Carbón activado: ¿el último timo detox?

Es cierto que sirve para purificar el agua, el aire o, incluso, limpiar nuestro organismo de ciertos medicamentos. Sin embargo, la moda de eliminar toxinas a toda costa le atribuye propiedades milagrosas que distan mucho de la realidad.

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Gwyneth Paltrow nos ha legado interpretaciones legendarias y, también, una moda disparatada: el consumo de zumos con carbón activado como detoxificante. Desde que, en 2014, esta actriz y cantante habló en su blog de los supuestos efectos depurativos de esta sustancia, los zumos negros se han popularizado en Estados Unidos y su fama se ha extendiendo por el mundo. Entre los muchos efectos que se le atribuyen a este nuevo producto milagro está el de eliminar las sustancias tóxicas del organismo, sortear los gases y la hinchazón estomacal y prevenir el envejecimiento.

En España se venden desde septiembre en algunos supermercados, en monodosis de 60 mililitros a 1,30 euros –22 euros el litro–, seis veces más caros que un zumo de naranja recién exprimido. Con todo, lo peor no es el precio, sino el mito en el que se sustenta: la idea de que el organismo necesita agentes externos para depurarse.


Así, la medicina pone en cuestión la detoxificación como concepto vinculado a la salud. “¿Qué productos tóxicos se pretende que neutralice el carbón activado en el organismo? No tiene mucho sentido, porque partir de esa noción presupone que una persona se está intoxicando de forma crónica y precisa ingerir alguna sustancia que tenga el efecto contrario”, explica Ángel Nieto, internista del Hospital Clínico San Carlos de Madrid.


Los zumos negros que se han comercializado en España llevan un 50,9 % de jugo de manzana, un 40 % de agua de coco y un 9 % de jugo de lima. El 0,1 % restante es carbón activado en polvo. Para vender sus pretendidos efectos détox, la publicidad recomienda tomar un bote todos los días, y así “disfrutar al máximo de todos sus beneficios”. Pero ¿es tan saludable como se predica?

 


La ceniza estrella

Esta sustancia se obtiene calentando cáscaras de coco hasta carbonizarlas. La ceniza se procesa con agua o vapor a altas temperaturas para obtener una estructura porosa. Su propiedad más llamativa es su gran capacidad de adsorción, proceso por el que un sólido atrae y retiene en su superficie gases, líquidos o sólidos disueltos de un cuerpo diferente. Las industrias química, farmacéutica y alimentaria, entre otras, se han beneficiado de esa característica para garantizar que los productos destinados al consumo salgan al mercado sin ningún contaminante. Asimismo, la porosidad del carbón activado se utiliza para el filtrado del agua y en la fabricación de aparatos de climatización.

En medicina, es un producto estrella, pues gracias a él se han salvado cientos de miles de vidas. En urgencias, el doctor Nieto lo usa casi a diario. “Se emplea en las intoxicaciones medicamentosas, ya que capta el fármaco e impide su absorción por el tubo digestivo. Funciona bien con la mayoría de los medicamentos, excepto con algunos minerales, como el hierro y el litio, y en las intoxicaciones por hidrocarburos”, afirma.

 

 

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Esa capacidad se debe a la estructura de malla que posee y a un elemento imprescindible en situaciones de riesgo vital: permite usar una dosis extraordinaria. “En una persona de 60 kilos, se emplean en torno a 50 gramos, dos botes enteros de carbón activado puro. Si no se administra esa cantidad, no tiene ningún valor como absorbente”, añade el doctor Nieto.


Si los médicos emplean desde hace décadas esta sustancia como desintoxicante, ¿por qué no incorporarla en dosis mucho menores a la alimentación con fines depurativos? Su salto a la dieta responde a una lógica muy simple y, al mismo tiempo, convincente.


Como explica Elena Pérez Montero, nutricionista del Hospital Quirónsalud de Madrid, “se trata de extender una característica propia de un ámbito determinado y en dosis precisas al resto, sin plantearse nada más. Como el carbón activado adsorbe y limpia, muchas personas piensan que seguramente les va a ayudar, por ejemplo, a que su cuerpo no capte las grasas o los hidratos de carbono y, por tanto, a adelgazar”.


Hasta en la pizza

Con idea de usarlo como adelgazante o por sus supuestos efectos depurativos, en ámbitos naturistas ya se emplea en la elaboración de pan, pizzas, magdalenas, como añadido a cócteles verdes o, incluso, en asados. El resultado sería un superalimento, nutritivo y depurativo al mismo tiempo. Sin embargo, la respuesta de los especialistas a esta moda es contundente. Los remedios détox no aportan nada al organismo y, en algunos casos, pueden suponer un riesgo para la salud. Más allá de lo exótico que resulta ver y comer un helado de color negro o un pan con la misma tonalidad, no tiene ninguna base nutricional utilizar el carbón activado como ingrediente.

Salvo en casos de intoxicación aguda por vía digestiva, una emergencia que obliga a intervenir de inmediato, el organismo tiene recursos propios para eliminar las toxinas. Como apunta Pérez Montero, “fundamentalmente, el órgano que se encarga de la depuración es el hígado, que tiene una capacidad de regeneración muy grande. Si le añadimos elementos externos, aunque la intención sea ayudarlo, le estamos dando más trabajo, con lo que se consigue el efecto contrario al buscado”. Por esta razón, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA, por sus siglas en inglés) prohíbe que la etiqueta de ningún producto comercializado como détox insinúe que depura o purifica el organismo, a pesar de la insistencia de las compañías que los producen para que modifique su posición.

 

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Antes de cristo


Nos encontramos ante un ejemplo de la difusión instantánea que tienen hoy las modas. A una sustancia se le atribuye una propiedad sin disponer de aval científico alguno –en este caso, sobre su efecto depurativo– y, en unos meses, está de boca en boca. En este caso, ha contado con la ayuda de grandes superficies de alimentación, la puerta de entrada a millones de hogares. Sin embargo, que la vía de comercialización sea, en principio, fiable no es ninguna garantía de la eficacia de un producto.


Los especialistas recomiendan estar alerta y analizar con sentido crítico las novedades que prometen ser de lo más saludables. Suelen presentar cinco características que las delatan. La primera es que dicen aportar beneficios en todo el organismo. El carbón activado se emplea, además de como depurativo, para limpiar la piel, blanquear los dientes, regular el colesterol o como adelgazante. En segundo lugar, son productos y terapias que encuentran en la etiqueta natural un formidable argumento de venta, como si por el hecho de proceder de la naturaleza fuera bueno tomarlas.


Por otra parte, tienen de su lado a famosos que actúan como promotores para ganarse la confianza de millones de consumidores. En cuarto lugar, se da por supuesto que su origen antiguo o el uso tradicional acredita sus efectos saludables. En el caso del carbón activado, los fabricantes aseguran que ya se usaba 1.500 años antes de Cristo. El quinto rasgo puede servir de brújula antifraude para cualquiera: suelen ser productos caros, catalogados como compuestos con propiedades extraordinarias.

Ante este panorama, los especialistas consultados por MUY critican especialmente la exaltación de sus orígenes ancestrales. Las culturas a las que aluden carecían de los conocimientos científicos que poseemos ahora y, por tanto, los argumentos que usaban, como la necesidad de depurar el cuerpo, correspondían a un pensamiento mágico y hoy no tienen sentido. Como ocurre con los movimientos antivacunas, en la época de mayor avance de la ciencia médica triunfa la pseudociencia. Y lo llamativo es que lo hace entre personas de alto nivel cultural.

“Es un concepto de la medicina un tanto exótico, que cada vez tiene más seguidores y menos valor. No hay ningún estudio controlado que haya demostrado que tomar batidos de brécol o carbón activado es mejor que no hacer nada”, apunta el doctor Nieto.

 

 

Sobrecargar el hígado

En su experiencia en Sudamérica, Pérez Montero comprobó cómo subsiste todavía en muchas personas la creencia en los cuatro humores del cuerpo. Adoptada por los médicos de Grecia y Roma, se aplicó hasta mediados del siglo XIX; defendía que el organismo está compuesto por cuatro elementos –sangre, flema, bilis y bilis negra– y que las enfermedades surgen cuando falta o sobra alguno de ellos. Dicha hipótesis asegura también que, a través de la dieta, puede restablecerse el equilibrio de estos componentes.

“Muchas veces, me venían pacientes que me decían: ‘¿Qué me manda para purificar el hígado?’. ‘¿Qué le pasa a tu hígado?’, les contestaba. Persiste la idea de que hay que drenar, purificar el organismo con algo, y eso se asocia con determinados órganos”, recuerda la nutricionista.


Esta teoría, más o menos adaptada, subsiste en el uso de algunos productos, como pasa con el carbón activado. Tiene como diana el hígado, aunque, según sus defensores, sus incontables beneficios alcanzan a todos los sistemas del organismo. En cambio, no se informa de los potenciales efectos adversos si se emplea de forma continuada en la dieta.


Hay que tener en cuenta que no discrimina qué esta adsorbiendo y, además de atrapar los venenos, también capta nutrientes imprescindibles para el cuerpo. “Es un elemento ajeno a la digestión y puede retener, por ejemplo, vitaminas liposolubles, lo que da lugar a su carencia en el organismo”, explica Pérez Montero. Se ha apuntado asimismo que podría ocasionar deshidratación, pero la nutricionista lo considera poco probable: “Sería raro, porque las cantidades que se ingieren en un zumo son muy pequeñas, y, además, una de las características del carbón activado es que su capacidad de actuación es mayor en sustancias sólidas que en líquidas”.


Sí está contrastado que interfiere en el mecanismo de acción de algunos medicamentos, uno de sus principales riesgos, porque se trata de fármacos habituales en el tratamiento de dolencias crónicas como la diabetes, la depresión y el hipotiroidismo.

 

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Dudoso remedio intestinal

En el caso de los zumos negros con una proporción mínima de esta sustancia, ningún especialista cree que su ingesta ocasional pueda lesionar la salud, aunque los preparados caseros con mayores cantidades pueden pasar factura a largo plazo. Las secuelas variarán mucho de unas personas a otras.


“La motilidad intestinal –el tránsito por este órgano– cambia mucho según los individuos, y unos lo eliminan más rápido que otros. Ocurre igual que con el café: a unas personas no les altera nada el sueño y a otras les desvela tomar uno después de comer”, dice Pérez Montero. Esta peculiaridad es la responsable también de que los compuestos con concentraciones muy bajas de este principio activo que se venden en la farmacia tengan resultados tan dispares: “No hay ningún estudio concluyente donde se vea que realmente funciona contra la diarrea o los gases; hay personas que dicen que les resulta eficaz y otras a las que no les da resultado”, observa.


Mientras, en las tiendas naturistas el carbón activado puede comprarse en polvo –el bote de 75 gramos cuesta unos 25 euros– y en cápsulas, muy utilizadas para lavarse los dientes. El método conecta con las más antiguas tradiciones. En Grecia, Roma y en otras civilizaciones, se usaban en la higiene dental una variedad de sustancias abrasivas que iban desde polvo de cenizas de pezuña de buey o de piedra pómez a cáscaras de huevo quemadas, carbón en polvo o sal y pan quemado. Entonces no conocían el daño que estos elementos pueden ocasionar en el esmalte de los dientes. Tampoco se sabía que el pH de la saliva tiene que ser de 7,4 –en una escala de cero a doce–, ni que al alimentarnos la acidez varía y debe restablecerse con el cepillado con productos adecuados después de cada comida.


En el último siglo, se ha descubierto el valor de los dentífricos con flúor. Considerados uno de los grandes inventos de la medicina, los fluoruros, en pastas dentales o incorporados al agua potable, han contribuido tanto a la esperanza de vida como las vacunas o los antibióticos, según los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos. La medicina da pasos de gigante, y ese avance convive, cada vez más, con costumbres que hacen oídos sordos a sus dictados.