Así nos machaca el estrés

Cerebro, corazón, sistema inmune, estado de ánimo... Cuando nuestra existencia se ahoga en un continuo agobio, el cuerpo sufre y reacciona desarrollando dolencias que nos amargan la vida... o acaban con ella.

Suena el despertador y pegas un bote en la cama. Te calzas los zapatos a la vez que te cepillas los dientes con la mano derecha y te peinas con la izquierda. Te sentaría bien un café, pero miras el reloj y decides que ya tomarás algo en la oficina. Las llaves, el teléfono, la cartera, el lápiz USB con la presentación de hoy, la lista de la compra... ¿Lo llevas todo? ¡Uy, no! Casi olvidas la bolsa del gimnasio, que toca tonificar un poco los músculos en el hueco que te queda entre el almuerzo y la primera reunión de la tarde. Cuando llegas a la puerta, sueña el teléfono. Es tu jefe... ¡Corre! Si todos tus días son así, te has convertido en un blanco fácil para el alzhéimer, las cardiopatías, el cáncer, la diabetes, el asma, la depresión y los resfriados, por citar unos cuantos males. Todo porque el peor de tus enemigos está dentro. Nos referimos al estrés, claro, que te repite una y otra vez el mismo mensaje: hay mucho que hacer y poco tiempo. Lo realmente grave es que, mientras está en marcha, el estrés mantiene permanentemente pulsado el botón de los procesos inflamatorios. En principio, la inflamación es la primera respuesta protectora de tu cuerpo ante un ataque. Las células secretan citoquinas, que aumentan el flujo de sangre a la zona afectada y alertan al resto del cuerpo de que hay que ponerse a punto para librar una batalla.

 

El aporte extra de sangre hace que la temperatura suba. La zona se hincha porque los vasos se hacen más permeables y los leucocitos, también llamados glóbulos blancos, salen a mansalva.

 

No están dispuestos a permitir que el enemigo se cuele. El proceso inflamatorio se acompaña de algo de dolor, pero si el sistema inmune vence, habrá valido la pena. Cuando el peligro pasa, los síntomas remiten y todo vuelve a la normalidad.

 

Las dificultades surgen cuando la sensación de amenaza se vuelve constante y no hay ni un solo respiro. Un organismo estresado de forma crónica vive esperando que algo malo suceda. Y se prepara secretando a todas horas noradrenalina y cortisol, que ponen en marcha una cadena de

procesos similares a los propios de una infección. Las defensas se movilizan, el corazón late más rápido, la sangre se redistribuye, la digestión y la reproducción se frenan, cambian las prioridades. sin bajar la guardia. El objetivo es loable: anticiparse por si llega el peligro. Pero lo cierto es que se trata de una falsa –y permanente– alarma.

 

 

 

Tan extendida en el tiempo que, al final, socava la salud y se vuelve en nuestra contra. La inflamación interminable, veinticuatro horas al día, siete días a la semana, nos lleva dócilmente a la antesala de los principales problemas de salud del siglo XXI. Y, encima, ralentiza la cicatrización de las heridas, que tardan casi el doble en curarse cuando sufrimos estrés.

 

Para colmo, suele acabar pasando lo que en el cuento infantil de Pedro y el lobo. Cuando de verdad algo nos ataca, las defensas están demasiado agotadas para responder como es debido.

 

Según un reciente estudio de la Universidad Carnegie Mellon (EE. UU.), el estrés crónico hace que nuestras células inmunes se vuelvan algo sordas y reaccionen poco o nada a las señales del cortisol, que suele regular la respuesta ante el ataque de un virus. Eso implica que sucumbir a un resfriado es más fácil si vivimos bajo presión.

 

Por paradójico que nos parezca, una vez que el virus nos ha invadido, la cantidad de mensajeros químicos –citoquinas– relacionados con la inflamación que produce el cuerpo es desproporcionadamente mayor que en quienes llevan una vida sosegada.

 

Células a la defensiva

 

Lo malo es que el estrés cala bien hondo. Cuando se hace permanente, se cuela hasta las mismísimas entrañas de las células defensoras y altera la expresión de miles de genes. El mayor destrozo afecta a la médula ósea, donde a diario se fabrican millones de hematíes y una ingente cantidad de glóbulos blancos. Resulta que, cuando vivimos agobiados, estas células llegan al mundo más predispuestas a la inflamación de lo que se considera saludable. Antes de precipitarse al torrente sanguíneo y tomar contacto con lo que hay ahí afuera, ya se ponen a la defensiva. Su exceso de excitación les resta eficacia a la hora de defendernos. Mientras, esta situación hace que el corazón sufra a base de bien. Según se podía leer en The Lancet, las células inmunes no solo están a la que salta, sino que también son más numerosas –hasta cuatro veces más– cuando nos estresamos. Eso hace que la inflamación de los vasos sanguíneos se dispare. Terreno abonado para infartos, ataques cardiacos y problemas coronarios.

 

Peor parado aún sale el cerebro, que se hincha enseguida ante la presión. Resulta que los macrófagos atacan la sesera, la inflaman y se frena el crecimiento de nuevas neuronas, según afirma The Journal of Neuroscience. A largo plazo, el más afectado es el hipocampo, una estructura en forma de caballito de mar, clave en la gestión de las emociones y la memoria. De ahí que la falta de retentiva y la depresión sean dos consecuencias habituales del estrés como forma de vida.

 

Así no hay quien piense

 

Por si fuera poco, se ha comprobado que reduce la proporción de materia pensante o sustancia gris. Es decir, mengua el volumen del los cuerpos de las neuronas, responsable de funciones superiores, como pensar, hacer cálculos o tomar decisiones. Normalmente, la sustancia gris representa la mitad del cerebro. La otra mitad es materia blanca, el cableado que comunica unas células con otras. Pero el equilibrio se descompensa cuando nos estresamos. El número de células madre cerebrales que maduran y llegan a buen puerto también disminuye en estos casos. Como consecuencia, nos volvemos unos zoquetes a la hora de adquirir nuevos conocimientos. Además de que la ansiedad, la depresión y otros problemas mentales se extienden como una mancha de aceite. Tan malo es vivir bajo presión como darle vueltas al pasado. Sobre todo, porque basta recordar un incidente estresante para que los niveles de proteína C reactiva se eleven. Otra prueba más de la conexión entre los pensamientos y la fisiología que sacaron a la luz hace poco Peggy Zoccola y sus colegas de la Universidad de Ohio (EE. UU.). La proteína C reactiva se produce en el hígado en respuesta a la inflamación. Y cuanto más cantidad de esta molécula corre por nuestras venas, mayor es la probabilidad de padecer problemas cardiovasculares o depresión.

 

El más temido enemigo

 

Las únicas que están en su salsa cuando el cuerpo se inflama son las células cancerosas. De demostrarlo se ha encargado Pere Gascón, un prestigioso oncólogo que, tras cosechar éxitos en Estados Unidos durante décadas, se vino a España para ponerse al frente del Servicio de Oncología del Hospital Clinic de Barcelona.

 

Hace quince años, le empezó a interesar la conexión entre estrés crónico, inflamación y tumores. “Decidí centrar toda mi atención en identificar receptores de neurotransmisores y de neuropéptidos en la membrana de células cancerosas”, explica a MUY el investigador, que ahora es director médico de la Clínica Omega Zeta de la ciudad condal. Su apuesta tenía sentido: el cuerpo humano es bastante austero, no derrocha recursos, por lo que, si encontraba estos receptores en las membranas de las células malignas implicaba que el sistema nervioso les enviaba señales.

 

“Imagínate que llegas a un pueblo y ves antenas de televisión por todas partes: es obvio que, si están allí, es porque se reciben ondas televisivas. Los receptores serían las antenas y las ondas serían los factores producidos por el tejido nervioso”, aclara. Gascón dio en el clavo. Encontró los receptores que había vaticinado, primero en las células del cáncer de mama y luego, en tumores de colon, pulmón, cerebro, próstata y sangre.

 

La cosa no se quedó ahí. En experimentos posteriores, pudo comprobar también que si se somete a estrés a un ratón con cáncer, se observa lo que él describe como un claro “aumento del crecimiento y la agresividad de los tumores, y muerte más precoz que en roedores sin estrés”.

 

Además de que se ha demostrado una gran disminución de tumores, si las cobayas reciben tratamientos antiinflamatorios. “Se cerraba el círculo: estrés crónico, liberación de sustancias infl amatorias y de neurotransmisores/neuropéptidos y progresión tumoral”, concluye el científico.

 

Vejez acelerada

 

Por si fuera poco, vivir permanentemente acelerados acorta los telómeros, es decir, los extremos de los cromosomas de las células. Son pedazos de ADN que no contienen información, pero juegan un papel vital porque actúan a modo de capuchones protectores del resto del material genético. Si se acortan muy rápido, llevan al cuerpo a un envejecimiento prematuro, favorecen el cáncer y nos vuelven más sensibles al dolor. Al medirlos, se puede saber la edad biológica, más importante desde el punto de vista médico que la cronológica. Porque, a nivel celular, el estrés pesa bastante más que los años.

 

La prisa es lo que nos lleva a la muerte”, decía Ramón Gómez de la Serna. Y llevaba razón. Porque, no nos engañemos, vivir corriendo no es vivir. Es acelerar nuestro propio final.

 

¿Se puede medir el estrés?

 

El estrés no es malo: “los malos somos nosotros gestionándolo en ciertas circunstancias”, dice Bruce McEwen, experto en las consecuencias fisiológicas de vivir bajo presión. Este neuroendocrinólogo descubrió, en , que el cerebro tenía receptores para las hormonas del estrés.

 

Comprobamos que la memoria, la salud mental y el envejecimiento cerebral se ven afectados por las experiencias estresantes crónicas”, nos cuenta. Aunque no existe un estresómetro, es fácil saber de qué calaña es el agobio que padecemos. “Hablamos de estrés tolerable cuando sucede algo malo, como perder el trabajo o a un ser querido, pero disponemos los recursos personales y el apoyo suficiente para capear el temporal”, explica McEwen. A nivel bioquímico, el cortisol y la adrenalina nos ayudan a superar el golpe y, cuando terminan su labor, desaparecen.

 

El peligroso es el estrés tóxico, que surge ante situaciones duraderas que nos sobrepasan. Los embotellamientos de tráfico diarios, las relaciones conflictivas en casa o en la oficina acaban por agotar a los sistemas que debían defendernos y la salud se resiente.

 

¿Qué le hace el estrés a tu casquete pensante?

 

¡Alerta! La amígdala, el centro del miedo, se activa y envía al hipotálamo señales de que hay una situación amenazante. Además, ordena la producción de más glóbulos blancos, que infl aman las arterias y elevan el riesgo de cardiopatías. Y sus neuronas aumentan de tamaño, lo que da pie a más ansiedad.

 

Peor memoria. El sistema inmune hiperestimulado ataca a las neuronas del hipocampo, que deja de producir nuevas células. Esta zona se achica. Y nos falla la memoria. Se pierde la cabeza. El aumento de cortisol incrementa de forma considerable el riesgo de padecer alzhéimer y otros tipos de demencia.

 

Menos neuronas. Disminuye el número de células madre que maduran para convertirse en neuronas.

 

Más adicciones. El exceso de estrés activa los receptores de opiáceos de la región ventral tegmental, que regulan las adicciones. Sucumbir a los atractivos de la cocaína, el alcohol o la marihuana se vuelve mucho más fácil.

 

Acelerón. El hipotálamo activa la respuesta del sistema nervioso autónomo, que controla actos involuntarios como la respiración, la presión arterial y el latido cardíaco. Se activa la respuesta de lucha o huida. Los músculos se tensan, el corazón se acelera y la presión arterial sube por las nubes.

 

Sin descanso. El hipotálamo ordena secretar a raudales la hormona del estrés, el cortisol, para mantener el estado de alarma a largo plazo.

 

Inquietud total. Caen los niveles de anandamida, la marihuana natural del cerebro, que nos ayuda a relajarnos, y la ansiedad crece. También se pierden conexiones neuronales en la corteza prefrontal, la ínsula y la corteza cingulada anterior, así que disminuye el autocontrol.

 

Bajón. Se reducen los niveles de serotonina, la llamada hormona de la felicidad. Y eso nos convierte en víctimas en potencia de la depresión.

 

Menos inteligentes. A largo plazo, se reduce la materia gris del cerebro, responsable de funciones superiores, como pensar, operar o tomar decisiones.