La ciencia del estornudo: así expandimos las infecciones

Pocas cosas hay más molestas que esa necesidad casi imperiosa que a veces nos entra por estornudar. Dicen los médicos que es la forma que tiene el ser humano de proteger sus vías respiratorias pero no estaría de más pensar que es una estrategia de virus y bacterias para buscar nuevos huéspedes...

Con la pandemia del coronavirus las autoridades insisten en enseñarnos la forma correcta de estornudar: en la flexura del codo. Y no está de más seguir sus consejos, porque los estornudos son una peligrosa arma de destrucción masiva; piensen en los más de 30 millones de muertos por culpa de la malhadada gripe de 1918.

El aire expulsado en un estornudo sale de la nariz a una velocidad de 65 km/h, lo que equivale a una fuerza del viento de 8 en la escala de Beaufort: según los libros de navegación, equivale a 'temporal' y es capaz de quebrar las copas de los árboles. Sólo por comparar, al respirar exhalamos el aire a unos modestos 8 km/h.

Y llega el estornudo. Si no somos lo suficientemente rápidos, usaremos la mano en lugar de un pañuelo. Algo que, por cierto, no sirve de mucho. Con el cambio del pañuelo de tela por el de papel hemos ganado comodidad pero poca cosa más. Los pañuelos de papel, en realidad, tienen más agujeros que papel porque de este modo los fabricantes consiguen ese tacto suave y agradable. Si las fibras de pulpa de madera estuviesen más juntas el conjunto sería más higiénico pero no sería un producto atractivo comercialmente hablando: a nadie le gusta sonarse la nariz con un folio…

Pero claro, los pañuelos de papel están diseñados para sonarse la nariz no para detener vientos húmedos y huracanados. Esto quiere decir que las pequeñas gotitas de fluido nasal que expulsamos al estornudar, donde van cómodamente instalados los virus causantes de la infección, atraviesan el pañuelo de papel con relativa facilidad. Una vez que las gotitas de nuestro estornudo empiezan a moverse al aire libre sufren una curiosa mutación. El roce con el aire a 65 km/h las va secando y lo único que queda a unos 40 cm de la boca de donde han salido es una amalgama de residuos mucosos con forma de dardo que transporta la temible carga infecciosa.

No creamos que para evitar el contagio basta con apartarnos de la línea de fuego. La acción de poner delante de la boca y la nariz un pañuelo también provoca que parte de esas gotitas salgan disparadas por los costados, de forma que la habitación quedará inundada de esas pequeñas balas portadoras de gérmenes que se moverán lentamente por la habitación. La única forma de evitar el contagio es salir disparados y esperar dos horas antes de volver a entrar. Sólo entonces podemos estar seguros que los malignos dardos han dejado de flotar por ahí y han caído al suelo.

Ahora bien, no todo va a ser malo. Una ventaja que tiene vivir en lugares como las ciudades es que estamos expuestos de continuo al ataque de virus y otros microbios provenientes de las gargantas y narices de nuestros vecinos. Esta continua exposición nos permite vivir cómodamente sin estar postrados en cama día sí, día también, porque hemos desarrollado las defensas necesarias para impedir su avance más allá de nuestras mucosas. Sólo cuando nos enfrentamos a nuevas infecciones, como la del nuevo coronavirus, nuestro parapeto de defensa que es el sistema inmunitario no sirve de mucho.

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Me licencié en astrofísica pero ahora me dedico a contar cuentos. Eso sí, he sustituido los dragones y caballeros por microorganismos, estrellas y científicos de bata blanca.

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