Vacúnate contra los antivacunas

La difusión de las creencias de los antivacunas asusta, a la vista de casos de niños sin vacunar que han contraído difteria y otras infecciones casi erradicadas.

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¿Por qué dejan de usarse las vacunas?

Si las bondades de las vacunas son tan evidentes, ¿por qué dejan de usarse de forma masiva? ¿Cómo es posible que, mientras las autoridades sanitarias internacionales dedican el decenio 2011-2020 a hacer realidad la inmunización universal, se dé la paradoja de que en los países desarrollados muchos padres renuncian a la inmunización de sus hijos de forma voluntaria? En gran medida, porque las vacunas están siendo víctimas de su propio éxito, tal y como explicaban hace poco expertos españoles del Observatorio para el Estudio de las Vacunas. "A medida que las vacunas van logrando su objetivo de acabar con alguna temida enfermedad, y antes de poder celebrarlo, se abre el camino hacia el olvido de esa enfermedad", concluía su informe en la revista Vacunas. Y a partir de ese momento se magnifica cualquier efecto adverso que surja de la vacunación. Efectos, por otro lado, inevitables, porque ni las vacunas ni ningún otro tratamiento terapéutico o preventivo pueden ser inocuos al 100 %.

Por supuesto que resulta fácil caer en el error de pensar que, como las dolencias prevenibles mediante vacunación están casi erradicadas en nuestro país, ya no hay motivos para inmunizarnos. Pero es rotundamente falso. Aunque no se produzca ningún caso en décadas, los agentes infecciosos que las desencadenan continúan circulando –y mutando y evolucinando– en algunas partes del mundo. "Si decidiésemos apagar todos los radiadores porque la calefacción ya ha funcionado y estamos calentitos, el frío volvería tarde o temprano", propone como símil José María Bayas, especializado en medicina preventiva y salud pública en el Hospital Clínic de Barcelona. "Lo mismo exactamente sucedería si dejásemos de usar vacunas: regresarían las enfermedades que han remitido", matiza Bayas en declaraciones a MUY. Según el experto, no hay que perder de vista que "aunque nos olvidemos de las enfermedades, ellas no se olvidan de nosotros".

Pese a haber sido rebatido, el riesgo de autismo sigue siendo uno de los argumentos a los que más recurren los movimientos antivacunas

Ya sea el peligro de las vacunas, el escepticismo climático, una idea pseudocientífica o una teoría conspirativa. Además, el estudio demostró que en internet y en las redes sociales las noticias científicas se expanden de forma rápida, pero su interés decae en poco tiempo. En cambio, las noticias conspirativas son de lenta asimilación, pero gradualmente generan discusión, lo que permite que ganen atención y persistan. Otro punto a su favor. "En ninguna época de la historia hemos sabido tanto sobre medicina y, sin embargo, hoy proliferan las dietas milagrosas, se extiende de un modo imparable la homeopatía y hay quien considera muy esnob oponerse a la vacunación; todo ello sin base científica alguna", reflexiona Bayas. "Pero lo cierto es que no se puede decir 'no creo en las vacunas', igual que no se puede afirmar 'no creo en la redondez de la Tierra', porque no son cuestiones de fe, sino de ciencia", añade.

Según una investigación reciente de la Universidad de California, en EE. UU., para sacar de su error a los padres que secundan el movimiento antivacunas no hay que afanarse en demostrar que las inyecciones no causan ni autismo ni daños cerebrales. Es mejor poner todo el empeño en que conozcan los enormes riesgos que entraña dejar de vacunar a un niño: los estragos de la polio, la difteria y el sarampión, las muertes y las minusvalías que causan, sus posibles secuelas, etcétera. "Se han centrado en el riesgo de decir sí al pinchazo, pero han olvidado el riesgo de decir no", defendían los investigadores, convencidos de que todavía estamos a tiempo de recordárselo.

Etiquetas: enfermedadesmedicinasaludvacunas

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