¿Por qué la grasa era tan importante para nuestros antepasados?

La grasa es la forma más eficiente de almacenar energía, por eso nuestros antepasados se fueron adaptando progresivamente a maneras de almacenar mayor cantidad de grasa.

Hombre midiéndose la cintura
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En comparación con otros primates, la capacidad de almacenar grasa corporal del ser humano es extraordinaria: no solo los bebés humanos tienen más grasa, sino que hasta el ser humano más delgado tiene más que cualquier otro primate.

Por ejemplo, una cría de mono tiene alrededor de un 3 % de grasa corporal, mientras que los bebés humanos nacen con alrededor de un 15 %.

Esto sucede porque evolutivamente solo nuestros antepasados, particularmente adaptados a almacenar mucha grasa, lograron sobrevivir, prosperar y reproducirse en un contexto de carestía de calorías,  transmitiendo genéticamente a las generaciones venideras su tendencia a almacenar grasa.

Almacenes de grasa

Las moléculas de grasa son excelentes almacenes de energía altamente concentrada para nuestro organismo, y las obtenemos de la digestión de alimentos grasos, así como a partir de carbohidratos.

Según explica Daniel E. Lieberman, paleoantropólogo en la Universidad de Harvard, en su libro El cuerpo humano: "Un solo gramo de grasa almacena nueve kilocalorías, más del doble de la energía por gramo de los carbohidratos o las proteínas."

La razón de que almacenemos mucha grasa en nuestros cuerpos no solo se debe a la carestía de calorías a la que eran sometidos nuestros antepasados, sino que estos dependían exclusivamente de un sustento basado en los frutos que podían recolectar o los animales que podían cazar sobre la marcha.

También hay otra razón que contribuye a esta necesidad: el cerebro.

Nuestro cerebro requiere de mucha energía para funcionar. Tanto es así que el cerebro de un bebé, que solo tiene una cuarta parte del tamaño del de un adulto, ya consume unas 100 kilocalorías diarias, es decir, un 60 % del presupuesto energético en reposo (el cerebro adulto consumo entre 280 y 420 al día, entre el 20 y el 30 % del presupuesto energético del cuerpo).

La grasa de la piel también actúa como un aislante térmico que nos ayuda a mantenernos calientes, y gran parte de la energía que necesitamos para realizar ejercicio físico procede de las células grasas. Es decir, que para nuestros antepasados, más grasa significaba pasar menos frío, y también tener más energía para cazar animales o buscar frutos durante largas caminatas.

No se sabe con seguridad cuándo empezó a darse esta tendencia a almacenar grasa, pero probablemente comenzara con el Homo erectus, lo que habría ayudado a alimentar un cerebro cada vez mayor.

El problema es que hoy en día no hay carestía de calorías. No necesitamos recorrer largas distancias para obtener comida y, además, la comida que solemos ingerir está procesada o tiene muchas grasas y azúcares. Nuestro cuerpo, sin embargo, sigue comportándose como el de nuestros antepasados, lo que ha desencadenado una epidemia de sobrepeso y obesidad.

Sencillamente, nuestros organismos continúan siendo grandes almacenadores de grasa porque así se moldeó su forma de procesarla durante millones de años en los que poca grasa corporal era sinónimo de escasa probabilidad de supervivencia. Si hubo antepasados que no sintieron placer al consumir grasa y que no tendieron a almacenarla, fueron unos que probablemente no sobrevivieron, no se reprodujeron… y de los cuales no hemos heredado sus genes.

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