Las locuras de los matasanos del pasado

Sangrías, pócimas con huesos de muertos, castraciones… Lo hacían con buena intención, pero el desconocimiento llevó a muchos doctores a cometer atrocidades.

Hay ideas y procedimientos que no estarían fuera de lugar en una novela de terror

Según cuenta Douglas Starr en su libro Historia de la sangre, la práctica de forzar el sangrado ha sido la que mayor tiempo ha perdurado: más de 2.500 años desde que apareciera en las antiguas civilizaciones griega y egipcia. Su origen es incierto, si bien suele relacionarse con la llamada teoría de los humores –los cuatro elementos (flema, bilis negra, bilis amarilla y sangre), de cuyo equilibrio dependía la buena salud–, formulada por los griegos. Purgar el cuerpo de la sangre mediante extracciones continuas permitía restablecer este equilibrio y curar desde la neumonía a las jaquecas, pasando por la hipertensión o las fracturas de hueso.

Y ello a pesar de que jamás pudo demostrarse ni uno solo de estos efectos. Este método contó con partidarios tan entusiastas como Guy Patin, decano de la Facultad de París, que en el siglo XVII la creyó un remedio milagroso. Además de utilizarla profusamente en pacientes de toda edad y condición, predicaba con el ejemplo: sangró a su mujer doce veces por una congestión, a su hijo veinte veces por una fiebre, y a su octogenario suegro y a él mismo en siete ocasiones por un catarro.

 

Transfusiones animal-ser humano

No fue esta la única práctica temeraria relacionada con la sangre: en el siglo XVII Jean-Baptiste Denis, médico de Luis XIV, estaba interesado en experimentar los efectos de la transfusión de sangre animal a los seres humanos. Tras un año de prácticas preliminares entre distintos animales, en 1667 inyectó sangre de ternero a un hombre que sufría de violentos y repentinos ataques de cólera. El razonamiento de Denis era que la mansedumbre natural del bóvido se trasladaría a su paciente y frenaría sus trastornos. Lo cierto es que sobrevivió, pero de puro milagro, tras varios días vomitando y orinando líquido negro.

Ni Denis ni sus colegas ingleses, que se entregaron a experimentos similares, podían saber entonces que las proteínas de la sangre animal son incompatibles con las de la humana: por consiguiente, lo que estaban haciendo realmente era disparar el sistema inmunológico del enfermo. Este producía enormes cantidades de anticuerpos para rechazar las células invasoras: “Los riñones se esfuerzan por filtrar la hemoglobina tóxica y los fragmentos de células. Los glóbulos rojos mueren a millones y la hemoglobina oxigenada ennegrece la orina”, cuenta Starr.

 

La osadía provocada por la falta de información preliminar y las suposiciones audaces han dado lugar, a lo largo de los siglos, a un apreciable número de prácticas pseudomédicas con resultados entre lo absurdo y lo homicida. Es obvio que, con los conocimientos de sus respectivas épocas, poco podían saber los galenos sobre lo que realmente hacían, y estaban convencidos de actuar en beneficio de sus pacientes y de la ciencia médica. Con todo, hay ideas y procedimientos que no estarían fuera de lugar en una novela de terror… O de humor negro.

 

Lejos de ser formuladas por individuos extravagantes, algunas de las teorías y terapias de mayor desarrollo nacieron de profesionales de la medicina muy respetados en su época. Un buen ejemplo es el alemán Georg Stahl (1660-1734), creador de la llamada teoría del animismo: era el ánima –el alma– la que albergaba la causa última de la vida y controlaba los procesos orgánicos, por lo que muchas enfermedades se debían a actividades mal orientadas del espíritu.

 

La fiebre no era sino la lucha anímica por expulsar la enfermedad, por lo que no debía combatirse. Además de esta teoría, dudaba de la eficacia del opio o de la quinina, y recomendaba la castración como remedio contra las hernias. Hay que decir que Stahl llegó a ser médico personal del rey Federico Guillermo I de Prusia, que falleció a la edad de 52 años.

 

El sistema varió poco a través de los siglos: la lanceta –un afilado cuchillo de doble filo– abría una vena con un corte diagonal o longitudinal, mientras un torniquete controlaba el flujo de sangre, que se recogía en un recipiente calibrado para medir las cantidades.

 

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