Dermatitis atópica: una tortura con fecha de caducidad

Lesiones en la piel y picores insoportables: son los síntomas de esta enfermedad autoinmune propia de los países desarrollados. Pero nuevas terapias la están acorralando. ¿Quieres conocerlas?

¿Te imaginas una tortura que consistiera en producirle picor a alguien sin parar? Ese martirio ya existe: es el principal síntoma de una enfermedad inflamatoria crónica de origen inmunológico, la dermatitis atópica, cuya incidencia se ha disparado en las últimas cuatro décadas en los países occidentales, donde la sufren alrededor del 15 % de los niños. Lo normal es que se manifieste en los primeros años de vida y que tienda a mejorar o prácticamente desaparecer a partir de la adolescencia. Sin embargo, en un 5 % de los casos, las lesiones, el agrietamiento y la descamación de la piel persisten con el tiempo. En España, alrededor de 30.000 personas, la mayoría adultos, sufren las manifestaciones más severas de una dolencia que condiciona extraordinariamente su calidad de vida. “El picor puede ser insoportable, no hay forma de dormir, te rascas y te haces heridas que sangran y manchan las sábanas. A veces la imagen resultante es dantesca, no desentonaría en una película gore”, explica África Luca de Tena, una de las fundadoras y portavoz de la Asociación de Afectados por Dermatitis Atópica (AADA). Junto con otros enfermos montó la asociación para que los pacientes, a través de la página web, tengan un punto de referencia con información fiable “y no se dejen llevar por lo que les duce el vecino sobre lo bueno que es el aceite de almendra mezclado con no sé qué”. Uno de los problemas de estos enfermos es que tienden a aislarse, y que al ver que no mejoran hasta dejan de ir al médico, lo que agrava el problema. “Con esta iniciativa también queremos ayudarlos a salir de esa cueva”, apunta Luca de Tena.

 


Un gesto difícil de contener

Cuanto más grave es la enfermedad, mayor es la frecuencia y la intensidad del picor y de los brotes que empeoran los eccemas. Por más que un paciente haya oído mil veces “no te rasques que es peor”, resulta casi imposible no dejarse llevar por ese impulso, lo que da lugar a un círculo vicioso. Como nos explica Alberto Conde, dermatólogo del Hospital Clínico San Carlos de Madrid y autor de una tesis doctoral sobre el tema, “el enfermo se rasca y se produce un daño, lo que a su vez induce más picor. Además, las heridas que se hace son terreno abonado para nuevas infecciones, por la suciedad de las uñas y porque la lesión queda expuesta a cualquier contaminante externo”. La única forma de romper esa dinámica es seguir estrictamente el tratamiento, que consiste en controlar la inflamación –en los casos más graves, se utilizan corticoides–, combatir las infecciones con antibióticos y tirar de cremas para controlar la picazón y reparar la piel.

Como en otras afecciones hasta ahora incurables, la gran esperanza en cuanto a la dermatitis atópica tiene un nombre: medicamentos biológicos. Aunque están en boca de todo el mundo como si fuera algo que ha llegado de nuevas, todos tenemos experiencia de su eficacia, ya que las vacunas tienen el mismo origen. No son compuestos químicos como la mayor parte de los fármacos, sino moléculas formadas por proteínas producidas por organismos vivos. La Agencia Europea del Medicamento (EMA, por sus siglas en inglés) ya ha dado el visto bueno para la comercialización del primero de estos fármacos, dupilumab, un inyectable que el paciente debe administrarse por vía subcutánea cada quince días, y que está indicado en los casos moderados y graves de dermatitis atópica. En España, el Ministerio de Sanidad negocia el precio de compra con los laboratorios propietarios de la molécula, Sanofi y Regeneron Pharmaceuticals. Es el último paso para que pueda recetarse. Mientras, otros cuatro fármacos están en fase de estudio.

 

 

Curación a la vista


Algunos miembros de la AADA ya han accedido al tratamiento como medicamento extranjero, una fórmula extraordinaria, pero legal, para beneficiarse de sus efectos. Luca de Tena explica cómo les ha cambiado la vida: “Han pasado de estar con ingresos hospitalarios a tener la piel casi como la de una persona normal. Es la misma sensación que puede tener un ciego que empiece a ver”. Ella es una de las candidatas a tratarse con dupilumab, porque los médicos ya no podían controlar su dolencia con corticoides, dado que alargar el uso de estos produce un efecto rebote y los hace ineficaces. Como última opción, se suele recurrir a la ciclosporina, un tratamiento para deprimir el sistema inmune que se usa también en trasplantados, pero, dados los efectos secundarios graves que tiene en el riñón y el hígado, tampoco puede emplearse mucho tiempo en los afectados por dermatitis atópica. La llegada de los medicamentos biológicos marcará un punto de inflexión en el tratamiento de una enfermedad que forma parte de un conjunto de patologías tan variadas como la esclerosis múltiple, la artritis reumatoide o la diabetes de tipo 1. Unas ochenta dolencias comparten el mismo origen: el sistema inmune. Normalmente, nuestras defensas se encargan de destruir las bacterias y virus que invaden el cuerpo, pero en estos casos se vuelven contra el propio organismo y lo atacan.

 


Cuidados imprescindibles


Los mecanismos fisiopatogénicos que condicionan la aparición de la dermatitis atópica son aún una incógnita. En cambio, los especialistas sí saben qué hábitos de vida y cuidados básicos son esenciales para una mejor evolución de la dermatitis. Para empezar, es clave la hidratación. En palabras del doctor Conde, “se pierde agua con mucha facilidad a través de la piel, y a veces eso da lugar a un ciclo de irritación. Hay que aplicar todos los días cremas hidratantes especiales en toda la superficie corporal, y en buena cantidad”.


El bote de 400 mililitros de una de estas cremas emolientes cuesta en la farmacia alrededor de 15 euros, y un paciente necesita cada mes entre cuatro y cinco botes, lo que supone un gasto de entre 60 y 75 euros mensuales. Al no estar financiadas por la Seguridad Social, muchos enfermos acaban empleando cremas más baratas adquiridas en el supermercado, que empeoran sus síntomas. Una de sus reivindicaciones es que, dado que forman parte del tratamiento, dispongan de cobertura pública, como los medicamentos. “No puedo vivir si no me aplico una crema hidratante específica varias veces al día. Si no la tengo a mano ni se me ocurre ducharme, porque para mí el agua es como la kryptonita para Superman”, dice Luca de Tena.

Ya que no pueden curar la dermatitis atópica, el objetivo de los especialistas se centra en cuidar lo más posible a los pacientes y, sobre todo, persuadirlos de la importancia de prestar atención a cosas tan cotidianas como la ducha diaria. El doctor Conde insiste en que “los baños tienen que ser rápidos, con agua templada y una gota de jabón específico para pieles atópicas”. También recomienda vestir fresco, tanto en verano como en invierno, porque el calor aumenta la sensación de picor. Y en la medida de lo posible, controlar el estrés. Es el factor que más empeora los síntomas, no solo de la dermatitis atópica, sino también de otros problemas relacionados con la autoinmunidad, como la psoriasis. La ansiedad que genera un examen o un cambio de trabajo conduce a muchos pacientes a un ingreso hospitalario.

 

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“¿Puedo ir a la piscina?”


Es una de las preguntas que formulan a los dermatólogos muchos pacientes preocupados por los efectos perjudiciales del cloro. El doctor Conde les da luz verde para hacerlo, “porque el daño que ocasiona el cloro puede neutralizarse con una crema, y el ejercicio físico es un fabuloso desestresante”. La misma recomendación rige para otros deportes. En principio, no se desaconseja ninguno, aunque el aumento de la temperatura de la piel y el sudor pueden incrementar la sensación de prurito. Teniendo en cuenta los beneficios y los riesgos de la actividad física, el balance se inclina claramente hacia los primeros. Pero no todo pasa por hacer ejercicio. Cada paciente, insisten los especialistas, puede encontrar una manera de reducir el estrés. A uno puede funcionarle el yoga, y a otro la jardinería o el cultivo de otras aficiones. Por otra parte, a pesar de que la ciencia conoce muchos de los factores que influyen en el curso de la enfermedad, todavía no existe una evidencia clara de qué ha disparado el número de casos en las últimas cuatro décadas.

Con los datos extraídos de diferentes estudios globales, Esther Serra Baldrich, dermatóloga del Hospital de la Santa Cruz y San Pablo de Barcelona, dibuja un perfil epidemiológico. “Es más prevalente en las zonas urbanas, entre personas de nivel socioeconómico y educativo alto, y en familias de tamaño pequeño y con precedentes de dermatitis atópica. Asimismo, sabemos que los climas fríos empeoran los síntomas”, señala.


A este perfil responden Noruega, Suecia, Dinamarca y otros países del norte de Europa, donde se registran más casos que en ninguna otra parte del mundo. Además, parece haber un sustrato genético relacionado con el problema. “Se ha detectado una mutación del gen de la filagrina, una proteína que juega un papel fundamental en la creación de la barrera epidérmica, que resulta mucho más frecuente en estos países que en el resto”, detalla Alberto Conde.

 

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Una tendencia al alza

Lo que está claro es que se trata de una enfermedad de sociedades desarrolladas y avanza conforme lo hace el país. De hecho, el mayor crecimiento se produce ahora en algunas zonas de América Latina. Esto ha llevado a muchos investigadores a plantearse si el aumento de casos tiene que ver con la teoría de la higiene, que también se vincula con otras enfermedades autoinmunes como las alergias. “Es uno de los pilares del origen y desarrollo de la dermatitis atópica”, confirma Conde. Según esta teoría, los entornos cada vez más asépticos en los que vivimos, con falta de contacto con infecciones leves o con contaminantes habituales, hacen que el sistema inmune se quede una función que cumplir y lo compense con una reactividad excesiva a cualquier estímulo.

Numerosas investigaciones y la simple observación de los datos epidemiológicos han confirmado esta hipótesis en muchos lugares. Por ejemplo, en la antigua zona oriental de Berlín, con viviendas hacinadas y malas condiciones higiénicas, los casos de dermatitis atópica eran muchos más que en el oeste de la ciudad antes de la caída del Muro. Sin embargo, dos décadas después, con el desarrollo económico, se habían igualado en ambas zonas. Aunque esta tesis presenta algunas lagunas, según confirman los especialistas. “La solución no es estar en contacto con muchas infecciones, las hay que no protegen precisamente contra la enfermedad —explica Conde—. Por ejemplo, hemos visto que los niños que padecen más infecciones respiratorias durante la infancia precoz y consumen más paracetamol presentan dermatitis atópica con más frecuencia”.

Por otro lado, en la compleja interacción que se establece entre la piel y el sistema inmune también juega un papel clave el conjunto de microorganismos que habitan en el intestino –microbiota– y en la piel. En opinión de los dermatólogos consultados por MUY , las alteraciones en la flora bacteriana parecen tener más repercusión en la frecuencia que en la gravedad de la patología. Aunque falta por establecer el elemento causal de la enfermedad, las pruebas médicas sobre esta relación cada vez resultan más claras. “Las alteraciones en el microbioma cutáneo podrían incrementar la colonización por Staphylococcus aureus, una bacteria muy numerosa en las personas con eccema atópico, y, por tanto, acelerar la progresión de la enfermedad”, apunta la doctora Serra. aliados en la flora bacteriana. La medicina ya dispone de terapias para modificar la composición de la microbiota: una de ellas es el uso de probióticos, cada vez más empleados. Están compuestos por microorganismo vivos que “cuando se administran en las cantidades adecuadas confieren un beneficio a la salud del hospedador”, según la definición de la Organización Mundial de la Salud.

¿Podrían resultar útiles en la dermatitis atópica? De acuerdo con las últimas investigaciones, parecen eficaces en la prevención cuando se administran en edades tempranas. De la misma manera, “se han estudiado a nivel tópico, y la condición cutánea tras la intervención mejora, aunque se necesita investigar más”, puntualiza la doctora Serra. Los probióticos resultan muy prometedores, según los especialistas, porque constituyen un recurso sencillo de utilizar y seguro, sin efectos secundarios, algo que no puede decirse de muchos medicamentos. Pronto, las nuevas terapias lograrán que la tortura que sufren la mayoría de las personas con dermatitis atópica moderada o grave se convierta en un mal recuerdo. Solo es cuestión de tiempo.