La verdadera fuerza del efecto placebo

Nadie duda de que el cerebro reacciona ante la mera posibilidad de recibir un tratamiento. Pero ¿cómo se produce este fenómeno?

Y es que cuando se compara con una intervención de pega, diseñada para convencer a los pacientes, la artroscopia no consigue mejores resultados. A pesar de ello, “es la más común de las cirugías ortopédicas, y la rodilla, la articulación donde se realiza con más frecuencia”, recordaban los expertos norteamericanos en la revista New England Journal of Medicine. Entonces, ¿por qué responde tan positivamente la mayoría de quienes pasan por el quirófano?

Esto se pregunta desde hace más de quince años Ted Kaptchuk, director del Programa de Estudios del Placebo, en la Escuela Médica de Harvard. Kaptchuk practicó la acupuntura durante años, aunque algunas recuperaciones milagrosas le convencieron de que tenía que haber algo más en juego. Es sabido que determinadas personas son capaces de mejorar ante la más mínima insinuación de un tratamiento. “Siempre pensé que la sugerencia, el ritual, las creencias y todas esas ideas que ponen nerviosos a los científicos eran componentes importantes”, explica.

Cuando Kaptchuk llegó a Harvard a finales de los años 90, la mayoría de sus colegas consideraban los placebos como meras píldoras de azúcar inocuas, el patrón contra el que se comparaba la efectividad de un tratamiento real. Sin embargo, él intuía su potencial curativo. “Si las personas se sentían mejor, me parecía que se podrían usar como un complemento terapéutico”, señala. El problema era que, a menos que averiguara empíricamente cómo funciona este proceso, le costaría sacar adelante su idea.

La importancia del factor humano

El experto norteamericano empezó a investigar en serio, y lo primero que descubrió fue que no todos los placebos actúan igual. Una inyección de solución salina o el pinchazo de una falsa aguja de acupuntura son más eficaces que una pastilla, así que el método de administración influye en el resultado. Además, era evidente que entre la práctica de los galenos convencionales y los alternativos solía haber diferencia en cuanto al trato y tiempo dedicado a los pacientes.

Con la colaboración de gastroenterólogos de la Escuela Médica de Harvard, Kaptchuk diseñó un experimento en 2008 para cuantificar la importancia de ese factor humano. Así que seleccionó a 262 personas que padecían el síndrome del intestino irritable, un trastorno gastrointestinal crónico vinculado al estrés. Era un blanco perfecto: además del dolor, dolencias como la depresión y la ansiedad responden bastante bien a los placebos, quizá por su relación más directa con la mente.

 

Algunos críticos afirman que se trata de un enfoque antiético, porque supone privar al enfermo de una terapia real. Pero esta opinión parece alejada de la realidad si tenemos en cuenta que la mayoría de los médicos reconoce la utilidad de los placebos: los datos apuntan a que su empleo está generalizado.

“Realmente, la mayoría de los productos que se venden en las farmacias, los llamados medicamentos de venta libre, tienen un efecto farmacológico nulo. La percepción de su utilidad se debe a que muchas veces se administran cuando la enfermedad empieza a remitir. Por ejemplo, un resfriado común no suele durar más de una semana, cuando rara vez tomamos el fármaco antes del tercer día. De esa forma, su curso natural soluciona el problema en un par de días más, pero creemos que el mérito lo tienen las pastillas”, afirma Fabrizio Benedetti, que trabaja en la Facultad de Medicina de la Universidad de Turín. Desde mediados de los años 90, Benedetti estudia los placebos como herramienta, según él, para comprender el funcionamiento del cerebro.

Su interés científico tiene precedentes. A finales de los años 70, Jon D. Levine, Newton C. Gordon y Howard L. Fields, de la Universidad de California en San Francisco, se fijaron en que sin intervención de anestésicos algunas personas vivían la extracción de un diente como una experiencia traumática, mientras que otras solo manifestaban un cierto malestar. El descubrimiento de las endorfinas en 1974 había demostrado que, sujeto a ciertos estímulos, el cuerpo es capaz de fabricar analgésicos potentes. ¿Podrían esos neurotransmisores estar implicados en el efecto placebo?

Los riesgos son tan reales que, en algunos casos, comportan daños irreversibles e incluso la muerte. En 2011, Kaptchuk dirigió un estudio sobre el asma. Como venía siendo la norma, el grupo tratado con placebo notó mejoría, así que los investigadores pensaron que el inhalador falso era capaz de restaurar la función pulmonar. La sorpresa surgió cuando comprobaron que no era así: solo el fármaco real combatía los síntomas.

La discrepancia entre los resultados objetivos y las nociones subjetivas de los pacientes puede resultar, pues, fatal. Tal como explicó la ex doctora militar Harriet A. Hall, conocida crítica de las medicinas alternativas, en una entrevista para la revista norteamericana The Atlantic, “si algo ineficaz hace sentirse mejor a los afectados, esto podría retrasar peligrosamente la administración del tratamiento”. Para esta experta, la mayoría de los estudios sobre las consecuencias beneficiosas del placebo en realidad demuestra que tal cosa no existe; el resultado observado es exactamente el mismo que si no se trata al paciente.

Se refiere, sobre todo, a varios artículos publicados por científicos daneses a lo largo de la última década. Asbjørn Hróbjartsson, investigador del Centro Cochrane Nordic, en Copenhague (Dinamarca), y uno de los autores de los mencionados estudios, matiza las conclusiones de Hall: “Aunque suelen tener un efecto modesto, las reacciones son muy variadas. Además, nosotros no consideramos la relación médico-paciente ni otros enfoques”.

No hay un solo efecto

Para Hróbjartsson, sus investigaciones no niegan la existencia del efecto placebo; simplemente, ponen de manifiesto que son necesarios métodos más rigurosos para entenderlo: “Hablamos de algo muy complejo”, resume. Distintos estímulos dan origen a reacciones tan diferentes que algunos científicos abogan por dejar de usar el mismo término para referirnos a todos ellos.

En la misma línea, tanto Kaptchuk como Benedetti defienden que no hay uno, sino muchos efectos placebo, condicionados por multitud de factores. Las expectativas son, claro está, importantes: según un experimento realizado por el estudioso italiano, algo tan recetado como el diazepam –más conocido por su nombre comercial, Valium– solo es eficaz si el paciente sabe que lo está tomando. De todos modos, Benedetti aclara que la predisposición depende de los aprendizajes previos y de los cambios que hayan operado en el cerebro del consumidor.

Estos hallazgos originaron una batería de experimentos para desentrañar los complejos mecanismos neurobiológicos implicados en la respuestas a los placebos. Sin embargo, “no queda claro cómo podremos utilizar ese conocimiento para desarrollar herramientas prácticas en un entorno clínico”, señalaban en un artículo reciente Andrew Geers, de la Universidad de Toledo, en Ohio, y Franklin Miller, de los Institutos Nacionales de la Salud estadounidenses. Ambos criticaban que se haya invertido tanto esfuerzo para entender los resortes cerebrales sin ahondar en los procesos psicológicos que los condicionan. “Un conocimiento que permitiría diseñar técnicas de intervención sin engaño”, aseguraban Geers y Miller.

Porque, efectivamente, la inmensa mayoría de los estudios realizados sobre este tema se llevaron a cabo sin que los enfermos supieran que recibían un tratamiento de pega, actuaciones que plantean serias dudas éticas. Lo que nadie se esperaba era que la farsa, además de perjudicar la relación médico-paciente, fuera inútil, tal y como demostró una investigación liderada por Kaptchuk en 2010. Incluso cuando los pacientes con síndrome del intestino irritable se enteraron de que su medicina no era más que una píldora de azúcar, los resultados fueron comparables a los registrados en los ensayos clínicos realizados con fármacos reales.

La confianza de los médicos ayuda

Tanto Kaptchuk como Benedetti defienden que los profesionales de la salud que deseen usar estos descubrimientos deben concentrarse en lo que se conoce como ritual terapéutico. “Sus actitudes, palabras y acciones son muy importantes. Si el facultativo es capaz de mejorar las expectativas del paciente sobre la terapia a recibir, habrá una reducción de ansiedad y, sin duda, una respuesta más satisfactoria”.

Según Kaptchuk, “incluso las señales inconscientes son clave para el éxito”. Una afirmación corroborada por Karin Jensen, del Programa de Estudios del Placebo, que hace dos años escudriñó el cerebro de varios facultativos mientras pasaban consulta. Este experimento permitió concluir que las creencias del doctor sobre el tratamiento, aunque no se mencionen expresamente, condicionan la predisposición del paciente sobre el bien que le va a hacer.

Por ahora, manipular todos estos factores para conseguir resultados objetivos es todavía un espejismo. Sin embargo, el hecho de que los placebos funcionen incluso cuando el paciente sabe que los está tomando, abre la puerta a un enfoque a mitad del camino: el diseño de procedimientos híbridos. “No curarán dolencias víricas ni tumores, pero usados en conjunto con otras actuaciones sí son capaces de, por ejemplo, paliar los síntomas de la quimioterapia o de hacer más llevadera una gripe”, dice Kaptchuk. Una alianza capaz de eliminar ciertos efectos secundarios y que, indica por último Benedetti, también puede potenciar el efecto de los fármacos, lo que permitiría reducir las dosis.

Etiquetas: cerebro humanoinvestigaciónmedicinasalud

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