Un chupito de microbios para mejorar la mente

¿Pueden mejorar el equilibrio mental las bacterias incorporadas en ciertos alimentos? Así afectan a nuestro comportamiento los probióticos y prebióticos.

También te puede interesar: 8 consejos para mejorar tu salud mental

La idea de que manipular la microbiota intestinal puede mejorar la salud no es nueva. Hace más de un siglo, el premio Nobel de Medicina Iliá Méchnikov (1845-1916) fue el primero en defenderla. Convencido de que el envejecimiento estaba relacionado con el colon, el científico ruso descubrió que la esperanza de vida era más alta en ciertas regiones de Bulgaria, y lo atribuyó al consumo de yogures. Su hipótesis dio origen al concepto de probiótico, que se quedó en simple curiosidad hasta la moderna explosión de estudios sobre el microbioma. Hoy por hoy, se han descrito varias cepas bacterianas beneficiosas en animales de laboratorio, pero queda el desafío de trasladar estos resultados a la especie humana.

Experimentos recientes han desvelado que, contra toda expectativa, los productos lácteos fermentados tienen efectivamente la capacidad de alterar el comportamiento. Por ejemplo, científicos de la Universidad de California en Los Ángeles demostraron en 2013 que el consumo diario de yogur altera regiones cerebrales asociadas con el control de las emociones.

No hay dos floras intestinales iguales

A través del uso de técnicas de neuroimagen, los expertos verificaron la acción de los probióticos. "El contraste entre el antes y el después era bastante claro", afirma el gastroenterólogo Emeran Mayer, director de este estudio. Aunque los participantes solo habían consumido la dosis diaria de yogur durante dos semanas, las bacterias hicieron efecto.

Mientras que, como especie, compartimos un 99,99 % del genoma, la microbiota es tan distinta de un individuo a otro que podría ser usado como método de identificación. Un 70 % de las especies pertenecen a dos grandes filos, Firmicutes y Bacteroidetes, pero la variabilidad es asombrosa, con algunas tendencias geográficas y sociales.

Varios estudios indican, por ejemplo, que en los países desarrollados –donde predomina el consumo de alimentos con grasas y proteínas– despunta el género Bacteroides, mientras que en zonas con dietas ricas en fibras predomina Prevotella. El significado de las diferencias, más allá de su vinculación a los alimentos, todavía no se ha establecido.

Estudios comparativos han intentado encontrar relaciones entre estos patrones y el desarrollo de ciertas enfermedades. Así se ha demostrado que las personas obesas tienen un 20 % más de Firmicutes y casi un 90 % menos de Bacteroidetes que las delgadas. Rob Knight, experto de la Universidad de California en San Diego, aconseja cautela ante tales resultados: "Es muy difícil decir si las diferencias asociadas con enfermedades son causas o consecuencias".

En 2011, otro trabajo, publicado en la revista Brain, Behavior, and Immunity, indicaba que el estrés provoca una disminución de diversidad microbiana en los intestinos de los ratones, con la desaparición de especies beneficiosas y un crecimiento de las patógenas. El mismo fenómeno se ha detectado en ardillas salvajes.

Dieta de legumbres para aflojar la tensión

Con ratones se ha demostrado que la ingesta de un tipo específico de fibra, conocida como GOS, fomenta la presencia de lactobacilos y bifidobacterias, aumento vinculado con una mayor concentración de ciertos neurotransmisores que reducen la ansiedad. Aunque en humanos no hay todavía datos tan concretos, un estudio realizado por científicos de la Universidad de Oxford confirmó que quienes consumen GOS –muy abundante en las legumbres, por ejemplo– tienen niveles más bajos de cortisol, la hormona del estrés.

Desgraciadamente, la dieta occidental es deficitaria en fibra, lo que implica una reducción en la diversidad del microbioma y sus subproductos, como los importantes ácidos grasos de cadena corta. Tres de ellos, el propionato, el acetato y el butirato, solo están disponibles si los produce la flora intestinal. Los dos primeros resultan esenciales para el funcionamiento del hígado, mientras que el butirato es la principal fuente de energía de las células del colon.

Estos compuestos no son por sí mismos neuroactivos, aunque pueden afectar al cerebro de manera indirecta. Al estar implicados en el estimulo del tránsito intestinal, por ejemplo, promueven la secreción de serotonina, la hormona de la felicidad. Además, un incorrecto metabolismo de los ácidos grasos de cadena corta se ha vinculado con los problemas gastrointestinales que sufren más de un 70 % de los pacientes con síndrome del espectro autista.

Teniendo en cuenta toda esta información, el psiquiatra Timothy Dinan, la nutricionista Catherine Stanton y el neurocientífico John Cryan acuñaron en 2013 el término psicobióticos para definir una nueva clase de probióticos "capaces de producir y suministrar sustancias neuroactivas, que actúan en el eje cerebro-intestino".

Ahora que la prescripción de antidepresivos y ansiolíticos ha alcanzado niveles nunca vistos, estos expertos defienden alternativas menos agresivas y sin efectos secundarios. En el Instituto de Microbioma APC de la Universidad de Cork (Irlanda) han probado ya los efectos sobre el cerebro de diversas bacterias. Por ejemplo, la especie Lactobacillus rhamnosus, conocida por su capacidad para modular el sistema inmune, reduce los niveles de ansiedad en ratones adultos mediante alteraciones a nivel de los receptores del neurotransmisor GABA. Es el mismo mecanismo de acción del diazepam, el fármaco más recetado para tratar la ansiedad.

Etiquetas: comportamientonutriciónsalud

Continúa leyendo

CONTENIDOS SIMILARES

COMENTARIOS