¿Por qué es tan difícil dejar de fumar?

Por sus efectos letales, el tabaco es una amistad tóxica. Para dejar de fumar hay que saber cómo nos seduce, pedir ayuda y seguir una estrategia.

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Más ellos que ellas

La característica que potencia la peligrosidad del tabaquismo es que sus secuelas más negativas tardan tiempo en manifestarse, y no es sencillo percibirlas. Al contrario de lo que ocurre con otras adicciones, no es fácil distinguir a un fumador de quien no lo es. Esa es una de las razones por las que sigue habiendo muchas personas enganchadas, aunque el número ha descendido desde la época en que Philip Morris hizo aquel anuncio. El año pasado, el Instituto Nacional de Estadística (INE) cifraba en un 23 % –un 27,6 % eran hombres y un 18,6 %, mujeres– el porcentaje de españoles que fuma a diario.

Las campañas que nos recuerdan las muertes por este hábito hablan de probabilidades, pero, como recordaba Saunders, los humanos, al igual que las ranas, no somos muy buenos con los números. Stalin lo resumió en una frase: “Una muerte única es una tragedia; un millón, estadística”. Pero los números también se pueden hacer mucho más elocuentes. Ese esfuerzo lo llevan a cabo los especialistas cuando dicen que de cada cuatro personas que fuman, dos desarrollarán alguna enfermedad relacionada con el hábito, y de estas, una morirá como consecuencia del mismo.

Otra de las razones que hace que sea tan difícil de erradicar es la edad de inicio. Estamos ante un fenómeno que en realidad es una enfermedad pediátrica, tal y como la califica John Schulenberg, de la Universidad de Míchigan, en EE. UU. Este psicólogo, uno de los mayores expertos en juventud y adicciones, recuerda que el hábito tabaquero se adquiere por lo general en la adolescencia, y esto juega un papel determinante a largo plazo.

Cosa de líderes

Hay experimentos que muestran que los adolescentes que consumen cigarrillos son percibidos por sus compañeros como más duros, precoces y sociables. En una etapa de la vida en que se es más consciente de sí mismo y suele pensarse que el mundo está pendiente de nuestros movimientos, conseguir esas etiquetas es esencial.

Se empieza a fumar para parecerse a las personas que lo hacen, y, aunque en la madurez entendamos que esa pose es improductiva, quedan en nuestro interior esas connotaciones. Además, pese a que se haya dejado atrás la adolescencia, los humanos seguimos siendo propensos a imitar modelos, y los que nos ofrece nuestra cultura siguen asociando el tabaquismo con características deseables.

Lo que nunca reflejan las historias es lo más importante: la tremenda dependencia que crea esta droga.

Hollywood nos sale rana

Otra investigación de la Universidad Estatal de San Diego, en California (EE. UU.), concretaba cómo el cine enseña a ignorar sus riesgos, lo que aumenta el citado efecto rana. Tras analizar las películas más taquilleras de 2002, el estudio llegaba a la conclusión de que se fumaba en casi dos tercios de ellas. Sin embargo, las secuelas no aparecían jamás. En el 92 % de los casos, el consumo no traía consecuencias para el adicto y en el 8 % restante el único efecto indeseable era una reprimenda por parte de otro personaje. Se subrayaba así un sesgo mental que comparten muchos fumadores: creer que el único problema de su hábito es la incomprensión por parte de los demás.

En todas las películas que se analizaron solo se encontraron dos muertes por culpa de la adicción: un personaje que hace explotar la bomba que hay debajo de su coche al encender un cigarrillo y otro que atrae con su pitillo un misil de los que se guían por el aumento de temperatura. Se diría que el tabaco solo es malo en presencia de equipamiento militar.
Lo que nunca reflejan las historias es lo más importante: la tremenda dependencia que crea esta droga. El estudio apenas encontró personajes que recurrieran al tabaco para satisfacer su adicción a la nicotina, el principal motivo de consumo.

Caladas llenas de placeres

Los expertos recuerdan que la adicción bioquímica que producen los componentes de un pitillo es más potente de lo que creemos. Hay que ser consciente de las sensaciones que vamos a abandonar. La nicotina desencadena la liberación de una serie de hormonas –noradrenalina, adrenalina– que, entre otros efectos, nos ayudan a ponernos en estado de alerta, disminuyen el apetito y aumentan la eficacia mental. Además, estimula el sistema nervioso central, y esto hace que se active la producción de ciertos neurotrasmisores, como la dopamina, que ayudan a que sintamos menos el dolor y a calmar la ansiedad.

Por ese motivo, a la hora de dejarlo es clave ser consciente de lo que aporta el cigarrillo. Aunque constituya un suicidio lento, tiene beneficios a los que debemos renunciar. González lo explica así: "Es un error intentar convencerse de que fumar no aporta nada bueno. Tarde o temprano el que está intentando dejarlo se encontrará con sentimientos de frustración para los que conviene estar preparado. Un cigarro distrae de las preocupaciones y crea vínculos sociales. Son poderosas razones para haber adquirido el hábito, que hay que identificar para abandonarlo".

El que resiste gana

La última dificultad que se nos plantea es vencer la propensión a las recaídas. Este mismo especialista lo recuerda: "Dejar de fumar es relativamente sencillo, lo difícil es mantener la abstinencia. Si no nos resistimos, volveremos casi sin darnos cuenta, empezando por algunas caladas. El proceso es lento y debilita la voluntad. Al final ganará el más fuerte".

El Premio Nobel Thomas C. Schelling, luchador contra el tabaquismo, aporta datos contundentes sobre el riesgo de recaída. Aunque los tratamientos suelen ser eficaces a corto plazo, en torno al 80 % de los exfumadores terminan sucumbiendo al hábito de nuevo. Son cifras a tener en cuenta ante la decisión de emprender la lucha contra una adicción, que a algunos puede parecerles sensual, pero con seguridad es potencialmente mortífera.

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