Curiosidades sobre el café

Es bien sabido que la cafeína que contiene actúa como un estimulante natural. Lo que se conoce menos es que el efecto del café depende mucho de los genes del consumidor y que esta bebida puede ser un eficaz aliado contra la diabetes y otras dolencias.

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Ya sea solo, cortado, bombón, con hielo, manchado, descafeinado, americano o capuchino, el café triunfa por todo el globo. No pasa de moda esta bebida que antes se consumía en taza y ahora se pasea por las calles en vasos de take away. En pleno siglo veintiuno, continúa siendo el líquido más ingerido en el mundo después del agua. Aunque en Estados Unidos y en los países nórdicos es donde más se dispensa per cápita, en la piel de toro no nos quedamos cortos. Según datos de una encuesta reciente, al 85 % de los españoles les gusta mucho el café, y nueve de cada diez personas lo beben habitualmente, ocho de ellas a diario, sobre todo en el desayuno y en la sobremesa. Además, un 79 % admite que suele utilizar la expresión “quedar para tomar un café” independientemente de que luego lo pida o no. Porque al final se trata de mucho más que una bebida: es un socializador. Ya lo dijo el filósofo Miguel de Unamuno: “La verdadera universidad popular española han sido el café y la plaza pública”. No le faltaba razón. No solo porque este brebaje negro invita a la plática. Sabemos de sobra que aumenta la atención y nos protege del sopor y la modorra. Los primeros en contemplar en vivo y en directo qué pasa cuando la cafeína de unos cuantos expresos llega al cerebro fueron David Elmenhorst y sus colegas del Instituto de Neurociencia y Medicina del Centro de Investigación Jülich (Alemania).

En un experimento que podría considerarse histórico, administraron cafeína en vena a un grupo de quince voluntarios. Luego, los colocaron bajo un tomógrafo de emisión de positrones (PET) y les inyectaron una sustancia denominada, en el argot, 18F-CPFPX. Y se quedaron a mirar qué pasaba. Lo que observaron fue que la cafeína llegaba al cerebro y ocupaba el 50 % de receptores de adenosina, uno de los inhibidores naturales del cuerpo. Dicho en otras palabras, en dosis que equivalen a consumir de tres a cinco tazas al día, bloquea y deja inutilizados a la mitad de los receptores que nos avisan de que estamos cansados. Se apaga parcialmente la alarma biológica del agotamiento y la fatiga. Y eso nos mantiene activos.

 


Cuestión de adn

Que el café espabila –y cómo lo hace– no tiene discusión a estas alturas. Pero vamos al meollo del asunto: ¿es bueno o malo para la salud? Ahí la respuesta no es tan sencilla como nos gustaría. No es blanco o negro. Entre otras razones porque, en cómo nos afecta, cada uno es de su padre y de su madre. Nunca mejor dicho. “Hay personas que tienen variantes genéticas ligadas a una capacidad de metabolizar rápido la cafeína, que la toleran mejor y que, de forma natural, tienden a consumir más sin que les pase factura”, le explica a MUY Marylin C. Cornelis, investigadora de la Universidad Northwestern (EE. UU.). Lo hace con la seguridad que le otorga ser una de las investigadoras que más empeño ha puesto en entender cómo nos repercute la afición a esta bebida. Entre sus logros, puede presumir de haber identificado ya ocho variaciones genéticas de una sola letra del ADN –polimorfismos SNP, en la jerga científica– presentes en los grandes cafeteros.

 

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Si tu ADN incluye una de estas variaciones, la diferencia de consumo será de apenas un cuarto de taza por encima de la media. Pero cuando un sujeto acumula unas cuantas, o incluso las ocho, es capaz de ingerir montones de esta bebida a diario y dormir luego como un bendito. ¿Por qué? Sencillamente, porque procesa tan rápido la cafeína que apenas dura un suspiro en su sangre. Esto explica por qué hay individuos a los que les tiembla el pulso cuando se toman uno muy cargado y los que ni se inmutan después de echarse cuatro o cinco al gaznate un día tras otro.

Ahora bien, limitarse a analizar los efectos psicoactivos de la cafeína sería quedarse muy en la superficie. Son solo la punta del iceberg. Resulta que la mayor parte del impacto del café no se detecta a simple vista. “Produce otros muchos efectos silenciosos, que suelen pasar desapercibidos, pero que pueden afectar a la salud, para bien o para mal, y que todavía tenemos que entender”, advierte Cornelis. Y a comprenderlos, defiende, nos ayudarán todas las nuevas ciencias ómicas, es decir, no solo la genómica, sino también la proteómica (estudio de las proteínas) y la metabolómica (estudio de los metabolitos). Cornelis sabe de lo que habla. Por un lado, porque hace una década demostró que los individuos con cierto alelo del gen CYP1A2, que les hace metabolizar cafeína muy despacio, tienen un riesgo importante de sufrir infarto de miocardio cuando consumen café. Y, por otro, porque gracias a un ensayo clínico que salía a la luz a principios de 2018 ha comprobado que hay, como mínimo, un centenar de metabolitos de la sangre que cambian sustancialmente tras ingerir este brebaje.

 


Diana común con el cannabis

Ni que decir tiene que a Cornelis no le extrañó encontrar que, en la sangre de los cafeteros, fluían a borbotones la cafeína y los polifenoles, antioxidantes naturales que representan hasta el 10 % del peso del café verde. Lo que sí le tomó por sorpresa fue que el brebaje afectara a los neurotransmisores del sistema endocannabinoide, una estructura de comunicación entre células y tejidos que participa en la regulación de infinidad de procesos. Y que, como canta su nombre, es también diana de la marihuana. “Ahora sabemos que si durante dos meses consumimos de cuatro a ocho tazas al día –no es desorbitado, hay quien lo hace–, la actividad de este sistema se frena”, aclara la investigadora. Nada despreciable, teniendo en cuenta que el sistema endocannabinoide regula aspectos tan variopintos como el razonamiento, la presión arterial, el dolor, la inflamación, las adiciones, el sueño, el apetito, la disponibilidad de glucosa y energía o el funcionamiento del estómago y el intestino.

 

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“Debemos indagar a fondo sobre este asunto”, plantea Cornelis. Y sobre otros dos más. Porque la epidemióloga estadounidense ha identificado también otros compuestos de peso que se ven afectados por su consumo: los esteroides. “Favorece la eliminación de esteroides, y eso es importante, ya que estas moléculas se relacionan con varios tipos de cáncer”. Por si fuera poco, muchos polifenoles del café les vienen como agua de mayo a ciertas bacterias de la flora intestinal, que los devoran. Y cuanto mejor están nuestros huéspedes bacterianos, mejor nos va a nosotros. “Sospechamos que el desquilibrio de la microbiota está relacionado con enfermedades como la diabetes o el párkinson”, nos cuenta. De hecho, la propia investigadora lleva años embarcada en una cruzada junto con la Asociación Estadounidense de Diabetes para dilucidar qué sustancias convierten este brebaje en un potente aliado contra la diabetes de tipo 2. Porque de eso tampoco hay duda: desde el punto de vista de esta enfermedad (que en España afecta al 90 % de los diabéticos), beber café resulta beneficioso. La moraleja es que “ha quedado patente que subestimamos su papel en nuestra salud y que la cafeína es solo uno de los muchos componentes de la popular bebida que deberíamos tener en cuenta”, remata categórica Cornelis.


Amigo de la memoria


Una combinación de varias de esas moléculas podría explicar, por ejemplo, cómo es que el café, y no otras bebidas con cafeína, nos protege del declive cognitivo que acompaña al envejecimiento en general, y a la enfermedad de Alzheimer en particular. Incluso antes de que alcancemos suficiente edad para que la demencia nos aceche, supone un acicate para la memoria gracias, entre otras cosas, a que su consumo aumenta los niveles de un factor de crecimiento llamado factor estimulante de colonias de granulocitos o G-CSF. Desde que se mudó a Chicago para trabajar en la Universidad Northwestern, Cornelis bebe café a diario, aunque “nunca más de dos tazas al día”. ¿Es esa la dosis justa?, le preguntamos. Se lo piensa un poco. “Es un asunto muy complicado. Por eso, creo que en lugar de ofrecer recomendaciones generales sobre el consumo de café, el reto es la personalización”, responde finalmente. Aclara que no se refiere solo a estudiar los genes asociados a la respuesta al café en un individuo. “Deberíamos basarnos en una triada, combinar el historial familiar, el estilo de vida y la herencia genética —comenta—. Por ejemplo, si me dices que hay antecedentes de párkinson en tu familia, ni se me ocurriría sugerirte que dejes de consumir café, sino todo lo contrario”.