El pis, ese gran desconocido

La orina cumple una función esencial en el organismo: eliminar las sustancias que nos sobran después de que los riñones hayan filtrado la sangre. Además, el análisis de los elementos que contiene puede ayudar a los médicos a detectar diversas enfermedades.

Cuando los checos necesitan ir al baño, suelen decir: “¿Me disculpa un minuto? No quiero acabar como Tycho Brahe”. El origen de la frase se remonta al 13 de octubre de 1601. Ese día, durante un copioso banquete en casa del barón Rosenberg, en Praga, el célebre astrónomo danés Brahe refrenó su deseo de levantarse de la mesa para aliviar la vejiga, lo que le provocó una infección urinaria aguda. Tras varios días de agonía y delirio, murió el 24 de octubre.

 

Y es que los procesos metabólicos que tienen lugar en el interior de las células generan desechos de diversa naturaleza que deben ser eliminados para mantener el equilibrio químico necesario para una vida saludable. El aparato excretor se encarga de esa función: evitar la acumulación de sustancias tóxicas para el organismo. Existen mecanismos para ello, como la liberación de sudor a través de la piel, la exhalación de CO2 por los pulmones y la expulsión de heces fecales por los intestinos. Pero la ruta de eliminación más significativa es la que implica la formación de orina a través de un sistema natural de filtros situado en los riñones.

 

Estos dos órganos con forma de alubia constituyen una compleja y extraordinaria maquinaria de purificación de la sangre y de regulación de los líquidos internos. Eliminan sobras del metabolismo como la urea; filtran sustancias tóxicas procedentes de fármacos o drogas; controlan el nivel de electrolitos, al regular la excreción de sodio, potasio, fósforo y otras sales; mantienen la volemia o volumen total de sangre circulante mediante la excreción del agua en la cantidad necesaria para una adecuada hidratación; y se encargan del control del equilibrio ácido-base. “Si los riñones no separaran las sustancias de desecho que transporta la sangre, moriríamos intoxicados. Por eso, tan importante como la cantidad es la calidad de orina que producen”, explica Enrique Morales, del Servicio de Nefrología del Hospital 12 de Octubre de Madrid.

 

Situados en la parte posterior de la cavidad abdominal, cada riñón tiene el tamaño de un puño y pesa unos 140 g. El derecho descansa bajo el hígado, mientras que el izquierdo se encuentra un poco más arriba, junto al bazo. Aunque algunas personas nacen con un solo riñón y, cada año, decenas de miles de donantes de todo el mundo ceden uno de sus órganos para trasplantes (89.823 intervenciones en 2017). Cuando esto sucede, el otro aumenta de tamaño para asumir en solitario la función excretora.

 

Una pareja muy ocupada

 

Con cada latido cardiaco, los riñones reciben 70 mililitros de sangre, unos 5 litros por minuto. La sangre fluye a través de la arteria renal y se dirige hacia la parte externa o corteza, donde se ramifica para llegar a cada nefrona, la unidad funcional donde se llevará a cabo su purifi cación, y la producción de orina. Además, liberan tres importantes hormonas: la eritropoyetina, que estimula la producción de glóbulos rojos por la médula ósea; la renina, encargada de regular la tensión arterial y controlar los niveles de sales en sangre; y las prostaglandinas, vasodilatadoras y vasoconstrictoras. Además de calcitriol, o forma activa de la vitamina D, que ayuda a mantener el calcio en los huesos y el equilibrio químico en el cuerpo.

 

Un riñón humano contiene entre 600.000 y 1.200.000 nefronas. Cada una de ellas se compone de un pequeño vaso sanguíneo llamado glomérulo, que se entrelaza con un diminuto tubo colector de orina, denominado túbulo. Si extendiéramos uno a continuación del otro, glomérulos y túbulos alcanzarían 80 km de longitud. Entre ambos, se produce un complicado intercambio de sustancias químicas, a medida que los desechos y el agua salen de la sangre y entran al sistema urinario. En condiciones normales, células –glóbulos rojos y glóbulos blancos– y proteínas –albúmina– permanecen en el torrente sanguíneo, pero otras moléculas más pequeñas son capaces de atravesar las paredes de los vasos y colarse en los túbulos.

 

La glucosa, por ejemplo, se filtra por los glomérulos, y buena parte se perdería si no hubiera un mecanismo que la devolviera a la sangre. Las paredes de los túbulos actúan como una eficiente bomba hidráulica capaz de recoger y devolver al sistema circulatorio hasta un 99 % de la glucosa que intenta escapar por la orina. En algunas personas, el nivel de azúcar en sangre es tan elevado que parte de la que se filtra ya no puede volver.

 

De ahí, que su presencia en la orina sea indicativa de diabetes. hidratación asegurada. Otra sustancia que se recupera es la propia agua. Nos deshidrataríamos rápidamente si orináramos toda la que entra en los túbulos. En su recuperación, resulta fundamental la sal o cloruro de sodio. Esta molécula se cuela en los túbulos, pero como el cuerpo necesita conservar una cierta cantidad de sales, una parte es reintroducida de nuevo en la sangre. Cuando esto ocurre, el H2O de los túbulos también es arrastrado, debido a que la sal bombeada origina una distinta concentración al otro lado de la pared tubular: un proceso conocido como presión osmótica lo obliga a cruzar las paredes para reducir esa diferencia.

 

El fluido filtrado que abandona los túbulos es un hilo de orina cuya cantidad es la necesaria para corregir el exceso de agua que ingerimos. Esa orina es transportada de manera involuntaria y continua por los uréteres hasta la vejiga. Cuando esta se encuentra a un cuarto de su capacidad, la tensión de sus paredes desencadena las ganas de orinar. Vaciarla es voluntario, hasta cierto punto.

 

La salida tiene dos anillos musculares o esfínteres seguidos. Uno se abre automáticamente cuando la vejiga está relativamente llena, pero el otro se abre y cierra a voluntad. A medida que dejamos atrás la primera infancia, aprendemos a controlar los esfínteres hasta que encontramos un lugar apropiado para ir al baño. Entonces, la orina viaja por la uretra al exterior del cuerpo. Las personas que no son capaces de hacerlo padecen incontinencia urinaria.

 

En los hombres, la uretra, el conducto que va desde la vejiga al exterior por el interior del pene, llega a alcanzar 20 cm de longitud. En las mujeres, mide solo entre tres y cuatro centímetros y desemboca cerca del ano. Este es uno de los motivos por el que padecen infecciones de la vejiga con mayor frecuencia que los varones.

 

Por otro lado, el color amarillo de la micción se debe a pigmentos como la urobilina, producto final de la degradación de la hemoglobina de los glóbulos rojos que son reciclados. Puede ser más claro u oscuro, según el estado de hidratación. Incluso puede pintarse: la ingesta de alimentos ricos en caroteno –zanahorias, remolacha– y de ciertos medicamentos, como el sulfisoxazol y la amitriptilina, lo tiñe de azul, marrón, naranja, verde y otros colores.

 

En total, eliminamos cerca de 1,5 litros de orina al día. En una persona sana, aquella contiene un 96 % de agua y un 4 % de sólidos disueltos. Cerca de la mitad de los sólidos son urea, el principal producto de degradación del metabolismo de las proteínas. El resto incluye nitrógeno, cloruros, cetosteroides, fósforo, amonio, creatinina y ácido úrico. pistas diagnósticas.

 

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Un equipo científico de la universidad canadiense de Alberta detectó en el pis humano unas tres mil sustancias químicas o metabolitos. “Es un biofluido muy complejo. La mayoría de los textos médicos solo describen de cincuenta a cien sustancias, y la mayoría de los análisis clínicos solo miden una decena de ellas. Expandiendo la lista por un factor de treinta y mejorando las tecnologías analíticas, se llegará a pruebas más precisas que ofrezcan pistas sobre marcadores tumorales, colitis ulcerosas, celiaquía, infecciones o rechazo de trasplantes”, asegura David Wishart, coautor del trabajo.

 

El inventario químico creado por los investigadores canadienses es de acceso libre y está disponible en internet, en la base de datos del Metaboloma de la Orina (www.urinemetabolome.ca). Contiene nombres químicos, descripciones, estructuras, concentraciones habituales e información sobre enfermedades asociadas a cada sustancia. maldita piedrecita. Y es que este es, junto a la sangre, el fluido más analizado para observar la salud de un individuo. Su composición química revela no solo los alimentos y fármacos que ingerimos, sino también los contaminantes ambientales a los que estamos expuestos y las enfermedades que sufrimos.

 

No en vano el análisis de su color, olor e incluso sabor fue uno de los primeros métodos de diagnóstico que usaron los médicos de la Antigüedad. Así , la presencia de glucosa (glucosuria), sangre (hematuria), bacterias (bacteriuria), pus (piuria) o proteínas (proteinuria) es indicio de lesiones, infecciones o inflamaciones en los riñones, que atacan a las nefronas y afectan a su función purificadora de la sangre.

 

Resulta que las sales y los minerales disueltos en la orina pueden cristalizar y dar lugar a cálculos o piedras en el riñón, que miden de unos pocos milímetros a varios centímetros. Pueden permanecer en el riñón o desplazarse hasta el uréter y, normalmente, aunque no siempre, se expulsan al orinar. Los más comunes son los cálculos de calcio (60 %-80 % de los casos), estruvita (5 %-15 %) y ácido úrico (5 %-10 %). “Este último procede de alimentos ricos en purinas –vísceras, mariscos, carnes rojas, cervezas con o sin alcohol, etc.– y del metabolismo endógeno de las proteínas que forman parte de los tejidos —dice el doctor Enrique Calvo, reumatólogo del Hospital Universitario Infanta Leonor, en Madrid. Y puntualiza—: El ácido úrico tiene un papel protector, antioxidante y, en condiciones normales, se elimina con la orina. Pero en algunas personas puede alcanzar altos niveles en sangre, superiores a 7 mg/dl. En esos casos, puede cristalizar en forma de sales de urato y depositarse en el riñón y en otros tejidos (músculos, articulaciones), como ocurre en los enfermos de gota”.

 

Entre los factores que influyen en la aparición de los cálculos renales, se encuentran los antecedentes familiares, determinadas enfermedades metabólicas, infecciones y anomalías del tracto urinario, quistes y otros trastornos renales, la ingesta de algunos medicamentos, una hidratación deficiente y una dieta rica en sal, grasas, azúcares y proteínas animales. “En el riñón, hay intercambiadores que funcionan como una puerta giratoria: eliminan el ácido úrico de la sangre a cambio de recuperar de la orina sustancias necesarias para el organismo”, apunta el doctor Calvo. “Esos intercambiadores –continúa– pueden estar genéticamente alterados. Pero fármacos como los diuréticos o alimentos como la fructosa de los refrescos también influyen negativamente en su función”.

 

 

La cosa se pone seria

 

Algunos problemas se desatan rápidamente. Por ejemplo, una deshidratación, una hemorragia y determinados fármacos o venenos pueden provocar un fallo repentino, conocido como insuficiencia renal aguda. Esta lesión podría conducir a una pérdida permanente de la función renal, pero si los riñones no están dañados de gravedad, puede revertirse. Sin embargo, la mayoría de las afecciones renales ocurren lentamente, durante años, antes de manifestar sus síntomas. La pérdida gradual de la funcionalidad de este órgano se conoce como enfermedad renal crónica. Las causas más comunes son la diabetes y la hipertensión arterial, aunque también puede haber un componente hereditario. Entre los síntomas en los estadios avanzados, se encuentran las ganas de orinar con mayor o menor frecuencia, sensación de picor, fatiga, falta de concentración,

pérdida de apetito, náuseas y vómitos, hinchazón y entumecimiento de manos y pies, oscurecimiento de la piel y calambres musculares. La enfermedad renal puede detectarse mediante tres pruebas sencillas y rutinarias: medición de la presión arterial, comprobación rápida de proteína albúmina en la orina y cálculo de la tasa de filtrado glomerular (TFG). “Esta determina la concentración de creatinina en sangre, mediante una fórmula que tiene en cuenta el sexo, la edad y la raza.

 

La creatinina es un producto de desecho del metabolismo normal de los músculos que se excreta en la orina a una tasa relativamente constante. Cuando la función renal disminuye, sus niveles sanguíneos aumentan. Con el resultado de esta prueba, se obtiene una estimación de la TFG”, señala el doctor Morales. Los valores normales se sitúan entre 120 ml/min y 90 ml/ min. Una TFG inferior a 60 ml/min sugiere enfermedad renal crónica, si se mantiene al menos durante tres meses. Y será avanzada cuando la TFG es inferior a 15 ml/min. El diagnóstico puede completarse con imágenes –ecografías, resonancias magnéticas, TAC– y una biopsia del riñón. Esta dolencia no tiene cura, pero se puede ralentizar su progresión con el control de la presión arterial, una dieta adecuada y hábitos de vida saludables.

 

Enganchados a la máquina

 

No obstante, cuando la enfermedad progresa y los riñones fallan, el cuerpo se llena de agua y de productos de desecho. Se trata de la uremia, que puede llegar a causar convulsiones, coma y la muerte. Para evitarlo, el paciente debe someterse a diálisis o a un trasplante de riñón. Las dos formas principales de diálisis son la hemodiálisis y la diálisis peritoneal. La primera utiliza un filtro especial llamado dializador, que funciona como un riñón artificial para depurar la sangre. El proceso se realiza habitualmente en un centro de diálisis tres veces a la semana durante tres o cuatro horas, aunque, en los últimos años, un número creciente de clínicas ofrece diálisis en el hogar.

 

La diálisis peritoneal utiliza una membrana natural –el peritoneo– como filtro. A través de un catéter, se introduce en la cavidad peritoneal un fluido de diálisis que atrapa los desechos de la sangre. La solución tiene que cambiarse de forma periódica.

 

Por su parte, el trasplante renal es la terapia de elección para la mayoría de las causas de insuficiencia renal crónica terminal. “Los pacientes se refieren al trasplante como un milagro o el mejor regalo, porque dejan de estar conectados a la máquina de diálisis y gozan de calidad de vida. La intervención apenas dura tres horas, lo que indica el grado de habilidad que han desarrollado nuestros cirujanos. Y si no hay complicaciones, el paciente puede disponer de un riñón operativo en el plazo de diez días”, nos cuenta el doctor Morales.

 

España es el primer país del mundo en trasplante renal, con una tasa de 65 donantes por millón de habitantes y una supervivencia del 90 % al cabo de cinco de años. En 2017, se hicieron 3.269 intervenciones.

 

En los últimos años, la opción del donante vivo se ha convertido en una excelente alternativa, pues permite una cirugía reglada, puede efectuarse en situación de prediálisis y está indicada preferentemente en gente joven, porque los resultados son más beneficiosos. Normalmente, estas donaciones suelen ser a un familiar directo, casi siempre de padres a hijos, pero a veces son personas que de forma totalmente altruista lo donan a desconocidos. Son los llamados donantes samaritanos, figura que cada vez está tomando más relevancia.