Aprende a respirar bien

Cuando la respiración es un problema, surgen enfermedades cada vez más extendidas, como el asma. La buena noticia es que oxigenarse bien puede ayudarnos a mejorar la salud cardiovascular e incluso el estado de ánimo.

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Cuenta la leyenda que Ondina, ninfa de la mitología germánica, renunció por amor a su belleza perpetua. Se casó con un caballero, sir Lawrence, que le hizo la siguiente promesa: “Que cada aliento que dé mientras estoy despierto sea mi compromiso de amor y fidelidad hacia ti”. Con el tiempo, el interés de sir Lawrence desapareció. Cuando, un día, Ondina lo descubrió en brazos de otra mujer, le lanzó esta maldición: “Mientras te mantengas despierto podrás respirar, pero si alguna vez llegas a dormirte, morirás”. El caballero, claro, acabó durmiéndose y murió. Todos respiramos, tanto despiertos como dormidos. Se trata de un reflejo innato, automático. La idea de que alguien sea incapaz de seguir respirando en sueños, al igual que el pobre sir Lawrence, se nos hace remota, pura pesadilla. Pero hay una enfermedad que consiste precisamente en eso: aunque se la conoce como el síndrome de Ondina, su nombre técnico es síndrome de hipoventilación central congénita (SHCC). Se trata de un trastorno respiratorio muy poco frecuente, pero incurable, debido a un fallo en los sensores cerebrales que se activan cuando nuestro nivel de oxígeno en sangre es bajo. Gracias a estos chivatos, ninguno de nosotros nos preocupamos por recordar que tenemos que respirar. “En principio, no deberíamos ni enterarnos de que respiramos. Cuando empezamos a ser conscientes de ello, es porque pasa algo”, explica el neumólogo Eusebi Chiner, director de SeparPacientes de la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica.

 


Boca nada de vida

Hay diversas situaciones, no obstante, en las que la respiración se hace consciente, en las que tenemos hambre de aire. Sucede, por ejemplo, cuando disminuye la concentración de oxígeno. En nuestro entorno, el aire tiene alrededor de un 20 % de oxígeno y un 80 % de nitrógeno. Pero estas cantidades fluctúan en función de la altura y de la presión barométrica. A partir de los 1.500 metros de altitud, empezaremos a notar los efectos, y si nos vamos al altiplano, sentiremos el llamado mal de altura. La escasez de O2 en sangre podría llevarnos incluso al desvanecimiento. Algo similar nos ocurre cuando respiramos un aire enrarecido, en el que hay mucha concentración de sustancias tóxicas –emisiones de humo, ambientes con mucha polución…–. Se desatan también epidemias sorprendentes, como la ocurrida en 1983 en la ciudad de Barcelona, donde decenas de personas acudieron a los servicios de urgencia de distintos hospitales aquejados de un repentino ataque de asma. Este tipo de epidemias súbitas y pasajeras se siguieron produciendo esporádicamente en los años siguientes. Llegaron a afectar a miles de individuos y provocaron una decena de muertes. ¿Qué estaba sucediendo?

Una investigación exhaustiva descubrió que lo que provocaba esos graves ataques de asma era el polvo de soja emanado de los barcos que se descargaban en el puerto de Barcelona. Aquello fue un hecho puntual, con una causa precisa. Pero, habitualmente, cuando nuestra respiración se hace consciente, es porque tenemos algún problema de salud. Los pacientes con afecciones pulmonares pierden capacidad respiratoria y necesitan compensarla de alguna manera; por ejemplo, acelerando la frecuencia con que inspiran y espiran. “Esto puede provocar fatiga en los músculos respiratorios, lo que, a su vez, puede contribuir a esa sensación de falta de aire —explica el doctor Chiner. Y puntualiza—: Les ocurre a quienes sufren enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC), muy ligada al tabaquismo”.

 

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Un mal asfixiante


La EPOC es un trastorno respiratorio progresivo y potencialmente mortal que se caracteriza porque provoca obstrucción del flujo aéreo y dificultad para vaciar el aire de los pulmones. No es una dolencia infrecuente: nada menos que 2,7 millones de españoles la sufren –un 10,2 % de la población, indica el estudio EPI-SCAN–. Y se estima que esta cifra es solo la punta del iceberg, pues, según estimaciones epidemiológicas, el 73 % de estos pacientes no están diagnosticados. La otra gran afección en la que la respiración se convierte en un problema es el asma. No ya esos episodios puntuales de la Ciudad Condal, sino la silenciosa epidemia que es hoy. Según un estudio publicado en The Lancet Respiratory Medicine, es el mal respiratorio crónico más prevalente en todo el mundo, con el doble de casos que la EPOC en 2015. A medida que van pasando los años, sufrimos un proceso natural de pérdida de la función pulmonar. “En ausencia de enfermedades o de tabaquismo, es una pérdida proporcionada. Los pulmones están bien preparados para ejercer su función durante muchos años. Solemos perder entre 15 cm3 y 20 cm3 al año. Con este nivel de pérdida, cuando lleguemos a los setenta años no sufriremos insuficiencia, porque tendremos reserva”, explica el doctor Chiner.


Otra cuestión es la que se conoce como pérdida acelerada de la función pulmonar, que se produce por factores como el tabaco y la polución, o por alguna dolencia respiratoria. “Los pacientes de EPOC empiezan a notar los síntomas de fatiga en torno a los cincuenta o sesenta años, cuando suelen hacerse presentes las secuelas de haber fumado durante mucho tiempo”, indica el doctor Chiner. Es en la juventud cuando nuestros pulmones alcanzan su pico máximo de desarrollo. Al nacer, no se han terminado de formar, y siguen haciéndolo durante la infancia y la adolescencia. Pero se ha visto que entre un 4 % y un 13 % de la población general nunca llega a alcanzar un pico normal de desarrollo de la función pulmonar en la etapa adulta.


Lo apunta el doctor Àlvar Agustí, director del Instituto Respiratorio del Hospital Clínic de Barcelona y miembro de honor de SEPAR, en un artículo publicado en e Lancet: “Estas personas, en torno a una década antes de lo habitual, tienen una mayor prevalencia e incidencia de desórdenes respiratorios, cardiovasculares y metabólicos, y mueren antes”. Y es que, por más que tendamos a pensar exclusivamente en los pulmones, no podemos dejar de recordar que también otros órganos y sistemas se ven afectados cuando falla la respiración. De hecho, muchos de los pacientes que sufren EPOC presentan un riesgo de muerte y discapacidad más elevado como consecuencia del desarrollo de enfermedades cardiovasculares concomitantes.

En este sentido, el doctor Bartolomé Celli, profesor de Medicina en la Universidad de Harvard (EE. UU.), señala que “todo paciente con EPOC debe ser evaluado en su dimensión cardiaca y recordar que el tratamiento puede redundar en mejoría de la función del corazón y sus consecuencias. Varios estudios poblacionales han demostrado que la causa más frecuente de muerte en pacientes con EPOC es la cardiovascular”.

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Pero no veamos solo lo negativo. Puesto que la respiración y el ritmo cardiaco están íntimamente relacionados entre sí, podemos utilizar la primera para mejorar el funcionamiento del corazón. Sabemos que el estrés provoca aceleración de la respiración, aumento de la frecuencia cardiaca y tensión muscular. Todo ello afecta negativamente a la evolución de enfermedades como la hipertensión y la arteriosclerosis. Pues bien, un nuevo método, desarrollado por el Instituto HeartMath de California y bautizado como respiración por coherencia cardiaca, permite “controlar las aceleraciones y desaceleraciones del corazón”, según nos indican en la Fundación del Corazón. Consiste en inspirar y espirar de forma voluntaria lentamente para aumentar la amplitud de la frecuencia cardiaca. Gracias a esa sincronización entre la respiración y el ritmo del corazón, se consigue entrar en lo que se llama coherencia cardiaca, que induce un estado de relajación y bienestar. Y esto nos lleva a mirar más allá del ámbito neumológico y adentrarnos en todas sus implicaciones psicológicas. Se trata, ahora, de tomar el control de la respiración para, mediante su modulación, gobernar nuestros estados de ánimo.

La idea es que las emociones negativas pueden provocar cambios en cómo tomamos y expulsamos aire, pero también se puede dar la situación inversa. Tal y como expone el profesor Martin P. Paulus, de la Universidad de California en San Diego (EE. UU.), en un artículo publicado en la revista Depression and Anxiety, “evaluar la respiración puede ser un marcador fisiológico útil del nivel de ansiedad, aunque también puede servir como una herramienta experimental para influir en los niveles de ansiedad”. Es una cuestión de retroalimentación: si al respirar hondo y con calma le decimos a nuestro cerebro que todo está bien, se lo creerá y podremos hacer que rebaje el pico de estrés. Pero ¿por qué nos relaja inspirar y espirar en profundidad? Un estudio liderado por la Universidad de Stanford (EE. UU.) y publicado en Science señala que la causa puede estar en un grupo de 350 neuronas que se encuentran en el tronco del encéfalo. Estas envían señales al locus cerúleo, un área involucrada en la respuesta del cuerpo al estrés y el pánico, así como en el tránsito del sueño a la vigilia. Cuanto más rápida sea nuestra respiración, más activas están estas neuronas. Del mismo modo, respirar de forma pausada serviría para apagar esta activación. El estudio se ha realizado en ratones y, si se confirma en humanos, podría tener aplicaciones clínicas, como sería el caso de los trastornos de pánico o de ansiedad desencadenados por hiperventilación.

 

Echa mano de la pranayama

Los autores del trabajo también vuelven la mirada hacia el yoga, donde el control de la respiración pranayama– lo es todo. Elvira García, instructora de hatha yoga, lo explica aludiendo a la respiración de un bebé, ese subir y bajar de su barriguita. “Así es como debemos respirar. A medida que crecemos y nos vamos llenando de preocupaciones, tomamos aire como para vivir, como para no morirnos. Cogemos aliento y seguimos hablando. Pero cuando haces una respiración profunda –pulmones llenos, abdomen hacia fuera, costillas expandidas–, oxigenas mucho más el cuerpo y tu mente se va aquietando —señala García. Y concluye—: Las distintas técnicas de pranayama pueden servirnos para recuperar esa respiración inicial y beneficiar tanto nuestros estados de ánimo como nuestra salud”.