La otra epidemia: el ébola en África

Hoy andamos todos preocupados por el avance del coronavirus por el mundo desarrollado. Reclamamos vacunas, nos aislamos en nuestras casas, 'saqueamos' las farmacias en busca de mascarillas y lavamanos, los gobiernos aíslan regiones enteras... Nos sentimos desprotegidos e indefensos y reclamamos una solución en forma de vacuna que nos libre de la nueva amenaza vírica. Pero en nuestro mundo hay otras epidemias mucho más letales. Y una de ellas es el ébola.

El pasado 11 de febrero la OMS declaraba que, si todo iba bien, en marzo podría darse por controlada la epidemia de ébola. Esta fiebre hemorrágica que asola la República Democrática del Congo -un país en eterna guerra civil y catalogado como “la capital del mundo de la violación”- comenzó en 2018 en una zona de guerra, la región de Kiwu, y hasta la fecha se ha llevado a 2.253 personas de 3.874 casos confimados de infección, lo que significa una tasa de mortalidad del 60%.

El Congo ha ido empalmando epidemias de ébola desde que se descubrió en 1976 en una misión religiosa belga en Yambuku, al norte de país. El primer científico que llegó, el microbiólogo Jean-Jacques Muyembe Tamfum, encontró un lugar donde la muerte campaba a sus anchas: la mayoría de las monjas habían muerto, los que pudieron habían huido y los supervivientes tenían fiebres y diarrea. Sin mascarilla ni guantes de latex, Muyembe -el año pasado fue nombrado por la revista Nature una de las 10 personalidades científicas más influyentes de 2019- tomó muestras de los cadáveres sin protección alguna.

El científico congoleño había descubierto una nueva y misteriosa enfermedad: algo ocasionaba unas fiebres hemorrágicas que producían dolores musculares y de cabeza, vómitos y diarreas. Después los riñones e hígado empezaban a fallar hasta que en las fases finales aparecía un profuso sangrado: algunos enfermos llegaban a sangrar por los ojos y otros parecían sudar sangre. La muerte era casi inevitable: el 88% de los que enfermaron, murieron. Al año siguiente la revista médica The Lancet publicaba tres artículos que describían al causante de esta enfermedad. Dos de ellos apuntaban a que podía tratarse de una nueva especie de uno ya conocido, el virus de Marburgo, nombrado así por la ciudad en la que se descubrió por primera vez en 1967, y que también provocó fiebres hemorrágicas. El tercer artículo, escrito por investigadores del Centro de Control de Enfemedades de Estados Unidos, defendía que se trataba de un nuevo tipo de virus y lo bautizaron con el nombre del río que cruza la zona del estallido epidémico: ébola.

Hasta diciembre de 2013 se tenía constancia de que las cuatro especies conocidas de ébola que afectan a los humanos habían matado a 1.582 personas. Pero ese año una nueva y más virulenta epidemia, con una tasa de mortalidad del 71%, mató a más de 11.000 personas y fue la primera vez que el virus acabó saltando fuera del continente africano.

Un virus muy desconocido

Después de 44 años de investigación, aún sabemos muy poco del virus: aunque se sospecha que el portador puede ser el murciélago de la fruta, no se sabe si hay otros reservorios tampoco se sabe qué otros animales pueden transportarlo sin quedar infectados, y el contagio se produce por contacto con fluidos corporales infectados, como la sangre, los vómitos o las heces, aunque también la saliva, la leche materna y el semen (de hecho, se sospecha que el virus puede mantenerse latente en el semen hasta 9 meses después de la infección); incluso se conocen de algunos casos raros en los que el virus puede reactivarse tras permanecer latente durante varios meses en lugares como el ojo o el sistema nervioso central. Para los supervivientes su vida no será como antes: muchos de ellos sufren efectos secundarios a largo plazo como dolores articulares crónicos, problemas visuales, neurológicos o pérdida de cabello.

Aunque no existe un tratamiento válido comprobado, existen varias vacunas experimentales. En noviembre de 2019 la Agencia Europea del Medicamento aprobó el uso de una vacuna para el ébola, desarrollada por la farmacéutica estadounidense Merck. Su distribución en África fue asegurada en 2015 por la organización GAVI-La Alianza de Vacunas que financia la distribución de vacunas en países de bajos ingresos, dijo a los fabricantes que se comprometían a comprar sus vacunas una vez que hubieran sido aprobadas por " autoridades sanitarias estrictas", como es la europea.

Pero lo más llamativo de la epidemia de ébola de 2013, y que contrasta con lo que está sucediendo con el coronavirus, es que, a pesar de las advertencias de la Organización Mundial de la Salud, los occidentales nos lavamos las manos: estábamos a salvo y mientras siguiera matando africanos poco podía importarnos; Liberia quedaba muy lejos. ¿Para qué tratar una enfermedad de ese continente-favela? Mientras siga proporcionándonos los recursos que necesitamos para vivir nuestras cómodas vidas y siga siendo nuestro basurero tecnológico, donde enviamos electrodomésticos, móviles y ordenadores viejos… Nadie respondió a las llamadas de la OMS, que se veía desbordada. Fue en septiembre de 2014, cuando la ONU declaró esta epidemia una amenaza a la seguridad y salud mundial, el momento en que Occidente decidió responder; en parte provocado porque algunos de sus ciudadanos regresaban a casa infectados por ayudar a los profesionales africanos a cuidar de los enfermos. De hecho, fue una epidemia donde el 5% de los infectados fueron personal sanitario, en muchos casos por una total falta de medios. Fueron unos verdaderos héroes, pero nadie los recordará ni se erigirán monumentos en su memoria.

Hoy seguimos sin ser conscientes de la ruptura de las fronteras causada por la globalización permite que virus antes perfectamente localizados y contenidos en regiones remotas puedan llegar a cualquier punto del planeta en cuestión de horas. ¿Un ejemplo? El sida: solo bastó un grupo de personas muy viajeras y activas sexualmente para provocar la pandemia que asola nuestro planeta desde los años 80 y que hasta el momento se ha cobrado 32 millones de vidas.

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Me licencié en astrofísica pero ahora me dedico a contar cuentos. Eso sí, he sustituido los dragones y caballeros por microorganismos, estrellas y científicos de bata blanca.

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