El confinamiento también frenó la expansión de la gripe

Las medidas de distanciamiento social para la frenar la expansión de la COVID-19 también podrían haber contribuido a que la temporada de gripe en el hemisferio norte haya sido mucho más suave de lo esperado.

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Con el foco de atención puesto en la COVID-19, en los últimos meses se ha hablado poco de la gripe, que constituye una de las mayores amenazas para la salud pública mundial: cada año se dan cerca de mil millones de casos, de los que entre 290.000 y 650.000 son mortales. Antes del estallido de la pandemia causada por el nuevo coronavirus SARS-CoV-2, se preveía una temporada especialmente dura de gripe en el hemisferio norte. Sin embargo, los datos que ha presentado la Organización Mundial de la Salud (OMS) indican que la incidencia de esta enfermedad ha sido muy baja en las últimas semanas. Generalmente, el pico de la gripe tiene lugar en el hemisferio norte entre febrero y finales de mayo. Este año, sin embargo, la incidencia de la enfermedad disminuyó de golpe a principio de abril, justo unas semanas después de que se declarara la pandemia de COVID-19.

La OMS incide en que estos datos se deben tomar con cautela, pues a consecuencia de la crisis sanitaria es probable que muchos de los casos de gripe no hayan sido registrados, pues muchas personas con síntomas simplemente se habrían quedado en casa para evitar ir al centro de salud cuando los servicios sanitarios estaban colapsados. Por otro lado, la organización reconoce que “las diversas medidas de higiene y distanciamiento físico implementadas por los Estados miembros para reducir la transmisión del virus SARS-CoV2 también podrían haber desempeñado un papel en la interrupción de la transmisión del virus de la gripe”. Esta hipótesis tiene sentido, ya que en ambos casos el vehículo de transmisión es el mismo: gotículas y pequeñas partículas expulsadas con la tos o los estornudos.

 

Otras enfermedades

En un estudio publicado en la revista The Lancet y del que se hace eco Nature, un equipo de investigadores también llegaron a la conclusión de que las medidas de restricción de movimientos aplicadas en Hong Kong para frenar la expansión de la COVID-19 también habrían ayudado a detener la transmisión de la gripe y de otras enfermedades infecciosas. Por ejemplo, en esta región también se han registrado menos casos de varicela, y a nivel mundial la incidencia de sarampión y rubeola también ha sido mucho más baja, debido seguramente al cierre de colegios. Según se informa en el reportaje de Nature, el distanciamiento social también podría haber causado una incidencia menos de enfermedades que se transmiten por contacto sexual.

 

Enfermedades perjudicadas por la pandemia

Pero no todo son buenas noticias: la crisis sanitaria también pone en peligro importante progresos que se estaban haciendo en la lucha frente a otras enfermedades. Una de ellas sería la tuberculosis: un informe publicado por la organización internacional Stop TB estimaba que un parón de tres meses en los programas para combatir la enfermedad podría causar más de un millón de muertes adicionales a nivel mundial durante los próximos cinco años.

Lo mismo sucede con la malaria: como nos comentaba la investigadora Elena Gómez Díaz hace pocas semanas, el parásito de la malaria muta muy rápidamente, por lo que la parada en los programas de tratamiento y vacunación puede ser una ventana para que aparezcan nuevas cepas y se produzca un retroceso importante en la lucha contra esta enfermedad.

Las autoridades sanitarias también recuerdan que, a pesar de la crisis del coronavirus, no hay que dejar de acudir a los centros hospitalarios por miedo a contagiarse cuando estamos en una situación de urgencia, como por ejemplo un infarto. La OMS también ha recordado que no se pueden interrumpir las campañas de vacunación: “Por cada niño que se deja de vacunar para no contagiarse de la COVID-19, pueden morir cien”.

 

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