El síndrome de Jerusalén: cuando la peregrinación acaba en el psiquiátrico

No hay como pisar Tierra Santa para creerse Dios, Jesucristo o la Virgen María. Es lo que les pasa a los afectados por este curioso trastorno psíquico que provoca alucinaciones y delirios.

A mediados de enero de 2018, los medios de comunicación amanecían con la noticia de que la policía estaba buscando a un joven británico que, tras viajar a Israel, se creía un personaje bíblico y andaba perdido por el desierto. Oliver McAfee, de veintinueve años, sufría el denominado síndrome de Jerusalén, una enfermedad acompañada de delirios mesiánicos y alucinaciones.

Su excentricidad particular consistió en vagar por el desierto dejando un rastro de páginas arrancadas de la Biblia tras de sí. Según sus allegados, había abandonado su trabajo en Essex (Inglaterra) para recorrer Europa en bicicleta, un desafío que sus amigos describieron como un anhelo de descubrimiento personal. Siempre había dado señales de vida. Sin embargo, la situación cambió cuando viajó a Israel, donde fue visto por última vez el 21 de noviembre en la ciudad desértica de Mitzpe Ramon.  

 

Desaparición en el desierto

Su familia, totalmente desesperada, se puso en contacto con las autoridades israelíes a finales de diciembre de 2017, pero ni estas, ni los helicópteros, ni los perros adiestrados por la policía, ni los equipos de rescate han logrado dar con su paradero hasta la fecha. Lo que sí fueron encontrando son los objetos personales que McAfee abandonó en su camino por el desierto: su billetera, su tableta, la bicicleta y las hojas de la Biblia con anotaciones y comentarios que había ido arrancando y tirando en su temerario deambular.

No era la primera vez que sucedía algo así en Israel, ni será la última. De hecho, policía local, psiquiatras y psicólogos conocen bien los es tragos que el síndrome causa en algunos de los turistas que llegan a su país. Un hombre agrede a varios musulmanes e incendia una mezquita; una mujer reza junto a los enfermos y pretende curarlos milagrosamente; otra asegura que es la Virgen María; aquel, que es san Juan Bautista. Algunos se dan baños de purificación, poseídos por una repentina necesidad de lavarse a todas horas; otros cantan salmos, en una especie de extraño trance místico, o recorren los lugares santos a horas intempestivas de la noche.

La cuestión no es baladí y, a pesar de que los afectados puedan adoptar actitudes tan cómicas y teatrales como coger las sábanas de la habitación de su hotel para usarlas a modo de túnica y salir a la calle a predicar, convencidos de que son el Mesías, este trastorno psiquiátrico puede resultar sumamente peligroso y acabar en tragedia de no detectarse y tratarse a tiempo.

Turismo de riesgo

En mayo de 2008, un peregrino estadounidense saltó al vacío desde la ventana del hospital donde lo habían ingresado tras diagnosticarle el síndrome de Jerusalén. El curioso arrebato místico se saldó con varias costillas rotas, un pulmón perforado y una vértebra destrozada. Tuvo que ser trasladado a la unidad de cuidados intensivos del hospital Poria de Tiberias. El hombre había llegado a Israel con su mujer para disfrutar de unos días de vacaciones, y al parecer ambos profesaban una ferviente devoción cristiana.

En el momento del ingreso, llevaban poco más de una semana haciendo turismo por aquellas tierras. La mujer explicó al personal médico que su marido había empezado dando muestras de ansiedad e insomnio durante los primeros días. La cosa fue empeorando, hasta que acabó deambulando por las colinas de los alrededores y susurrando el nombre de Jesús. El psiquiatra Taufik abu Nasser, quien lo atendió y diagnosticó, describió el accidente así: “En un momento dado, cuando ya se encontraba más calmado, se levantó de repente, abandonó el pabellón, escaló un muro y saltó desde más de cuatro metros de altura”.

El suceso tuvo lugar en Galilea, donde es frecuente este trastorno por ser el escenario bíblico de muchos episodios de la vida de Jesucristo. Abu Nasser explicaba: “Se sienten eufóricos rodeados de tantos lugares santos. Este estado está caracterizado por megalomanía y delirios de grandeza. En función de su religión, estas personas se creen el Mesías, Jesús o el Mahdi. Muchos intentan reconciliar a judíos y palestinos, hablan con Dios y creen que él les contesta”.

 

Una mezquita en llamas

Una historia muy citada en la literatura médica es la de un turista australiano llamado Denis Michael Rohan. En 1969, inflamado por un sentimiento de inspiración divina, prendió fuego a la mezquita Al-Aqsa. En un territorio de conflicto entre árabes e israelíes, impregnado de odios político-religiosos, el acto no podía pasar desapercibido.

Desgraciadamente, en los años sesenta nadie sabía aún lo que era este síndrome. La comunidad musulmana interpretó el incendio de su templo de forma errónea, sin pensar ni por un momento que pudiera tratarse del vandalismo de un psicótico, y la cadena de disturbios que siguió a este acto se propagó como la pólvora por toda la ciudad.

Resulta interesante reflexionar sobre la delgada línea que separa la religión, la política y la psicopatía. ¿Cuántos actos supuestamente ideológicos esconden, en realidad, un trastorno mental? A pesar de que, desde la Edad Media hasta el siglo XIX, la literatura de viajes y peregrinos es abundante en relatos que nos muestran experiencias y fantasías delirantes relacionadas con la Tierra Santa, lo cierto es que la enfermedad no se identificó hasta finales del XX. Los artífices fueron un equipo de psiquiatras de Israel encabezado por Yair Bar-El y Gregory Katz, que describió las fases de la dolencia, muy parecidas en todos los sujetos.

Muy Interesante se puso en contacto con el Ministerio de Salud de Israel con el fin de averiguar más cosas sobre este extraño trastorno, y allí nos facilitaron el contacto del mismísimo Gregory Katz, descubridor de la enfermedad. El afamado psiquiatra nos confesó que hacía tres años que no había tratado personalmente a ningún afectado, pero nos presentó al doctor Moshe Kalian, jefe de Psiquiatría del hospital Kfar Shaul, en Jerusalén, quien no ha dejado de publicar artículos científicos sobre el tema. A pesar de que es un hombre muy ocupado, sacó tiempo para compartir con nosotros sus investigaciones, contarnos casos y responder a nuestras preguntas.

Posesiones místicas

La cantidad de datos, testimonios y comentarios que maneja es abrumadora, y no solo se limita a la actualidad, sino también a épocas pasadas. Personajes históricos del Medievo y el siglo XIX –como santa Brígida de Suecia, Clorinda Minor, Bertha Spafford Vester y Jeanne Merkus (conocida como la Juana de Arco holandesa, que luchó en la guerra de los Balcanes)— figuran en sus archivos como sujetos afectados. Todos ellos experimentaron una profunda transformación emocional en la Ciudad Santa. En la mayoría de los casos, se trataba de personas que habían sufrido pérdidas significativas a edades tempranas –por ejemplo, el fallecimiento de los padres– y ese era el motivo detonante de su interés inicial en asuntos místico-religiosos que posteriormente derivaban en psicosis.

Los casos que le interesan al doctor Kalian son aquellos en los que el enfermo pone en peligro su vida o atenta contra sí mismo. Entre ellos, destacan los sujetos que se dejan morir de hambre, un ayuno espiritual muy típico en estos cuadros clínicos. Ciertas personas se ponen a rezar de forma continua, sin pararse a comer, hasta que desfallecen o se mueren de inanición. Otras, simplemente, dejan de alimentarse porque, según ellas, Dios lo ha ordenado. Y se muestran dispuestas a sacrificarse del mismo modo que lo hiciera hace dos milenios Jesucristo.

Y es que, como el doctor Kalian nos cuenta, “para algunos individuos vulnerables –muchos de ellos con problemas psiquiátricos previos–, la extraordinaria y abrumadora experiencia mental de enfrentarse a un lugar tan sagrado como Jerusalén da lugar a una respuesta que excede la habilidad del sujeto para sobrellevarlo”. Un ejemplo de ello es una mujer que pasó por su consulta: Mary, de origen anglosajón y a quien habían encontrado tirada en un banco de la calle en pleno invierno. Los vecinos, preocupados por su estado de salud, llamaron a las autoridades, y la policía la llevó al hospital. Estaba malnutrida, tenía hipotermia y lo único que era capaz de decir era que Dios quería que se muriera de hambre en las calles de Jerusalén.

 

Mandatos que matan

Cuando el doctor Kalian ahondó en su infancia, descubrió un historial dramático. Era hija de un padre abusivo y violento, y hermana de un hombre que fue expulsado del ejército por homosexual y acabó suicidándose. A los doce años, Mary sintió un profundo interés por la religión cristiana y sus rituales, y se convirtió al catolicismo. Según contaba ella misma, llevaba nada menos que seis años vagabundeando por las calles de la ciudad. Llegó a inscribirse en una escuela de hebreo, aunque no logró aprenderlo. Su aislamiento fue incrementándose por días. Al mismo tiempo, iba aumentando su relación con Dios, quien le pedía que hiciera “cosas difíciles”.

Paradójicamente, cuando el equipo le preguntaba por las razones de su comportamiento, negaba una motivación suicida y argumentaba: “Amar a otra gente es la espada que divide. Uno debe amar solo a Dios, como David, quien amó a su familia y tuvo que ser separado. Morir es la salvación del cuerpo. La muerte es nuestra siguiente etapa, nos volvemos mejores criaturas”.

Otro de los casos relatados por el doctor Kalian es el de un hombre de alrededor de cincuenta años, también de origen anglosajón, que acusaba deshidratación y abandono de sí mismo cuando la policía lo llevó al hospital. Al ahondar en su pasado, descubrieron que este individuo, protestante de nacimiento, sufría un desorden esquizoafectivo –que ya le habían diagnosticado en su juventud–, desencadenado a raíz de un desengaño amoroso tras el cual había tenido que ser ingresado en repetidas ocasiones. Durante años, fue aproximando más y más a la religión con el ansia de encontrar en Dios el rostro del auténtico amor. Al final se  convirtió al judaísmo.

En un escenario de película

En las semanas previas a su ingreso en el hospital, sintió una gran angustia porque creía que se le estaba escapando su alma judía y yéndose hacia el cuerpo de otra persona, concretamente al de un gentil –es decir, un no judío–. Así que decidió ir a Jerusalén para ayunar y rezar, para que el Altísimo pudiera oírlo y verlo y, de este modo, volver a ganarse su alma judía. Expresó su deseo de quedarse a vivir allí, amparándose en el hecho de que se había convertido al judaísmo –el Estado israelí concede la nacionalidad a todos los judíos que la solicitan, incluso a los conversos–.

Sin embargo, las autoridades no se creyeron su conversión y le comunicaron su decisión de deportarlo. Él se enfadó muchísimo por tener que abandonar la ciudad, y hasta llegó a agredir al personal sanitario. Tuvieron que aislarlo en una sala de máxima seguridad bajo custodia.

Como nos explica el doctor Kalian, “el síndrome de Jerusalén es un fenómeno cultural único, observado principalmente en peregrinos y turistas cristianos y judíos, casi todos ellos con un historial psiquiátrico previo. De pronto, están convencidos de que tienen una misión especial y usan Jerusalén como un escenario en el que interpretan su acto. Llama mucho la atención porque es muy teatral y excéntrico”.

Tal y como nos cuentan, son miles los visitantes que se han visto afectados por esta enfermedad. Solo en un periodo de trece años, comprendidos entre 1980 y 1993, se contabilizaron 1.200 admisiones de casos serios en el hospital psiquiátrico Kfar Shaul de Jerusalén, de los cuales 470 tuvieron que ser hospitalizados. Actualmente, las estadísticas apuntan a una cifra de alrededor de cien casos anuales, de los cuales unos cincuenta requieren hospitalización.

Según el prestigioso psiquiatra israelí, no es necesario establecer programas turísticos de prevención, porque, de hecho, lo normal es encontrar ese clima de júbilo y euforia espiritual en las peregrinaciones a lugares sagrados. Pero si hay un historial psiquiátrico previo, “no deberían viajar solos. También se les debería advertir de que lo hagan solo cuando se encuentren mentalmente estables, acompañados en todo momento por alguien que esté al corriente de su condición y sus antecedentes médicos”.