Cómo protegerse del calor

Aunque las vacaciones constituyen una época deseada por todos para nreponer energías, dejar atrás el estrés y disfrutar de una vida más alegre y luminosa, también tiene sus peligros en forma de trastornos más o menos leves para la salud, como el ataque de los mosquitos o las medusas, la excesiva exposición al sol, problemas digestivos y más dificultades para dormir. Pero es fácil adoptar soluciones con una serie de medidas sensatas y básicas para poder sacarles todo el partido.

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Tendemos a identificar verano con playa, porque es el destino más habitual de las vacaciones estivales. Por eso, todas las comunidades autónomas del litoral ponen en marcha cada año su Plan de Atención Sanitaria en Verano. Se trata de dotar de más médicos y enfermeros a unas localidades que, en muchas ocasiones, llegan a quintuplicar su población.

Los centros de salud se pertrechan para poder atender la avalancha de turistas afectados por las urgencias típicas de esta época: otitis, quemaduras, picaduras de medusas, gastroenteritis... “La mayoría se deben a imprudencias. No es el verano lo que nos hace ponernos enfermos; nos ponemos enfermos por las cosas que hacemos en verano. Sobre todo, por no prestar atención a los consejos básicos que año tras año se dan a la población: ponerse protección solar, utilizar chanclas en las piscinas, evitar las horas de más calor, meterse en el mar solo con bandera verde, no dejar fuera de la nevera los alimentos perecederos ni los elaborados con huevo… Simple sentido común”, explica la doctora Beatriz Montes, que lleva tres años reforzando los servicios de salud en la costa valenciana.

 


Falta de adaptación


Pero julio y agosto no llega solo a las playas. En la mayor parte de España hace mucho calor y, aunque estemos acostumbrados, “el cambio climático hace que cada año las temperaturas sean más altas y durante más tiempo. Su ritmo de cambio es más rápido que el de la fisiología humana. No da tiempo a adaptarse”, señala Cristina Linares Gil, doctora en Medicina Preventiva y Salud Pública e investigadora sobre temperaturas extremas en el Instituto de Salud Carlos III. Desde 2004 existe un plan de prevención que movilizan Atención Primaria y Protección Civil con el fin de detectar poblaciones vulnerables y transmitir alertas. “El riesgo no es solo hacer deporte a las tres de la tarde a pleno sol. Es también dormir poco, no descansar lo suficiente o no tomar bastante agua y minerales. Y algo importante a lo que a veces no se presta atención: el calor puede exacerbar dolencias preexistentes. Personas con diabetes, obesidad, insuficiencia renal, problemas circulatorios o enfermedades gastrointestinales pueden empeorar de su enfermedad de base”, advierte la doctora Linares.

Por ejemplo, quienes padecen enfermedades neurodegenerativas, como el alzhéimer y el párkinson, sea por la propia dolencia o por los fármacos neurolépticos que toman, sienten menos la sed. En plena ola de calor, eso puede provocar deshidratación. “Hay que recordarles que beban”, insiste la doctora. Según un estudio del Instituto de Salud Carlos III, el párkinson es un factor de riesgo que aumenta la morbilidad y mortalidad asociadas a las altas temperaturas.

 

Desde un punto de vista fisiológico, adaptarse a las subidas del termómetro no debería suponer un problema: nuestro cuerpo está provisto de un mecanismo, la termogénesis, que ayuda a regular el calor interno en función del que hace en el exterior. Para una función celular óptima a nivel enzimático y metabólico, lo idóneo son 36,5 ºC, así que el organismo hará lo posible por mantenerlos. En invierno, destinará mucha energía para compensar el frío del exterior –por eso, el organismo nos pide comidas calóricas y guisos calientes–. En verano, necesitaremos menos calorías: nos apetecen sopas frías, fruta o ensaladas, y dedicaremos menos recursos energéticos a mantener nuestro termostato corporal.

Esto es un punto de partida positivo para encarar el verano, aunque no el único. “En invierno, se duerme mejor; en verano, entre el calor y que hay menos horas de oscuridad, a los que ya de por sí tienen un sueño ligero, dormir les cuesta mucho más. La consecuencia no es solo estar más cansados, ya que los procesos de reparación y desintoxicación cerebral se llevan a cabo durante la noche, especialmente, en las fases de sueño profundo”, apunta David Vargas, psiconeuroinmunólogo y director del centro Regenera. Eso infl uye en la aparición de las migrañas del verano, a lo que también contribuye otro factor: el calor aumenta tanto la sudoración sensible como la perspiración o transpiración insensible a través de la piel. “Y esto, en personas que tienen niveles subclínicos de deshidratación, puede ser suficiente para que se dispare la cefalea”, comenta Vargas.

 

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Agua para la cabeza

Expliquemos la deshidratación subclínica: aunque no seamos conscientes, muchas personas no están suficientemente hidratadas. “La carencia de líquido y minerales puede hacer que, ante una mayor sudoración y perspiración, se produzca una vasoconstricción en la zona occipital y surja una cefalea posteroanterior”, dice Vargas. Y se complica si el que tiene sed, en lugar de beber agua o tomar fruta escoge cerveza. El alcohol frena la hormona antidiurética, induce a hacer más pis y la deshidratación provoca que haya menos líquido intersticial en las meninges, lo que puede dar lugar a una migraña bilateral.


Las migrañas vasomotoras son otro quebradero de cabeza estival, causadas por el estrés previo. El mecanismo es así: uno está estresado todo el año, llegan las vacaciones, se relaja, se produce una vasodilatación reactiva y se desencadena la migraña. “El estrés sostenido nos coloca en una situación de vasoconstricción de base. Además de la relajación, el calor, el insomnio o consumir más tóxicos –alcohol, picoteo…– pueden despertar esa vasodilatación reactiva que dispara el dolor de cabeza”, indica el experto.


La migraña es el mejor ejemplo de cómo los distintos factores relacionados con el verano interaccionan y desencadenan el dolor. La prevención pasa por evitar los desencadenantes pero, en especial, por trabajar su origen: si tienes tendencia a la deshidratación, deberás hidratarte y si el estrés te activa el sistema nervioso, deberías cambiar de vida para que tus nervios se relajen. Algo similar sucede con las enfermedades mentales. Para Nieves Martínez Hidalgo, psicóloga clínica y presidenta de la Fundación Cattell, “el hecho de que los días sean más largos, haya más actividades sociales y oportunidades de salir y disfrutar puede ser un alivio para personas con depresión. Pero la sobreexcitación puede llevar a otras a una fase maniaca”. No se puede generalizar: “Si estás en fase depresiva, llega el verano y te sientes obligado a reunirte con la familia, en lugar de experimentar una mejora puede suponer un foco de estrés”, puntualiza Martínez Hidalgo.

 


Derechos a urgencias


Por otra parte, es una época en que se desestructuran los horarios y puede costar adaptarse. Como nos exponemos más a la mirada ajena, Martínez Hidalgo apunta que pueden manifestarse problemas relacionados con la imagen corporal: trastornos de alimentación, anorexia, vigorexia, bulimia, dismorfia corporal… Lo corrobora un estudio reciente de la Universidad de Adelaida (Australia) publicado en Environmental Health Perspectives, según el cual, con la subida de temperaturas, los ingresos hospitalarios por trastornos mentales sintomáticos, demencia, trastornos neuróticos, del estado de ánimo y de estrés aumentaban en un 7,3 %.

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Trastornos por exposición al calor


Ante las temperaturas elevadas, el cuerpo pone en marcha varios mecanismos de compensación. Pero cuando la subida del termómetro es excesiva, no damos abasto y pueden surgir problemas como estos:

Edema por calor: Son edemas con fóvea –es decir, que dejan una abolladura momentánea en la piel después de que se presiona el área con un dedo– que

aparecen en las extremidades tras una exposición al calor. Desaparecen tras la aclimatación y mejoran con medidas posturales. Están causados por vasodilatación periférica y difi - cultad en el retorno venoso.


Tetania: Provocada por una hiperventilación por exposición al calor y agotamiento. Se acompaña de parestesia –síntomas de cosquilleo, calor o frío en las extremidades–, espasmos musculares y alcalosis respiratoria –bajo nivel de CO por una respiración excesiva–. No requiere tratamiento específico, más allá de ponerse al fresco un rato.

Calambres: Suelen estar asociados a la realización de ejercicio físico intenso, en un entorno de calor. Debidos a la pérdida excesiva de sal por el sudor, se solucionan bebiendo líquido y suero isotónico.

Síncope: Se da en personas expuestas a temperaturas altas que están de pie durante mucho tiempo. Se desvía la sangre a la periferia, hay una difi cultad en el retorno venoso y esto altera la presión arterial y la perfusión cerebral. Hay que corregir la postura, tumbar al paciente y administrar líquidos.

Agotamiento: Es un estadio leve del golpe de calor, sin síntomas de afectación del sistema nervioso central. Pueden aparecer cefalea, vómitos, sudoración, taquicardia, fiebre… Hay que trasladar a la persona a un entorno templado y asegurarse de que esté bien hidratada.

Golpe de calor: El menos frecuente y más grave de todos los trastornos por calor. Se presenta fiebre muy alta y alteración del nivel de conciencia, y pueden darse convulsiones, insuficiencia renal o hepática o hipotensión. El tratamiento debe realizarse en la UCI, dada su gravedad.