El ruido nos mata en silencio

No solo afecta a la calidad de vida, también es una amenaza para nuestra salud física. Por algo, la OMS advierte que la contaminación acústica es el segundo mayor problema medioambiental en Europa. Por suerte, las herramientas para controlarla son cada vez más numerosas.

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El ruido mata en última instancia. Su cara más conocida es la molestia y la pérdida de audición, pero, incluso cuando sus niveles no molestan, afecta a nuestra salud”. Así de contundente se muestra Igone García, investigadora del centro tecnológico vasco Tecnalia, que trabaja en varios proyectos para combatir la contaminación acústica. Esta misma idea nos la confirma César Asensio, investigador del Grupo de Instrumentación y Acústica Aplicada de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de la Universidad Politécnica de Madrid (UPM).

“Se asume que, si no hay quejas, no hay problema. Sin embargo, en realidad, el ruido incrementa los riesgos para la salud en una población, aunque no se perciba”, destaca este experto en acústica ambiental y en ruido aeroportuario.

¿Y cómo nos afecta? La experta de Tecnalia recuerda que es un factor estresante: “Como animales que somos, estamos programados para ponernos en alerta ante los sonidos, y nuestra sobreexposición actual está derivando en efectos más o menos conocidos”. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la contaminación acústica es el segundo mayor problema medioambiental en Europa, tan solo superada por la contaminación del aire por partículas. Y advierte que nos genera “impactos cardiovasculares y metabólicos, trastornos del sueño, deterioro cognitivo y de la audición, tinnitus o acúfenos –percepción de ruidos o zumbidos en el oído–, problemas en los nacimientos y, en general, en la calidad de vida, la salud mental y el bienestar”.

A medida que se realizan más estudios, sabemos que la polución sonora no solo se caracteriza por ser silenciosa, sino que crece y es mayor de lo que se pensaba. A finales de 2018, la OMS actualizó su Environmental Noise Guidelines for the European Region (en español, “Directrices sobre el ruido ambiental para la región europea”), que recoge datos sobre sus consecuencias para la salud. En esta guía, se rebajan los niveles de sonido recomendables para proteger a la población y se especifican valores para cada fuente de ruido –tráfico, aviones y trenes–. Además, por primera vez se dan directrices dirigidas a las actividades de ocio –conciertos, fiestas, etc.–, aunque solo están destinadas a las personas que participan en dichos eventos, ya que todavía no contamos con evidencias sólidas sobre sus posibles consecuencias en las vecindades.


En un comunicado oficial, la directora regional de la OMS para Europa, Zsuzsanna Jakab, subrayaba que “en nuestros pueblos y ciudades, la contaminación acústica está aumentando, arruinando las vidas de muchos ciudadanos. Más que una molestia, es un riesgo para la salud. Tenemos que actuar sobre sus muchas fuentes, desde vehículos motorizados hasta clubes nocturnos y conciertos ruidosos, para proteger nuestra salud”. Aunque el informe se centra en el Viejo Continente, sus responsables aseguran que es extrapolable para otras partes del mundo.

Trágicas consecuencias

La OMS no es la única institución en alertar del problema. Según la Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA), provoca 16.600 muertes prematuras anuales en la Unión Europea (UE); a casi 32 millones de adultos les produce estrés; y a otros 13 millones, problemas de sueño. Los expertos de la AEMA aseguran además que en torno a 108 millones de europeos están expuestos a niveles de ruido “dañinos”.


De acuerdo con el citado organismo, el tráfico es la fuente “principal y destacada” de contaminación acústica. Afecta por encima del umbral legal establecido por la UE de 55 decibelios A (dBA) para la exposición diaria y 50 dBA para la franja nocturna, mientras que unos 35 millones de personas se ven expuestas a niveles por encima de 65 dBA; es decir, “muy altos”, advierten los especialistas.

El oído humano no registra igual las distintas frecuencias: alcanza el máximo de percepción en las medias, de ahí que para aproximarse más a la realidad auditiva se ponderen las unidades –las clasificaciones más habituales son A, B y C–. El dBA es una unidad de medida que filtra las bajas y altas frecuencias, dejando solo las más dañinas para el oído humano, y se utiliza, por tanto, como indicador del riesgo auditivo.

 


Europa se pone las pilas

La OMS es más estricta que la legislación europea y recomienda no exceder de un umbral de 40 dBA. No obstante, parece que el Séptimo Programa de Acción en materia de Medio Ambiente (PMA) de la UE desea poner fin a esas diferencias: ya ha establecido como objetivo que, para 2020, nos acerquemos a los límites recomendados por el organismo especializado de la ONU para así lograr reducir “de forma significativa la contaminación acústica”. En España, 12 millones de personas sufren niveles de estrépito molestos para la salud durante el día y 9,5 millones durante la noche, en gran medida, provocados por el tráfico rodado. Este es responsable del 80 % de la contaminación sonora en las ciudades, según el informe más reciente de la AEMA al respecto, publicado en 2017. Dicho estudio analizaba veinticuatro capitales de Estados de la UE, y señalaba que Madrid, con un 15 % de sus habitantes expuestos cotidianamente a más de 55 dBA, ocupaba el puesto número doce. El 74 % de los madrileños consideran que viven en una metrópoli ruidosa, según una encuesta publicada en 2017 por DKV, Ecodes y GAES.

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En cualquier urbe española es fácil encontrar zonas con niveles sonoros por encima de las recomendaciones de la OMS. Por ello, resulta fundamental que los ayuntamientos se den cuenta de que se trata de un problema de salud pública. No solo es importante que lo reduzcan en las zonas críticas, sino también que planifiquen el ruido del futuro de las ciudades”, sostiene Asensio, que ha sido nombrado experto en contaminación acústica del Panel de Expertos del Premio Capital Verde Europea que otorga la CE. Dentro de la población afectada, Igone García destaca a los niños, ya que este problema impacta en la capacidad cognitiva y de aprendizaje del ser humano. Un estudio publicado en 2016 por Ecologistas en Acción aseguraba que al menos el 40 % de los centros de educación infantil, primaria y secundaria de Madrid están expuestos a niveles que superan el objetivo de calidad acústica establecido para zonas con uso docente (60 dBA). El informe, basado en datos del Ayuntamiento, destaca que, si se hubieran utilizado los límites recomendados por la OMS, abarcaría a la gran mayoría de los centros, mientras que con los límites de la UE, el 82 % de los colegios se verían afectados. Asimismo, recuerda que, “a partir de los 50 dBA, se empiezan a notar los efectos en las capacidades cognitivas de los niños”.

 


Crecen las medidas de control

Asensio asegura que “la conciencia sobre contaminación acústica va creciendo, y barbaridades del pasado difícilmente volverán a producirse, ya que la legislación ahora impone niveles de protección a los ciudadanos mucho más altos que hace quince años: exigencias de aislamiento en los edifi cios, objetivos de calidad acústica en el territorio, límites de emisión de las fuentes sonoras o delimitación de áreas de sensibilidad”. En opinión de Igone García, el esfuerzo de los ayuntamientos en esos tres lustros “ha sido muy relevante. El reto actual es no perder inercia y ajustar la relación entre inversión y eficacia de las actuaciones”.

Por ejemplo, en el caso de Madrid, el estrépito del tráfi co ha descendido en las dos últimas décadas: se ha pasado de superar el umbral diurno de la OMS en el 97 % de los días del periodo 1995- 1997 al 23 % del periodo 2008-2009, según investigadores del Instituto de Salud Carlos III –Escuela Nacional de Sanidad–, que han publicado varios estudios sobre la contaminación acústica en la capital española. No obstante, estos expertos aseguran que el umbral para el ruido nocturno continúa superándose el 100 % de las noches.

Mientras, las herramientas para controlar esta fuente de estrés y mala salud son cada vez mayores. Las ciudades europeas de más de cien mil habitantes tienen que confeccionar Mapas Estratégicos de Ruido (MER), donde se realiza un diagnóstico de la problemática. Además, obligan un año después de su elaboración a desarrollar un plan de acción con medidas para reducir los impactos. Asimismo, se emplean monitores de ruido, instrumentos que describen el nivel de contaminación acústica en una zona muy localizada. “Desde el punto de vista de gestión del ruido, los monitores son bastante ineficientes, pero los ciudadanos afectados confían enormemente en ellos y desconfían de los MER.


Por eso, son importantísimos para informar y concienciar a la población”, afirma Asensio. Por su parte, la UE promueve la mejora de los sistemas de evaluación y, desde 2018, obliga al uso del CNOSSOS- EU a sus Estados miembros para armonizar los métodos de cálculo en los MER en Europa. “La metodología no era consistente entre los países de la UE y provocaba una pérdida de información de cara a medidas de gestión del ruido a escala europea”, explica el investigador de la UPM. Mantener informada a la población es esencial. Por esa razón, se están planteando diversas iniciativas en todo el mundo. Por ejemplo, en París, el observatorio del ruido Bruitparif presenta en su web los datos de forma visual y accesible para el ciudadano no experto. Además, se abordan investigaciones novedosas, como un nuevo indicador llamado Harmonica Index.

 


En vivo y en directo

De igual manera, existen diversos proyectos de investigación y desarrollo (I+D) con el objetivo de identificar las fuentes de molestia –los monitores actualmente no distinguen qué tipo de sonido miden–, y crear mapas de ruido, como el proyecto Dynamap, para generar datos en tiempo real y actuar de forma inmediata. Asimismo, ciudades como Barcelona han instalado redes de sensores para medir el nivel del polución sonora en sus calles.


Asensio añade algunas propuestas de su equipo, como una tesis doctoral para monitorizar el ruido ambiental a través de las redes sociales, o la creación de un “etiquetado acústico” de viviendas para que cualquiera que vaya a comprar un inmueble pueda consultar antes sus niveles de ruido, así como de un “reconocimiento o etiqueta” que permita detectar las necesidades de los colegios.

El profesor de la UPM explica que, en la actualidad, se investiga mucho sobre los paisajes sonoros –soundscape, en inglés–, que incluyen la variable acústica como fuente de bienestar en las ciudades. “Se trata de fomentar los sonidos que tienen efectos positivos, reduciendo los negativos, para actuar en consecuencia en el diseño de un parque, una plaza, etcétera. Principalmente, se captura la percepción del ruido mediante paseos sonoros. Los participantes realizan una ruta a pie y, por medio de una app, graban algunos sonidos y responden a preguntas asociadas a estos. La idea es establecer relación entre indicadores objetivos y la respuesta subjetiva de las personas”, nos cuenta. Por su parte, el equipo de Igone García ha realizado varios proyectos para luchar contra el estrépito urbano, como el de las “islas sonoras” de Bilbao, zonas que mitigan el ruido y aumentan el confort acústico en su interior, con resultados positivos: “Se incrementó la satisfacción de los vecinos y el tiempo de uso de la zona de quince a treinta minutos”, señala. El centro tecnológico vasco también ha trabajado con empresas privadas para desarrollar equipamiento y mobiliario urbano acústicamente confortable, y ha desarrollado programas para empoderar al ciudadano y ayudar a los ayuntamientos a tomar decisiones adecuadas.

 


Si sigue el estruendo, actúa

Así las cosas, la concienciación y una actitud activa son claves para hacer frente al ruido. Los ciudadanos tienen la posibilidad de consultar los MER, o solicitar información sobre la zona en la que residen o en la que tienen planeado vivir en un futuro. En caso de sufrir el problema, el primer paso es contactar con el responsable de la actividad molesta –un comercio, un bar, un aeropuerto, una estación ferroviaria, etc.–. Si no se mitiga, el siguiente consiste en acudir al ayuntamiento, o a la administración competente, y presentar una queja o una denuncia.


En definitiva, como concluye Asensio, “una ciudad con espacios tranquilos resulta más atractiva, y estos pueden revalorizar zonas y mejorar la calidad de vida y la salud de los residentes. Si los ciudadanos y políticos no entienden esto, no es posible encontrar el respaldo para emprender actuaciones más allá de la mera gestión de quejas”.