Cómo prevenir conductas suicidas

Quienes han superado un intento de suicido describen ese momento como el final de una espiral de la que no podían escapar. Los especialistas coinciden en que es esencial buscar ayuda y hablar del problema. Incluso en la oscuridad siempre hay una rendija por donde se filtra la luz.

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Hace casi diez años que Hernán Sampietro (44 años) vive sin pensamientos de suicidio. Su testimonio visibiliza a los que salen del túnel, esos de los que nadie habla y que pueden ayudar a muchos otros. “Con 35 años tuve un intento, vivía una situación insoportable e imposible de gestionar, y no pedí ayuda. Pensé que podía salir de aquello yo solo. En esos momentos, no ves, no conoces o no te atreves a buscar recursos para poner freno a ese sufrimiento. Entonces, tomas una decisión que puede ser para siempre, para un problema que, en realidad, es momentáneo”. Hernán, que es psicólogo social y tiene un diagnóstico de trastorno mental, sabía lo que le estaba ocurriendo pero prefirió callarlo por miedo al estigma. “El obstáculo es el silencio. No nos educan para compartir la vulnerabilidad y el dolor. Y esto agranda el problema, es como una bola de nieve que crece”, dice. Pero existe salida, prueba de ello son todas las personas que consiguen dejarlo atrás.


No existen registros oficiales sobre el número de intentos de suicidio en nuestro país, según Andoni Anseán, presidente de la Sociedad Española de Suicidología. Pero estudios como el publicado en el Journal of Affective Disorders, en 2014, donde se entrevistó a 4.583 adultos, estima que la prevalencia de la ideación suicida en España es del 3,67 %, y que el 1,46 % de la población confiesa haberlo intentado alguna vez en su vida.

 


Atención a los casos de riesgo

En la otra cara de la moneda, la más abrupta, se encuentran los suicidios consumados, donde sí hay cifras oficiales: en 2016, hubo 3.569 –diez personas al día–, según los datos del Observatorio del Suicidio en España. Es la principal causa de muerte no natural. Incluso, produce el doble de fallecimientos que los accidentes de tráfico. A nivel mundial, se quitan la vida cerca de 800.000 personas al año, según la OMS. “Cuando un problema importante no se visibiliza, la sociedad no lo identifica como tal y, por tanto, no se toman las medidas necesarias para resolverlo”, apunta José Luis Ayuso, catedrático de Psiquiatría de la Universidad Autónoma de Madrid e investigador del Centro de Investigación Biomédica en Red de Salud Mental (CIBERSAM). Este experto insiste en la necesidad de un plan de prevención a escala estatal.


“Existen programas en algunas comunidades autónomas, pero no uno a nivel nacional. En cambio, muchos países de nuestro entorno sí lo tienen”, apunta. Así las cosas, el Ministerio de Sanidad acaba de anunciar la puesta en marcha de un programa de prevención, aún sin definir. Distintos trabajos ponen de manifiesto que la implantación de apoyos a las personas con más probabilidades de suicidio reducen las cifras. Un estudio del Centro para la Prevención del Suicidio (Reino Unido), publicado en The Lancet en 2012, observó menores tasas allí donde se llevaron a cabo. Otra investigación, recogida en 2017 en el American Journal of Psychiatry y realizada en la Universidad de Columbia (Nueva York), analizó datos de 61.297 personas diagnosticadas con autolesiones por intento de suicidio y reveló que el peligro era mayor en el primer año tras el incidente. Ello apunta a la necesidad de intervenir clínicamente en esos doce meses. “Se trata de un problema que, aunque no se puede eliminar, sí es posible reducir. Sabemos que dar apoyo a quienes ya han tenido un intento de suicidio disminuye el riesgo. Hay que verlos una semana después del alta hospitalaria.

 

 

Además, se deben poner en marcha muchas medidas simultaneas a distintos niveles; una de ellas es informar en los medios de comunicación sobre el tema”, reitera el doctor Ayuso. Lo malo es que siempre se ha considerado un asunto tabú y, aún hoy, sigue habiendo resistencia a hablar de ello. seguir de cerca.

Por su parte, en el Hospital de Sant Pau (Barcelona), se adelantaron once años a la actual tendencia de prevención de la conducta suicida con un plan pionero que arroja buenos resultados. Según las conclusiones del último estudio para medir su utilidad, de 2016, “fue efectivo en retrasar y prevenir tentativas durante el primer año después del comportamiento suicida”. ¿Dónde reside su éxito? Aina Fernández Vidal, responsable de este programa, explica que consiste en controlar a la población en riesgo del distrito la Dreta de l’Eixample de Barcelona. “Incluimos a quienes han tenido un intento y, también, a los que le dan vueltas a la idea. Durante cuatro o seis meses, hacemos terapia psicológica individual, grupal y tratamiento psiquiátrico. Al principio, se realizan visitas semanales y se espacian a medida que mejoran. Es una atención más intensiva que la convencional”, comenta la doctora Fernández Vidal.


Sampietro ha participado en el programa y confirma que le fue bien: “Funciona de manera diferente al resto, hacen un seguimiento más frecuente, puedes acudir al centro si no te encuentras bien; y si no quieres seguir las pautas, puedes dejarlo”.

La importancia de controlar a las personas con pensamientos de suicidio –no solo a quienes han tenido una tentativa– se refleja en un estudio llevado a cabo con 1.490 individuos –813 de ellos, jóvenes–, publicado en 2018, en el Journal of the American Academy of Child and Adolescent Psychiatry. “El 71 % de los jóvenes murieron en su primer intento”, dicen los autores del trabajo. Sobre lo mismo alerta la doctora Fernández Vidal, pese a que el porcentaje de casos que ella maneja es diferente: “Alrededor del 40 % fallece a la primera tentativa”.


Antonio Serrano (49 años) es activista de Obertament, una asociación que lucha contra el estigma y la discriminación en salud mental, ha superado dos amagos de suicidio y considera que hablar de ello es una forma de normalizarlo. “Mi primer intento fue a los treinta años, cuando estaba en tratamiento por depresión. Tenía pareja, empleo y carecía de problemas económicos, pero me exigía mucho en el trabajo y un día sufrí una crisis de ansiedad muy importante. Me veía inútil, era incapaz de hacer nada, me culpaba por ello y caí en un bucle del que no podía salir”, detalla. Lo importante, según cuenta Serrano, es no sentirse solo: “Me ayudó mucho el tratamiento psicológico, me ha dado estabilidad, pero hay que encontrar al terapeuta adecuado. Y, sobre todo, es muy importante que la persona no esté ni se sienta sola. Eso sí, hay que darle su espacio, sin sobreprotegerla”.

 

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Serrano superó otro intento a los cuarenta años y, al igual que el resto de personas que han aportado su testimonio para este reportaje, tiene claro que en aquellos momentos no deseaba acabar con su vida. “Solo quería terminar con la enfermedad que me estaba provocando ese malestar”. En la actualidad, lleva una vida normal, sin medicación y mantiene un seguimiento con el psiquiatra. “Ahora la estabilidad me la da mi hija, de siete años, es un elemento clave para tener ganas de seguir viviendo. Y disfruto de mi vida, cosa que antes no hacía”, confiesa Serrano.


La recomendación de que se debe compartir el problema es refrendada por todos los especialistas consultados. En palabras de la doctora Fernández Vidal, “se debe hablar del suicidio sin miedo, pero hay que empezar por los trastornos mentales”. Es justo lo que hace Niobe Portero, de veintiséis años, activista de la misma asociación: “Tuve una tentativa cuando estaba en tratamiento por trastorno alimentario. Vi esa opción como la única que existía, porque pensaba que no me iba a recuperar nunca. Ahora sé que no era así. Por muy mal que estés siempre hay una salida. He conseguido no culparme por lo que hice y me acepto tal y como soy”.


La conducta suicida es tan compleja, que resulta imposible dibujar un perfil de persona con este tipo de ideas. “No existe, todos podemos tener ideación y conducta suicida”, señala Magdalena Pérez Trenado, psicóloga clínica y responsable del Programa de Prevención del Suicidio en el Teléfono de la Esperanza. “En muchos casos, están detrás ciertos trastornos mentales, como la depresión, el trastorno bipolar, el trastorno límite de personalidad, la esquizofrenia o el abuso de sustancias –alcohol, drogas–”, dice Pérez Trenado. Aunque también matiza que hay individuos sin enfermedad mental que pueden tener pensamientos de quitarse la vida cuando se enfrentan a una situación de dolor emocional intenso, intolerable y, aparentemente, interminable.

 

La vida nos pone a prueba

“Experiencias como una enfermedad grave, una ruptura sentimental, la muerte de un ser querido, un fracaso escolar o profesional, graves problemas económicos o desengaños importantes se acompañan de vivencias emocionales intensas y procesos muy complicados de elaborar”, señala Pérez Trenado. Incluso algunos rasgos de la personalidad, como el perfeccionismo, han sido estudiados como factores agravantes. Una revisión de estudios publicada en el Journal of Personality, en 2017, con 11.747 participantes, concluyó que había un vínculo entre perfeccionismo e ideas suicidas. Otro trabajo más reciente, publicado en 2018 en Personality and Individual Differences, apunta que el perfeccionismo es un factor de riesgo para la ideación suicida, pero quizá no indica riesgo añadido a la hora de llevar a cabo esos pensamientos. Los planes de prevención se centran en la población de riesgo, es decir, en los sujetos que han tenido una tentativa o presentan ideas de suicidio.


En Cataluña, existe el código riesgo de suicidio, que realiza un control de estas personas. “Tras el alta hospitalaria, se las ve antes de diez días y al mes se las llama por teléfono. Cuando no existía este sistema, solo contactaban con los servicios sanitarios un 25 % de ellos, mientras que ahora lo hace el 65 %”, explica Víctor Pérez Solá, director del Instituto de Neuropsiquiatría y Adicciones del Hospital del Mar y coordinador del Programa de Investigación en Depresión y Prevención del Suicidio del CIBERSAM.

Madrid cuenta también con el programa Código 100, una iniciativa del SAMUR en colaboración con la Fundación Jiménez Díaz que hace un seguimiento intensivo de estos pacientes, a las setenta y dos horas, al mes, a los seis meses y al año de aparecer la conducta. Y posee una sesión semanal de terapia de grupo para los más impulsivos. mensajes que alertan. Frente a los factores de riesgo, se sitúan los factores protectores, mucho más útiles. En la información que ofrece la Comunidad de Madrid a los familiares de personas con ideación suicida, se citan los siguientes: tener habilidades de comunicación; búsqueda de consejo y ayuda cuando surgen dificultades; receptividad hacia las experiencias y soluciones de las otras personas; tener confianza en uno mismo; actitudes y valores positivos, tales como el respeto, la solidaridad, la cooperación, la justicia y la amistad, así como contar con apoyo familiar y social de calidad.


Y es que los amigos constituyen uno de los factores de protección más efectivos. Cuando introduces la palabra suicido en Google, el primer resultado que aparece, en grande, es el número del Teléfono de la Esperanza –disponible veinticuatro horas al día–. Asimismo, Facebook, la red social con más usuarios –2.167 millones– cuenta con herramientas e información para ayudar a las personas en situación de riesgo mediante la detección de determinadas palabras. Por ejemplo, al teclear suicidio en la barra de búsqueda, aparece una notificación para ofrecer ayuda. Algo similar ocurre con Instagram, donde además se permite informar de manera anónima sobre las imágenes que hagan intuir un riesgo en las personas que las han colgado.

 

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Hoy en día, la aplicación de la inteligencia artificial basada en el análisis de sentimientos es la última aportación de la tecnología en la prevención de conductas suicidas. La plataforma Life! (ow.ly/pFvb30opcEH), que depende de la Universidad de Alicante, investiga en un modelo que analiza los textos escritos por los usuarios en redes sociales. “Va más allá del simple rastreo de palabras, también tiene en cuenta la estructura de las frases, el significado y orden de las palabras, incluso, sus connotaciones negativas o positivas. El sistema que estamos desarrollando arroja un 72 % de fiabilidad”, asegura José Manuel Gómez Soriano, investigador del proyecto, profesor en la Universidad de Alicante y doctor en Inteligencia Artificial.

 


El calor no ayuda

El modelo de Gómez Soriano distingue entre tres niveles de riesgo: posible –el sujeto verbaliza que lo quiere hacer, pero no dice expresamente que tiene ideas suicidas–; urgente –fantasea con hacerlo, pero no tiene planificación–; inmediato –da detalles de cómo realizarlo–. En la misma línea, el análisis de los mensajes en Twitter se ha utilizado como parte de una investigación publicada en Nature Climate Change, en 2018, que relaciona el clima caluroso con mayores tasas de suicidio y con un mayor uso del lenguaje depresivo en las redes sociales. Según sus cálculos, las cifras podrían aumentar a medida que la Tierra se calienta como consecuencia del cambio climático.