El poder de la resiliencia

Nuestro cerebro está preparado para afrontar los traumas más duros. Ya lo decía el filósofo Friedrich Nietzsche: “Lo que no te mata te hace más fuerte”. Se lo debemos a la resiliencia, una capacidad que nos permite superar las adversidades y que los expertos relacionan con una mejor salud física y mental.

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Las organizaciones humanitarias que trabajan en la frontera sirio-jordana y un equipo internacional de investigadores han diseñado una herramienta para medir la capacidad de recuperación de niños y adolescentes, lo que se conoce como resiliencia. El cuestionario, en inglés y en árabe, les pregunta sobre el apoyo familiar, sus propias fortalezas o la importancia de la educación. “Mide lo fuertes que se sienten como personas, en sus relaciones con los demás y en su comunidad, que son las tres dimensiones importantes de la resiliencia”, explica Catherine Panter-Brick, profesora de Antropología, Salud y Asuntos Globales de la Universidad Yale (EE. UU.) y una de las autoras del estudio, que se publica en la revista Child Development.

 


La esperanza, tabla de salvación

Para probar su efectividad, los investigadores entrevistaron a 603 niños y niñas de once a dieciocho años, incluyendo refugiados y no refugiados, que vivían en cinco ciudades cercanas a la frontera sirio-jordana. La principal conclusión a la que llegaron fue que los niveles más altos de esta cualidad se asociaban con menos estrés y menos problemas de salud mental. Panter-Brick, que dirige el programa Conflicto, Resiliencia y Salud en Yale, destaca que los jóvenes refugiados sirios sacaban su fortaleza de las relaciones positivas de su comunidad, de sentirse reubicados y de mantener la esperanza. “Creían que el aprendizaje era importante y superaron el estrés de los traumas pasados y de los desafíos actuales”, comenta la antropóloga. Además, añade una curiosidad: en esa comunidad, la directora del Instituto de Investigación de Resiliencia al Huracán (EE. UU.), apunta que, “cuanto más resiliente es una persona, más probable será que disfrute de una mejor salud física y mental”. Sabe de lo que habla, pues desde su centro, promueven la capacidad de recuperación de las comunidades ante estos fenómenos atmosféricos.

No obstante, cuando sucede un trauma, por muy fuerte que sea alguien y aunque consiga superarlo, “su vivencia deja cicatrices emocionales —puntualiza Limonero—. Resiliencia no es sinónimo de invulnerabilidad”, alega. Por ejemplo, aunque una mujer haya superado un cáncer de mama, no volverá a ser la misma de antes. Mirará el futuro de otra manera y estará preocupada por si la dolencia volviera a aparecer, pero podrá vivir con ello gracias a su actitud luchadora. No hay duda de que el cáncer es uno de los mayores traumas al que muchos tienen que enfrentarse. En este sentido, un equipo liderado por el Instituto de Investigación Infantil de Seattle ha comprobado que los pacientes jóvenes que sufrían esta enfermedad y recibieron un programa de resiliencia experimentaban una mejor salud psicosocial.


En el ensayo clínico, participaron cien pacientes de entre doce y veinticinco años con cáncer, que eran asignados, bien a un programa de resiliencia –denominado PRISM–, bien al de atención psicosocial habitual. Abby Rosenberg, directora de Cuidados Paliativos e Investigación sobre Resiliencia del citado instituto y autora principal del estudio, destaca que a estos jóvenes les resultaron útiles habilidades como el manejo del estrés, ponerse metas realistas, reconocer el diálogo interno negativo y reformularlo, y encontrar significado a los tiempos difíciles. “La resiliencia ayuda a la calidad de vida y al bienestar de los pacientes”, mantiene Rosenberg.

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Escudo para los más débiles

Otro fenómeno traumático para los niños es el acoso, ya sea presencial o cibernético. Recientemente, se ha descubierto que la diferencia entre los niños que se vienen abajo frente a la intimidación y los que consiguen vencerla está en la resiliencia. Es más, puede ser un factor de protección frente a este tipo de situaciones. En el experimento en cuestión, publicado en la revista Child Abuse and Neglect, participaron más de 1.200 jóvenes estadounidenses de entre doce y diecisiete años. Los menores tenían que puntuar afirmaciones como “puedo lidiar con lo que se me ponga por delante” o “no me desanimo fácilmente por el fracaso”. Y los resultados revelaron que los estudiantes con mayores niveles de resiliencia eran intimidados con menor frecuencia, tanto en persona como de forma online, y cuando sufrían acoso, su fortaleza sirvió como amortiguador, evitando que les afectara de forma negativa en el colegio.

El estudio, además, mostró que aquellos con menor capacidad de recuperación, cuando eran agredidos a través de internet, decidían no hacer nada, al contrario que los niños resilientes, que lo comunicaban. “Queremos que participen en respuestas saludables y prosociales como bloquear, informar y borrar al agresor, en lugar de actuar de manera antisocial o simplemente no hacer nada y sufrir en silencio”, declara Sameer Hinduja, codirector del Centro de Investigación en Ciberacoso y profesor de la Universidad Atlántica de Florida.


Los autores, por otra parte, descubrieron que a los niños más resilientes que eran acosados en las redes sociales estas conductas les molestaban menos que al resto y, por eso, era menos probable que se pusieran tristes, se enfadaran o se avergonzaran por dichas situaciones. Hinduja recuerda que, en el campo de la criminología, los jóvenes que experimentan emociones negativas como víctimas y no saben afrontarlas suelen terminar autolesionándose o golpeando a otros.

También en la adolescencia, los que pertenecen al colectivo LGTB –lesbianas, gais, transexuales y bisexuales– pueden sufrir más ataques de otros compañeros, lo que mina su salud mental. Una investigación publicada en la revista Psychology and Sexuality en la que participaron más de 5.000 personas LGTB reveló que el grupo de jóvenes eran menos resilientes y estaban más deprimidos que el de los adultos.

 


No basta con adaptarse


Jane A. McElroy, profesora del departamento de Medicina Familiar y Comunitaria de la Universidad de Misuri y autora principal del trabajo, cree que los factores que desencadenan el estrés y pueden originar una depresión son el estigma, los prejuicios, las microagresiones y la discriminación. Para prevenirlo, recomienda programas específicos de resiliencia. “No es un rasgo inmutable”, recuerda. Estos talleres deberían potenciar que los jóvenes se vean a sí mismos de forma positiva y que aparten de su cabeza las experiencias negativas. Asimismo, les aconseja que se rodeen de buenos amigos y que eviten a las personas que les tratan mal, sin olvidar fijarse metas realistas.

 

El mejor entrenamiento

Los estudios de este tipo muestran cómo esta habilidad autoprotectora va aumentando con la edad. “Los ancianos, al haber vivido tanto, tienden a ser más resilientes que las personas más jóvenes”, asevera Barbara Resnick, profesora de la Universidad de Maryland (EE. UU.). En sus investigaciones con personas mayores no ha encontrado diferencias entre hombres o mujeres, como sí ocurre con otras cualidades como la empatía, que está más presente en las féminas.

Y es que, aunque tiene una base genética, en su desarrollo influyen tanto las características personales como el entorno. Hay científicos que creen que es un don de nacimiento que se va desarrollando a lo largo de la vida de forma dinámica. Sin embargo, otros como Limonero no están de acuerdo en que nazcamos equipados con ella. “No diría que es innata, aunque hay factores como la capacidad de experimentar emociones o algunas competencias cognitivas relacionadas que sí lo son, como la forma de pensar o de plantearse los problemas”, matiza el especialista.


En lo que todos parecen de acuerdo es en que la resiliencia se puede cultivar. Santos resume su programa de entrenamiento en tres fases: aceptación, adaptación y actitud. El primer paso es aceptar la realidad para poder afrontarla. El segundo “tiene un componente de plasticidad neuronal importante”. Y el tercero, que sería la actitud, está relacionado con el crecimiento.

 


No somos invulnerables


Aunque todos estamos capacitados para afrontar los problemas y superarlos, cada persona es única y le llevará su tiempo recuperarse del trauma. Una investigación de la Universidad Estatal de Arizona ha ahondado precisamente en el periodo de superación tras eventos duros y ha concluido que no es tan rápido. “La resiliencia no es la respuesta común a la adversidad. Las personas suelen mostrar algunos efectos del trauma, como la disminución de la salud mental y del bienestar, aunque poco a poco se recuperan y presentan mejoras”, detalla Frank Infurna, profesor de Psicología de la citada universidad y coautor del estudio, que se publica en la revista Perspectives on Psychological Science.

 

 

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Para llegar a estas conclusiones, los investigadores utilizaron datos del Panel Socioeconómico Alemán, una encuesta continua que evalúa cada año a los participantes en aspectos como la satisfacción con la vida, que fue el que usaron los autores, deteniéndose en los casos de pérdida conyugal, divorcio y desempleo. “Si la persona cuenta con relaciones sólidas en las que confiar, le puede llevar menos tiempo recuperarse de un trauma, en comparación con alguien que no tiene estos apoyos”, afirma Infurna.

 


Papel clave en la historia

Precisamente, Alemania fue el epicentro de uno de los eventos más traumáticos que ha experimentado la humanidad: la Segunda Guerra Mundial. Un equipo de psicólogos dirigidos por Martin Obschonka ha descubierto una resiliencia histórica en las ciudades germanas más golpeadas por el conflicto bélico. “Las poblaciones con mayor capacidad de superación son las que vivieron y crecieron en ciudades que sufrieron bombardeos más severos durante la guerra”, cuenta Obschonka, profesor de la Universidad del Sarre (Alemania) y de la Universidad de Tecnología de Queensland (Australia). La investigación, publicada en European Journal of Personality, reunió datos de unas 33.500 personas que vivían en 89 ciudades alemanas. Los autores relacionaron la intensidad de los bombardeos durante el conflicto con el nivel de rasgos neuróticos y problemas de salud mental de sus ciudadanos.


Contra todo pronóstico, los resultados revelaron que los vecinos de las urbes más dañadas presentaban menos rasgos de este tipo en comparación con quienes vivieron en ciudades menos castigadas. Según los científicos, los bombardeos les podrían haber hecho más resistentes a largo plazo. A corto plazo, posiblemente, el proceso los endureció y los unió más para tareas imprescindibles como la reconstrucción.

Obschonka recuerda que algo similar ocurrió con los niños de la Gran Depresión de Estados Unidos, que se convirtieron en adultos más resilientes, y también con los atentados del 11S de Nueva York. “Algunos expertos esperaban que los ataques dejaran un impronta duradera y negativa en la cultura local pero, en realidad, los neoyorquinos mostraron una notable capacidad de recuperación”, resalta el docente. Por otra parte, además de las personas y las comunidades, otros seres vivos y ecosistemas muestran la misma tendencia a adaptarse y crecer ante la adversidad. La devastación de un incendio y su posterior recuperación es un ejemplo de esta cualidad natural. De la misma manera, ocurre a nivel microscópico, con virus y bacterias resistentes a vacunas y antibióticos.

 


La perla que hay en ti

El ejemplo de la ostra es uno de los preferidos de la neuropsiquiatra Rafaela Santos. “Para neutralizar el granito de arena que le entra, segrega una sustancia que lo envuelve y acaba convirtiéndolo en una obra de arte —describe, refiriéndose a la perla que se forma en su interior—. Es un claro proceso de resiliencia porque acaba con algo que es mucho mejor que con lo que empezó”, compara la experta. Por su parte, Limonero destaca que esta capacidad en el mundo animal se vincula con la supervivencia del individuo y de la especie. Para seguir adelante, el animal no solo necesita de su propia fortaleza, sino que además requerirá la ayuda de los miembros de su grupo, tal y como ocurre con los humanos. La resiliencia confirma que la unión hace la fuerza.