea-Congo que provocó la muerte de un hombre en el Hospital Gregorio Marañón de Madrid en 2016. Pero la que trae de cabeza a los científicos es la enfermedad de Lyme o borreliosis, la infección bacteriana transmitida por estos ácaros que afecta a más personas. Descrito en 1976 en Estados Unidos, el mal es objeto de controversia. Sus síntomas son tan diversos que detectarlo es un desafío que pone en entredicho la cifra real de afectados.

¿Estamos ante una epidemia silenciosa o existe sobrediagnóstico? Investigadores, enfermos y médicos lo discuten.

Pocas armas e ineficaces

Un grupo de pacientes franceses ha amenazado con denunciar a las farmacéuticas por la poca fiabilidad de las pruebas diagnósticas. No es el único fiasco de los laboratorios. Limeryx, la única vacuna comercializada contra la infección, tuvo que ser retirada por los efectos adversos que producía y la poca aceptación del público. En España, la situación es, por ahora, tranquila. Aun así, hemos hablado con los expertos para comprender el porqué de tanta incertidumbre.

José Antonio Oteo, investigador de la enfermedad, tomó contacto con ella en 1987 en el Hospital Virgen del Camino de Pamplona: “Teníamos un paciente con meningitis linfocitaria con afectación de los nervios faciales, al que habíamos etiquetado de síndrome de Bannwarth, una dolencia relacionada con la picadura de la garrapata. Pero en una guardia leí una revisión sobre la enfermedad de Lyme y me convencí de que era lo que tenía el enfermo”. Las pruebas de laboratorio confirmaron la sospecha al detectar el agente causal, una  bacteria en forma de espiral llamada Borrelia burgdorferi.

Hasta esa fecha, nadie en España había estudiado la enfermedad, ni a su vector, la garrapata Ixodes ricinus, así que el doctor Oteo se puso manos a la obra. Aunque el mal de Lyme se puede ocultar detrás de muchos síntomas, todos ellos atribuibles también a otras dolencias, “en un primer momento suele manifestarse como una lesión cutánea, denominada eritema migratorio. Desde el lugar de la picadura, la bacteria avanza dando origen a un halo que comienza como una mancha roja de pequeño tamaño, que va creciendo por los bordes y aclarando por el centro en los siguientes días o semanas”, explica el especialista. No obstante, el eritema no siempre aparece o se detecta, ya que el parásito suele picar en zonas escondidas.

No hay datos oficiales

La infección se considera endémica en gran parte de la mitad norte de la península ibérica, aunque solo ha sido estudiada con cierto detalle en el País Vasco, Asturias y La Rioja. Investigaciones de la Facultad de Veterinaria de la Universidad Complutense de Madrid indican que la Borrelia burgdorferi también está en la madrileña sierra de Guadarrama, aunque los expertos alertan de que, en otras zonas donde exista bosque y mucha humedad, es probable que existan garrapatas infectadas.

De acuerdo con un estudio de un grupo liderado por Antonio Guerrero, del Hospital de la Ribera, en Valencia, la incidencia al año en España es de 0,25 casos por 100.000 habitantes, muy por debajo de la media europea, que se sitúa en 56. El problema es que resulta difícil fiarse de las cifras. “Aquí, la borreliosis no es de declaración obligatoria, y eso limita conocer los nuevos casos y el total de ellos”, explica José Francisco Tinao, director científico de la Clínica Medicina Integrativa de Madrid.

Acostumbrado a tratar con pacientes desesperados, cuenta que a su consulta suelen acudir enfermos que llevan años pululando de una especialidad a otra, sin encontrar la causa de sus problemas de salud. “La enfermedad de Lyme se conoce como la gran simuladora, porque provoca síntomas muy variados, algunos de ellos relacionados con otras dolencias. A no ser que exista una clara conexión entre ellos, los médicos pocas veces piensan en la Borrelia como potencial causa, lo que retrasa su detección en la mayoría de los casos”, detalla el doctor Tinao.

Esta incertidumbre, unida al hecho de que cada afectado suele padecer una plétora exclusiva de síntomas, es la culpable de que cada vez más pacientes con males huérfanos de diagnóstico se convenzan de que padecen borreliosis. La lista de manifestaciones atribuidas a esta, sin datos científicos que lo demuestren, incluye fenómenos tan dispares como la sensibilidad a los productos químicos, la  depresión y los cambios de humor. El mal de Lyme se ha transformado en la solución para todo lo que no tiene una explicación médica sencilla.

 

Pruebas a ciegas

El doctor Tinao considera que esta es una situación preocupante, “ya que los tratamientos se hacen con  antibióticos muy potentes, que tienen potenciales efectos secundarios importantes. Se trata de una terapia que obliga a un control intenso con analíticas, electrocardiogramas o ecografías hepáticas, y hay mucho peligro si se hacen las cosas sin rigor. Los médicos debemos preguntarnos más de una vez: ¿estoy seguro del diagnóstico?”. La pregunta pocas veces tiene una respuesta sencilla. Diagnosticar la enfermedad es una epopeya.

Para empezar, mientras que en Estados Unidos, el país con mayor incidencia de la infección en el mundo, los síntomas iniciales se asemejan a los de una gripe, en España, no siempre ocurre así. “En mi experiencia, en pocas ocasiones el eritema se acompaña de otras manifestaciones como malestar general, cansancio o dolores articulares”, comenta el doctor Oteo. Aun cuando existe una sospecha fundada, las certezas son difíciles de conseguir. El sistema de diagnóstico más aceptado contempla un análisis en dos pasos. Empieza por una prueba llamada ELISA, que busca revelar la presencia de la bacteria detectando anticuerpos en la sangre.

Si el resultado es positivo, se lleva a cabo una segunda prueba, conocida como Western blot o Inmunoblot. Es más específica, y permite identificar cada uno de los antígenos frente a los que el paciente ha desarrollado anticuerpos, lo que delata la presencia de los microbios. Solo si es positiva se considera que la persona está infectada.

Pero hay un problema: ni siquiera este doble método es indiscutible. En las fases tempranas de la infección, mientras el enfermo todavía no ha desarrollado anticuerpos, cualquier análisis dará un resultado negativo. Aunque también son posibles los falsos positivos, por ejemplo, si hay una infección por otro agente, como la bacteria de la sífilis, la Treponema pallidum.

Juicio por aproximación

Ninguna prueba tiene una sensibilidad ni una especificidad del 100%, por lo que el diagnóstico final depende en gran medida de un factor crítico denominado probabilidad clínica. Este dato es la estimación de las posibilidades que existen de que el paciente esté infectado con Lyme teniendo en cuenta su localización geográfica y los síntomas que presenta. Si la probabilidad clínica es elevada, es posible que un análisis negativo sea un falso negativo. Pero si es baja, como ocurre en muchas zonas de España, puede ser que una prueba positiva sea, en realidad, un falso positivo.

En fases avanzadas, con la infección en otros órganos y sistemas, su detección se hace más fácil, pero las opciones terapéuticas se vuelven más agresivas, lo que aumenta el riesgo de secuelas. “Lo más frecuente es ver a un paciente que puede que haya presentado una lesión cutánea, pero  acude a consulta porque nota dolor en una extremidad, acompañada de  fiebre y parálisis de los nervios craneales, en especial los de la cara”, señala el doctor Oteo. La exploración más detallada muestra los rastros de la enfermedad por todo el cuerpo. “Un electrocardiograma puede revelar trastornos cardiacos, y si estudiamos el líquido cefalorraquídeo, encontramos que hay inflamación”, añade este experto. En la fase descrita, se administran antibióticos por vía intravenosa durante varias semanas.

A partir de esta etapa, cómo se comporta la enfermedad es un debate complejo y encendido. El panorama se complica si el enfermo no ha sido diagnosticado o ha recibido un tratamiento incorrecto. “Algunos pacientes pueden desarrollar artritis en grandes articulaciones, manifestaciones neurológicas parecidas a la esclerosis múltiple, dolores y debilidad en los nervios de las extremidades”, apunta el doctor Oteo.

Otros, tras la infección en el sistema nervioso central, y a pesar de haber sido tratados, pueden recuperar ciertas manifestaciones clínicas; se especula que por daños residuales. Esa situación se conoce como enfermedad de Lyme crónica, una fase que no todos los expertos reconocen.

 

Escépticos y alarmistas

Grupos de pacientes y algunos médicos poco escrupulosos defienden que los síntomas son más intensos y duraderos que lo que la comunidad médica reconoce. Sostienen que se trata de una epidemia que sufren millones de personas sin saberlo, culpable de centenares de cuadros clínicos diversos. En realidad, no hay ninguna prueba científica que avale estas opiniones, y la mayoría de los expertos se posicionan en contra de esas afirmaciones. Algunos pacientes, después de curados, pueden padecer síntomas subjetivos –dolor, fatiga o problemas de memoria– que desaparecen con el tiempo. Pero en ningún caso se acepta que, después del tratamiento, la infección siga activa, escondida en algún rincón del cuerpo.