Por qué el estado de la microbiota impacta en nuestra mente

Una microbiota desequilibrada podría traer consigo estados mentales desequilibrados como la depresión. Actuar sobre ella sería la clave.

Estamos a punto de emprender un fascinante viaje que tiene lugar en nuestro interior. El punto de partida se encuentra en unos microorganismos que habitan principalmente en el tracto gastrointestinal. Este grupo de microorganismos lo encabezan bacterias, pero también cuenta entre sus filas con virus y hongos. Estamos hablando de la microbiota intestinal, un sorprendente sistema capaz de influir, desde el lejano intestino, en el cerebro, determinando incluso nuestro estado emocional e influyendo en determinadas patologías mentales. Sorprendente ¿verdad? ¡Vente con nosotros, que salimos ya!

“La microbiota está formada por el conjunto de microorganismos que tenemos, básicamente en el tracto gastrointestinal, que no solo son bacterias sino también virus y hongos, que conforman todo un microsistema que nos lanza mensajes continuamente al resto del organismo”, nos cuenta la doctora Amanda Rodríguez-Urrutia, psiquiatra y autora del libro Siente lo que comes, de la editorial Diana. También existen otras microbiotas que se localizan en distintas partes del cuerpo como la piel, la vagina o el estómago. Sin embargo, la intestinal es la más numerosa e importante, pues alberga el 95 % de los microorganismos.

Es precisamente la microbiota intestinal la que conecta con otras partes del cuerpo por medio de sustancias que fabrican los microorganismos que allí se encuentran. “Las bacterias que tenemos en el tubo intestinal lanzan unas sustancias y esas sustancias son las que impactan en la barrera intestinal y de ahí pasan la barrera y van al torrente sanguíneo. Desde ahí se envían los mensajes, por la vía inmunológica, tocan también el sistema hormonal y se dirigen al resto del organismo, incluyendo el sistema nervioso central, es decir, el cerebro”, nos explica Rodríguez-Urrutia.

Nos encontramos ahora en uno de los puntos más sorprendentes relacionados con la microbiota y es su posibilidad de influir en el cerebro. Desde un punto de vista científico, la microbiota no está demasiado estudiada, pero tal y como nos cuenta la doctora, sí que se sabe que la microbiota es fundamental para el correcto desarrollo del cerebro. “Sabemos por modelos animales que, si la microbiota no se coloniza de forma adecuada en los primeros momentos de la vida, ese cerebro no se desarrolla de forma adecuada. La microbiota y el desarrollo cerebral van a la vez y una buena colonización bacteriana de ese ser vivo hace que ese cerebro se desarrolle de forma adecuada”, explica la experta. A lo largo de la vida la comunicación entre microbiota y cerebro seguirá activa y una buena microbiota impactará positivamente en la función cerebral. También al revés.

Amanda Rodríguez-Urrutia, que también participa en un macroproyecto europeo de investigación llamado DISCOvERIE, que estudia los mecanismos cerebro-intestinales comunes de patologías como la depresión o el síndrome del intestino irritable, nos cuenta que ya se ha visto en estudios con humanos que lo que ingerimos impacta en tiempo real en nuestro cerebro, estimulando determinadas áreas, como las que se encargan de procesar las emociones. “Tú te comes algo, va a la microbiota, la microbiota lanza mensajes al cerebro y lo modifica. Tiene todo el sentido pensar que, si tienes una microbiota alterada, puedes mandar mensajes alterados al cerebro. Modificando la microbiota podemos modificar estados mentales, podemos modificar, incluso, trastornos depresivos”, dice la experta. Aquí está la magia.

Hoy se habla mucho de disbiosis, o lo que es lo mismo, la alteración de los microbios que existen en la microbiota. Uno de los hallazgos más sorprendentes al respecto es la conexión que podría existir entre este fenómeno y el alzhéimer o el autismo. “El microbioma funciona como un órgano que también tiene funciones en el organismo. Es normal entender que impacte en todo el organismo. El autismo se ha relacionado con una disbiosis intestinal. La microbiota alterada genera trastornos en la barrera intestinal y se ha visto un marcador incipiente de parkinson”, explica la experta, que añade que en la actualidad muchas disciplinas médicas están prestando especial atención al microbioma humano. En el caso de la psiquiatría, se han observado conexiones entre una microbiota alterada y el trastorno por déficit de atención e hiperactividad, pues en esta patología la microbiota está alterada, también, como hemos comentado, en el autismo. Lo que todavía no se sabe es qué se da antes, si la patología o la alteración de la microbiota. “No sabemos si la propia enfermedad genera esa microbiota o es al revés”, dice la investigadora. Rodríguez-Urrutia pone como ejemplo a las personas que sufren depresión, que generalmente suelen comer mal. ¿Comen mal porque tienen la microbiota alterada y como consecuencia de esto se deprimieron? ¿O se alimentan así fruto del estado depresivo y consecuentemente alteran su microbiota? “La direccionalidad no está del todo clara. Lo que sí sabemos es que hay enfermedades depresivas que empiezan en el sistema digestivo y se van al cerebro y al revés, hay cerebros que generan enfermedad digestiva y disbiosis intestinal”.

Microbiota
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Alimentos que impactan en el cerebro

A estas alturas de nuestro viaje, que empezó en el intestino y que acabará en el cerebro, podemos intuir que lo que comemos quizá tenga un impacto en el sistema nervioso central y en nuestro estado anímico. Le preguntamos a la experta qué podemos comer para mantener un buen estado cerebral. “Se ha visto en estudios que la dieta mediterránea tiene una propiedad antiinflamatoria y función barrera intestinal, que son los dos mecanismos fundamentales por los cuales podemos empezar a tener alteraciones sistémicas”, nos cuenta. Una mala dieta alterará la microbiota y como consecuencia la barrera intestinal no funcionará bien y el organismo se inflamará. Si el organismo se inflama, el cerebro también se inflamará. La experta recomienda consumir en abundancia vegetales, frutas y legumbres y optar por alimentos poco procesados. También sugiere limitar el consumo de carne y que el pescado que se tome sea preferentemente alto en ácidos grasos Omega 3. “Ya no solo es un tema de peso o de enfermedad cardiovascular, en la que también es muy potente la relación, sino también con nuestro estado cerebral”, subraya la psiquiatra.

Probióticos, prebióticos... ¿Cuántos más, mejor?

Paralelamente a la investigación de la microbiota intestinal, han aparecido en escena unas sustancias llamadas probióticos y prebióticos cuyo uso puede resultar confuso para el ciudadano medio y es que los mensajes que nos llegan parecen indicar que cuántos más, mejor.

Empecemos por diferenciar entre unos y otros. Los prebióticos son sustancias no vivas que ingerimos con nuestra comida, básicamente fibra de origen vegetal, que sirve de alimento a los microorganismos vivos que están en el tracto intestinal. Los prebióticos, por su parte, son sustancias vivas que tomadas en cantidades adecuadas proporcionan un beneficio para esa microbiota. Son los lactobacillus, bifidobacterias, etc.

“Todavía no sabemos exactamente qué es una microbiota sana -nos cuenta Rodríguez-Urrutia- pero cada uno tiene un equilibrio que se genera en los primeros años de la vida. La microbiota se conforma en los primeros tres o cinco años de la vida. A partir de ahí se mantiene bastante estable. La edad la va modificando pero básicamente es la misma”.  La doctora nos explica que si se tiene una microbiota sana no hay por qué ingerir nada ajeno a lo que tomamos habitualmente. “Si estás sano, según qué intervenciones dietéticas o de probióticos no te van a generar ningún bienestar. De hecho, al contrario, si la desregulas, puedes tener síntomas. Si alguien sano toma probióticos, quizá tenga flatulencias, gases o retortijones”, nos cuenta. Por tanto, no todo vale y tomar probióticos estando bien no es sinónimo de poder estar mejor. Especial cuidado habrá que tomar si se es inmunodeprimido o se está bajo un tratamiento de quimioterapia.

En un nivel superior se encuentran los psicobióticos, sustancias vivas que ingeridas en cantidades suficientes y adecuadas proporcionan un beneficio para la salud mental. Tal y como nos cuenta Rodríguez-Urrutia se trata de un campo muy incipiente, pero podrían ayudar a tratar depresiones leves y moderadas y reducir el uso de fármacos como ansiolíticos que actualmente se emplean demasiado y mal.

Además de abrazar la dieta mediterránea y consumir probióticos cuando un profesional sanitario nos lo recomiende, existen otras maneras en las que podemos cuidar nuestra microbiota intestinal. La experta nos sugiere lo siguiente: “Dormir las horas que tocan, tener una vida equilibrada a nivel de estrés (el estrés impacta sobre la microbiota y genera disbiosis), tomar un mínimo de horas solares al día, al menos 10 minutos, y tener relaciones humanas más auténticas. El bienestar emocional, el optimismo… hay muchos estados mentales que favorecen la microbiota”.

Mar Aguilar

Mar Aguilar

Me hubiera gustado ser médica pero le tengo terror a la sangre. Con más de 11 años de experiencia en el ámbito periodístico, aprendo cada día un poco más acerca del apasionante mundo que es la ciencia. Puedes escribirme a maguilar@zinetmedia.es

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