La cara más letal de la crisis climática

El cambio climático no solo afecta al medio ambiente sino también a nuestra salud. Desde golpes de calor a enfermedades graves que transmiten los mosquitos, esto es lo que puede venir.

Termómetro y coches
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"El cambio climático es una de las amenazas para la salud más urgentes de abordar a nivel global". Esta frase pronunciada por el director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus, unos días antes de que arrancara la Cumbre sobre la Acción Climática 2019, de Naciones Unidas, puede parecer alarmista. Sin embargo, cada palabra cobra sentido si analizamos las cifras que barajan los expertos: entre 2030 y 2050, se calcula que morirán 250 000 personas más cada año debido al cambio climático, según datos de la ONU. De ellas, 38 000 serán ancianos que no sobrevivirán al calor, otros 48 000 individuos fallecerán por diarrea y 60 000 de malaria. Y cerca de 95 000 niños morirán fruto de la desnutrición aparejada a la crisis climática.

“Hay estudios epidemiológicos que estiman que, a nivel europeo, por cada grado que aumente la temperatura ambiente, la mortalidad de la población se puede incrementar entre un 1 % y un 4 %”, advierte Ricardo Gómez Huelgas, Jefe de Servicio de Medicina Interna del Hospital Regional de Málaga y expresidente de la Sociedad Española de Medicina Interna (SEMI). Y no hay que irse muy lejos para comprobar si los pronósticos se cumplen: ya está pasando.

Así ocurrió con la ola de calor que azotó Europa en el verano de 2003, con temperaturas que superaron los 45 ºC en algunos puntos de Andalucía o incluso los 37 ºC en el Reino Unido, y que acabó con la vida de unas 70 000 personas en el Viejo Continente. España, durante ese estío, tuvo un 8 % más de muertes, que se produjeron en individuos de 65 años en adelante, como concluyó una investigación publicada en la revista Gaceta Sanitaria.

Hoy, alrededor del 30 % de la población mundial se ve expuesta a condiciones climáticas que superan el umbral de la mortalidad por calor durante, al menos, veinte días al año. Y, para el futuro, las previsiones no son nada alentadoras: se prevé que en 2100, si no reducimos las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), el porcentaje roce el 50 %. Obviar la amenaza por temperaturas muy altas podría provocar que estas terminen afectando a tres cuartas partes de la población mundial, según un estudio reciente publicado en Nature Climate Change.

Si revisamos el Quinto Informe de Evaluación del IPCC (el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de la ONU), el más reciente hasta la fecha, desde mediados del siglo XX han aumentado los días y las noches cálidos y, con ellos, tanto las olas como los golpes de calor. Estos consisten en “un aumento no controlado de la temperatura corporal que produce un fallo multiorgánico”, explica Gómez Huelgas, que ya está viendo cada vez más casos de este tipo, especialmente en población de riesgo, como ancianos y pacientes con enfermedades crónicas. De forma menos frecuente, los golpes también afectan a gente más joven que realiza actividades laborales o físicas bajo condiciones de altas temperaturas, como pueden ser la construcción, labores agrícolas y entrenamientos deportivos.

La subida de las temperaturas y los cambios en los ecosistemas asociados a la emergencia climática debido a las sequías, la deforestación o el incremento del nivel del mar también van a suponer un aumento del número de dolencias transmitidas por insectos, como la malaria y el dengue. “Todas las enfermedades en las que intervienen reservorios y vectores tienen una enorme capacidad de dispersión y son, por lo tanto, las más afectadas por el cambio climático y el cambio global, tal y como hemos visto recientemente en el caso de la esquistosomiasis urogenital (una infección parasitaria) en Europa o las transmitidas por mosquitos”, destaca María Dolores Bargues, presidenta de la Sociedad Española de Medicina Tropical y Salud Internacional (SEMTSI).

Los vectores son organismos vivos que pueden transmitir enfermedades infecciosas entre personas y también de animales a humanos. Como enumera Bargues, los mosquitos son los vectores más conocidos de enfermedades, aunque también estarían las garrapatas, las moscas, los flebotomos –transmiten la leishmaniasis–, las pulgas, los triatominos –enfermedad de Chagas– y algunos caracoles de agua dulce. De esta forma, entre las dolencias propagadas por estos insectos y moluscos que se verán afectadas por el cambio climático se cuentan algunas muy conocidas, caso de la malaria, el dengue, la citada leishmaniasis y la fiebre amarilla; y otras no tanto, como la mencionada esquistosomiasis, la tripanosomiasis africana humana o enfermedad del sueño, el mal de Chagas, la encefalitis japonesa y la oncocercosis o ceguera de los ríos.

Una investigación publicada en The Lancet comparó el escenario mundial del dengue en 1990 con una estimación para 2085. Si en 1990 casi el 30 % de la población total –1500 millones de individuos– residía en regiones donde el riesgo estimado de transmisión del dengue era superior al 50 %, en 2085, con las proyecciones realizadas sobre el cambio climático, la población en riesgo prácticamente se doblaría: se situaría entre el 50 % y el 60 % y afectaría a alrededor de 5000 o 6000 millones de personas. Si no estuviéramos ante un escenario de cambio climático, la proporción descendería hasta el 35 %.

“Muchas enfermedades transmitidas por vectores son sensibles al clima, pero el dengue es la infección viral más importante. La malaria también aumentará en áreas actualmente demasiado frías para la propagación”, afirma Simon Hales, profesor en el departamento de Salud Pública de la Universidad de Otago (Nueva Zelanda) y autor principal del estudio.

La malaria preocupa especialmente en nuestro país. Como recuerda la presidenta de la ­SEMTSI, España obtuvo el certificado de erradicación de la enfermedad en 1964. Sin embargo, a fecha de hoy, los mosquitos vectores ­persisten en el territorio y han provocado algunos casos de transmisión autóctona en los últimos años. Esta situación, sumada al efecto del cambio climático, conlleva que haya mosquitos activos no solamente en verano, sino incluso hasta los meses de octubre o noviembre, lo que aumenta el riesgo de transmisión.

“La principal consecuencia es que los períodos de propagación, no solo de la malaria, sino de otras muchas enfermedades transmitidas por mosquitos, se amplían, y puede darse el caso de contagio durante todo el año o que aparezcan algunas enfermedades en países que antes no las sufrían”, alerta la experta.

Podríamos decir que la contaminación ambiental y el cambio climático son dos caras de una misma moneda. Por una parte, el aumento de emisiones de dióxido de carbono –el CO 2 es un tipo de GEI– provoca el calentamiento global y este, a su vez, deriva en el cambio climático –que consiste en variaciones globales en el clima de la Tierra–. Por otra parte, los GEI y las partículas en suspensión (PM, por sus siglas en inglés) son responsables de la polución del aire.

En todo el mundo, la ONU calcula que la contaminación es la responsable de la muerte prematura de siete millones de personas cada año, incluidos 600 000 niños. Si nos fijamos en Europa, las muertes anuales debido a esta polución rozan las 800 000 y reducen la esperanza de vida más de dos años, según un estudio publicado en el European Heart Journal. La mayoría de estos decesos se produjeron por enfermedades cardiovasculares.

“Esperamos un aumento importante de las enfermedades cardiorrespiratorias; básicamente, infartos de miocardio, insuficiencias cardíacas y anginas de pecho”, resume José Luis Palma, vicepresidente de la Fundación Española del Corazón. Aunque, en principio, cualquier persona es susceptible de padecerlas con un aumento de la contaminación ambiental, hay colectivos más vulnerables, como los más pequeños, los ancianos, los pacientes inmunodeprimidos, los hipertensos, los diabéticos y las personas con procesos tumorales avanzados.

Luis Palma advierte de que ya están observando más hospitalizaciones por insuficiencia cardíaca o por angina aquellos días en que los niveles de contaminación en las grandes ciudades superan los límites establecidos. “La repercusión en la salud cardiovascular es tremenda. Ya está constatado que el cambio climático y la contaminación ambiental inciden de manera muy negativa”, asegura.

Ambos fenómenos forman la pareja perfecta para que también aumenten otro tipo de trastornos: en concreto, las alergias. Así lo describen varios estudios, como uno publicado en la revista Environmental Science & Technology, que concluyó que el Antropoceno –la actual era en la que nos encontramos, que se caracteriza por la evidente influencia del ser humano– causa modificaciones químicas de los alérgenos –sustancias que provocan las reacciones alérgicas–, aumenta el estrés oxidativo –un tipo de deterioro celular– y desequilibra el sistema inmunitario hacia reacciones alérgicas.

Los responsables de estos efectos serían el dióxido de carbono, el ozono, los óxidos de nitrógeno y las partículas atmosféricas relacionadas con la combustión o el tráfico. “El aumento de las temperaturas y de la concentración de CO 2en el aire pueden provocar estaciones más largas de polen y alterar la producción de este y la biodisponibilidad de los alérgenos”, comenta Kathrin Reinmuth-Selzle, investigadora del departamento de Química Multifásica del Instituto Max Planck de Química (Alemania) y autora principal del estudio.

Asimismo, según Reinmuth-Selzle, los eventos extremos pueden favorecer los brotes de asma que surgen a raíz de las tormentas. También el cambio climático y la contaminación del aire provocarían que las personas sean más sensibles a las respuestas alérgicas e incluso modificar los propios alérgenos, lo cual aumenta su potencial para generar una reacción en el organismo, como ocurre con el polen de abedul.

En cuanto a las enfermedades de este tipo que serán más comunes, la investigadora enumera la rinitis alérgica, la alergia al polen de césped y abedul, el asma atópica, el eczema (dermatitis atópica) y las reacciones inmunológicas provocadas por alimentos.

Otra consecuencia de la crisis climática son los fenómenos meteorológicos extremos de mayor intensidad, como las sequías, los ciclones tropicales y los huracanes. En estos casos, las catástrofes que generan van acompañadas de graves problemas de salud para los miles de damnificados.

“Aparte de los daños físicos y la depresión o ansiedad que sufren las víctimas tras una catástrofe, la falta de acceso al agua potable aumenta el riesgo de diarrea y la escasez de alimentos favorece la malnutrición”, subraya Anna Fernández Ortiz, coordinadora del grupo de trabajo en Salud Planetaria y responsable de la SecciónJóvenes Médicos de Familia de la Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria (semFYC).

Como hemos visto, entre 2030 y 2050, cerca de 50 000 personas fallecerán al año por diarrea. ¿Y qué favorece esta alteración intestinal? La falta de agua potable, algo que resulta habitual en situaciones de sequía o con fenómenos extremos en los que se contaminan las fuentes de corriente limpia. Algo similar sucede con las tierras de cultivo: la escasez o el exceso de agua disminuirán las cosechas y la diversidad de los alimentos cultivados en determinadas regiones, lo que desembocará en situaciones de hambre y malnutrición.

El cambio climático empeorará las condiciones de vida de agricultores, pescadores y quienes viven de los bosques, poblaciones ya de por sí vulnerables y con inestabilidad alimentaria, según advierte la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO). “Como en otras situaciones, el cambio climático aumenta las inequidades en la salud entre ricos y pobres, y las enfermedades afectan más a estos últimos”, se lamenta Fernández Ortiz.

Además de provocar falta de agua, el calentamiento global también repercutirá negativamente en su calidad. “Unas temperaturas más elevadas podrían provocar que se dispare la proliferación de microorganismos como la legionela”, indica Cristina Rius, miembro de la Sociedad Española de Epidemiología y jefa del Servicio de Epidemiología de la Agencia de Salud Pública de Barcelona. Aparte de las enfermedades físicas, la salud mental también se resentirá por culpa de la crisis climática. Por un lado, tragedias devastadoras, como huracanes y tornados, dejarán sin hogar a miles de personas, provocando por ejemplo crisis de ansiedad y cuadros de depresión; de hecho, la mitad de los supervivientes del huracán Katrina, de 2005, desarrollaron un trastorno de estrés postraumático incluso sin haber sufrido pérdidas físicas directas, como reveló un estudio.

Pero, además, habrá otras víctimas más silenciosas, mucho menos evidentes, que padecerán las consecuencias de los cambios en el planeta. Por ejemplo, la exposición extrema al calor lleva aparejado un agotamiento en personas vulnerables y otros riesgos para la salud mental, incluido el suicidio.

Según una investigación publicada en Nature Climate Change, las tasas de suicidio en Estados Unidos y México ascendieron un 0,7 % y un 2,1 %, respectivamente, cuando las temperaturas mensuales promedio aumentaron en un grado centígrado. Si sus estimaciones se cumplen y continúan subiendo a ese ritmo, de aquí a 2050 podrían quitarse la vida entre 9000 y 40000 personas más en estos dos países, que es el equivalente al número de suicidios que suelen acompañar a una recesión económica.

Los expertos en salud pública, epidemiólogos, cardiólogos, psiquiatras y médicos de atención primaria urgen a las autoridades a cumplir los compromisos internacionales, como el Acuerdo de París, para tratar de frenar el cambio climático. Pero ¿están preparados estos profesionales para el repunte de enfermedades que se avecina?

Expertos del Centro Europeo para la Prevención y Control de Enfermedades (ECDC) admiten que, en cuanto a las dolencias infecciosas transmitidas por alimentos, agua y vectores en Europa, las prácticas de vigilancia actuales necesitarían “algunos ajustes”. No obstante, destacan el buen funcionamiento de la base de datos y la red de especialistas que comparten con la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) sobre la distribución de vectores y microorganismos infecciosos en Europa y en la cuenca mediterránea.

En España, en 2004 se creó el Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, que dirige la gestión de la información y apoya en la respuesta ante situaciones de alerta o emergencia sanitaria que supongan una amenaza para el bienestar de la población.

“Numerosas organizaciones están colaborando para garantizar la formación de los médicos en temas de salud y medioambiente”, resalta Fernández Ortiz, quien cita a la OMS, la ONU, la Planetary Health Alliance y otras entidades que ofrecen cursos de posgrados para profesionales sanitarios sobre salud global y charlas para implicar a la población. Parece que están preparados para lo peor. ¿Y nosotros?

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