La importancia de tocar, acariciar y abrazar para el desarrollo de nuestro cerebro

Evolutivamente, el contacto humano con los demás es primordial para el correcto desarrollo psicológico, sobre todo si hay contacto físico.

Abrazos
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En el pasado, las primeras comunidades humanas tuvieron más éxito reproductivo que los individuos aislados entre sí, porque resulta más eficaz estar en grupo cuando debes enfrentarte a depredadores o debes procurarte acceso a comida y a compañeros sexuales. Por esa razón, progresivamente se tenía más éxito en un entorno natural si previamente se tenía éxito en el entorno social.

Los individuos más aptos para convivir con los demás, pues, fueron los que finalmente tuvieron mayor oportunidad de propagar sus genes, y esa habilidad prosocial fue heredada por un largo linaje que llega hasta nuestros días.

En otras palabras: si nuestra supervivencia depende de nuestra comunidad, cuanta más necesidad tengamos de ser sociales, mayor será nuestra probabilidad de aceptación y supervivencia. Y, por ello, también sentimos necesidad de tocar, acariciar y abrazar, y viceversa, como forma de comunicar esa conexión social de forma más íntima y fidedigna.

El placer de colaborar

A pesar de que somos Homo sapiens y nos empezamos a comunicar más a través de entornos 2.0, sin contacto humano real, esta dinámica evolutiva dejó una impronta profunda y duradera en nuestros genes, y en la forma en que se ha configurado nuestro cerebro.

Si bien es cierto, pues, que podemos vivir a expensas de los demás, finalmente estaremos yendo en contra de millones de años de presión evolutiva para hacer justo lo contrario. Como ello, a la larga, resulta difícil y hasta triste o doloroso, extraemos placer cuando buscamos la compañía de otros para interactuar. De este modo, los seres humanos no son como otros elementos del mobiliario urbano, como puedan ser los bancos, las papeleras o el autobús, pues no recibimos la misma recompensa en forma de oxitocina cuando interactuamos con objetos no humanos.

La oxitocina es un neuropéptido producido en el hipotálamo y secretado por la glándula pituitaria posterior. Durante mucho tiempo, se ha establecido que juega un papel importante en el parto y la vinculación materna y más recientemente se ha identificado como una sustancia química del cerebro implicada en la determinación de nuestras interacciones sociales.

La oxitocina, pues, aumenta las conductas prosociales como el altruismo, la generosidad y la empatía; haciéndonos estar más dispuestos a confiar en los demás. Por esa razón, las personas más egoístas pueden pasar a comportarse como altruistas tras haberles administrado oxitocina por vía nasal, según sugiere un estudio publicado en Nature en 2019.

Dado que el cerebro parece estar diseñado para potenciar y facilitar las interacciones sociales, hay diversos estudios que sugieren que las personas que no desarrollan esa interacción pueden ser víctimas de problemas y alteraciones psicológicas.

También es importante el contacto físico, sobre todo en los primeros años de vida. Numerosos experimentos sobre niños en hospicios que apenas tuvieron contacto con sus cuidadores sugieren elevados niveles de depresión y hasta un alto índice de mortalidad, por ello los psicólogos exigieron un cambio en los cuidados infantiles en la década de 1940, aconsejando a las enfermeras que tomaran a los niños en brazos para acunarlos, acariciarlos, consolarlos y darles una sensación de contacto íntimo.

Así pues, si estamos hechos para colaborar con los demás y para acariciar o que nos acaricien, para abrazar y que nos abracen, Jeremy Rifkin se formula la siguiente pregunta para reflexionar en su libro La civilización empática: "¿Es posible que esta naturaleza [la humana], en lugar de ser intrínsecamente malvada, interesada y materialista, sea empática, y que todos los demás impulsos o instintos que hemos considerados primarios (agresividad, violencia, egoísmo, codicia) sean impulsos secundarios que surgen de la represión o la negación de nuestro instinto más básico?"

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