Cómo frenar las infecciones contraídas en hospitales

Uno de cada dieciocho pacientes padece alguna infección nosocomial o intrahospitalaria en Europa, y 37 000 personas mueren cada año como consecuencia de ella. Además, los microbios implicados son cada vez más resistentes a los antibióticos. Por eso, se ha convertido en un problema de salud pública a nivel global.

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Un momento, tiene algo en la tripa”. Era un punto negro, parecido a un lunar. Estaba cerca de la incisión que le habían practicado en el abdomen a Alicia Cole para extirparle dos pequeños fibromas uterinos. Un procedimiento quirúrgico que no debería haber supuesto más de dos días de hospitalización.

Cinco días después, durante los que su estado había empeorado notablemente, la madre de esta actriz norteamericana divisó la manchita mientras le cambiaban el vendaje a Alicia. A la hora, se convirtió en una pústula de más de dos centímetros. Con el tiempo, le diagnosticaron múltiples infecciones, incluida una fascitis necrotizante. Las había contraído todas en el hospital. Su estancia se convirtió en un calvario de dos meses de ingreso, seis cirugías adicionales y un sinfín de tratamientos. Seis años después, seguía necesitando terapia y sesiones de rehabilitación de suelo pélvico. El de Cole no es un caso aislado. En Estados Unidos, uno de cada veinticinco pacientes que acude o ingresa en un centro de atención sanitaria, incluidos los hospitales, adquiere una infección que no tenía al entrar ni estaba incubándola. Y lo que resulta más preocupante: uno de cada nueve morirá debido a dicha infección, según el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades estadounidense (CDC). Los expertos llaman a estos contagios accidentales infecciones nosocomiales.

 


Fatales consecuencias

En Europa, la situación es peor, pues les sucede lo mismo a uno de cada dieciocho pacientes durante la asistencia en el centro de salud. Según el Centro Europeo para la Prevención y el Control de las Enfermedades (CEPCE), en la Unión Europea (UE) cada año más de 4.000.000 de pacientes adquieren al menos una infección nosocomial, y de estos, unos 37.000 mueren como consecuencia directa de dicho contagio.

A nivel global, son cientos de millones las personas que se ven afectadas anualmente. La OMS considera que en los países desarrollados más de un 7 % de los pacientes que ingresan en un centro sanitario y un 10 % de los que lo hacen en los países en vías de desarrollo van a adquirir al menos una infección que tiene que ver con la asistencia sanitaria que reciben. Ahora bien, su verdadero impacto mundial es incierto, debido a lo difícil que resulta reunir datos fiables.

 

Además, la mayoría de los países carecen de sistemas de vigilancia, y los que sí disponen de ellos se ven confrontados con la complejidad de todo el proceso. El de Alicia Cole, que hoy es una activista en la lucha por la seguridad de los pacientes, es un caso público y notorio de las consecuencias que pueden derivarse de los indeseables microbios que pululan en lo centros de salud. Entre las infecciones nosocomiales más frecuentes caben citarse las de las vías respiratorias, normalmente relacionadas con el uso de ventilación mecánica invasiva; las del tracto urinario, asociadas al uso de sondas por las que viajan los gérmenes que afectan a la vejiga o los riñones; las del sitio quirúrgico, que suceden después de una intervención en el lugar del cuerpo donde se llevó a cabo la cirugía; y las del torrente sanguíneo, cuando los agentes patógenos acceden a la sangre a través de los catéteres.

Este problema de las infecciones nosocomiales tiene poco eco entre la opinión pública, salvo cuando se producen brotes o se difunden noticias como el caso de una mujer septuagenaria que falleció en Estados Unidos en 2016, víctima de una infección por una bacteria resistente a todos los antibióticos conocidos. Se trataba de una Klebsiella pneumoniae, adquirida en un hospital donde fue atendida por una fractura de pierna. Los médicos le llegaron a suministrar veintiséis antibióticos, sin ningún resultado.


No cabe duda de que a fecha de hoy los supermicrobios nos están ganando la partida. Los informes del ECDC apuntan que una de cada tres bacterias asociadas a las infecciones hospitalarias es resistente a los antibióticos. Es una amenaza real y un problema de salud pública de primer orden, tal y como ha alertado la OMS. “La principal preocupación en este momento es la elevada presencia de bacterias multirresistentes (BMR) en el ámbito sanitario, así como la escasa innovación en nuevos antimicrobianos. Todo ello puede desencadenar un aumento muy significativo de muertes producidas por BMR, que superarían en 2050 las producidas por el cáncer si no hay un cambio de tendencia”, asegura Jordi Nicolás, coordinador del Grupo de Atención Farmacéutica de Enfermedades Infecciosas de la Sociedad Española de Farmacia Hospitalaria. Precisamente, el ECDC eligió la celebración del Día Europeo para el Uso Prudente de los Antibióticos de 2018 para publicar los resultados de dos encuestas sobre la prevalencia de infecciones relacionadas con la asistencia sanitaria y el uso de antimicrobianos en casi una treintena de países del Espacio Económico Europeo (EEE). La institución contó con la participación de 1.275 hospitales y 310.075 pacientes.

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Resistencia muy inconveniente

Queda claro que los antibióticos que se emplean para atajar infecciones y como parte de la profilaxis quirúrgica salvan vidas. Sin embargo, el ECDC pone de manifiesto que algunos usos podrían ser innecesarios. En otros casos, la selección, la dosis, la vía de administración y la duración del tratamiento podrían ser inapropiadas. Todo ello contribuye a la aparición y la propagación de la resistencia antimicrobiana. “Esta situación dificulta el tratamiento, ya que obliga a la utilización de más antibióticos y de más amplio espectro que en otras enfermedades si queremos proporcionar, desde el principio, un abordaje adecuado para pacientes en estado grave. Esto nos hipoteca para el futuro, porque alimenta la resistencia antibiótica. Es un círculo vicioso en el que la tasa de resistencia a los antimicrobianos es como una prima de riesgo antibiótica. Cuanto más alta, más cara es tu hipoteca y más difícil es encontrar una solución”, explica José Ramón Paño Pardo, presidente del Grupo de Estudio de Infecciones Relacionadas con la Asistencia Sanitaria, de la Sociedad Española de Enfermedades Infecciosas y Microbiología Clínica (SEIMC). Ahí están, por ejemplo, las enterobacterias inmunes a medicamentos a base de carbapenemas. También conocidas como bacterias pesadilla, muestran una destreza portentosa para dispersarse, compartir sus poderosos genes con otros gérmenes y enfrentarse a los antibióticos más potentes. O la Staphylococcus aureus resistente a la meticilina (SARM), que ha dejado de responder a los antibióticos más comunes y que salta de persona a persona por contacto directo. En este caso, el arma preventiva más eficaz es lavarse bien las manos.


También causa estragos la Clostridium difficile, fiel a su nombre, complicada de diagnosticar y causante de una diarrea mortal. Sin embargo, aunque ambas problemáticas –infecciones relacionadas con la asistencia sanitaria y resistencia antimicrobiana– se solapan, no son sinónimas. Las primeras, a menudo, se deben a bacterias resistentes a los antibióticos, pero no siempre. Tampoco se deben necesariamente a una mala praxis. Los pacientes ingresados normalmente tienen el sistema inmune comprometido, deben someterse a procedimientos invasivos –sondas, catéteres, intubaciones, endoscopias…–, y, en ocasiones, sus estancias pueden verse prolongadas debido a la gravedad de su situación. Los más expuestos a las infecciones nosocomiales son los más débiles: neonatos, trasplantados y personas en unidades de quemados, cuidados intensivos, geriatría o que reciben quimioterapia. Hay que decir que el personal sanitario tampoco se libra de su amenaza.

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Invasión a lo grande

Asimismo, el entorno puede favorecer la transmisión de microorganismos por vía ambiental o contacto físico. Pensemos que un paciente libera 37 millones de microbios a la hora y que su microbioma es capaz de adueñarse del espacio inmediato en unas veinticuatro horas. O que las batas del personal sanitario y las manos de cualquiera son portadoras de gérmenes. Dicho esto, más de la mitad de ciertas infecciones relacionadas con la asistencia sanitaria son prevenibles, según el ECDC. En opinión de Ariana Longley, directora ejecutiva de la Fundación Movimiento para la Seguridad de los Pacientes, resulta “razonable pedir a todos los hospitales que implementen procesos basados en la evidencia y que contribuyan a prevenir la propagación de estas infecciones comunes y costosas”. En este sentido, Longley recuerda que está demostrado que “la higiene adecuada de las manos es el medio más importante, más sencillo y menos oneroso para reducir la prevalencia de este tipo de contagios y, en conjunto, reducir la propagación de la resistencia antimicrobiana”.

Mientras, las consecuencias emocionales, económicas y médicas de las infecciones nosocomiales pueden llegar a ser devastadoras. Solamente en Europa, causan más muertes que cualquier otra enfermedad infecciosa. A finales de 2017, la Unión Europea lanzaba la primera Acción Conjunta Europea sobre Resistencia a los Antimicrobianos (EU-JAMRAI) para fomentar las sinergias entre los Estados miembros en la lucha contra esta amenaza y garantizar la aplicación de políticas de control en sintonía con el enfoque One Health –Salud Única–, otras iniciativas europeas y las directrices de la OMS.

 


Unidos contra el enemigo

Por su parte, el Gobierno estadounidense también cuenta con un plan de acción nacional destinado a prevenir las infecciones asociadas a la atención médica, con una ambiciosa Hoja de ruta hacia la eliminación. “Se trata de una batalla que se puede ganar”, según la CDC. Para esta agencia norteamericana, el verdadero reto estriba en desarrollar una “nueva normalidad”, en la que estas infecciones se consideren sucesos inaceptables e insólitos en la asistencia sanitaria. En España, los índices permanecen estables desde hace tiempo. “Es cierto que no se ha observado un aumento, aunque estamos estancados en unos niveles que están por encima de los que tienen muchos países europeos, lo que nos debe hacer reflexionar sobre la importancia de mejorar en este aspecto”, aclara José Luis del Pozo, secretario del Grupo de Estudio de Infecciones relacionadas con la Asistencia Sanitaria, de la SEIMC.

Para progresar, “en primer lugar, es necesario poder medir con más precisión la frecuencia de estos casos, lo que pasa por disponer de sistemas de vigilancia robustos y fiables. Ello precisa de profesionales entrenados y de unos sistemas de información acordes con las posibilidades tecnológicas actuales”, apunta el experto. Del Pozo también aboga por implicar a todos los médicos en esta tarea, “ya que la prevención debe ser una competencia básica de todos nosotros”. Por lo pronto, desde 1990, nuestro país lleva a cabo el Estudio de Prevalencia de las Infecciones Nosocomiales en España. Se le suman actuaciones específicas, como la Estrategia de Seguridad del Paciente del Sistema Nacional de Salud, el Plan Nacional frente a la Resistencia a los Antibióticos y sus Programas de Optimización de Antimicrobianos, junto con iniciativas como Infección Quirúrgica Zero e Infección Urinaria Zero. Pese a los esfuerzos, no hay un solo país o institución que, a fecha de hoy, pueda afirmar que ha resuelto el problema endémico de las infecciones relacionadas con la asistencia sanitaria.