Andreu Escrivà, divulgador climático

‘Hemos pasado del negacionismo del cambio climático al negacionismo de las soluciones’

Hablamos largo y tendido con el autor del libro ‘Aún no es tarde. Claves para entender y frenar el cambio climático’.

Andreu Escrivà es licenciado en Ciencias Ambientales y uno de los comunicadores de referencia en nuestro país en materia de cambio climático. En su libro Aún no es tarde nos da las claves para entender mejor las implicaciones del cambio climático y, sobre todo, para no tirar la toalla ante el enorme desafío al que nos enfrentamos.

Hablamos con él de mitigación y adaptación al cambio climático, del fenómeno Greta Thunberg, de energía nuclear, de consumo de carne, del precio de los aviones y de muchos otros temas que hoy, más que nunca, están de máxima actualidad.

 

En tu libro eres optimista (el mismo título lo es): aún tenemos tiempo. Sin embargo, y conociendo tan bien como tú conoces los datos y predicciones sobre cambio climático, parece muy complicado mirar el futuro con buenos ojos. ¿Cómo lo consigues?

Hay que aprender a valorar el papel de la incertidumbre que, cuando hablamos de clima, se ve en muchas ocasiones como algo negativo. Sin embargo, yo creo que la incertidumbre también es positiva: por ejemplo, cuando yo publiqué el libro hace tres años no tenía ningún elemento para prever que en 2019 el cambio climático iba a estar en primera línea de la agenda mediática, pública y política.

Lo que yo digo es que el futuro no está cerrado: que podemos tener esperanza en que se activen resortes que ahora ni nos podemos imaginar y que nos pongan en marcha. El resorte puede ser una niña sueca con síndrome de Asperger, o sufrir tres huracanes seguidos, o padecer sequías e inundaciones brutales en el este de España. Esos resortes existen y provocan cambios. No es que me hagan ser optimista 100%, pero sí tener cierta esperanza.

Además, tenemos que trabajar con los elementos de los que ya disponemos. No tenemos que sentarnos a esperar a que aparezca algo que nos salve: ya tenemos muchas herramientas y una capacidad brutal de provocar cambios enormes, tanto a nivel individual como colectivo.

No hay que ser derrotistas, solo podremos decir que hemos perdido la partida cuando la hayamos perdido de verdad, y afortunadamente esto no es de ganamos o perdemos: es de conseguir unos objetivos o no, y hay que luchar por lograrlos.

 

Hablando de objetivos… hace más o menos un año un informe del IPCC nos recomendaba ser más exigentes e intentar no superar la barrera de los 1,5° C con respecto a los niveles preindustriales. ¿Es realista conseguir esta meta? ¿Y la de los 2° C?

Tal y como están las cosas, creo que es muy complicado quedarse por debajo del grado y medio. El Acuerdo de París se produjo en un momento muy particular, en 2015 no estaba Trump, no estaba Bolsonaro, no estaba el Brexit ni toda esta ola autoritaria y de cierre de fronteras que se está viviendo en todo el mundo. En cierto modo es un “Sálvese quien pueda”.

Eso no significa que no haya herramientas encima de la mesa para poder conseguir estos objetivos, y que sepamos lo que hay que hacer, lo que pasa es que es muy complicado, exige un esfuerzo brutal, global e inmediato, y además modificando muchos ámbitos de nuestra vida.

Sin embargo, creo que no hay que obsesionarse con lo del grado y medio o los dos grados. Se trata de cifras consenso que tienen detrás una cantidad enorme de datos científicos, pero a mí lo que me da mucho miedo es que la gente perciba que, como es muy difícil quedarse por debajo de los dos grados, y como ya hemos pasado esa línea roja… pues ya está todo perdido, así que no merece la pena actuar. Eso es lo que me preocupa de verdad.

 

Pero entonces… ¿nos olvidamos de los 2° C?

El problema fundamental con los dos grados, y eso sí que da un poco de miedo, sinceramente, es que se supone que a partir de ahí perdemos el control. Imagina que vas en un coche cuesta abajo. Ahora mismo, si apretásemos el freno a fondo, seguramente nos pegaríamos un golpe, tendríamos algún latigazo en el cuello, alguna contusión seria, pero en todo caso estamos a tiempo de apretar el freno. Pero el problema es que si no apretamos el freno ahora, si superamos esos dos grados, podría suceder que, aunque apretásemos el freno, este ya fuera incapaz de parar el coche.

Volviendo al cambio climático: ahora, más o menos, lo tenemos bajo control y todo depende de lo que emitamos. Pero si pasamos de los dos grados – aproximadamente, es una frontera difusa-, entonces ya no tendremos control. Una vez que se active el deshielo de Groenlandia o el del permafrost, o que se produzca un cambio de régimen en los bosques húmedos tropicales, se van a desencadenar mecanismos con consecuencias globales que ya no podremos detener. Eso va a rodar como una bola que se irá haciendo cada vez más grande.

Yo siempre hago un símil futbolístico, porque la gente lo entiende muy bien así. Lo de los dos grados, o lo de que nos queden once o doce años para frenar el cambio climático, es como el descenso matemático: llega un momento en que el equipo ya ha descendido matemáticamente, y aunque gane el resto de partidos de la liga por 10-0, ya va a bajar a segunda división seguro, matemáticamente es imposible salvarse.

No es que en 2030 se vaya a acabar el mundo, seguramente seguiremos como ahora… un poco peor, pero más o menos como ahora. El problema será que estaremos  en descenso matemático, y aunque estemos en primera división, en unos años descenderemos a segunda sí o sí.

Pero yo confío, y ese es el mensaje que intento transmitir en el libro, en que seamos capaces de activar a tiempo muchos más resortes de los que te hablaba antes, que hagan que los dos grados parezcan realistas. Yo no quiero caer en la profecía auto-cumplida y decir que es imposible no sobrepasar la barrera de los dos grados. Porque entonces, como es imposible, pues ya da igual todo, actuamos como si los fuéramos a sobrepasar… y entonces es cuando los sobrepasamos de verdad.

 

¿Crees que los movimientos de protesta que han surgido en todo el mundo van a ayudar a conseguir estos objetivos, son esos resortes de los que hablas?

Por supuesto. Yo confío mucho en que los bucles de retroalimentación humanos sean capaces de evitar que se pongan en marcha bucles de retroalimentación físicos. Cuando yo escribí el libro, hace tres años, era imposible imaginar un movimiento como el de Juventud por el Clima o que el tema de la carne iba a estar tan de actualidad como lo está ahora mismo. Cuando hice la investigación para el libro, me costaba encontrar en artículos de divulgación información sobre la relación entre la dieta y el cambio climático, y cuando lo comentaba en las charlas mucha gente se quedaba alucinada... y sin embargo, ahora el debate sobre la carne está por todas partes.

 

¿Y qué opinas de las críticas que se han hecho a Greta Thunberg?

Creo que lo primero para que el cambio climático se aborde con responsabilidad es que esté en la agenda pública, y estas movilizaciones lo están consiguiendo, están llegando a muchos sitios a los que no se había podido llegar y esto es muy positivo. Como ya he comentado, hace unos años nadie se manifestaba por el clima, éramos solo cuatro frikis a los que nadie tenía en cuenta, y hoy el panorama es totalmente distinto.

Creo que va a ayudar, sobre todo, a despertar conciencias y a que la gente se entere, pero creo que, para que todo esto no caiga en saco roto, hay que acompañar el mensaje de mucha información y educación ambiental.

Hace poco, Greta Thunberg dio un discurso muy emotivo en Nueva York, y todo lo que se pudo leer en la prensa ese día hacía referencia a la parte más superficial o morbosa del asunto: “Greta miró así” “Greta menos” “Greta más”… Resulta que ese mismo día también se había presentado un informe sobre la subida del nivel del mar aterrador, y de pronto nos empezamos a fijar solo en la cara más sensacionalista del asunto.

Es cierto que una pequeña parte está potenciada también por ella misma, es un discurso muy personalista, siempre dicho desde todo el respeto y la admiración a alguien que es capaz liderar un movimiento así, y más teniendo 16 años, pero me preocupa que al final acabemos prestando más atención a “Greta ha dicho esto o Greta ha dicho lo otro” y olvidemos su mensaje, porque ella misma lo señala: “No os fijéis en lo que yo digo, leed a los científicos”.

 

Pero es que parece inevitable fijarse en Greta, es una niña que habla en foros delante de autoridades mundiales sin cortarse un pelo…

Exacto, el valor de Greta es el subidón que te da el ver a una niña pegándoles una regañina a los políticos, y eso tiene un potencial visual emotivo y humano brutal, a todos nos gustaría estar ahí diciéndoles cuatro cosas a estos señores. Pero a mí la verdad es que me causó una contradicción enorme el ver a Greta en un programa de televisión de EEUU diciendo que tenemos que cambiar y demás, mientras todo el mundo la animaba en plan líder.

Porque resulta que, si toda esa gente que estaba ahí animando a Greta hace lo que les está diciendo, pues se les va a acabar su modo de vida, sobre todo a ellos que son americanos. Greta les está diciendo que dejen de consumir tanta energía, de comer lo que comen, de coger el coche para todo y aviones de continuo, de comprarse dispositivos tecnológicos tres veces al año… en el momento en el que la gente se dé cuenta de lo que está apoyando y de lo que implica puede haber un efecto rebote, y eso es lo que más me preocupa.

El peligro de ese discurso que apela a una generación de adultos que se han cargado el futuro de los jóvenes y les han robado los sueños es que puede hacer que la gente se sienta muy mal. Para empezar, en todo el mundo ya hay millones de niños a los que les han quitado los sueños, y sin necesidad de cambio climático. Y segundo, me da miedo, y ojalá me equivoque, que en esta nueva fase de movilizaciones, con esta culpabilización de las generaciones pasadas se produzca, como ya te he comentado, ese efecto rebote. Si te culpabilizan a lo bestia, te proteges y dices “oye ya tengo bastante con mis problemas para que tú encima me vengas a decir que te he robado el futuro”.

Las movilizaciones están muy bien, pero deben de ir acompañadas de mucha información, para que todo el mundo entienda cómo hemos llegado hasta aquí, y sobre todo evitando la culpabilización.

 

Con esto de las culpas… lo que sucede es que mucha gente se siente atacada y opina que es injusto responsabilizar al individuo de un problema que tiene una dimensión mucho más global y compleja, ¿cuál crees que es la mejor estrategia para informar y concienciar sobre el cambio climático de forma rigurosa y sin edulcorar la realidad, pero sin que la gente sienta rechazo?

Al final, la comunicación va mucho de que el receptor entienda que el emisor es uno de los suyos. A quienes nos dedicamos a comunicar temas de medio ambiente siempre nos han visto como una especie de curas que les decíamos que iban a arder en el infierno si no hacían esto o lo otro.

La gente tiene que entender que cualquier cosa que se haga es valiosa, que no hay que hacerlo todo bien o le suspendemos. No podemos ser examinadores vigilando para que todo el mundo saque un diez, y es que además, si no se saca un diez, el planeta se va al carajo… esa es una carga muy fuerte sobre los hombros. Si a ti te dicen un montón de cosas que son muy difíciles de llevar a cabo, que lo estás haciendo todo mal, si no sabes por dónde empezar… al final te entra una desazón y una angustia vital tan grande que no sabes por dónde tirar.

Es necesario sentirse en conflicto e impelido a actuar y a cambiar, y no pasa nada por sentirse frustrado… pero sentirte mal, desanimado y culpable no conduce nunca a la acción. Y mi objetivo principal es llevar a la acción a cuanta más gente sea posible. Prefiero que el 70% de la población española reduzca a menos de la mitad su uso de plástico, a que el 5%, una pequeña élite ambiental, consiga eliminar por completo el plástico de su vida y que lo haga todo perfecto… es que esos modelos a la gente le frustran.

Yo me he dado cuenta de que hay que partir de dos bases: la primera, como he dicho, es no culpabilizar nunca, y la segunda mostrarme humano y con contradicciones. Para mí es más efectivo ponerte al nivel de la gente, pero es porque yo lo estoy, no soy un ser perfecto predicando desde un púlpito sino un ser humano con contradicciones, y debo reconocerlas.

Por ejemplo, tengo coche. Es verdad que en la ciudad casi nunca lo uso, voy a trabajar en  bici o en autobús. Pero oye, hay días que tengo mucha prisa y saco el coche. Y a veces también cojo aviones, he estado tres años evitándolos, pero dentro de unos días voy a tener que montar en uno para ir a Bruselas por un tema de trabajo al que no me da tiempo a llegar en tren. La gente valora la coherencia, pero también las contradicciones, es decir, que tú trates de ser consecuente con lo que predicas pero que también reconozcas tus limitaciones y no las escondas.

Cuando cuentas tus propios conflictos en el día a día y tus contradicciones, la gente se siente identificada y tu mensaje llega más.

 

 

Con esto que has comentado de los aviones… cada vez hay más gente que reduce sus vuelos por motivos ambientales, pero esa es sin duda una de las decisiones más difíciles de llevar a la práctica. Hay mucha gente con conciencia ambiental que va en bici a trabajar, compra productos locales, reduce el uso del plástico, etc., pero que no es capaz de renunciar a los aviones, ¿qué opinas de esta opción?

Es un tema muy interesante. Es que el avión no es solo un medio de transporte, es un salvoconducto al placer, al ocio, a la realización personal, o a colgar fotos en Instagram, que es para lo que vale últimamente viajar. Renunciar a los aviones es lo que más cuesta, con diferencia.

El problema es que hablamos de algo aspiracional, algo que te realiza, o que te han vendido que te realiza como persona. Además es barato, y se producen barbaridades como la de aquellas dos amigas inglesas que se encontraron para tomar un café en Málaga porque les salía más barato quedar allí que ir en tren a un punto medio entre sus dos ciudades.

Cuando hablamos de reducir el transporte en avión estamos jugando con el “me estás cercenando la posibilidad de ser yo mismo”: es un ataque a la libertad, a la individualidad y a la identidad. ¿Por qué? Porque nos hemos construido un mundo, que además va muy rápido, en el que viajar – a muchos sitios, muy lejanos y muy exóticos- es una parte de lo que somos y de nuestra identidad.

Creo que la solución, que es la más difícil y sobre la que estoy reflexionando mucho ahora, radica en la necesidad de un cambio en el set de valores de nuestra sociedad. Esto es muy complicado, pero se puede hacer, por ejemplo hay un periódico sueco que como política ha dejado de incluir en sus páginas anuncios de vuelos baratos, porque al final todo lo que nos rodea nos está reforzando esa idea de viajar muy lejos y muy barato.

Creo que entre todos tenemos que tratar de reflexionar sobre el trasfondo de estos valores, y de generar y promocionar valores de cercanía, de conocimiento de nuestro territorio y de sus gentes, de viajar desde la lentitud. Evidentemente, si a alguien le hace mucha ilusión irse a Nueva York o a Bali, nadie se lo puede impedir, pero lo primero es que el precio lo refleje, quiero que el queroseno pague impuestos, no puede ser que te puedas ir por 500 euros a la otra punta del mundo. Es que el billete de avión no debería valer eso, tú piensa hasta donde llegas con 500 euros de gasolina… a Japón no, desde luego.

 

Pero si usas ese argumento se podría decir que subir el precio no es lícito porque entonces volar sería un lujo solo al alcance de unas élites…

Ahí está el nudo de la cuestión… la respuesta que a mí me pide el cuerpo no es nada popular, porque hablaríamos de racionamiento, de cuotas. Imagina que cada ciudadano tiene un presupuesto de carbono, por ejemplo puede volar tres toneladas de carbono al año. Y estas cuotas no son intercambiables, es decir, que los ricos no se las puedan comprar a los pobres.

Si tú no puedes volar porque no tienes dinero o no te apetece, pues esa cuota se pierde, pero no te la va a comprar un rico para volar más veces. Pero, claro, es una propuesta muy controvertida, ya te puedes imaginar… me han llamado estalinista y de todo cuando lo he propuesto.

Es verdad que lo de subir los precios haría que solo se pudiesen permitir volar los ricos, igual que poner un impuesto sobre la carne… pero es que hay que asumir que el precio de los aviones no refleja su coste real. Volar por 15 euros, y eso tendría que quedar muy claro, es imposible. Tienes un aparato enorme de última tecnología que consume una cantidad de fuel descomunal, que necesita una logística terrible en los aeropuertos, que te transporta por 15 euros a 3.000 kilómetros y que te ha costado menos que el taxi… ¿Es que no vemos nada raro en que nos cueste más el taxi para llegar al aeropuerto que el billete de avión?

Y cuando dicen eso de que si subimos los impuestos los ricos podrán volar más… es que los ricos pueden ya más de todo. Los ricos van a poder más siempre. Se van a comprar los mejores coches eléctricos, van a comer la mejor carne, van a volar donde quieran, van a tener las casas más eficientes energéticamente… en el fondo esto es una especie de excusa mental. Los ricos ya son ricos y el mundo ya es desigual, lo que hay que atacar es la desigualdad. Lo importante de esta cuestión que planteas no son los aviones, sino que el mundo es desigual, y mucho. Y con el cambio climático lo será aún más.

 

El tema de las cuotas es muy controvertido así que… ¿con qué medidas más realistas se podría acompañar esa subida de impuestos en el precio de los vuelos en avión?

Yo personalmente haría una estrategia mixta, que pondría el foco especialmente en los trayectos de menos de dos horas, de hecho esto es algo que ya se está planteando en muchos foros: por ejemplo, no tiene sentido que haya vuelos de París a Bruselas. O, al menos, que haya tantos vuelos, puede haber uno o dos para hacer una escala, pero es que son ciudades que están al lado.

También creo que hay que cortar los vuelos de trabajo inútiles y emplear más las nuevas tecnologías para organizar videoconferencias y evitar muchos de estos desplazamientos.

A la vez, hay que dar opciones, por ejemplo abaratando los trenes y potenciando los de media distancia. Deberíamos tener red pública de transporte bajo en carbono para que todo el mundo pudiera moverse con el menor impacto posible, eliminar como ya he dicho desplazamientos inútiles, y conectar todo esto con lo que te comentaba antes de un cambio radical en nuestro set de valores. Llegar a una nueva concepción de la lentitud como algo positivo, sustituir la productividad extrema y nuestra manía de llenar nuestro entorno de mil cosas y actividades. Hay que ralentizarlo todo, y cuando lo hagamos veremos como algunas opciones que ahora nos parecen imposibles empiezan a ser más factibles.  

 

Quizá el quid de la cuestión sea que la lucha contra el cambio climático puede ser también una oportunidad para vivir mejor, ¿no? Por ejemplo creando empleo verde o haciendo que nuestras ciudades sean más habitables…

Claro, esto toca una cuestión fundamental que son los cobeneficios. Si tú reduces la emisión de combustibles fósiles en las ciudades resulta que, además, estás mejorando una barbaridad la calidad del aire de las mismas, que causa muchísimos muertes prematuras al año. Si tú quitas las calderas, reduces los coches de combustión, la entrada de cruceros, -que en Barcelona por ejemplo eso es un problema enorme-… pues estás mejorando también la vida de las personas.

O si pones árboles para que capturen CO2 y haya deposición seca de contaminantes, pues a la vez estás mejorando el paisaje de la ciudad, estas generando espacios para jugar, para pasear, para encontrarse, para leer… espacios humanos donde hacer vida.

La peatonalización de las ciudades, por ejemplo… ya no es solo por los humos, es que te permite recuperar espacio público, eso es una cosa en la que la gente no se fija mucho, pero resulta que el coche eléctrico, al final, ocupa lo mismo que los otros, está ocupando espacio público. En definitiva, es importante que entendamos que lo que hagamos por el cambio climático también conlleva muchos beneficios asociados que no son únicamente la reducción de emisiones.

 

Tú lo tienes muy claro, pero mucha gente se lleva las manos a la cabeza con las restricciones en el uso del coche…

Yo creo que somos capaces de adaptarnos a todo. Con la ley antitabaco también había muchas quejas, pero ahora ya nadie concibe que se pueda fumar en un tren o en un hospital. Hay medidas que en un primer momento se perciben como negativas y cuestan, pero luego entendemos que pueden cambiar nuestra vida a mejor.

La gente se ha acostumbrado al rollo que es comerse un atasco, o aparcar en doble fila para dejar al niño en el colegio, estar pendiente de la multa, que si te pita el coche de atrás, luego a toda velocidad al trabajo con la lengua fuera… yo creo que eso es peor que otras opciones, la verdad.

La clave es entender que dejar el coche es mejorar tu vida: mi vida es mejor cuando vengo al trabajo sin coche, porque no soporto atascos, no tengo que ir súper pendiente y voy leyendo o durmiendo en el tren tranquilamente. O es mejor porque voy en bici o andando y así hago ejercicio y me siento bien. Hay gente que dice que va a al gimnasio en coche porque tiene poco tiempo… yo tardo cerca de una hora en ir a trabajar andando, pero es que si lo hago a buen ritmo pues ya no necesito entrar el gimnasio y ahorro tiempo y dinero por ahí… al final la clave es entender que nuestra vida será mejor si no viajamos por viajar, si dejamos de usar el coche en la ciudad, si nos alimentamos mejor y dejamos de comer tanta carne y tanto procesado…

La mayor parte de la gente que coge el coche en la ciudad no lo hace por perjudicar al medio ambiente o por contaminar, sino porque entiende que es mejor o más cómodo. Así que lo que hay que hacer es conseguir que usar el coche sea más incómodo, y que las alternativas sean más cómodas. Quizás la vida nos iría mejor si tuviéramos un autobús directo al trabajo, o calles peatonales y caminos escolares seguros para que los niños pudieran ir andando al cole.

 

 

Vamos ahora con la energía… ¿cómo ves el escenario energético de aquí a unos años?

Hay que deshacerse del carbón lo antes posible y potenciar las renovables, y creo que ya estamos en marcha. Además, hay que hacer un plan, más que de eficiencia energética, de ahorro. Muchas veces hablamos de eficiencia pero lo que hay que hacer, sobre todo, es ahorrar en números brutos: que baje el consumo de energía, no se trata de que seamos más eficientes consumiendo lo mismo, es que hay que consumir menos.

 

Y otro asunto controvertido… ¿ves viable alcanzar un modelo energético que prescinda a medio plazo de la energía nuclear?

Hay por ahí un artículo que dice que no se puede ser ecologista si no se está a favor de la energía nuclear… bueno, para empezar, a mí nadie me va a decir qué se puede o qué no se puede defender para ser ecologista.

Dicho esto, mi problema fundamental con las nucleares es el mismo que con todas las grandes infraestructuras de generación de energía, porque creo que deberíamos ir hacia un sistema de producción de energía mucho más descentralizado. Es decir, que hubiera muchas pequeñas centrales productoras de energía, y que el autoconsumo tuviera un papel más relevante. De este modo, la fuente de generación de energía estaría muy cerca del punto en el que se consume.

Eso te permite tener mucho más control, y además es más democrático en el sentido de que habría un montón de pequeños productores y por tanto las políticas energéticas y los precios no van a depender por tanto de las decisiones de unas pocas compañías: se rompería el oligopolio energético que tanto daño hace a nuestro sistema. En este sentido, las grandes centrales térmicas no difieren mucho de las nucleares, porque estas grandes centrales lo que hacen muchas veces es taponar la irrupción de las renovables.

En todo caso, yo no creo que nos podamos permitir ahora mismo cerrar todas las nucleares de golpe, hay que ser conscientes de que ahora mismo aportan una buena parte de la electricidad que consumimos y de que en este momento no producen CO2. Digo en este momento, porque no hay que perder de vista que la minería del uranio produce CO2, la construcción de una central produce CO2, la gestión de los residuos produce CO2 y, por supuesto, el desmantelamiento de una central produce CO2.

No podemos cerrar de pronto las centrales nucleares, que nos están produciendo una buena parte de energía sin emisiones de gases con efecto invernadero, porque habría que sustituirlas por carbón o gas natural, aún no tenemos capacidad para sustituir por renovables. Ahora bien: ¿el futuro es nuclear? Para mí, no. El futuro es renovable y, como he dicho antes, de ahorro de energía en números brutos.

Para mí, la energía nuclear es una muleta: en este momento nos sirve, sería una barbaridad tirar la muleta ahora y apoyarnos sobre el pie escayolado, pero espero que llegue un futuro no muy lejano en el cual, entre el aporte de las renovables y la bajada del consumo, seamos capaces de prescindir de las nucleares.

 

Otro de los informes recientes del IPCC nos habla de la importante relación entre el suelo y el cambio climático y de cómo este puede pasar de ser fuente a sumidero, un tema que también tratas en tu libro. Hay mucha discusión sobre cuál sería el modelo óptimo de agricultura para alimentar al mundo y reducir las emisiones, ¿qué opinas tú? ¿Agricultura ecológica, agricultura tradicional, ambas…?

Agricultura que genere el menor impacto posible en el entorno. Hay cultivos que puede ser interesante que sean ultra-intensivos, y otros es mejor enfocarlos bajo el paradigma de la agricultura ecológica. A mí me gusta más hablar de agroecología, que al final es insertar la agricultura en los ciclos naturales del carbono, del nitrógeno, etc., y aprovechar la inercia de la propia naturaleza para obtener mejores rendimientos.

A nivel mundial creo que es necesario bajar el consumo de calorías y de proteína animal, y reducir el porcentaje de fertilizantes y pesticidas. Algunos hacen falta, claro, pero muchas veces cuando comemos, en cierta medida estamos comiendo petróleo, porque para fabricar los fertilizantes se consume mucha energía. Además hay que manejar los cultivos de una forma que emitan menos, por ejemplo en el cultivo del arroz el agua estancada emite mucho metano.

Luego está el tema del transporte de alimentos de una parte a otra del mundo, personalmente creo que eso tiene fecha de caducidad. Hay que recordar que una cosa es el sello ecológico y otra la huella de carbono, en ocasiones un producto ecológico te puede llegar desde la otra punta del planeta, o venir más plastificado que uno convencional. A veces es mejor comprar a granel y en las tiendas de barrio, que suelen traen el género de productores cercanos, aunque no tengan el sello ecológico.

 

Además, el desperdicio de alimentos también contribuye al impacto sobre el cambio climático, ¿no?

Sí, los países occidentales necesitan repensar su sistema agroalimentario, aunque ya hay una estrategia contra el desperdicio alimentario, habría que potenciarla más. El sistema alimentario no es solo una cuestión ambiental, también hablamos de un sistema de desigualdad, se desperdician muchísimos alimentos en el mundo. Hay mucha gente que dice que sin intensificar a lo bestia no podemos producir suficiente para a todos… Alimento ya se produce, y mucho, lo que pasa es que gran parte se desperdicia o va destinado al consumo animal.

Hay que reducir el consumo de proteína animal -ojo también con la pesca y la acuicultura-, y en el tema de la ganadería, pues creo que hay una parte de ganadería extensiva que sí que tiene un papel y un sentido, y que ayuda en parte al mantenimiento de ciertos ecosistemas. Lo que pasa es que en España estamos muy condicionados por la PAC (política agrícola común) que tiene unas prioridades muy distintas a las ambientales.

El problema no es tener cabras en la montaña, el problema es que en EEUU y en Europa  tenemos kilómetros y kilómetros cuadrados de naves con vacas y cerdos comiendo pienso hecho con soja cultivada en Argentina. Creo que hay que tener mucho cuidado con los mensajes simplistas: “deja de comer carne para salvar el planeta”. Pues no es tan fácil. Si todos dejamos de comer carne necesitaríamos muchísimas más hectáreas plantadas para suplir la necesidades nutricionales… el asunto es muy complejo.

 

Entonces, ¿no hay que dejar de comer carne?

Es lo que te decía, no es tan simple, aunque está claro que hay que reducir el consumo. Yo creo, por ejemplo, que debería haber más nutricionistas en los hospitales públicos que nos ayudasen a definir nuestra dieta.  Si estamos diciendo que hay que comer menos carne, necesitamos profesionales que nos digan cómo debemos alimentarnos correctamente para seguir estas pautas, y que el cambio agroalimentario llegue a todos los niveles.

También, ya se está haciendo, es necesario poner tasas a los alimentos ultra-procesados y con mucho azúcar. Es que al final vuelve a pasar lo de siempre: quienes comen más procesados y azúcar son las clases más desfavorecidas. Si tú quieres potenciar una alimentación más sana y con menor huella de carbono, con más fruta fresca,  legumbres locales, etc., pues tienen que costar menos. La comida saludable no puede ser un lujo solo al alcance de clases pudientes.

Es un asunto muy complejo, ahora se está hablando mucho del tema de la carne, pero es que no hay recetas mágicas. No es dejar de comer carne y ya está. Hay gente que me dice: “Oye, voy a dejar de comer carne, ¿cuántos aviones puedo coger?”. Eso es el efecto rebote. La cuestión no es hacer algo y poder hacer más de otra cosa, la cuestión es ahorrar en total. Si la gente deja de comer carne para poderse ir a Tailandia, estamos en las mismas.

 

Vamos a seguir hablando de otras medidas que se pueden tomar para combatir el cambio climático. Sobre los bosques, ¿es mejor plantar árboles o restaurar turberas?

Esa es otra cuestión clave. Los  bosques están en el imaginario de todos como que capturan mucho CO2 así que hay que plantar muchos. Pues… no siempre, habrá que ver en cada ecosistema si es mejor plantar árboles, o si es preferible dejarlo como está y que la naturaleza siga su curso... Hay que tener en cuenta que no solo hay bosques, es necesario también restaurar marjales, zonas húmedas, lagunas interiores… hay un montón de ecosistemas con mucha más capacidad de absorber y fijar CO2. En todo caso, la restauración y regeneración de  ecosistemas son herramientas muy potentes y deberían estar presentes en la agenda política cuando hablamos de mitigar el cambio climático.

 

Por cierto, hay que mitigar el cambio climático, pero también adaptarnos, ¿no?

Absolutamente. Aparte de hacer todo lo que hay que hacer para disminuir emisiones, España tiene que empezar a preparase. Estamos en un país muy costero, con muchas pendientes muy escarpadas, con escasez de agua y algunas ciudades muy grandes en zonas muy calurosas (Valencia, Sevilla, Zaragoza…). El cambio climático nos va a afectar, y mucho. Tenemos que empezar a pensar muy en serio en adaptarnos a las olas de calor, a fenómenos climáticos extremos, a la subida del nivel del mar, etc.

 

Todavía hay muchas ideas erróneas y bulos circulando sobre el cambio climático… ¿cuáles son, según tu punto de vista, las más peligrosas?

Creo que hemos pasado de la fase del negacionismo del cambio climático al negacionismo de las soluciones, y eso es más peligroso.  Al final la evidencia de que existe el cambio climático es algo que cae por su propio peso, la gente ya lo percibe, el problema es que el negacionismo de soluciones es el que impide que tomemos acciones.

Por ejemplo: “Es que como esto lo deciden cuatro políticos y son las empresas las que más emiten, pues da igual que yo haga algo”. Es que no da igual. Tú no te tienes que cargar con toda la responsabilidad, pero no da igual, lo que haga cada persona individualmente cuenta. Si tú de un año a otro emites cinco toneladas más o menos de CO2, eso suma, y mucho.

Otra idea errónea que aún persiste: “Es que los cambios son cíclicos”. Yo siempre pongo el ejemplo: claro que sí, también han chocado meteoritos contra la tierra, como el que mató a los dinosaurios. Pero si ahora tuviéramos la amenaza de choque de un meteorito tu no dirías: “Uy no pasa nada, como ya ha sucedido antes…” No pensarías eso, sino que te darías prisa para intentar desviarlo de alguna manera.

Hay otra percepción que considero peligrosa, es el tecno-optimismo: “Algo inventarán”. Pues no, no hay ni habrá nunca jamás una solución única, mágica y tecnológica que solucione todos los problemas derivados del cambio climático. Acabamos de hablar largo y tendido de esto: no hay una solución única, ya sea energética o agrícola o de lo que sea que lo arregle todo. Ese pensamiento mágico de “algo inventarán” tampoco ayuda ni tiene sentido.

Otra información errónea: “Ponemos unas pantallas por ahí fuera para que no nos pegue el sol y ya está”. No, apenas podemos empezar a entender cómo funciona el cambio climático, si pusiéramos partículas de azufre, o espejitos, o lo que sea, el resultado sería que cambiaríamos el clima y podría ser peor el remedio que la enfermedad.

 

Hemos hablado mucho, y de muchos aspectos relacionados con el cambio climático… ¿con qué mensaje te gustaría que se quedase la gente que ha llegado a leer la entrevista entera?

Que no hay que ponerse excusas, no hay que decir eso de “Si solo yo lo hago y nadie más, no va a servir de nada…”. Todo suma, y lo que hay que pensar es que, cuando te dispongas a hacer algo, seguro que ya hay alguien haciéndolo antes que tú, no vas a ser el primero, así que serás otro más y estarás aportando.

Tú imagínate que Greta Thunberg hubiera pensado: “Para qué manifestarme en la puerta del Parlamento, si nadie más lo está haciendo”. Pues mira, alguien tenía que ser el resorte o el interruptor que desencadenase el cambio. Y esto vale para movilizaciones, pero también para cambios en la vida cotidiana. Si tú haces algo, igual algún amigo se fija, y se pone a hacer lo mismo. Siempre hay que pensar que todo lo que aportamos es valioso.

Además, no hay que ver la lucha contra el cambio climático como una serie de sacrificios y renuncias, como ya he dicho todo lo que hagamos también tendrá otros beneficios colaterales que mejorarán nuestras vidas.  

 

 

 

Victoria González

Victoria González

Bióloga de bota. Tengo los pies en la tierra y la cabeza llena de pájaros. De mayor quiero ser periodista.

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