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Nuevos patrones de trabajo, crisis políticas y sociales, otras formas de relacionarnos, cambios por todas partes... Nos encontramos en la era de la reinvención. Por eso, cada vez más personas se plantean darle un giro a su vida.

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Cuando Julia coincidió con un viejo compañero por casualidad en una fiesta, este no la reconoció. “Habíamos trabajado siete años juntos, pero no se dio cuenta de que era yo”. A los 47 años, Julia había transformado su aspecto de forma radical, había cambiado de casa, de trabajo... hasta de nombre. Y todo en el tramo de un año, justo después romper con una violenta relación en que casi pierde la vida. “Tuve que dejar mi casa, porque estaba en medio del campo, no tenía vecinos y me sentía insegura allí, y alquilé un piso en el centro de la ciudad. Pero no solo eso. Pensar que podía no haberlo contado me hizo replantearme muchas cosas de mí misma, de mi vida”.

Para empezar, decidió dejar de teñirse de rubia, como había hecho siempre, y se dejó su color moreno natural, largo y liso, en vez de la media melena rizada que había lucido desde la adolescencia. Aprendió una forma nueva de maquillarse, renovó su vestuario de arriba abajo. Y ya puestos... “Nunca me había gustado el nombre que me pusieron mis padres, así que dije a la gente que me conocía que, a partir de ese momento, quería que me llamaran Julia, que es como siempre había querido llamarme, desde niña. De todas maneras, conservo muy pocas amistades de entonces, casi todos mis amigos actuales son nuevos. En Facebook, puse los apellidos de mi abuela materna, que es con quien más vínculo tenía de mi familia, con lo cual nadie de mi vida anterior podía reconocerme por mi página de la red social”, nos cuenta con una sonrisa contagiosa que, tal vez, sea la marca de su nueva vida. Pero el paso más grande fue el cambio profesional.

Julia llevaba veinte años trabajando como enfermera, pero no era lo que la llenaba. “Tenía un puesto fijo de funcionaria en un buen hospital, aunque siempre soñaba con diseñar ropa, tener mi propia tienda vintage y comprar cosas de segunda mano en los mercadillos de Londres para venderlas aquí”. Y es a eso a lo que se dedica ahora, cinco años después de su decisión de renovarse o morir. Además, no deja de invertir en cursos de cosas que le gustan. “Me ayudan a conocerme mejor... Por primera vez en todas las etapas de mi vida, me siento plena, me siento yo”, confiesa Julia.

 


Hora de volver a empezar


“La second life o segunda vida es un fenómeno cada vez más común, que suele darse alrededor de los cuarenta o cincuenta años —explica el coach Pedro Corrales—. Es en esa época de la edad adulta cuando terminas un ciclo. Si has tenido hijos, ya están entre los diez o veinte años, si has trabajado, tienes madurez profesional....”. El empujoncito para el cambio suele ser algo imprevisto y, muchas veces, traumático, que da un giro a tu existencia. “Te echan del trabajo, te divorcias, se muere alguien...

Es común que suceda algo que haga replantearte todo y te dé la oportunidad de volver a empezar, de hacer eso que siempre quisiste, de buscar una pareja sabiendo mucho mejor lo que quieres, de dedicarte profesionalmente a lo que de verdad te gusta...”, señala Corrales. Es un fenómeno típico de nuestra era, sobre todo, en la sociedad tecnológica actual en que todo cambia a un ritmo vertiginoso. “La inestabilidad que hay en el trabajo es mayor.

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Antes, entrabas en una empresa con veinte años y sabías que era para toda la vida. O te casabas y era igual”, comenta. Ahora, divorcios y remodelaciones de plantilla están a la orden del día. “A los cuarenta, cincuenta o sesenta es muy difícil encontrar empleo, porque compites con gente más joven, con menos formación, pero más barata. Te ves en la situación de empezar a ganarte el pan con lo que te gusta, incluso, de empezar nuevos ciclos de formación. Vas eligiendo otras opciones, explorando nuevas posibilidades”, apunta el coach.


Como Julia, seguro, muchos de nosotros nos hemos planteado más de una vez cambiar de vida. ¿A quién no le gustaría convertirse en la persona que siempre ha soñado ser? Tal vez quieras dedicarte a otra profesión, estudiar algo nuevo, tener otro tipo de pareja, vivir en un lugar diferente, renovar tu imagen... somos seres moldeables. Al menos un 78 % de las personas de entre dieciocho y setenta años desearía transformar un aspecto fundamental de sí mismas, según un estudio realizado por el psicólogo Nathan Hudson, de la Universidad de Illinois en Urbana-Champaign (EE. UU.). Nadie dice que sea fácil, pero es posible.


Gracias a la plasticidad cerebral, que se mantiene hasta que morimos, los hábitos, la forma de pensar y la personalidad pueden modificarse como respuesta a estímulos, vivencias e información nueva. Las experiencias y los roles que representamos “funcionan como impulsores de nuevos patrones de pensamiento, sentimiento y comportamiento. Es el sentido de la identidad modificado mediante esos patrones lo que, al final, cristaliza en un cambio duradero de forma de ser”, observa Hudson. Sin embargo, los seres humanos somos animales de costumbres y nuestro primer impulso es ese “más vale lo malo conocido...”. Porque el deseo de cambio abre la caja de Pandora de tus miedos más profundos: a no dar la talla, a decepcionar a los demás, a fracasar, a lo desconocido, a hacer el ridículo, a equivocarte, a quedarte solo... De acuerdo con Art Markman, profesor de Psicología de la Universidad de Texas y autor del libro Smart Change, “el cerebro es una máquina de hacer predicciones. Quiere ser capaz de predecir qué va a pasar, para poder actuar en consonancia, incluso, cuando las cosas no pintan bien. En cuanto haces cambios significativos en tu forma de hacer las cosas, ya no sabes cómo predecir cuáles pueden ser los resultados”. Por eso, reinventarse precisa, sobre todo, un concienzudo trabajo interior, en el que no pueden faltar dos ingredientes esenciales: fuerza de voluntad y mucho valor. También, ante la duda, puedes decidir no hacer nada, seguir como estabas, aunque eso implique convivir con una molesta sensación de fracaso y cobardía que, tal vez sí o tal vez no, te merezca la pena a cambio de un poco de seguridad.

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Esa pegajosa zona de confort

Porque encontrarás obstáculos en el camino, claro que sí. “Nos cuesta mucho cambiar. Salir de la zona de confort significa hacer un esfuerzo, y los humanos somos vagos por naturaleza. Es más cómodo no replantearse las cosas y seguir en tu día a día, aunque sea una caca. Solo lo haces cuando encuentras un paréntesis para pararte a reflexionar”, opina Corrales. Aunque quieras dejar atrás tu aburrido trabajo, tu pareja tóxica o un entorno que te sofoca, forman parte de aquello a lo que estás habituado y donde sabes cómo moverte. Por eso, cuando rompes con las rutinas y te enfrentas a la aventura de la novedad, es normal sentirte al borde de un precipicio.


Asimismo, corres el riesgo de enredarte con las pequeñas obligaciones cotidianas que te quitan todo el tiempo, pero a la larga no te van a aportar nada significativo para tu evolución. Limpiar la casa, ir a la compra, responder e-mails... Es necesario, pero debemos dejar un espacio también para dedicarle a nuestro proyecto de vida. Otro de los peligros es un sesgo de pensamiento muy común, que Peg Streep explica en su libro Mastering the Art of Quitting: “Esperamos que, cuando llegue el futuro, este sacará lo mejor de nosotros”. Es decir, sobreestimamos nuestra capacidad para cambiar “cuando llegue el momento”, “algún día”... y subestimamos el esfuerzo que eso implicará. Cuando le preguntamos por la clave para reinventarse bien, Corrales lo tiene claro: “Como decía Sócrates, conócete a ti mismo. Si sabes quién eres, es cuando puedes tener una second life espectacular. Tal como tú te defines, así será tu contexto. Si crees que das pena y tu vida es un asco, así será. Si sabes lo que quieres, todo cambia. Si no, caes en la deriva social y en la vorágine de la incertidumbre”. Tal vez, por eso, “las consultas de los psicólogos están llenas de gente de cuarenta a cincuenta años con un problema de identidad: no sé quién soy, no sé lo que quiero. Hay una masa enorme de gente de esa edad que está perdida y no se siente bien con la cultura tradicional, pero tampoco se identifica con la explosión de novedades”, añade.


En la misma línea, como afirma Robert S. Kaplan, profesor de la Escuela de Negocios Harvard (EE. UU.), “antes de reinventarte, tienes que saber quién eres en el presente. Necesitas entender tus fortalezas, tus debilidades, tus pasiones y tu propia historia. Solo así podrás mirar qué está pasando en el mundo e intentar aprovechar las oportunidades”.

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Yo... y los demás


Otras preguntas valiosas, si te has embarcado en el viaje del autodescubrimiento, son: ¿has llegado por tu propia iniciativa adonde estás ahora? ¿O has sido más bien una marioneta de los demás? ¿De verdad querías tener hijos, estudiar esa carrera o vivir en esa ciudad? ¿O lo has hecho para complacer a tus padres, a tu pareja...? Según una investigación realizada en la Universidad de Róchester (EE. UU.), las personas que actúan impulsadas por una motivación interior se deprimen menos a menudo y se sienten más satisfechas que aquellas que se mueven por una motivación extrínseca –como tener contentos o impresionar a los otros–. En la misma línea, varios estudios realizados por el psicólogo Ken Sheldon en la Universidad de Misuri (EE. UU.) apuntan que los individuos con objetivos acordes a su yo más íntimo tienden a hacer progresos más sólidos y constantes, a pesar de los obstáculos o las distracciones. Es decir, si te parece muy importante proteger el planeta y a las especies que lo habitan, no te serviría un puesto de capitán en un ballenero, por mucho que te guste conocer mundo.


A partir de ahí, una vez que has sido capaz de mirarte cara a cara en el espejo, la chispa que lo inicia todo es la decisión firme de cambiar. Según escriben Russell C. Smith y Michael Foster en su blog dedicado al tema en el Huffington Post, “no importa si eres viejo o joven. La reinvención comienza con una acción detrás de otra”. Lo que está claro es que nunca es demasiado tarde. Un estudio liderado por la psicóloga Ravenna Helson, en la Universidad de California en Berkeley (EE. UU.), siguió a 120 mujeres a lo largo de cincuenta años, para analizar su evolución en cuanto a rasgos de personalidad, influencia social y éxito personal. Y, entre otras cosas, desveló que, al menos, una docena de participantes habían llevado a cabo cambios sustanciales en su vida entre los sesenta y setenta años. “La gente puede decidir actuar para parecerse más a la persona que les gustaría ser, incluso, con sesenta años”, asegura Helson en sus conclusiones.

Una vez que tienes claro que quieres renovarte, tanto si te gustaría perder 20 kilos, fundar tu propia empresa, formar una banda de música o irte a vivir junto al mar, no puede hacerse de la noche a la mañana. Hace falta tiempo, preparación, perseverancia... y seguir unos pasos, un proceso gradual.


En este punto, escribir tus objetivos y trazarte listas para conseguirlos puede ser de gran ayuda. hacerse responsable. Es lo que demuestran estudios como el realizado por los psicólogos Nathan Hudson y Chris Fraley, esta vez en la Universidad Metodista del Sur (EE. UU.), en que se preguntaba a los voluntarios qué características de su personalidad les gustaría modificar. Luego, los dividieron en dos grupos: uno de ellos tenía que escribir un breve ensayo sobre la persona en que les gustaría convertirse y tenía que cumplir pequeños objetivos cada semana para conseguirlo. El otro grupo no escribía nada. Tras dieciséis semanas, los primeros reportaron haber experimentado mayores cambios graduales en su personalidad que los segundos.

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A la misma conclusión llegó un experimento canadiense realizado en colaboración entre la Universidad McGill y la Universidad de Toronto con 85 estudiantes con problemas para aprobar. Después de cuatro meses, los que habían participado en el programa de anotación de objetivos sacaban notas mucho mejores que los del grupo de control.


Otra clave tiene que ver con el sentido de la responsabilidad, algo que funciona para lo bueno y para lo malo. “Cuando tomas las riendas de tu vida, inevitablemente te haces responsable de lo que te pasa, solo tú decides lo que vas a hacer y dejas de estar a merced de los demás, del entorno, de la suerte... Pero tampoco puedes echarle la culpa a los otros, si algo sale mal”, advierte el psiquiatra Luis de Rivera, director del Instituto de Psicoterapia de Madrid.


Se trata, en definitiva, de elegir entre la aceptación pasiva de tu situación vital actual o la decisión activa de transformarte a mejor. Y es que “no hay sensación más maravillosa que la de ser dueña de tu propio destino”, nos confía Julia. Porque, como escribía Victor Frankl en su libro El hombre en busca de sentido: “¿Qué es en realidad el hombre? Es el ser que siempre decide lo que es. Le pueden robar todo, menos una cosa, la última de las libertades del ser humano, la elección de su propia actitud ante cualquier tipo de circunstancias, la elección de su propio camino”.